Globalización asimétrica

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MANUEL CASTELLS

 

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La piedra angular de la globalización económica es una vieja máxima liberal: el libre comercio incrementa la competitividad y la productividad de todos los países que abren sus economías y los conduce a la senda de la prosperidad compartida. En realidad, los datos dicen que las cosas no son tan claras. Así, en proporción a su producto bruto, el África subsahariana es una economía más abierta que la de los países de la OCDE (el sector exterior representa casi un 30% para África, mientras que no llega al 25% para la OCDE). Pero África retrocede, porque sus importaciones son de mucho más valor que sus exportaciones, por su débil capacidad productiva en los productos de alto valor añadido. Todo depende de qué se importa, de qué se exporta y cómo, quién y en qué invierten el capital que se recibe y las ganancias que se generan.

Pero aun así, la apertura de mercados internacionales para los países en desarrollo representa una oportunidad de movilización de sus potencialidades. Y es aquí donde se revela el carácter profundamente asimétrico de un proceso de globalización marcado por relaciones de poder más que por una división internacional del trabajo en beneficio de todos.

El fracaso de las negociaciones en la reunión de la Organización Mundial de Comercio en Cancún se veía venir. Los países en vías de desarrollo han sido obligados a abrir sus economías a las exportaciones y capitales de países mucho más avanzados y a reducir las redes de protección a su producción autóctona, sin recibir un trato equivalente por parte de Estados Unidos, la Unión Europea y Japón.

Los subsidios de la Unión Europea a sus agricultores representan más de cinco veces el total de su ayuda al desarrollo. Una vaca europea recibe dos dólares al día de subsidio, es decir, el mismo dinero del que dispone casi un 40% de la población mundial. En Estados Unidos, el Gobierno subsidia sustancialmente casi toda la producción agrícola: por ejemplo, se gastan 3.000 millones de dólares al año en subsidiar el algodón, una exportación esencial para muchos países pobres. Por eso se plantó en Cancún el grupo de los 21, representando a las grandes economías del Tercer Mundo, exigiendo una verdadera liberalización.

En realidad, las tendencias proteccionistas del Norte se están acentuando. En Europa, las reacciones nacionalistas contra la Unión Europea, ejemplificadas por el referéndum sueco, no dan mucho margen de maniobra a gobiernos conservadores que basan una fracción decisiva de su apoyo en su electorado rural. En Estados Unidos se está produciendo una decisiva evolución en el partido demócrata, que ha pasado inadvertida porque el debate sobre Irak ocupa los titulares.

Con excepción de Lieberman, todos los candidatos demócratas, en clara ruptura con la política de Clinton, se sitúan en las posiciones proteccionistas apoyadas por los sindicatos norteamericanos. Y es que, aun con proteccionismo y todo, el déficit de la balanza comercial norteamericana está acercándose a los 500.000 millones de dólares y centenares de miles de puestos de trabajo industriales están localizándose en países de menos costos laborales y sociales. Y aunque Bush mantiene el proyecto de libre comercio en las  Américas, en realidad está protegiendo la siderurgia y otros sectores con altos aranceles, y parece dispuesto a librar una guerra comercial con quienes no acepten la imposición de la protección de los derechos de propiedad intelectual, según los entienden las grandes empresas multinacionales. Es en este terreno del control de la propiedad del conocimiento, la tecnología y los servicios a las empresas donde se sitúa la línea divisoria fundamental entre el mundo desarrollado y el que lucha por salir de la pobreza. ¿Y cómo pensar en una estrategia generosa de desarrollo compartido en un aspecto fundamental, la economía del conocimiento, cuando no se renuncia al proteccionismo agropecuario más primitivo?

Se puede debatir sobre los pros y contras de la globalización, en términos generales. Pero lo que no tiene vuelta de hoja es a quién beneficia esta pseudoglobalización, es decir, la globalización restringida a lo que conviene e interesa a las empresas y gobiernos de los países económica y militarmente dominantes. Si los avisos de Seattle, por la base, y Cancún, desde los gobiernos, no se toman en serio, habrá que empezar a dudar sobre la sostenibilidad de la globalización.


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