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Pierre Bourdieu: Un pesimismo liberador

MARC SAINT-UPERY

Pierre Bourdieu murió de cáncer el pasado miércoles 23 de enero. Era uno de los pocos gigantes del pensamiento sociológico del siglo XX. En la última década de su existencia, rompió con el relativo mutismo político justificable, según él, por la deseable autonomía del campo científico -que había caracterizado su carrera hasta los años 80- y se lanzó a cuerpo descubierto en la batalla por la justicia social y contra la globalización neoliberal. La mezcla de osadía y de ingenuidad proféticas con la qué puso su inmensa autoridad al servicio de esta lucha pudo irritar a muchos militantes más curtidos en las peleas políticas y sindicales, pero nadie puede negar la generosidad de este impulso.

Cuando comenzó a difundirse ampliamente en los años 70, la obra propiamente científica de Pierre Bourdieu constituyó una alternativa muy alentadora para los intelectuales de izquierda que no estaban satisfechos con los cuentos chinos o rusos del marxismo dogmático o con la escolástica althusseriana, pero no querían caer en la trivialidad positivista y tecnocrática de cierta ciencia social de origen norteamericano. Uniendo rigor y radicalidad, precisión empírica y ambición teórica, el trabajo de Bourdieu y de sus colegas parecía poder ofrecer una síntesis de lo mejor de la gran tradición sociológica, en particular de los tres maestros Marx, Durkheim y Weber, lejos de las oposiciones estériles y de los ideologismos groseros.

No fue solo un descubrimiento teórico, sino, para muchos, una revelación casi existencial. De hecho, el inicio de su popularidad coincidió con la explosión demográfica de la universidad de masas. Para las nuevas camadas de jóvenes intelectuales franceses, a menudo provenientes de la pequeña burguesía y de los sectores populares, la obra de Bourdieu tuvo un efecto de iluminación terapeutica. Los análisis minuciosos del capital cultural y de los laberintos del campo simbólico les liberaba espiritualmente de los obstáculos y de los enigmas a veces humillantes que encontraban en su trayectoria en un mundo social que no había sido construido para ellos. Les daba una brújula intelectual y la posibilidad de forjarse una coherencia personal.

De varios lados, se reprochó a Bourdieu un determinismo sutil pero no menos férreo que el del marxismo clásico. Se dijo que su misma práctica política, y la de los movimientos que apoyaba, desmentían en algún modo su teoría social. A pesar de ciertas sugerencias de su obra, que la dejan ver como un mecanismo bien aceitado (como si fuera un reflejo del mismo sistema de dominación que él quería deconstruir), su trabajo deja un legado de cuestiones abiertas.

¿Qué relación existe entre los varios campos de la realidad social, que parecen a veces poco articulados en su obra? ¿Se puede medir el capital cultural y/o simbólico, o se trata de un concepto metafórico? Cuál es su tasa de conversión con el capital económico, y su relación con la noción de capital social de los economistas institucionalistas? ¿Cómo analizar las prácticas populares evitando tanto el miserabilismo (todo lo que hacen los dominados expresa su irremediable subordinación) como el populismo (cualquier expresión de la cultura popular debe ser interpretada como un acto loable de resistencia o de autoafirmación)?¿Existe una competencia cognitiva y moral de los actores sociales que no sea plasmada por los efectos de la dominación?

En los últimos años de la vida de Bourdieu, la misma visibilidad de su figura de disidente celebrado ocultaba la dificultad de construir una relación entre el saber problemático de la ciencias sociales y las exigencias de una alternativa política a un orden injusto. Pero sin él, tal vez ni las interrogaciones citadas más arriba, ni el posible contenido de esta relación, hubieran podidos ser formulados inteligiblemente.

No es una casualidad si uno de sus últimos libros se llama Meditaciones pascalianas. Tras la pesada armadura teórica, se puede percibir un descendiente de esos moralistas franceses del siglo XVII que describían con una amargo estoicismo los espejimos de la comedia social y la fanfarria absurda de los cortesanos. Esta postura no iba sin una cierta afectación de superioridad incomprendida. Sin embargo, traicionaba también un verdadero malestar, un dolor de ser intelectual hasta el fondo, condenado a la tortura de la lucidez en un mundo de engaños y de falsos valores.

Eso volvía al personaje público Bourdieu a la vez horripilante y sumamente atractivo, según las miradas. Uno no puede aferrar la paradoja profunda de su obra si no entiende que aún su narcisismo intelectual, que no era escaso tras la máscara de impecable objetividad, estaba al servicio de una empresa de desmitificación de la sobrevaloración del yo aislado.

Quedaba fascinado por la figura de Sartre, pero al mismo tiempo analizaba con brío la construcción social del posicionamiento del «intelectual total». Aunque su propia trayectoria alimenta en parte la nostalgia poco democrática, en el fondo, de los grandes intelectuales-guías, él mismo había forjado muchas de las herramientas que permiten deconstruirla.

Al igual de tantas producciones intelectuales absorbidas por el marketing universitario, sus conceptos pueden acabar por ser recetas para cavarse un niche cómodo y predecible en la división académica del trabajo. Como siempre, no hay peores enemigos de un gran autor que sus epígonos mediocres y rutinarios. Sin embargo, muchos de los que aprendieron a leer el mundo en sus libros y en las páginas de su revista, Actes de la Recherche en Sciences Sociales, nunca olvidarán el efecto liberador de su pensamiento.

Citando el poeta Francis Ponge, Bourdieu dijo un día que su trabajo trataba de ayudar a que la gente pueda «hablar con sus propias palabras», escapar de los mecanismos ventrílocuos de la dominación y de las modas impuestas por los poderes o los falsos contrapoderes. Creo que hay muchos hombres y mujeres en el mundo, incluso fuera de los círculos académicos, que pueden testimoniar hoy en día que este anhelo no fue en vano.