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Apuntes sobre Globalización, Ciudadanía y Movimientos Sociales

FRANCISCO GUTIERREZ SANIN(1)


  Una ya enorme literatura nos habla de cómo la globalización puso en crisis lo que Norber Lechner llama la centralidad de la política y del Estado(2), y por lo tanto, doblemente, también el concepto mismo de ciudadanía. Desde el lado de los derechos, la colección de titularidades imputadas en cabeza del ciudadano cada vez más se resume en una única y friedmaniana "libertad de elegir"(3); como lo ha tematizado García Canclini, en principio el proceso parece ir prefigurando el paulatino reemplazo del ciudadano por el consumidor, o por lo menos la institucionalización del segundo como horizonte intelectual y moral del primero (**) . Desde el lado de los deberes, en lugar de la educación en las virtudes cívicas del compromiso y la participación públicos, nos encontramos en un mundo que casi unánimemente se describe como altamente individualizado y trivializado, en el que el concepto mismo de virtud parece no tener cabida(4). Probablemente estemos más cerca que nunca, como alguna vez lo temiera Marx en su "Cuestión judía"(5), de un mundo de "individuos individuados" plenamente, en el que la civilidad es simplemente el encuentro de egoísmos que son conscientes de sí mismos.

¿Cómo pensar los movimientos sociales en medio de este panorama? Desarrollaremos en estos apuntes una arista del problema a la que se ha presentado relativamente poca atención. Se trata del desajuste estructural del mercado con respecto de las esferas de la ley y la cultura, que constituye la otra cara de la moneda del hundimiento de la "matriz estado-céntrica" y del desquiciamiento de las prácticas ciudadanas. Sugerimos que, mientras que el mercado expande las esferas en las que actúa como principio regulador, esa misma expansión se muestra disfuncional con respecto del sistema en su conjunto: tiende a desagregar y desordenar la reproducción entera de la vida social concreta sobre la que está construida la racionalidad de los agentes mismos que actúan en el mercado. Esto obliga a un intento de regulación exógena sobre los mercados por parte de los Estados, sobre todo de los países centrales. Para ponerlo en los términos de la economía reaganiana, en los ámbitos en los que la expansión sociocultural del mercado (asociada, como veremos, a la de la ciudadanía en su forma actual) pone en peligro las condiciones de reproducción de la vida social, el Estado sí se da el lujo de "escoger ganadores" con consecuencias de gran alcance. Estos ganadores y perdedores escogidos artificialmente (políticamente) están distribuidos a lo largo de las líneas que dividen al mundo en centros y periferias, y es tal asimetría la que ha dado origen a algunos de los movimientos sociales más masivos e intensos en los últimos años que, desde esta perspectiva, se han constituido en defensores de las "leyes puras del mercado". En fin, el desajuste estructural significa que el mercado se encuentra en plena "crisis de expansión", que afecta de manera indirecta, elíptica a veces, pero extremadamente significativa, tanto a los procesos sociales de construcción de ciudadanía como a las posibilidades y marcos de enunciación de los movimientos sociales. Esto se vincula directamente con el papel de los movimientos sociales en la construcción de, y la incorporación a, una cada vez más concreta ciudadanía transnacional (eventualmente, global). La discusión mostrará un intenso doble movimiento, tanto en la dirección de los "límites del crecimiento(6)" a partir del diálogo creativo entre los lenguajes de la protesta y el agravio, por un lado, y de la ciudadanía, por el otro, y la incorporación a, una cada vez más concreta ciudadanía transnacional (eventualmente, global). 


Contornos de la nueva ciudadanía

Desarrollaremos aquí la tesis de que la construcción de la ciudadanía en condiciones de globalización está caracterizada por la yuxtaposición de un profundo bloqueo y la creación de nuevos canales de incorporación. El bloqueo consiste en el congelamiento de las ofertas características del "Estado social" marshalliano. La apertura de los nuevos canales corresponde a una "política del reconocimiento" que permite reformular el cuerpo político como una "coalición de minorías" (o de especificidades), pensada desde una minuciosa regulación legal(7) y sobre la que ha recaído el peso institucional de la "justicia dinámica"(8). Si la perspectiva democrática asociada a los balances y equilibrios de minorías que se limitan mutuamente tiene ya una venerable historia y corresponde a una rica tradición intelectual que podríamos llamar, con Dahl(9), madisoniana, la especificidad de esa perspectiva respecto de los movimientos sociales es la tensión permanente entre su potencial libertario asociado a una siempre renovada capacidad de asimilación y asociación (como lo resaltara en su momento Tocqueville) y su tendencia puramente conservadora a regular las luchas desde abajo como la expresión de una minoría más.

Esta regulación rutinaria de las luchas desde abajo choca con el planteamiento clásico de Marshall para quien la esencia de la ciudadanía era la tensión dinámica entre expansión de derechos y titularidades, por una parte, y la desigualdad que resulta del capitalismo contemporáneo. Es decir, las luchas desde abajo (para Marshall, las específicamente clasistas) tenían un estatus especial tanto desde el punto de vista negativo (se trataba de grupos excluidos que tenían que idearse una manera de articular un lenguaje de derechos) como desde el punto de vista positivo (las sucesivas incorporaciones han cambiado sustancialmente la naturaleza del capitalismo contemporáneo, arrebatándole amplias esferas de la vida social al puro mercado y a la competencia). El resultado final ha sido una sucesiva ampliación de la ciudadanía, en tres etapas: cívica, política y social(10).

El contexto histórico sobre el que se construyó la ciudadanía social, y sin el cual esta última es apenas un cascarón vacío, es el Estado de bienestar. Ahora bien, los procesos de flexibilización y desregulación asociados a la globalización de la economía (11), han hecho de la ciudadanía social un pacto económica y socialmente insostenible pero políticamente irreversible. Mientras el capital es más móvil que el trabajo y los países compiten entre sí para mejorar las condiciones para la inversión extranjera, las cargas impositivas y las solidaridades obligatorias que caracterizan al Estado de bienestar aparecen como una barrera a la competencia y al dinamismo de la economía. Los Estados Unidos muestran una economía de crecimiento continuo y significativo con bajo desempleo, mientras que Europa occidental, que carga con el "lastre" de un Estado de bienestar plenamente desarrollado, se estanca en tasas relativamente bajas de crecimiento y un desempleo estructural de magnitudes alarmantes. Pero, por otro lado, es imposible echar atrás las conquistas de la ciudadanía social. No se trata solamente de las resistencias masivas que un intento semejante podría generar y que, sin duda, pondrían en cuestión la viabilidad de la democracia en su conjunto. Pues como antídoto a este problema existiría la posibilidad de desarrollar una maniobra política en gran estilo, tal como lo pensaron los padres [conservadores] del concepto de "gobernabilidad", para minimizar expectativas y desmontar y/o deslegitimar demandas desde abajo.

Es que, adicionalmente, el concepto de ciudadanía cada vez más está ligado con el de destrezas(12): en el mundo de lo público, pero también en el de lo productivo, en el del consumo, en el del uso del tiempo libre. El papel central de las destrezas en el mundo contemporáneo deriva directamente de la revolución científica y técnica. Como lo señaló en su momento Heidegger, la técnica no es una mera prótesis: es una forma de estar en el mundo, que implica una actitud frente a la construcción del conocimiento desencantada y acumulativa, un tipo de imaginación (la resolución de los problemas)(13) y una racionalidad instrumental. La lógica de la tecnología es invasiva pero constituye, ella también, una conquista: el derecho individual a exponerse a las formas más radicales de la diversidad, y la necesidad global de respetar este derecho pues constituye ya un prerrequisito profundo del dinamismo de la economía y la sociedad, y del funcionamiento de la democracia. Para ponerlo en términos aristotélicos, la virtud del hombre dominado por, y dominante de, la técnica es la innovatividad. La educación que corresponde a esa forma de virtud(14) es el sobre-estímulo de la diversidad radical, la destrucción de cualquier barrera al espíritu innovativo. En consecuencia, la práctica democrática específica que se articula a esta virtud y a esta educación es, como lo señalamos al principio de estas anotaciones, la libertad de elegir, la práctica del consumo, cuyo sentido va mucho más allá de la pura trivialización. Sólo quien es capaz de orientarse en medio de la sobrecarga comunicativa y expresar allí sus preferencias es plenamente mayor de edad y ciudadano en un sentido verdaderamente contemporáneo. Replanteando el falso dilema de García Canclini, no se puede ser ciudadano sin antes haber aprendido a ser consumidor (y el ser buen consumidor está lejos de constituir una práctica ‘natural’; por el contrario, se trata de la destreza de las destrezas para la que nos educamos cuidadosamente todos los días y, desde otro ángulo, constituye la base de un importante movimiento social). La individualización plena aplicada a millones de seres humanos homogeneizados por su aspiración común a ser diferentes, es al mismo tiempo la alienación y la democratización más radicales de la historia de occidente.

Dicho en otros términos, el cruce entre invasión de la racionalidad tecnológica, construcción de un nuevo concepto de mayoría de edad basado en las destrezas y el avance continuo en los procesos de individualización, ha generado una nueva etapa de la ciudadanía que, por un lado, actúa en una esfera más "superficial" que las tres anteriores marshallianas (en la medida en que no es producto de pactos entre grandes agregados sociales ni va acompañada de ideologías explícitas de cambio social) pero, por otro, está anclada en una esfera más "profunda" que aquellas, puesto que entronca directamente con los procesos de construcción de sentido y de vida cotidiana. Esta cuarta oleada de construcción de ciudadanía se relaciona con una opinión colectiva que se resuelve en prácticas cotidianas, en hábitos de consumo, en estéticas, preferencias y racionalidades. La paideia contemporánea de la individuación plena a través de la innovación consiste precisamente en el desarrollo en gran escala de una sociotécnica de construcción del yo, que es prerrequisito al mismo tiempo de la productividad, de la vida cotidiana, de la participación en el mercado y de las prácticas democráticas. El ciudadano contemporáneo se caracteriza por "saber hacer cosas en movimiento" (todos los días los productos cambian un detalle aquí y otro allá) y "saber escogerlas": por saber escoger adecuadamente un candidato o un desodorante, por conseguir un gol o un buen reportaje etnográfico. No estamos en capacidad de concebir nuestra civilización y nuestra cultura sin esta — auténticamente globalizada— tecnología social del individualismo (TSI).

La TSI es uno de los nodos más sobresalientes de la aprehensión cultural del mercado. Por eso, la TSI se caracteriza por su flexibilidad a la hora de formar instrumentarios de la identidad, con la agregación socialmente construida pero mercantilmente circulada de unidades mínimas de carga identitaria. Las identidades contemporáneas, incluidas las de muchos movimientos sociales, son "subproductos de sí mismas" (Elster**), bricolajes efímeros, a menudo instrumentales e insertados en redes muy largas de circulación de símbolos y mercancías.

Si quisiéramos acuñar una metáfora cibernética, propondríamos pensar la relación entre consumo cultural y construcción de las identidades como la oferta de un espacio de posibilidad y de un inventario (por parte del primero) y la disposición de una serie de destrezas para apropiarse de ese inventario y dotarlo de estructura (por parte de los consumidores). Tendríamos dos variables: la existencia de millones de unidades mínimas de cando, un conjunto de pautas cognitivas para orientarse en la diversidad, en el mercado y en la sociedad capacitando a su poseedor para escoger "la otridad relevante" (aquello(s) que comparte conmigo un haz de citas) pero, sobre todo, una dote para el ejercicio de la ciudadanía. En el laborioso proceso de acopiar una memoria identitaria y dotarla de arquitectura(15), el "hombre natural" se convierte en ciudadano contemporáneo. Adquiere la independencia de espíritu, la familiaridad con las tecnologías y los mercados, el individualismo sistemático, el desapego y la agilidad mental que son las destrezas indispensables para actuar en la aldea global como un tomador de decisiones cuyas únicas limitaciones son: a) el apego a un sólo mecanismo de expresión, el de la expresión de las preferencias; b) las propias preferencias. Si se piensa que esta nuestra específica mayoría de edad contemporánea no tiene nada de particularmente profundo, crítico o épico, es bueno recordar que se ha mostrado capaz, hasta el momento, de reciclar todas las propuestas que se reclaman profundas, críticas y épicas como una subpoblación de citas que no hace sino ampliar el ya enorme inventario de cargas identitarias disponible. De hecho, el consumo cultural contemporáneo nos habla más del triunfo de De Landa que del de Marx o Smith, es decir, de la creación de largos circuitos culturales con "jirones de cultura exótica" que pueden ser reapropiados en contextos diferentes en términos de preferencia personal pero sobre la base de la destrucción (a veces a sangre y fuego) de las formas locales concretas de aquella cultura: esto ha sucedido con la pizza y la comida china, pero también con los sitios turísticos y el Ché. Por lo demás, como lo ha subrayado Rosenau(16), crecientemente la incorporación ciudadana estará vinculada al acceso a ciertas destrezas que, a mi juicio, son básicamente aquellas relacionadas con la TSI.

El segundo proceso tiene que ver con una profunda democratización y liberalización del consumo, entrelazada con una creciente (des)regulación que la protege. La tendencia general en los mercados-nichos culturales ha sido a que aumente en estos todos los ámbitos el inventario de citas, las categorías de personas incorporadas a la capacidad de tomar legítimamente decisiones y la posibilidad de formular "arquitecturas posibles" desde las cuales se otorga sentido a la propia especificidad en relación con los otros relevantes. Tal tendencia subraya la capacidad de cooptación de la ciudadanía contemporánea: como sucedió con las vanguardias artísticas, la eclosión de la diversidad abre hasta el infinito el abanico de propuestas pero impide la aparición de auténticas rupturas. En uno u otro sentido, la tendencia (como lo ha subrayado Habermas) es que el Estado central se presente como un regulador jurídico de la vida cotidiana para defender la TSI y la diversidad que requiera (esa , y no más que esa), y a la vez para impedir que esa diversidad desquicie las posibilidades de control a las que está asociada la productividad, la seguridad, etc.. Aunque Heller ha resaltado los aspectos antiliberales (**) de la juridización de la vida cotidiana, aquellos son apenas una consecuencia de la cuarta etapa de la ciudadanía que es una de destrezas, no de las virtudes típicas de la ciudadanía cívica, política o social. Correlativamente, el sacrificio de virtudes tradicionales se produce para defender destrezas de espíritu liberal, en particular la libertad de elegir que ha adquirido el estatus del "derecho de tener derechos".


Contracorrientes: los límites de la libertad de elegir

Hay un fuerte isomorfismo entre la "cuarta ciudadanía" y el mercado global. Adicionalmente, existe entre ellos un bucle cultural de retroalimentación positiva; entre más extendidas las relaciones de mercado, más motivos, dispositivos y capital social tienen la tecnología social del individualismo y la liberalización del consumo; a su vez, estas producen ciudadanos con las capacidades e instrumentos intelectuales y espirituales necesarios para competir, para usar y crear tecnología, etc.. Pero hay, simultáneamente, una fractura funcional entre cuarta ciudadanía y capitalismo globalizado.

Planteada en los términos más sencillos posibles, la fractura consiste en que la cuarta ciudadanía es una condición para la reproducción económica del capitalismo contemporáneo pero a la vez es un obstáculo para su reproducción social. Más adelante cualificaremos esta afirmación, que es un tanto mecánica. Por el momento, explicamos las razones que apoyan este enunciado. Ya vimos que un ciudadano tecnológicamente alfabeto es un requisito del capitalismo contemporáneo, de la misma manera que los obreros letrados lo fueron del período taylorista. Pero el capitalismo, en palabras de Tilly, debe además garantizar la productividad, la seguridad y cierto orden cotidiano**. Es decir, como lo subrayó Foucault, el capitalismo es minuciosamente disciplinario (**). Para ser productivo y/o no precipitarse hacia un retroceso al mundo hobbesiano, el ciudadano debe ser continente, respetuoso de la ley, enemigo de los vicios, dueño de una carga de "civilidad" en el sentido lockeano; debe así mismo mostrar un nivel básico de participación social en el sentido más laxo(17). Este mínimo de virtudes cívicas, políticas y sociales y de acomodos disciplinarios (lo que cierta sociología llama "capital social") no puede ser garantizado con una ciudadanía volcada sobre las destrezas y dispuesta a (urgida a) sacrificar aquellas virtudes para introyectar destrezas. La tensión parece estructural. Como lo señalamos arriba, la ciudadanía volcada sobre las destrezas se funda (en el doble sentido de "nace con" y "tiene cimientos en") en la ampliación lo más rotunda del inventario de cits como requisito de la construcción social del yo, sin lo cual dejaría de haber un auténtico ejercicio educativo en la innovatividad vivida.

Pero, adicionalmente, la cuarta ciudadanía crea fracturas tanto en el nivel de la microracionalidad como en el de la macroracionalidad. Al introducir el primer individualismo verdaderamente radical, laico, consecuente y autoreferido de la historia de occidente, desquicia las nociones de tiempo y ganancia sobre las que reposa el capitalismo. Para subrayar hasta qué punto el capitalismo depende de temporalidades largas y nociones sociales de beneficio — idea que en principio parece anti-intuitiva — propongo dos ejemplos. El primero es factual, histórico. La familia nuclear, tal como lo mostró Schumpeter, tuvo un gran papel en la formación de los imperios familiares del gran capitalismo de la primera postguerra(18). Si el concepto de ganancia se hubiera remitido a alguna noción más o menos pura y estrecha de individualismo, la laboriosa construcción de tales imperios hubiera resultado claramente irracional. Al perder centralidad la familia nuclear, no sólo el marco sino también el ritmo de las temporalidades del capitalismo quedan sometidos a una transformación sustancial, cuyos contenidos y evolución aún están por estudiar y evaluar. Sugiero [tímidamente] que el horizonte de futuro de los gigantes tecnológicos no se encoge (es decir, el capitalismo de hoy no es necesariamente más presentista que el de hace tres o cuatro décadas), pero en cambio sí se despersonaliza: ya no se piensa como un conjunto de "relaciones" con "íntimos" sino como un conjunto de "cosas" y "actitudes" plausibles(19), lo que no es otra cosa que decir que en lugar de concebirse como una sucesión de generaciones se concibe como una prolongación de individuos parecidos. Si se prefiere una frase efectista, en términos de imaginación de futuro estamos en el tránsito de la reproducción sexual a la clonación. El segundo ejemplo es virtual. Supongamos que un grupo de técnicos propone una reforma "rawlsiana" consistente en redistribuir aleatoriamente los activos individuales y familiares cada cien años a partir de hoy. La reforma intentaría reducir la acumulación paulatina de desigualdades, por una parte, y por otra reforzar valores como el trabajo duro a partir de cero, el dinamismo social, etc.. Claramente, la reforma no afectaría a ninguna persona viviente, al menos en el estado actual de la tecnología. Sin embargo, sería considerada con seguridad intolerable y contraria a la racionalidad económica. Como quiera que la reforma no tocaría ningún otro principio rector del sistema (propiedad privada, mercado, etc.), la irracionalidad sólo puede consistir en que el derecho a dejar herencia, y por consiguiente a trascender la individualidad, es un estímulo imprescindible para los agentes económicos y por tanto una piedra angular (cultural) del capitalismo occidental tal como lo hemos conocido.

 

Incorporación y regulación

La tensión dinámica entre economía de mercado y cuarta ciudadanía no tiene nada de específico. Como lo subrayó Marshall, todas las etapas de la ciudadanía han limitado o perturbado la "lógica natural" del capitalismo, "domesticándolo" y convirtiéndolo en la casa común de más y más personas. Esta casa común fungía también de espacio de protesta y contestación y, por consiguiente, de cambio e innovación social. La clave de toda esta familia de delicados equilibrios, balances e intercambios es la palabra incorporación. En la medida es que existiera un fondo social contra el que se pudieran girar los recursos económicos, políticos, sociales y culturales de grandes procesos de incorporación masiva, la tensión dinámica se resolvía en desenlaces positivos que, a su vez, generaban productos y energías para nuevas movilizaciones y demandas, y así sucesivamente. Incorporación y movilización se retroalimentan mutuamente y, en casos específicos, actúan incluso el uno para el otro como "principio de constitución"(20).

La especificidad de la cuarta ciudadanía consiste en que sus márgenes reales de incorporación, al menos por el momento, son extraordinariamente limitados. Esto se debe, por un lado, al techo que ponen las variables ecológicas a una exposición verdaderamente mundial a la TSI. Meadows ha calculado que habría una verdadera crisis ecológica mundial si todos los habitantes de la India accedieron a niveles de consumo norteamericanos(21). Los límites del crecimiento se traducen en el crecimiento de los límites: proteccionismo acerbo frente al mercado laboral, marginalización de los emigrantes (22), aumento de las inequidades y los estigmas (**). Esto quiere decir que las formas de regulación actuales (morales y disciplinarias) no apuntalan, sino que contradicen, las nuevas incorporaciones. En muchas partes, notablemente los Estados Unidos, se han producido procesos masivos de desincorporación(23), junto con denuncias del "dumping laboral"(24)que imputan diversas culpas y pesados costos sociales al extranjero periférico.

Pero, por otro lado, se debe también al efecto deletéreo que tiene la cuarta ciudadanía sobre las condiciones sociales de reproducción adecuada del sistema. Por reproducción adecuada queremos decir una que se apoye tanto en mecanismos de control verticales (jerárquicos) como horizontales (normas y valores, civismo en el sentido de Almond y Verba). El control social y la virtud cívica no son viables en un mundo en el que todo se puede consumir y en el que, adicionalmente, la magnitud del inventario de citas es una precondición del ethos de productividad y destreza tecnológica. En la medida en que una limitación a los derechos de los ciudadanos del mundo desarrollado golpearía en el corazón mismo a la cuarta ciudadanía y al dinamismo económico, el peso de la regulación moral del mercado recae sobre los países en desarrollo donde los saberes tecnológicos y la paideia de la innovación permanente no son prerrequisito ni de la productividad ni del sentido de pertenencia a una comunidad que se reconoce en las destrezas del consumo. Los países en desarrollo se han convertido en la línea de defensa que permite a la democracia mundial administrar las tensiones, hasta ahora irresueltas, entre el capitalismo y la cuarta ciudadanía; pero en la medida en que lo son, no constituyen sujetos de nuevos procesos de incorporación. Esto quiere decir, en plata blanca, que la construcción de la ciudadanía mundial y las nuevas formas de imperialismo hacen parte de un solo proceso.

La regulación moral del mercado no es casual ni episódica. Varios de los principales mercados del mundo están interdictos, o están sometidos a regulaciones rigurosísimas: el de drogas psicotrópicas, el laboral, el de armas. Otros nuevos, gigantescos, están en proceso de convertirse en mercados moralmente regulados: el de cigarrillos, por ejemplo. La protección la expansión de las mentalidades de búsqueda, innovación y autoconstrucción a través de la TSI, y la única manera de romper este nudo gordiano es impidiendo el acceso de ciertos productos y prácticas: cerrando puertas.

En síntesis, gracias a los límites del activo ecológico (o si se prefiere de las tecnologías actuales) y a la contradicción entre las mentalidades que propicia el sistema y sus necesidades de reproducción social, la cuarta ciudadanía no ha traído consigo nuevas incorporaciones, sino por el contrario desincorporaciones(25), exclusiones parciales(26) y la creación masiva de nuevos metecos. Desde otra perspectiva, la ciudadanía globalizada no significa la pérdida de importancia de las ciudadanías nacionales; posiblemente lo contrario sea lo cierto. Una emigrante colombiana en Estados Unidos afirmaba que "descubrí el nacionalismo [colombiano] en Estados Unidos"(27), y esto posiblemente sea cierto para millones de personas. Las ciudadanías nacionales actúan en dos dimensiones. En primer lugar, como patrimonio: ser del país adecuado significa no sólo el acceso a un amplio haz de derechos que resultan de las cuatro etapas de la ciudadanía sino a procesos educativos y cognitivos ligados con la TSI que constituyen complejos catalizadores de la mayoría de edad tal y como se concibe contemporáneamente. En segundo lugar, como marca y estigma. Eso hace de ellas la contraseña para acceder o no a las formas transnacionalizadas de ciudadanía. Si se nace en un país europeo, se tiene pasaporte de la Unión y una gran porción del mundo carece de fronteras. Para otras nacionalidades, por el contrario, el mundo se va cerrando paulatinamente.


Los movimientos sociales y la ciudadanía

Si la idea que venimos desarrollando acerca de los perfiles de la cuarta ciudadanía es adecuada, entonces el lenguaje cívico tendrá cada vez más dificultades para expresar las demandas y protestas sociales de los sectores relativamente excluidos de los circuitos de consumo y del proceso de globalización. La razón es sencilla. La ciudadanía global ("cuarta-quinta oleada") prácticamente no contiene elementos de incorporación y, por otra parte, sacrifica masivamente las viejas virtudes cívicas, políticas y sociales que contenían una gramática de movilización, protesta y sociabilidad en aras de las destrezas de la innovación y los saberes técnicos (incluida la sociotécnica de la construcción del yo). Si en la teoría política del jacobino Saint-Just la instituciones republicanas debían enseñar "la guerra, la política y la modestia"(28), tres virtudes íntimamente asociadas al ethos de la lucha colectiva, hoy en día las dos primeras son para especialistas y la última para malos consumidores (el buen consumidor exige, se muestra y se expresa).

Dos ejemplos nos convencerán de las dificultades que encuentra el lenguaje ciudadano actual para transmitir de manera eficaz y plena los contenidos de protesta y lucha social. El primero es el de los movimientos sociales que podríamos llamar "tradicionales" o de resistencia, con la triple orientación marshalliana cívica, política y social. A la cabeza de esta primera categoría, están los sindicatos y las demás organizaciones de la clase obrera que constituyen el tramado de lo que Stein Rokkan ha llamado la "democracia organizativa", para contraponerla a la "democracia numérica" electoral(29). Típicamente, la democracia organizativa ha ido cediendo terreno ante la electoral y la construcción institucional de solidaridades se ha debilitado a costa de la expresión de preferencias. Más complicado aún, los movimientos de resistencia se articulan alrededor de la demanda de derechos sustantivos-sociales en un panorama de desmonte o congelamiento del Estado de bienestar y de pérdida de centralidad de las instancias nacionales de regulación(30). La creación de instancias transnacionales parece ser un duro golpe a las luchas de los trabajadores, en tres sentidos: aleja las instancias de decisión de los ciudadanos, haciéndolas menos sensibles a sus inquietudes (por ejemplo, el proyecto de Unión Europea sólo nombra una sola vez a los obreros**); le pone límites técnicos innegociables a las instancias nacionales; y despolitiza las decisiones económicas. Esto no significa que las luchas de resistencia carezcan de futuro o de sentido; de hecho, muchas de ellas han conducido a victorias así sea temporales y a reajustes en los ritmos y objetivos a corto y mediano plazo de los nuevos proyectos. En cambio sí implica una pérdida de densidad de las titularidades a las que da acceso la ciudadanía o, para usar el lenguaje de Tilly, el retroceso de una ciudadanía "densa" a una "delgada"(31) . Las demandas por mayores provisiones tienen cada vez menor oportunidad de expresarse en términos de derechos.

El segundo ejemplo son las enormes protestas de los cultivadores de coca de Colombia, Perú y Bolivia contra la regulación moral del mercado. Los cocaleros han expresado que no cargarán con el peso de la regulación exógena y que exigen un tratamiento de mercado y social, y no moral, a su problema. Ahora bien, estas protestas tienen una relación ambigua con la ciudadanía. En la medida en que están fuera de la ley, tienen serias dificultades para hablar en términos de derechos. En la medida en que ponen al descubierto las contradicciones entre la cuarta oleada y sus condiciones sociales de reproducción(32), son tratados de la manera más brutal y desconsiderada posible. Pero, articulados como están a élites turbias y modalidades de capitalismo salvaje, no pueden producir simbiosis con ideologías igualitarias que capten la imaginación de otros sectores sociales y rompan la hegemonía de la regulación moral. Esto equivale a decir que aún no tenemos un buen lenguaje para poner en cuestión, al mismo tiempo desde abajo y desde la periferia, la interdicción moral de los mercados globales.

 

Conclusiones

Todo lo anterior conduce a conclusiones mucho menos entusiastas que las de Chantal Mouffe, para quien el lenguaje ciudadano permitía expresar un "nosotros radical...una identidad política colectiva" contra todas las formas de dominación(33). Por un lado, este nosotros ansiado por Mouffe es radical pero sólo en el sentido de su pulsión hacia la diversidad, hacia la plena implementación de la TSI. Esta pulsión tiene, en efecto, importantes contenido libertarios. Pero es también, cada vez más, la voz de la hegemonía; claramente, el futuro del capitalismo no es encuentra tan bien expresado en las encíclicas papales como en las propagandas de Benetton. Por otro lado, deja múltiples demandas y agravios sin nombre.

Inevitablemente, los movimientos sociales seguirán echando mano del lenguaje de la cuarta ciudadanía, porque expresa demandas reales de grupos específicos, porque es tremendamente flexible (en realidad, es el sentido común de nuestro tiempo) y porque encarna la tradición libertaria, y liberal, de tolerancia y respeto a la diversidad. Consideramos, con razón, el derecho a la diversidad radical como una parte inalienable de nuestro mundo. Pero nuestro futuro en buena parte dependerán de la capacidad que muestren los movimientos sociales de exponer y dar cuenta de la enorme maniobra de exclusión de la que depende y se alimenta hoy la fiesta de la diversidad.

Notas:

1. Profesor del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional
2. Lechner Norbert: "Las transformaciones de la política", policopiado, 1996
3. Milton y Rose Friedman: "Libertad de elegir", Orbis, Barcelona, 1988
4. Dos excelentes análisis, desde perspectivas diferentes, de la "pérdida de densidad de la virtud" en las democracias contemporáneas y su impacto sobre las posibilidades de formulación de políticas alternativas son: Chantal Millon-Delsol: "El problema del objeto de la representación en la democracia pluralista" en Análisis Político no. 31 1997 pp. 43-49; y Murray Bookchin: "From urbanization to cities. Towards a new politics of citizanship", Cassell, New York, 1992.
5. Marx K.: "Early Writings", Penguin, 1981.
6. Sobre el tema de las políticas alternativas y las nuevas esferas de lo público, ver Herbst Susan: "Politics at the margin. Historical studies of public expression outside the mainstream", Cambridge University Press, 1994
7. Heller Agnes: "Complejidad en la justicia" en Análisis Político no. 32 1997. Heller critica ásperamente a Habermas (a mi juicio, con razón), por el entusiasmo de este último frente a las perspectivas de una cada vez más extrema regulación jurídica de la vida social. También en este debate quedan en evidencia los límites del mercado como principio regulador de la sociedad.
8. Sobre el concepto de justicia dinámica, ver Heller Agnes: "Más allá de la justicia", **
9. Dahl Robert: "Un prefacio a la teoría democrática", Cerec, Bogotá, 1998; Hamilton-Jay-Madison: "El federalista", Fondo de Cultura Económica, México, 1943
10. Marshall T.H.: "Class, citizenship and social development", Anchor Books, New York, 1965
11. Delcourt Jacques: "Globalisation de l'economie et progrés sociale" en Futuribles no. 164 1992 pp. 3-34; también Faría José Eduardo **
12. Rosenau James: "Along the domestic-foreign frontier. Exploring governance in a turbulent world", Cambridge University Press, 1997
13. Heller Agnes: "Complejidad..."
14. Por supuesto, el texto clásico que asocia educación y virtud es Werner Jaeger: "Paideia", Fondo de Cultura Económica, 1992. Jaeger expone maravillosamente la evolución del concepto de paideia, la educación en la virtud. Sostenemos aquí que de alguna manera, hay una analogía entre la educación en el consumo y la innovatividad y la dupla griega paideia-virtud.
15. Utilizo las expresiones "memoria" y "arquitectura" en su sentido cibernético.
16. Rosenau, op. cit.
17. Y si esta participación laxamente definida como la inserción en redes asociativas de tiempo parcial cae debajo de un mínimo, las consecuencias globales pueden ser seria, también en el terreno de la democracia. Ver Putnam Robert: "Making democracy work. Civic traditions in modern democracy", Princeton University Press, 1993; Putnam Robert: "Bowling alone: America's declining social capital" en Journal of democracy vol. 6 no .5 1995 pp. 65-78
18. Schumpeter Joseph: "Capitalismo, socialismo y democracia", Orbis, Barcelona, 1988
19. Bill Gates y Microsoft parecen ser buenos ejemplos de lo que estoy describiendo.
20. Foweraker Joe, Landman Todd: "Citizenship rights and social movements. A comparative and statistical analysis", Oxford University Press, 1997
21. Meadows Donella, Meadows Dennis, Randers Jorgen: "Beyond the limits", Chelsea Green-McClelland & Stewart, UK,USA,Canada, 1992
22. Kymlicka Will: "Multicultural citizenship", Clarendon Press, Oxford, 1995
23. Yasemin Nuhoglu Soysal: "Limits of citizenship. Migrants and postnational membership in Europe", University of Chicago Press, Chicago and London, 1994
24. Garay Luis Jorge: "En torno a las relaciones internacionales y la globalización: una síntesis analítica reflexiva" en Análisis Político no. 31 1997 pp. 24-42
25. El mejor ejemplo de desincorporación es el de la propuesta californiana de suprimir el acceso al mínimo de bienestar social a los migrantes ilegales y sus hijos.
26. Según Kymlicka, un número muy grande de emigrantes nunca accederá al estatus de ciudadanos aunque su situación será mejor que la de los parias absolutos. A esta categoría de personas las llama "denizens" . Incluso muchos de los que logran nacionalizarse quedan estancados en un estatus de "ciudadanos de segunda categoría". Kymlicka, op. cit..
27. Comunicación personal
28. Modestia, en la acepción que usa Saint Just, significa más bien continencia y autocontrol.
29. Rokkan Stein: "Numerical democracy and corporate pluralism" en Dahl Robert (ed.): "Political opposition in wetern democracies", New Haven, 1966, pp. 70-115.
30. Como quedó en evidencia durante las últimas negociaciones de los sindicatos y partidos radicales italianos con sus compañeros de la coalición gobernante Olivo.
31. Tilly Charles: "Citizenship, identity and social history", Cambridge University Press, 1996
32. La tecnología de construcción del yo debe permitir cualquier cosa en este terreno. Pero un consumo masivo y desregulado desquiciaría la vida cotidiana, la productividad, etc.. La respuesta es un prohibicionismo que no puede limitar los derechos al consumo de los ciudadanos de los países desarrollados y que, por lo tanto, se dirige directa y agresivamente contra las periferias "culpables". El puritanismo norteamericano, que se ofrece normalmente como explicación del prohibicionismo, probablemente sea sólo un catalizador del problema estructural que dimana de las nuevas formas de ciudadanía.
33. Chantal Mouffe: "The return of the political", London, 1993