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Complicidad y ceguera de la sociedad civil

CENTA RECK

  

El panorama mundial, que se nos presenta con una franca hegemonía política y económica de los Estados Unidos sobre el resto del orbe, ha sido amenazado y se siente herido. Son sin embargo notorios los esfuerzos de la potencia norteamericana y de algunos de sus principales aliados europeos, por comprometer al mundo a dar continuidad al orden que con tanto esfuerzo y dedicación habían logrado instaurar.

Recordemos que somos protagonistas y testigos presenciales de un proceso histórico en el cual el poderío económico ha trasminado y se ha apoderado de todo el aparato político a nivel mundial, haciendo que el poder así conformado, no admita fisuras ni cuestionamientos. Y evidentemente este es el punto que garantizaba la invulnerabilidad del sistema vigente que ha sido tan cuidadosamente construido. Seguramente y a fin de conservar este régimen se extremarán las medidas, y estas se harán cada vez más drásticas, aplicándose una infinidad de sanciones a quienes osen plantear algo distinto o pensar de manera contraría a los planteos de la potencia en cuestión.

Si hacemos un repaso histórico, después de la finalización de la guerra fría, en la que se esgrimieron los conceptos de glasnost (transparencia) que concluyó con el establecimiento de un nuevo orden mundial, y de la caída del muro de Berlín (1989), se dio inicio a una serie de reformas que desembocaron en los actuales gobiernos parlamentarios y en las relaciones económicas de mercado ahora vigentes; acciones que dieron inicio al periodo de consolidación del nuevo régimen y de sus aliados.

Si hacemos una retrospectiva, podemos recapitular los pasos que se siguieron para llegar a cumplir con el objetivo de tomar el mando y el timón político y económico sobre el resto del mundo. Se consolidó un bloque de países aliados para que este funja como un frente compacto con la función de dar una imagen de poderío y unidad, aspecto necesario como parte de la estrategia de proyectar hacia el resto del mundo una imagen de fortaleza.

Este paso, se vio reforzado por una campaña de comunicación impecablemente diagramada y decididamente muy bien montada, que dio inicio al advenimiento de los profetas y a la enunciación de sus profecías, que comenzaron a asentar las bases de la inamovilidad de este nuevo orden, hablando del "Fin de la historia" como lo hizo Fukuyama, que dejó sentado que era menester convertir en absoluta esta nueva propuesta que por cierto no puede tener más que un sentido relativo y por ende revisable y cuestionable.

También aparecieron los profetas que pregonaban las ventajas de la economía de mercado, como lo hicieran Jefrey Sach y tantos otros gurús del sistema, quienes se encargaron de consolidar el terreno en el que prosperaría la propuesta de la "Globalización", que se constituyó en el punto clave para consolidar la formación de un sistema omnímodo, que en su aplicación no contempla otro factor que no sea el mandato de las leyes del mercado para el cual todos no somos otra cosa que consumidores potenciales. Recordemos que el éxito del sistema ha dependido y depende del hecho de mantener la vigencia absoluta de una ideología que pretende anular toda diferencia o diferenciación. En este sentido la potencia desplegó un trabajo intenso en todos los órdenes: político, económico, socio cultural, no descuidando en este proceso los ámbitos del arte y de la literatura, a fin de imponer esta política destinada a tomar cuenta de todos los ámbitos de acción y pensamiento. Se comenzó a censurar toda producción ideológica, cultural o artística que contemplara ideas renovadoras, o que llevara implícita la propuesta de introducirse en el campo de la ética o de la deontología. Todos estos aspectos se consideraron aspectos propasados, fuera de moda y obsoletos, e incluso se los calificó como el fruto de espíritus disidentes, opositores y sin ninguna capacidad de adaptación a un mundo nuevo que debía ser regido por la economía y el imperio de los sentidos.

Se contrapuso lo instantáneo e intrascendente a lo trascendente y profundo y la población civil tomó estas ofertas como absolutamente válidas dando pie a un modelo en el que todo ha sido transformado en una mercancía; sistema que ha pasado a estar avalada por el valor agregado que le asignan los destinatarios, que tienen como referente directo el estímulo de la ambición y la sensorialidad.

En las filas de la sociedad civil proliferaron como hongos los cultores de la nueva verdad. Intelectuales, hombres de ciencia, políticos, literatos, comunicadores, se han preciado de pertenecer a esta nueva generación de inconscientes, complacientes y faltos de el más somero análisis y raciocinio. Muchos llegaron a pensar que esta se ha constituido en la única manera de vivir, sin llegar a poner en duda el hecho de que con seguridad sólo constituye un modelo que se ha ido haciendo cada vez más contradictorio y destructivo.

El actual sistema ha transformado cualquier poder que no sea el económico en una noción ambigua y carente de sentido y operatividad, tanto es así que nos encontramos frente a la situación de elegir dignatarios y representantes que luego no pueden hacer nada para frenar leyes que avalan la voracidad de un régimen que se está engullendo todo lo que encuentra a su paso. El poder sólo reconoce y convalida a los mercados financieros y los demás actores se convierten en una mancha informe de tinta que ensucia la faz del planeta. ¿De qué sirve elegir a nuestros representantes, si luego estos se muestran incapacitados de llegar a cualquier intermediación a favor de la población que los ha elegido?

El mercado ahora tiene derecho de regularlo todo, incluso la cultura, y los miembros de la sociedad civil que se han embriagado con este elixir, han desnutrido sus espíritus y han cedido en los valores más preciados que deberían haber sido innegociables. Hemos abjurado de nuestra tierra, de nuestras huellas profundas, de todo lo que nos venía inspirando decencia y honorabilidad, para optar por una esclavitud que nos ha envenenado y nos está sumiendo en una pobreza de bienes y de espíritu. Pero toda la sociedad civil es también culpable porque ha pecado y sigue pecando de complicidad y ceguera.