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¿Choque de civilizaciones o de barbarie?

MIGUEL ÁNGEL FERRARI

¿El ataque terrorista contra Nueva York y Washington fue una expresión de civilización, o de barbarie? La respuesta inmediata, disparada por el "sentido común", es concluyente: fue un claro acto de barbarie. Segar la vida de millares de personas inocentes, es una actitud claramente enfrentada con los valores universales alcanzados lenta, desigual y trabajosamente por los seres humanos a lo largo de milenios.

Pero si ahondamos un poco en el análisis, nos encontramos con innumerables circunstancias y situaciones, que tienen que ver mucho más con los resultados de la civilización, que con los despojos de la barbarie. Los participantes, según las investigaciones, poseían un nivel de instrucción y un modo de vida propio de los habitantes del mundo desarrollado. La elección de los medios para llevar adelante los atentados terroristas --especialmente aviones de última generación, para cuyo pilotaje estaban perfectamente capacitados--, los sitúa más cerca de la sociedad urbana que de la tribu primitiva. La utilización de ingentes recursos económicos, que circulan fluidamente por el sistema financiero mundial, muestra un grado de parentesco mayor con la civilización contemporánea, que con las sociedades basadas en el trueque. Podríamos seguir con estas descripciones hasta el infinito y cada una de ellas no haría más que confirmar una fuerte presencia de elementos propios de la civilización, en desmedro de aquellos relacionados con la barbarie, que muchos la sitúan --cándidamente-- más cerca del primitivismo.

Si nos limitáramos a evaluar solamente los elementos objetivos que rodearon a este acto terrorista, nos encontraríamos que predominan abrumadoramente los vinculados a la modernidad. Entonces, es necesario bucear en los factores ideológicos para encontrar una explicación plausible.

Si en un esfuerzo de imaginación igualamos sólo a Occidente con civilización, nos encontramos con que los terroristas que arrasaron las torres gemelas, comparten muchos de los valores (o disvalores) que se cultivan en Occidente desde hace muchos siglos, hasta nuestros días. Los nazis --por ejemplo-- arrasaron, luego de asesinar a todos los varones adultos, al pequeño poblado de Lídice, a pocos kilómetros de Praga, porque de esa aldea provenían quienes ultimaron al jefe nazi Reinhard Heindrich. Los gobernantes norteamericanos ordenaron arrojar bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, que dejaron 250 mil muertos, millares de heridos e innumerables descendientes víctimas de la radiación atómica, la inmensa mayoría civiles, cuando ya la guerra estaba prácticamente terminada. Con una cantidad menor de víctimas, pero en un acto de igual raigambre terrorista, Orlando Bosh y Luis Posada Carriles --cubanos anticastristas, vinculados a la CIA-- planearon el estallido, en pleno vuelo, sobre Barbados, de un aparato de Cubana de Aviación, causando la muerte de las 73 personas (todos civiles) que se hallaban a bordo. De este hecho, mañana sábado se cumplirá --exactamente-- un cuarto de siglo.

Si los terroristas que atacaron a personas inocentes en Nueva York y en Washington, hubieran querido identificarse con esos "valores" de Occidente, habrían encontrado en ellos suficientes justificativos para su abyecta conducta.

Entonces, no estamos puestos --solamente-- ante la contradicción "civilización o barbarie" (en el sentido vulgar de la palabra), sino que también estamos ante el enfrentamiento de la "barbarie contra la barbarie". Esas formas de barbarie que no sólo perduran desde hace milenios dentro del proceso civilizatorio, sino que --muchas veces-- han nacido en su seno, violentando el originario sentido de la palabra: "extraño o extranjero".

Que el nazifascismo haya surgido en países con un desarrollo económico, científico, filosófico, artístico... avanzado, respecto de otros confines del planeta, demuestra que la barbarie coexiste con la civilización. Y demuestra también, que la civilización no es un producto terminado, sino un proceso en permanente transformación, donde cohabitan el derecho con el delito, la rectitud con la corrupción, el trabajo con la apropiación de su producto.

El huevo de la serpiente nazifascista, no fue otro que la sociedad capitalista moderna, cuyo progresismo nadie puede poner en duda, respecto de las injustas y atrasadas sociedades que la precedieron. Un progresismo que se irradió por el mundo con la Revolución Francesa, contagiando a nuestros próceres de la independencia. Pero, esa misma sociedad cuando vio peligrar su estabilidad ante la protesta, los reclamos y la lucha política de los ciudadanos de segunda clase, como ocurrió en Alemania luego de la Primera Guerra Mundial, no dudó en recurrir al terrorismo de Estado contra su pueblo y contra los pueblos vecinos. El dirigente laborista británico, Harold J. Laski, decía --durante la Segunda Guerra Mundial-- que "el fascismo es el capitalismo que rechaza sus orígenes liberales para adaptar la estructura social de producción, a aquellas circunstancias en que la idea liberal sería política, económica y socialmente fatal para la idea capitalista".

Como se podrá apreciar, el simplismo del presidente George W. Bush cuando expresa "o están con nosotros o están con el terrorismo", no es una inocentada, es una forma inteligente de disfrazar a una barbarie cuando se enfrenta con otra.