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Aproximaciones al concepto de cultura política

FABIO LÓPEZ DE LA ROCHE

Sinopsis:

  Este trabajo intenta mostrar las distintas aproximaciones teóricas al concepto de cultura política, formuladas desde algunas de las tendencias o tradiciones de análisis del fenómeno que se han ido configurando en las ciencias sociales. Llamaremos la atención también sobre las diferentes confluencias interdisciplinarias que se han venido produciendo desde los trabajos empíricos dedicados al estudio de diferentes temas y problemas de cultura política. Trataremos de señalar así mismo algunos de los problemas y dificultades que implican los usos actuales del concepto desde el punto de vista teórico y metodológico y las posibilidades y retos que tal situación plantea a los investigadores del tema.

 

El interés por la problemática de la cultura política

Desde la segunda mitad de los 80 en América Latina, y un poco más tardíamente en Colombia -más o menos desde finales de esa década y comienzos de los 90-, algunos sectores intelectuales y círculos de opinión empezaron a utilizar ampliamente la noción de "cultura política". El interés por las cuestiones político-culturales estuvo relacionado en ese momento con el fenómeno de la transición a la democracia luego de varios años de dictadura en los países del Cono Sur, y la reflexión que empiezan a desarrollar varios analistas de las ciencias sociales alrededor del apoyo que distintos sectores sociales (entre ellos las clases medias) prestaron a los regímenes autoritarios. Tal apoyo hizo que muchos analistas empezaran a plantearse la cuestión de cómo jugó en esa inflexión de las orientaciones políticas de las capas medias hacia posiciones conservadoras y de derecha (por ejemplo en el caso de la Unidad Popular de Allende), la demanda de orden y de superación de las sensaciones de inestabilidad y caos que la confrontación política interna había generado en amplios sectores de la población. El interés por los aspectos relacionados con la cultura política se ligaba al mismo tiempo al reconocimiento de la importancia de los factores culturales (y entre ellos de aquellos particularmente relacionados con la subjetividad de los actores políticos y sociales), en la consolidación de la recién restaurada democracia.

 La vastedad de temas y problemas abordados desde el concepto de cultura política. Con la noción de "Cultura Política" se ha abordado un conjunto de fenómenos, de temas y problemas bastante amplio y heterogéneo.

Para algunos investigadores la cultura política tendría que ver con los conocimientos, valores, creencias, sentimientos, predisposiciones y actitudes de los individuos ante la política y los asuntos a ella ligados. Esta visión prioritariamente psicológica de la cultura política se relaciona sobre todo con las disposiciones u orientaciones de los individuos y los grupos hacia los objetos políticos, las cuales son estudiadas y medidas a través de encuestas o escalas de actitud.

Desde otras perspectivas teóricas y metodológicas, historiadores de la cultura, antropólogos y psicólogos sociales han empezado a interesarse en estos años por un conjunto de fenómenos que también tienen que ver con la cultura política: los "imaginarios" y las "mentalidades", las "representaciones sociales" que distintos grupos conforman acerca de la realidad en general, y acerca de la vida política en particular: cómo se perciben mutuamente distintos grupos de la sociedad (los militares, los izquierdistas, los sindicalistas, la clase política, los empresarios, los sectores populares, la burguesía, los jóvenes, los policías, etcétera). Algunos analistas políticos se refieren en este sentido a la necesidad de conocer los imaginarios y las mentalidades de distintos actores de los conflictos presentes en nuestras sociedades, bien para tenerlos en cuenta en los procesos de negociación, o bien para desde la crítica social estimular transformaciones en las actitudes y valores autoritarios de algunos de estos actores. Las actitudes democráticas o autoritarias estarían relacionadas con la manera como las personas establecen, individual o colectivamente, una posición abierta o una actitud cerrada e intransigente ante el conocimiento humano, ante el problema de la "verdad".

Uno de los cientistas sociales que ha contribuido a la reflexión sobre la cultura política en América Latina, Norbert Lechner, ha titulado uno de sus trabajos Los Patios Interiores de la Democracia. Subjetividad y política (FLACSO Santiago de Chile, 1988), aludiendo con esa idea de "subjetividad" al mundo cultural y valorativo de los sujetos participantes en la vida política. Varios de estos análisis subrayan la pertinencia de una mirada que muestre cómo en la organización de la vida cotidiana de la gente (en el hogar, la relación de pareja, el funcionamiento interno de la familia) se construyen día a día modelos de orden, actitudes en torno al ejercicio de la autoridad y a la relación con el poder, formas de obediencia social o de distanciamiento crítico con el poder y con lo establecido.

Para otros analistas, la problemática de la cultura política se relaciona íntimamente con la cuestión de la identidad o de las identidades (nacionales, étnicas, sociales, regionales, locales, sexuales, de género, etáreas), en un momento de configuración de actitudes y contextos posmodernos que han hecho mucho más visible la diversidad socio-cultural y cada vez menos posible subsumirla en los macrosujetos clásicos de la emancipación, el proletariado o el campesinado, que han estallado como formas únicas y unívocas de representación política de la sociedad, en medio de la crisis y replanteamiento de las grandes narrativas de la modernidad ("progreso", "razón", "revolución", "vanguardia" "desarrollo").

Otra dimensión de los análisis de cultura política que introduce la aproximación histórica a su configuración y desarrollo, estaría relacionada con las distintas atmósferas generacionales que se suceden en el desarrollo de la sensibilidad política colectiva de una nación o de una comunidad (por ejemplo, las de las generaciones de los 60 y 70, o las de los 80 y 90), las cuales constituirían diferentes "climas" o contextos de socialización de los jóvenes crecidos bajo esos parámetros espacio-temporales, y por lo tanto dejarían herencias diversas en términos de valores e idearios grupales y formas de darle sentido a la vida personal.

 En algunos trabajos de historia de la educación, o de sociología de la educación, se han desarrollado también miradas que ven al sistema educativo como un componente básico o subsistema de la cultura, muy importante para comprender ciertas pautas históricas de socialización política de la población y las especificidades del acceso de esta a los valores de la modernidad (al libre examen, la idea de democracia, la autonomía individual, al reconocimiento de la pluralidad, etcétera).

 En Colombia, buena parte de la reflexión adelantada sobre nuestra cultura política, se ha centrado en el estudio de las relaciones entre religiosidad católica, sistema educativo e intolerancia político-ideológica. Distintos analistas han encontrado allí algunos de los factores estimulantes de la tradición de intolerancia ideológica y violencia política característica de la experiencia histórica colombiana.

 Por cultura política otros estudiosos (lingüistas, semiólogos, antropólogos) han entendido también la simbología del poder (emblemas, himnos, escudos , banderas, colores, consignas, mitos fundacionales), los discursos, artificios retóricos o teatrales desde los cuales se construye o se legitima la autoridad política, o los rituales y ceremonias a través de los cuales se renuevan los vínculos políticos en una sociedad (mítines, manifestaciones, celebraciones).

 Como vemos de la presentación anterior, la noción de cultura política aborda una pluralidad enorme y compleja de fenómenos. El estudio de cada uno de ellos demanda igualmente diversas aproximaciones, diferentes confluencias interdisciplinarias, así como distintos enfoques metodológicos, a las múltiples disciplinas que concurren al estudio de la cultura política o las culturas políticas: la historia de la cultura, la sociología política, la semiología, la antropología política, la psicología social, la ciencia política, la lingüística y los estudios de comunicación de masas. En América Latina, por ejemplo, el campo de estudios sobre comunicación y cultura, confluye con la sociología y la ciencia política en el estudio de los procesos de configuración de la nueva escena pública electrónica, el espacio público de nuestros días, marcado por el peso de la política televisiva o videopolítica y de los sondeos de opinión. Las culturas políticas urbanas o metropolitanas contemporáneas, las nuevas formas de representación y de identidad política, difícilmente pueden ser comprendidas al margen de una reflexión cultural y política sobre los medios de comunicación.

 

Algunos problemas del uso del concepto de "cultura política"

 Norbert Lechner ha llamado la atención sobre lo problemático que resulta un manejo tan amplio y diverso del concepto de cultura política, con frecuencia poco operacionalizable en términos metodológicos. Desde su perspectiva, la noción aparece como "una categoría residual que abarca de modo arbitrario, según las conveniencias del caso, una multiplicidad de aspectos dispares. El empleo demasiado extensivo y poco riguroso del término reduce su valor informativo. En realidad, la noción carece de fundamentación teórica y ello dificulta el análisis empírico; por consiguiente resulta difícil especificar su contenido concreto". (1)

 Como lo hemos visto del recorrido realizado por distintos usos del concepto de "cultura política" y como lo veremos más adelante de manera más explícita y pormenorizada al presentar algunas de las aproximaciones teóricas a ella, no existe una noción única de "cultura política" ni tampoco una que podamos decir que se ha constituido en la más aceptada dentro de la investigación social. Muchos de los problemas de este uso tan ampliamente extensivo del concepto tienen que ver con los dos mundos o esferas de la vida social (la "política" y la "cultura") que él interrelaciona y pone a dialogar. Con el agravante adicional de que la categoría "cultura" es sin lugar a dudas una de las más polisémicas y de las más abarcadoras desde el punto de vista temático(2). Es tal vez en parte por eso, que se ha producido esta situación que ha llevado a que bajo la denominación de investigaciones de cultura política nombremos a todos aquellos trabajos que de una u otra manera ponen en diálogo fenómenos de la cultura con fenómenos de la política.

 Algunos ejemplos en Colombia de este tipo de trabajos que no solamente son denominados desde fuera -por la crítica y por sus lectores- como trabajos de cultura política, sino que son también considerados por sus propios autores como tales, son la investigación de Margarita Garrido sobre los modos a través de los cuales se representaban mutuamente a fines de la Colonia, comienzos de la República, distintos estamentos sociales y grupos étnicos, las maneras como esos distintos grupos usaban políticamente los recursos legales para servir sus intereses grupales, o las muy particulares y curiosas formas de recepción por los indígenas y otros grupos marginados de la idea de la soberanía popular importada de las revoluciones de Europa y Norteamérica(3); el trabajo de Francisco Gutiérrez sobre el discurso plebeyo en el movimiento de los artesanos de 1849 a 1854, los imaginarios mutuos entre grupos oligárquicos y artesanos, las identidades sociales del artesanado, su ligazón con una cultura del trabajo independiente, el trasfondo étnico y cultural de su lucha social ("casaca contra ruana", "alpargatas contra botas", "la Fonda de la Rosa Blanca -el lugar de reunión de los jóvenes liberales bogotanos- y las chicherías")(4); el estudio de Margarita Pacheco sobre la rebelión del "perrero" o del "zurriago" en Cali a mediados del siglo pasado, los usos políticos de la leyenda popular al servicio de la causa social y el apoyo de la rebeldía popular en nociones sólidamente definidas acerca del "bien común", los límites de la autoridad, la "justicia elemental", y los valores frente al uso, posesión y distribución de la riqueza(5); o el trabajo de Carlos Mario Perea sobre el imaginario y el discurso político de las élites capitalinas durante los años 40 del presente siglo y la relación de ellos con una serie de núcleos míticos profundamente arraigados en la cultura colombiana de entonces, íntimamente ligados a actitudes de intolerancia y exclusión frente al adversario político. (6)

 En la literatura española y latinoamericana, para citar solamente dos trabajos -de las numerosas y muy diversas investigaciones que se incluyen en el área de cultura política-, podríamos nombrar los estudios antropológicos de Francisco Cruces y Ángel Díaz de Rada sobre mitin, ritual y representación política en Leganés, (ciudad-dormitorio contigua a Madrid), acerca de las marchas y manifestaciones de protesta en Ciudad de México, o alrededor de las celebraciones, las fiestas y la vivencia de la política en escenarios locales del país ibérico(7); y en el estudio de la experiencia política contemporánea chilena, el trabajo de análisis semiológico del discurso público de Pinochet realizado por Giselle Munizaga, con el propósito de rastrear las particularidades del proyecto histórico de refundación de la nacionalidad propuesto por el régimen militar, así como sus procedimientos de construcción de valoraciones y sentidos a través de un cierto tipo de interpelaciones a la sociedad con el fin de constituir o reconstituir sujetos sociales y políticos(8).

 Reconociendo entonces con Lechner la existencia del problema de la vastedad temática y problemática que el concepto entraña, no vemos por ahora una solución integradora de las dos perspectivas globales que aquí se juegan y que tal vez tienen que ver con dos tipos de sensibilidades disciplinarias en confrontación, o por lo menos en oposición: una más de análisis político o politológico, de restricción del concepto a sus planos más estrictamente políticos (en rigor, psicológico-políticos); y otra más antropológica, cultural o culturalista, que se resiste a la reducción de la cultura a sus planos y datos más psicológicos y cuantificables, defendiendo un uso más abierto, menos restrictivo temáticamente y más cualitativo en términos de la metodología de investigación utilizada (lo que no implica necesariamente un rechazo al uso de métodos cuantitativos). Más adelante, en las conclusiones de este trabajo, esbozaremos algunas posibles salidas a esta cuestión de la construcción conceptual de la noción de "cultura política".

Otra objeción al concepto que presenta Norbert Lechner es el problema de usarlo como rango analítico y normativo a la vez: "La cultura política como categoría analítica no se identifica con un contenido determinado; sin embargo, los estudios suelen enfocar a la cultura política en función de un contenido determinado, refiriéndose generalmente a una cultura política democrática". Es la situación que observamos frecuentemente en Colombia cuando desde cierto sentido común extendido al interior de los intelectuales y ciertos círculos ilustrados escuchamos decir: "Es que en este país no hay cultura política", o, siguiendo la misma lógica, "Es que aquí no hay ética", obviamente pensando en una cultura política y una ética democráticas. No es que no haya cultura política, sino que la que existe o las que existen aparecen con frecuencia marcadas notoriamente por el autoritarismo, la intolerancia, la violencia o la manipulación clientelista de las necesidades y desigualdades sociales.

 Es interesante y significativo, de todas formas, el reconocimiento que hace Lechner de la pertinencia de este concepto como herramienta de análisis de la realidad: "No obstante estas objeciones, no debiéramos renunciar, por purismo científico, al empleo del término. Su uso en el lenguaje cotidiano y en el debate intelectual indica su utilidad para señalar un campo que si no quedaría en la oscuridad. Es cierto que carecemos de un concepto de cultura política; pero el fenómeno existe"(9).

 Resulta pertinente también la sugerencia de Lechner de pensar el concepto como una categoría relacional, útil para el análisis comparativo de distintas culturas políticas, de diferentes tradiciones de cultura política:

"Que el fenómeno se diluya apenas tratemos de precisarlo, nos señala una segunda objeción: no existe la cultura política. A lo más podríamos hablar de las culturas políticas. En ausencia de criterios abstractos para definir la cultura política habría que usarla solamente como una categoría relacional que permite confrontar las orientaciones colectivas de dos o más actores respecto a cuestiones políticas"(10). En el estudio de la experiencia político-cultural colombiana, el uso del concepto como una categoría relacional implicaría comparar y diferenciar tradiciones de cultura política como la liberal y la conservadora, la del populismo anapista, la del Movimiento Revolucionario Liberal MRL, el laureanismo, el llerismo, el galanismo, las distintas vertientes del maoísmo, la del comunismo tradicionalmente pro soviético o la del Movimiento 19 de Abril, para citar algunos ejemplos. (11)

 Abordaremos a continuación algunas de las más importantes aproximaciones teóricas al concepto de "cultura política".

 

La tradición estructural-funcionalista y el estudio de la "civic culture"

 Una de las tradiciones más difundidas en el estudio de la cultura política es la de la "cultura cívica" (civic culture) desarrollada en la investigación politológica norteamericana desde los trabajos de Gabriel Almond, G. Bingham Powell y Lucian Pye. Esta tradición de estudio de la cultura política se gestó en los marcos de la teoría estructural-funcionalista de la modernización y de la transición de sociedades tradicionales a sociedades modernas. Desde esta escuela, la cultura política es definida como "el patrón de actitudes individuales y de orientación con respecto a la política para los miembros de un sistema político. Es el aspecto subjetivo que subyace en la acción política y le otorga significados. Tales orientaciones individuales incluyen diversos componentes: a) orientaciones cognitivas, conocimiento preciso -o no- de los objetos políticos y de las creencias; b) orientaciones afectivas, sentimientos de apego, compromisos, rechazos y otros similares respecto de los objetos políticos, y c) orientaciones evaluativas, juicios y opiniones sobre los aspectos políticos que, por lo general, suponen la aplicación de determinados criterios de evaluación a los objetos y acontecimientos políticos"(12).

 Sobre la base del nivel de avance de los habitantes de una nación en dirección a una cultura secularizada, especializada, de orientaciones pragmáticas empíricas, universalista, racional y consciente de las estructuras políticas nacionales (de las instituciones y del sistema político), estos autores clasifican a la población en tres tipos de ciudadanos. De un lado estarían "los parroquiales [que son] aquellas personas que manifiestan poca o ninguna conciencia de los sistemas políticos nacionales. Tales individuos se encuentran en cualquier sociedad, pero son relativamente escasos en las sociedades occidentales modernas. En algunas sociedades transicionales es posible hallar grandes grupos regionales parroquiales en ciertas áreas aún no afectadas por la política nacional(13)". En otro aparte nos precisan los autores refiriéndose a la existencia de "culturas parroquiales", que "los individuos parroquiales son aquellos que en un sistema político manifiestan orientaciones sociales altamente difusas y tienen poca o ninguna conciencia del sistema político como entidad especializada. Tales individuos pueden encontrarse también en sistemas que tienen complejas estructuras de gobierno, pero los miembros de las tribus son parroquiales porque no tienen noción específica de esas estructuras. Para cuantos lo integran el sistema político permanece, en el mejor de los casos, en el límite de lo consciente".(14)

 Una segunda categoría la integrarían los "súbditos, [que] son aquellos individuos que se orientan hacia el sistema político y el impacto que productos tales como el bienestar, los beneficios, las leyes, etcétera, pueden tener sobre su vida, pero que, en cambio, no tienen participación en las estructuras de insumo". El tercer grupo estaría constituido por los "participantes [que] son los individuos que se orientan hacia estas últimas y sus procesos y se comprometen con ellos o se ven a sí mismos como potencialmente comprometidos en la articulación de las demandas y la adopción de decisiones".(15)

 Para Almond y Powell es claro que los países-modelo en cuanto al desarrollo alcanzado por la "civic culture" son Inglaterra y Estados Unidos, Suiza y los países escandinavos:

 "La participación política desarrolla un conjunto de actitudes específicas con respecto a las estructuras políticas de insumo (partidos y grupos de intereses) y al papel que pueden desempeñar los individuos en esas estructuras. En tal caso, el individuo ha alcanzado un nivel de secularización cultural (o especificidad), con el cual estamos familiarizados quienes vivimos en el sistema democrático. Claro está que aún en los sistemas políticos más modernos y secularizados existen individuos que nunca han alcanzado ese nivel de orientación. Sin embargo, en naciones como Inglaterra, los países escandinavos, Estados Unidos y Suiza, una proporción muy grande de la población ha alcanzado ese nivel. A medida que se extiende la alfabetización es probable que se desarrolle también una creciente especificidad de orientación". (16)

 Metodológicamente, esta tradición de investigación de la cultura política intenta construir un concepto operacionalizable, más o menos restringido, que pueda dar cuenta del fenómeno en distintas sociedades, y que pueda dar lugar a trabajos de análisis de cultura política comparada en distintos escenarios nacionales. El método privilegiado de análisis son las encuestas y las escalas de actitud, con las cuales se intenta medir y cuantificar el desarrollo o subdesarrollo de la cultura política:

 "La cultura política no es una categoría de explicación residual; comprende un conjunto de fenómenos que pueden ser identificados y, hasta cierto punto, medidos. La opinión pública y las encuestas de actitud son los instrumentos básicos para determinar y medir tales fenómenos en los grupos grandes. Las entrevistas profundas y las técnicas psicológicas proporcionan datos sobre casos individuales. Las declaraciones públicas, discursos y escritos, los mitos y leyendas pueden también ofrecer algunas pautas acerca de las características de los patrones de cultura política".(17)

 Esta vertiente politológica de aproximación teórica y metodológica al estudio de la cultura política presenta indudablemente méritos importantes en cuanto al reconocimiento de las pautas culturales como realidades sociales autónomas y no como un simple epifenómeno de la economía o de la política; muestra un avance importante en el intento de construir una definición operativa capaz de ser sustentada en datos empíricos extraídos de la realidades culturales estudiadas y destaca aspectos importantes del cambio cultural y político en los procesos de transición de las sociedades tradicionales a las modernas.

 Sin embargo, como lo veremos más adelante a la luz de otras aproximaciones a la cultura política, la tradición teórica de la "civic culture" además de su notoria naturaleza euro-norteamericano-céntrica, institucionalista y universalista, deja por fuera aspectos histórico-culturales fundamentales en el análisis político-cultural, y desde el punto de vista metodológico, la prioridad conferida a la intención cuantificadora sobre la base de la aplicación de las encuestas y escalas de actitud, reduce sustancialmente la posibilidad de dar cuenta de otras facetas del fenómeno a través de otras herramientas, más vinculadas a la investigación cualitativa y a la intención interpretativa.(18)


Aproximaciones desde la antropología social

 Una de las aproximaciones más interesantes al concepto de cultura política ha sido propuesta por los antropólogos sociales Francisco Cruces y Angel Díaz de Rada. Sometiendo a una fuerte crítica los presupuestos teóricos de Almond y Verba expuestos en su libro clásico de 1963 The Civic Culture, ellos han cuestionado el sentido universalista, occidentalista e institucionalista de su concepción de la cultura política y la disociación de "política" y "cultura" que tal visión entrañaría, al restringir la cultura a valores, creencias y disposiciones de comportamiento en relación con el sistema político. Desde una sensibilidad antropológica muy atenta a las articulaciones entre política y vida cotidiana y desde un interés por los escenarios locales de la política, Cruces y Díaz han mostrado cómo los sentidos acerca de la política construidos desde los espacios locales, no siempre van en la misma dirección de las concepciones formales, institucionales, racionalistas y universalistas que presiden frecuentemente la formulación y aplicación de las políticas públicas de modernización, participación e integración políticas. Aplicando métodos etnográficos al estudio de las relaciones entre política y vida cotidiana en las actividades de celebración de la semana cultural de Leganés, ciudad-dormitorio próxima a Madrid, los autores concluyen, de la investigación realizada, que sus resultados ilustran "la existencia de sentidos prácticos, inmediatos, de la organización de la convivencia que resultan básicos en la definición de un "nosotros" colectivo, sugiriendo que las soluciones locales al problema de la identidad y al de la participación constituyen formas genuinas de cultura política". Una segunda conclusión es que esas formas locales de cultura política "no coinciden necesariamente con las soluciones y demandas institucionales, aunque de hecho se superpongan o se imbriquen con ellas en grado variable. En el espacio de la actividad cultural promovida institucionalmente (y políticamente guiada por el ayuntamiento socialista) se negociaban sentidos divergentes ante ambos problemas".

 Los autores han formulado así su crítica a la naturaleza institucionalista de la "civic culture" y otras aproximaciones a la cultura política afines a ella:

 "La visión institucionalista hace referencia al lugar desde el que mira el concepto de cultura política. Pues más que informarnos de cómo las culturas locales ven realmente, desde su óptica parcial, a las instituciones, a lo que tiende es a examinar a aquellas desde las exigencias de la legalidad y el funcionamiento institucional. Con ello se introduce inevitablemente un supuesto de valor relativamente extraño al propio universo de estudio; el de la jerarquía entre los aspectos culturales de integración en el orden legítimo y todos aquellos que no conducen de forma necesaria a tal integración, sino que responden a condiciones locales de existencia. Decimos que ese supuesto legitimista es sólo relativamente extraño al universo de estudio porque, de hecho, un orden legítimo existe como tal en la medida en que dicha jerarquía sea efectivamente reconocida y acatada en algún grado -por ejemplo, en la medida que el ciudadano adopte el criterio de que es preferible votar responsablemente al candidato mejor preparado para gobernar que no hacerlo siguiendo filias y fobias personales, y menos aún aprovechar las elecciones para irse de puente a la parcela en el pueblo. Ese reconocimiento es, por definición, siempre incompleto (como ilustra el que bastante gente, por muy diversas razones, prefiera marcharse al pueblo el día de la jornada electoral); de él es de lo que trata la "cultura política", y muy especialmente la "cultura cívica". Por lo que nos interrogamos entonces es por cuanto queda, por así decirlo, al margen o por fuera de esa jerarquía, de ese reconocimiento. En qué medida la integración en un orden político mayor agota todos los sentidos locales de lo político? Realmente constituyen el Estado y su legitimidad sus únicos referentes?". Aludiendo a las hondas discontinuidades y fracturas que se presentan en la relación entre las instituciones del universalismo y las culturas localmente consideradas, los autores observan cómo "ciertos usos del concepto de cultura política, al cortar el traje del buen ciudadano a la medida de la ordenación institucional, no permiten que los contornos de dichas fracturas se vean con nitidez. Hacen de él más un concepto-fuerza, un modo de "hacer institución", que de describir cómo son, efectivamente, las formas locales de convivencia, de decisión y de valoración, sus relaciones de doble dirección con la autoridad legítima y sus recursos ante el poder". (19)

 Cruces y Díaz han fustigado también duramente cierta noción de cultura política ligada a la información obtenida a través de encuestas realizadas con el fin de seguirle la pista a la relación que en distintas coyunturas establecen diferentes sectores de la población con las gobiernos y sus medidas:

 "En una encuesta del C.I.S. de junio de 1988, bajo el rótulo "cultura política" se incluían las cuestiones siguientes: interés por la política; interés por la actividad de los órganos de poder; satisfacción con la vida política; nivel de democracia desde el Gobierno socialista; cercanía de los partidos políticos a los problemas de los ciudadanos; capacidad de comunicación de los partidos políticos; en qué medida los partidos se preocupan más de los intereses nacionales que de los del propio partido; capacitación de los políticos; honestidad de los políticos; valoración de la actuación política de los partidos (CIS, 1988). "Cultura política" representa aquí, ante todo, un termómetro para medir la imagen del sistema institucional y sus principales actores -los políticos- a ojos de una población segmentada según sexo, edad, tamaño del municipio, educación, situación laboral, ocupación, práctica religiosa, adscripción ideológica y recuerdo de voto en anteriores elecciones. Lo que vale como "cultura" es propiamente un ramillete de imágenes sobre los que gobiernan; lo que cuenta como población, el universo de los gobernados, estratificado según criterios comunes al conjunto. Esta es sin duda, la más restringida de las posibles versiones del constructor, a resultas de un progresivo estrechamiento que va de la cultura ciudadana a la cultura política, de esta a la cultura cívica, de ésta a la cultura democrática o participativa, y de esta última a su caricatura: le parece bien o mal lo que hacemos los políticos?".(20)

Los autores, además de cuestionar la metodología utilizada para su estudio (la suma de las orientaciones individuales de los ciudadanos), toman distancia también de la visión universalista de la "civic culture" y de las concepciones de la cultura política a ella afines, las cuales desde su perspectiva constituyen una visión homogeneizante de las sociedades y las culturas poco sensible al reconocimiento de las diferencias:

 "La segunda dimensión, el universalismo, tiene que ver con la adopción del Estado-Nación como unidad natural de los análisis. Aunque a primera vista pueda parecer chocante la serie que asocia el universalismo a la Nación y ésta al Individuo, se trata de una configuración ideológica de principios difícilmente disociables, característica del pensamiento moderno. Como ha ilustrado Dumont, la reciente organización de los pueblos en naciones soberanas se halla conectada históricamente con la cosmovisión ilustrada de una humanidad de individuos libres e iguales. (...) La cultura política se refiere por fuerza a la inserción de todo sujeto político -individual o colectivo- en el interior de un Estado así idealmente configurado; es una noción cortada a la medida del tamaño de éste, o, en su defecto, de sus circunscripciones administrativas, razón por la cual a menudo se habla de "subculturas políticas regionales". Cabe preguntarse qué queda del concepto cuando de lo que se trata es de hablar, precisamente, de la no correspondencia entre cultura y Estado -de la cultura política, por ejemplo, en los Estados pluriculturales del llamado Tercer Mundo; o de la creciente quiebra "comunitarianista", en los países occidentales, del modelo de contrato social y de elección racional que gobierna la lógica política individualista característica de la democracia representativa. Marramao ha señalado con urgencia este último problema a propósito de lo que denomina "los fundamentalismos indígenas de Occidente": un estallido de grupos y tendencias para quienes "las instituciones del universalismo ... están marcada de manera irremediable de una fisiológica indiferencia en relación con las diferencias: es decir, en relación con aquellos vínculos solidarios que pueden darse no entre individuos atomísticamente considerados (según el esquema del "contrato social" de Hobbes en adelante), sino entre sujetos concretos culturalmente afines".(21)

 Sobre la base de los argumentos antes expuestos, los autores sugieren la pertinencia de "poner en diálogo un concepto de Cultura Política, con mayúsculas, y un concepto antropológico, más plural y localizado, de "culturas políticas", viendo sus relaciones posibles, y, más allá, sus quiebras y desencuentros".(22)

 Criticando las perspectivas institucionalistas, racionalistas y occidentalistas de la civic culture y de otros usos del concepto de cultura política afines a ella, Cruces y Díaz han señalado cómo para tales aproximaciones "lo que no es cultura cívica y responsabilidad ciudadana deviene fragmentación, familismo amoral, cinismo político, premodernidad, parroquialismo, anacronía, tardofranquismo, picaresca, infantilismo, clientelismo, espíritu tribalista, integrismo autoritario. O, en el caso de las "nuevas culturas políticas": fuerzas antisistema, desencanto, uncivic culture. Describir estos procesos desde sus propias coordenadas locales de valor -desde su peculiar aspiración de autonomía simbólica- no es prestarles complicidad, sino conocerlos mejor. La "cultura cívica dice más de Inglaterra que de México, y más de las clases urbanas escolarizadas que de las rurales iletradas. Retrata la cultura, en lo político, de un ciudadano-tipo en la medida exacta en que éste se aproxima al corazón del sistema: un varón, residente en núcleos urbanos, con una edad comprendida entre los veintiséis y los cincuenta años y con un nivel educativo alto (Morán, 1992:48). Para mujeres de escasa escolarización, "parroquiales" y amas de su casa, la cultura política registrada por las encuestas tiende a cero, cuando no queda incógnita en la casilla de "no sabe/no contesta".(23)

 Otra aproximación interesante a la cultura política desde la antropología social la constituyen los trabajos sobre redes sociales y la manera como estas se articulan con la cultura, construyendo simultáneamente un tejido de relaciones de poder. Las investigaciones de Larissa Adler Lomnitz reunidas en su libro Redes sociales, cultura y poder: ensayos de antropología latinoamericana (Porrúa-FLACSO México, México, 1994), intentan mostrar, en distintos estratos sociales y grupos ocupacionales, las maneras como se construyen relaciones de reciprocidad, solidaridad, lealtad, ayuda mutua, confianza, redes de conexiones sociales y familiares, ya de tipo horizontal (intraclase) ya de tipo vertical (interclase).

 Adler Lomnitz subraya también las deficiencias teóricas de la escuela de la Civic Culture, observando como el uso de un sofisticado instrumento de cuantificación (las encuestas de actitudes), corrió paralelo con el reduccionismo psicológico y el descuido de esquemas explicativos profundos. Así mismo, pone en duda las posibilidades metodológicas de las encuestas de actitudes en la investigación de culturas que carecen de tradiciones individualistas occidentales.(24)

 La sensibilidad antropológica de Adler le da la posibilidad, de una manera similar a la asumida por Cruces y Díaz en los textos arriba citados, de observar aquellas expresiones de la cultura política presentes en la sociedad, que escapan a los modelos occidentalistas y racionalistas de construcción de la moderna institucionalidad capitalista y que no logran ser domeñados totalmente por su lógica individualista, competitiva e instrumental.

 Estudiando el compadrazgo a nivel de las clases medias urbanas chilenas, Adler muestra cómo "las actitudes y los valores propios del "compadrazgo" revelan un conflicto subyacente entre la ideología liberal de competencia y progreso basados en el mérito individual, (el espíritu de la ley) y la ideología de solidaridad de grupo". (25)

 En otro informe de investigación sobre las formas de supervivencia en Cerrada del Cóndor, una barriada de Ciudad de México, Adler observa en ese mismo sentido cómo "una consecuencia característica de la relación de reciprocidad es la elaboración de un código moral diferente (y a veces opuesto) al código moral del intercambio de mercado. En una relación de reciprocidad existe un énfasis moral explícito en el acto de dar, o de devolver el favor recibido, antes que de extraer el máximo beneficio inmediato de una transacción. Sabemos que ambos sistemas pueden utilizarse paralelamente en diferentes contextos, puesto que un miembro de una red de intercambio recíproco puede simultáneamente vender sus servicios o su fuerza de trabajo en el mercado laboral. Pero en último término es la reciprocidad con sus parientes y amigos la que asegura su supervivencia entre los largos y frecuentes intervalos de cesantía, a pesar de que el mercado proporcione todos los recursos económicos. Cuando estos recursos no van acompañados de un mínimo de seguridad, no logran garantizar el sustento. En cambio, si estos recursos intermitentes se comparten entre seis, ocho o diez personas, el grupo sobrevivirá allí donde sucumbirá el individuo".(26)

 Miremos a continuación la idea de "cultura política" desarrollada por Larissa Adler Lomnitz:

 "Entendemos la cultura como un lenguaje de comportamiento compuesto por la "gramática" (la "langue") y el "habla" (la "parole"). La gramática es el conjunto de categorías y reglas (Bock, 1977:40-43) que representa la continuidad en la cultura, y el habla es su comportamiento linguístico, el cual es por naturaleza variable. En este juego de continuidad y cambios, la gramática sería a la sociedad lo que el subconsciente al individuo; una estructura profunda, no visible, que se manifiesta en el comportamiento de sus integrantes.

 Los cambios que se van dando en una sociedad (tecnológicos, económicos, políticos), deben enfrentarse a su estructura, y el resultado de la adecuación entre las fuerzas conservadoras y las del cambio va constituyendo su historia; los cambios son asimilados e interpretados por la continuidad de la cultura. Los grandes y bruscos cambios en la gramática cultural se dan en momentos cataclísmicos (conquista, guerras, etcétera). De otra manera, los cambios son lentos; los eventos van actuando sobre la cultura en forma gradual. La gente actúa, absorbe y asimila los cambios a partir de la gramática cultural preexistente. En ello consiste la dinámica de la continuidad y el cambio.

 En este contexto, la cultura política vendría a ser la gramática de las relaciones de dominación/subordinación/cooperación; es decir, la gramática del control social: del poder y su forma de expresarse.

 Mi propuesta es definir la cultura política sobre la base de:

- la estructura de las redes sociales que tienen relación con el poder; y

- la del sistema simbólico que la legitima

 a) La estructura de las redes sociales depende: de la dirección en la que se dan los intercambios -redes horizontales y redes verticales-, de lo que se intercambia y de la articulación que se da entre las redes. En toda sociedad se dan intercambios simétricos o asimétricos, que se van a su vez articulando entre sí, conformando el tejido social. El predominio de unas sobre otras y su combinación dan el carácter a la cultura política (Ej. autoritaria vs. igualitaria); y

 b) El sistema simbólico, por su parte, refuerza y legitima esa estructura de redes e incluye manifestaciones tales como el discurso, los rituales políticos, el lenguaje, la arquitectura, los mitos de la cosmología política, los emblemas, el uso de tiempos y espacios, etcétera, elementos que a menudo son constitutivos de la ideología nacionalista.

 La cultura política así entendida sería un elemento central de lo que constituye la identidad nacional".(27)

 

Las ciencias del lenguaje y el análisis del discurso político

 Desde la lingüística y la semiología y particularmente desde el análisis de discurso político se han desarrollado también aproximaciones a la noción de cultura política. Estas disciplinas han abordado el estudio del discurso político y de sus distintos géneros (el panfleto, el ensayo, el manifiesto, el afiche político, el discurso político de prensa, el discurso político televisivo), es decir de las maneras como una sociedad se dice o se representa a sí misma desde el punto de vista político-discursivo: cómo representa a los trabajadores, a la Nación, a los políticos profesionales, a las instituciones, la historia y las tradiciones políticas nacionales, etcétera. (28)

 Desde esta tradición se ha acuñado el término de "formaciones discursivas" para aludir a distintos tipos de discurso asociados a unas u otras tradiciones políticas e ideológicas. Ya arriba hacíamos referencia a esas relaciones entre lenguaje y poder a propósito del texto de Giselle Munizaga dedicado a analizar la construcción por parte del discurso público de Pinochet entre 1973 y 1976 de una formas de interpelación del ciudadano con el propósito de inculcar determinadas valoraciones y horizontes de sentido acerca del Chile deseable desde el proyecto político pinochetista.

 Nos parece importante transcribir aquí la argumentación que construye Oscar Landi, -politólogo argentino que ha incursionado desde varios trabajos en el estudio semiológico de la política y particularmente del discurso político-, acerca de cómo las culturas políticas pueden observarse también en cuanto combinaciones de géneros discursivos y estéticos:

 "Las culturas políticas están compuestas por paquetes de géneros discursivos y estéticos muy cambiantes y sin centro en el clásico discurso del político. Se compaginan así configuraciones novedosas, en las que por ejemplo una novela policial puede tener más resonancia con la política que una charla de comité. No es para menos: nos acercará a temas como los del enigma social, la muerte, la palabra y el silencio, la ley y la verdad, el cuerpo y la ciudad. Todos ellos tan superpuestos con los acontecimientos políticos de nuestros países. Las culturas políticas suelen verse bajo el ángulo de las diferentes ideologías que las tiñen, pero también definen su perfil por el conjunto de géneros que engloban en un momento dado. Cuál es el género que legitima la autoridad y la decisión: el acceso dialogal a la verdad metafísica, el melodrama, el saber técnico, la conversación simpática, los principios morales o los gestos de pragmatismo? Cuáles son los lenguajes apropiados: los textos escritos, la música o la imagen? En realidad, las culturas políticas siempre fueron combinaciones de géneros y lenguajes, y lo que la sociedad considera como político en un momento dado es producto de la lucha política misma. Pero en la escuela sólo nos trasmitieron el género históricamente triunfante y no la mezcla y las oposiciones.

 Cabría preguntarse incluso si la política tiene un género propio que, por ejemplo, para algunos sería el discurso o, en realidad, simula tenerlo y lo que hace es servirse según las circunstancias de otros preexistentes provenientes del modelo literario, técnico o del espectáculo visual. La combinación de géneros está vinculada al tipo de patrón de legitimidad con que en cada época histórica se ejerce la autoridad y la decisión política". (29)

El campo de estudios de la "comunicación-cultura" y la aproximación a las relaciones entre comunicación y cultura política.

 Sin intentar realizar aquí una presentación exhaustiva del aporte del campo de estudios de la relación comunicación-cultura a la construcción de la noción de cultura política y en general a la comprensión de problemas y temas político-culturales en América Latina, -que sería un interesante y necesario trabajo para un futuro próximo-, quisiéramos en este aparte llamar la atención acerca de algunos trabajos que han desarrollado importantes aportes en el estudio de las relaciones entre comunicación y cultura política y planteado contribuciones conceptuales significativas para el esclarecimiento de las transformaciones contemporáneas de la política, asociadas a su vez a redefiniciones ocurridas en la cultura política.

 Las investigaciones de Jesús Martín-Barbero y en particular su trabajo "De los Medios a las Mediaciones"(30), significó en su momento, y podríamos decir que sigue significando en nuestros días, un quiebre teórico muy importante en la visión del papel político de los medios de comunicación en la sociedad, un desplazamiento de la mirada desde ópticas instrumentales de la relación medios-sociedad, hacia comprensiones mucho más complejas y problematizantes capaces de ver las distintas mediaciones sociales (de género, de etnia, de clase social, regionales, locales, nacionales, etáreas, etc.) a través de las cuales se producen las influencias e incidencias sociales de los medios de comunicación de masas. Su relectura del fenómeno populista en la América Latina de los años 30 a los 60, su crítica de la visión pasiva de la experiencia política de masas que allí tuvo lugar y su reivindicación de la relativa autonomía del movimiento político de masas con relación al líder carismático, así como su estudio del papel de los populismos latinoamericanos clásicos y de los medios de comunicación en la nacionalización de las masas populares y en la creación de símbolos de identidad y pertenencia nacional, son algunos de su aportes al estudio de la cultura política de ese importante período de la historia latinoamericana.(31)

 Quisiera destacar también el trabajo del sociólogo chileno Guillermo Sunkel dedicado al análisis de las relaciones entre cultura popular, cultura de masas y cultura política, vistas a través del estudio de la prensa popular de masas chilena de los años 30 a los 70.(32). Su estudio de las representaciones de lo popular que distintos diarios populares de masas construyeron durante esos años desde sus propuestas político-discursivas, y de las sensibilidades políticas que se tejieron en la relación de esos diarios con sus audiencias, nos llama la atención no sólo sobre el papel de la prensa en la conformación de pautas colectivas de cultura política, sino además sobre aspectos centrales del proceso de configuración de la modernidad política en Chile. Un mérito importante del trabajo de Sunkel fue el de constituir uno de los trabajos pioneros en el cuestionamiento de cierta visión tradicional de las relaciones entre cultura popular y cultura de masas que las concebía como entidades excluyentes y antinómicas. En "Razón y pasión..." Sunkel señaló cómo en muchas de sus expresiones la cultura de masas era de hecho una forma de existencia de lo popular, y para el caso concreto de la prensa popular de masas chilena, mostró cómo muchos de sus formatos y convenciones discursivas se apoyaban en herencias culturales provenientes del siglo XIX asociadas a prácticas narrativas y tradiciones de lectura colectiva en voz alta en los lugares públicos, ampliamente difundidas a nivel de los sectores populares, tales como la lira popular.

 Quisiéramos referirnos también aquí al aporte de Néstor García-Canclini. Los planteamientos desarrollados por el antropólogo argentino-mexicano en su texto Culturas Híbridas(33) abrieron en América Latina nuevas perspectivas para pensar las transformaciones culturales y políticas contemporáneas asociadas a la configuración en la región de actitudes y contextos posmodernos. Nos parece importante de ese texto haber iniciado el debate sobre lo que hoy día denominamos con más claridad, recogiendo las contribuciones y matices introducidos posteriormente por Beatriz Sarlo (34) y otros analistas en el tratamiento de la cuestión, como la incidencia de los medios masivos de comunicación en la desestructuración de las viejas culturas populares y de élite, (es decir en la transformación de las viejas culturas sociales asociadas a la clase obrera, la cultura campesina, la cultura de clases medias de base escolarizada o las culturas de élite ligadas a la cultura letrada y al culto de las bellas artes), y en la conformación de nuevas formas híbridas de culturas sociales. "Culturas Híbridas", al cuestionar los distintos dualismos desde los cuales se ha pensado durante muchas décadas el desarrollo político y social latinoamericano (las oposiciones moderno-tradicional, extranjero-local, culto-popular, hegemónico-subalterno), y al sugerir miradas más abiertas al reconocimiento de los posibles cruces o hibridaciones que históricamente se establecieron o se dan hoy día entre los polos de esas dualidades, nos brinda posibilidades nuevas para repensar los procesos de modernización en América Latina (para repensar la naturaleza y los componentes culturales tradicionales del moderno clientelismo político, por ejemplo, y no reducirlo a un problema moral), así como para pensar de manera creativa nuevas alternativas de desarrollo.

 Otro analista que nos provee de aportes importantes para el estudio de las formas contemporáneas de la cultura política en el contexto del nuevo espacio audiovisual es Oscar Landi. Sus investigaciones acerca de las relaciones entre televisión y política (estética televisiva hegemónica y formas de puesta en escena de la política, por ejemplo), sobre la influencia de la política televisiva o videopolítica en la morfología del sistema político a través de la promoción televisiva de candidaturas por fuera de los mecanismos eleccionarios internos de los partidos (muy visible en el manejo actual del justicialismo por parte del presidente Menem en Argentina ), aportan valiosos elementos de análisis para la comprensión del funcionamiento del espacio público contemporáneo, al que algunos estudiosos han denominado la nueva escena pública electrónica, o el "ágora electrónica".(35)

 Es importante destacar también los importantes aportes a la comprensión del funcionamiento de la cultura política, en particular de los procesos de producción, circulación y consumo de significaciones sociales y políticas en una determinada sociedad, realizados desde la teoría de la recepción o investigación crítica de audiencias y los trabajos empíricos de etnografía de la recepción televisiva o etnografía de las audiencias televisivas(36). En particular, nos parece que resultan de especial interés para los estudios de cultura política las investigaciones etnográficas sobre recepción de noticias (que en buena parte se cruzan, metodológicamente hablando, con los análisis de discurso político en los noticieros televisivos).(37)

 Finalmente, quisiéramos mencionar los trabajos del sociólogo de la educación, la cultura y la comunicación, el chileno José Joaquín Brunner, en particular su libro Un Espejo Trizado. Ensayos sobre cultura y políticas culturales. Quisiéramos destacar del significativo aporte de Brunner al estudio de las relaciones entre comunicación, cultura y política en América Latina, el concepto de "régimen comunicativo", por la relevancia que desde nuestra perspectiva tiene para el análisis político-cultural. Para el analista chileno, en cada sociedad, en íntima relación con las particularidades de los procesos de construcción de la modernidad en ella (peso mayor o menor de unas u otras instituciones públicas, aclimatación mayor o menor del ideal democrático) y en estrecha dependencia de las características definitorias de su sistema político (mayor o menor apertura, niveles altos o precarios de competitividad, grado de avance en la configuración de pautas meritocráticas, etc.), se configura un particular régimen comunicativo, expresivo de la experiencia histórico-política y cultural de esa comunidad nacional.

 Brunner ha presentado así su idea de "régimen comunicativo" y ha argumentado de la siguiente manera los rasgos que habrían caracterizado el proceso de conformación en Chile de un particular régimen comunicativo, antes del golpe militar de 1973:

 "El régimen comunicativo de la sociedad chilena hasta 1973 se basó en la política, la ley y la escuela. Fue, por tanto, la expresión del predominio en el espacio público de las clases medias, con su apego al formalismo legal, su valoración de la enseñanza y su uso de la política como medio de organización y fomento de la integración nacional.

 Estos tres medios de control social definieron una comunicación que aspiraba a la igualdad, al universalismo y al participacionismo. Crearon una esfera pública regida por los valores de la palabra; donde lo que importaba era, en última instancia, la capacidad de los diversos grupos de movilizar sus intereses bajo la forma de un discurso persuasivo. Las ideologías, como proyectos colectivos de acción en torno a imágenes de una "sociedad posible" y de un "buen orden", ocupaban el centro de la escena pública. El reformismo primero y luego el revolucionarismo arrancarían asimismo de esas tres fuentes. Tendrían un fondo legalista, escolarizado y de absoluta fe en los poderes transformadores de la política.

En suma, la ley, la escuela y la política conforman un medio público, un régimen comunicativo, que es tendencialmente integrativo, que gira en torno al ciudadano, que valora el conocimiento certificado, el discurso y los proyectos colectivos"(38).

 Brunner argumenta de manera muy interesante la dislocación de este régimen comunicativo, de un lado por las expectativas sociales configuradas y los límites existentes para su satisfacción, y de otro, por la polarización política que se produjo al interior de la sociedad chilena durante la experiencia revolucionaria de la Unidad Popular de Allende. Como resultado de la caída del gobierno de la Unidad Popular y de la instauración del régimen militar de Pinochet, se configura un nuevo régimen comunicativo, en muchos sentidos inaugurante de una verdadera revolución cultural de derechas, que viene a romper con varios de los principios centrales sobre los cuales se basaba el anterior régimen comunicativo:

 "El régimen autoritario instaurado en 1973 ha impuesto a la sociedad chilena una nueva forma de comunicación a través del empleo de medios de control social que combinan heterogéneamente los efectos del mercado, de la represión y la televisión. Es decir, las propias bases del régimen comunicativo anterior han sido profundamente alteradas, con consecuencias que son significativas. El mercado como regulador de los comportamientos sociales induce la atomización e individuación de la sociedad, premiando las estrategias personales de acceso y salida de las diversas situaciones de intercambio. Introduce la diferenciación social y cambia los patrones prevalecientes de distribución tolerante promovida y protegida por el Estado.

 La represión (en sentido lato) induce efectos de desactivación, pulveriza las organizaciones sociales, condiciona una cultura del miedo y favorece en todos los ámbitos de la sociedad el disciplinamiento de la población.

 La televisión, término que aquí usamos como la metáfora que designa una nueva constelación político-comunicativa, como la expresión de punta de una industria cultural asumida como un dispositivo por la cultura autoritaria, moldea el imaginario social, internacionaliza las visiones del mundo, promueve el consumo de símbolos y renovadas formas masivas de identificación y proyección.

Los tres medios de control generan dinámicas de privatización; los tres son disciplinarios en sus efectos y los tres imponen una drástica transformación del régimen comunicativo prevaleciente hasta 1973".(39)

 Añade Brunner, -y no está de más anotar que varias de las tendencias que él subraya resultan sugestivas para el análisis de algunos procesos culturales y comunicativos que acompañan o por lo menos resultan funcionales a la reestructuración neoliberal de las sociedades latinoamericanas-, que "mientras los medios en que se fundaba el régimen comunicativo democrático (la ley, la escuela y la política) eran

 argumentativos, curriculares y programáticos, los medios del autoritarismo son fríos, mediáticos, de imágenes y no discursivos. Aquellos tendían a generar relaciones estables, de identidad, y sus relatos y ritos eran morales; estos en cambio, generan relaciones fugaces, ocasionales, de proyección y sus relatos y ritos son técnicos (...)

 En estas condiciones la comunicación social se asemeja mucho más a un sistema técnico de condicionamientos operantes que a un mundo compartido de normas cuya legitimidad debe ser continuamente negociada. El mercado vuelve anónimas las relaciones ocasionales que genera y se resiste a argumentar; por el contrario, deja que los automatismos de las interacciones de interés controlen las producciones y los consumos que cada quien puede tomar o dejar. La represión condiciona asimismo respuestas y comportamientos sin que necesite hablar. Es una forma puramente fáctica del poder, igual que el mercado. Ambos dispositivos dibujan un horizonte mudo; aquel por la intermediación de los bienes (materiales y simbólicos) que hace circular y que instauran una rotación de los signos más elocuente que la poesía o la discusión política; éste por intermediación de la fuerza que usa el lenguaje arcaico de los cuerpos para convertirlos en un filamento de información utilizable. La televisión, en fin, se utiliza como el gran medio que escenifica la vida privatizada, abriéndola hacia una forma pervertida de universalidad. Es la universalidad, por de pronto, del mercado, con su capacidad de expresar los sueños adquisitivos ilimitados de la sociedad; la universalidad del poder autoritario, en seguida, que vigila y denuncia, que estigmatiza y castiga, que enseña y oculta.

 Bajo este nuevo régimen comunicativo la sociedad chilena sueña despierta las promesas del mercado y las amenazas represivas. Se oculta a sí misma, se fragmenta, se disuelve lentamente en medio del fraccionamiento, de las querellas y traumas, del miedo y la ausencia de una identidad compartible". (40)

 

Conclusiones finales

 Hemos presentado algunas de las aproximaciones teóricas al tratamiento de la cuestión de la cultura política. Como hemos visto arriba, no hay un consenso alrededor de lo que distintas disciplinas, campos de estudio y diferentes grupos de investigadores asumen como cultura política o como "lo político-cultural" en una sociedad.

 Encontramos que hay dos grandes agrupamientos en esta pluralidad de aproximaciones. De un lado, uno más politológico, el de la "civic culture" y otras perspectivas cercanas a ella, teóricamente ubicado en las teorías de la modernización y metodológicamente centrado en el estudio de la cultura política sobre la base de encuestas. De otro, el de un conjunto de perspectivas mucho más abiertas y menos restringidas a la hora de tratar el componente cultural de la "cultura política", que conducen, cada una de ellas, a distintas opciones en términos de estudio de temas, problemas y procesos, a diferentes ubicaciones disciplinarias o confluencias interdisciplinarias en la aproximación a esos objetos de estudio, y así mismo, al uso de herramientas metodológicas también diferenciadas (entrevistas a profundidad, historias de vida, análisis semiológico, observación de campo, análisis de discurso, análisis de contenido, etnografía de la recepción televisiva, etcétera).

 Nos parece que ninguno de estos dos grandes agrupamientos puede pretender detentar el monopolio de la noción de cultura política. Desde ambos se han producido aportes importantes con miras a dar cuenta de lo que algún autor ha llamado "el entramado cultural de lo político".

 Encontramos, al mismo tiempo, que en la investigación sobre cultura política experimentamos, por un lado, una demanda de construir definiciones del concepto más operativas metodológicamente, más indicativas de competencias políticas de actores individuales y colectivos, medibles y comparables. Nos parece importante avanzar en el encuentro de indicadores de competencia política ciudadana y de eventuales modos de cuantificación de esos niveles de competencia ciudadana. Pero sin reducir la competencia política ciudadana a criterios universalistas, eurocéntricos o institucionalistas establecidos a priori (lo cual supone con frecuencia meter a la realidad en incómodas camisas de fuerza a partir de un deber ser político), sino siendo capaces de detectar, por ejemplo, nuevas formas, o viejas formas antes no observadas o inadecuadamente valoradas, de competencia política democrática, que no necesariamente pasan por las instituciones consagradas de lo político (el Estado, los partidos, el Congreso) o por la participación político-electoral. Metodológicamente, la utilización de encuestas adecuadamente formuladas puede arrojar insumos valiosos para el estudio de las formas y los niveles de competencia política en una sociedad.

De otro lado, hay que reconocer la pertinencia de cruzar los datos obtenidos a través de encuestas (que en gran medida son datos estáticos, sumatorias artificiales de datos individuales) con aproximaciones cualitativas, histórico-contextuales e interpretativas.

 Y es aquí donde las aproximaciones a la cultura política, distintas a la "civic culture", aportan orientaciones teóricas novedosas y herramientas metodológicas muy útiles para comprender las dinámicas de interacción grupal y de diálogo entre las lógicas político-culturales de distintos actores colectivos, los procesos simbólicos de renovación de los vínculos y las identidades políticas, los juegos comunicativos e informativos inherentes a los procesos de construcción de la hegemonía, la estructuración del poder en la vida cotidiana y las redefiniciones históricas que en distintas coyunturas acarrean transformaciones en las formas dominantes de la cultura política.


Notas:

1. Lechner, Norbert (comp.), Cultura política y democratización, CLACSO-FLACSO-ICI, Santiago de Chile, 1987, p.10 ("Presentación").
2. Sobre las distintas acepciones, esferas y temas de la cultura, puede verse el artículo de José Joaquín Brunner "Las ciencias sociales y el tema de la cultura: notas para una agenda de investigación", en García-Canclini, Néstor (comp.), Cultura y pospolítica. El debate sobre la modernidad en América Latina, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México D.F., 1995
3. Garrido, Margarita, Reclamos y representaciones. Variaciones sobre la política en el Nuevo Reino de Granada 1770-1815, Banco de la República, Bogotá, 1993
4. Gutiérrez, Francisco, Curso y discurso del movimiento plebeyo 1849/1854, Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales, IEPRI - El Ancora Editores, Bogotá, 1995
5. Pacheco, Margarita, La Fiesta Liberal en Cali, Ediciones Universidad del Valle, 1992
6. Perea, Carlos Mario, Porque la sangre es espíritu. Imaginario y discurso político en las élites capitalinas (1942-1949), Aguilar - Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales Universidad Nacional, Bogotá, 1996
7. Véase al respecto Cruces, Francisco y Ángel Díaz de Rada, "Representación simbólica y representación política: el mitin como puesta en escena del vínculo electoral", en Revista de Occidente, Madrid, Julio-Agosto de 1995, Número temático dedicado a "Cultura y comunicación: prácticas y estilos".
8. Munizaga, Giselle, El discurso público de Pinochet. Un análisis semiológico, Biblioteca de Ciencias Sociales No. 3, CLACSO, Buenos Aires, 1983
9. Lechner, Norbert (compilador), Ibidem, p.10 .
10. Ibidem, p.10
11. Un criterio relacional similar para observar comparativamente tradiciones distintas de cultura política en Colombia (ya vistas como "culturas" y bien como "subculturas" políticas) he utilizado en mi trabajo "Tradiciones de cultura política en el siglo XX" en Cárdenas, Miguel Eduardo (ed.), Modernidad y sociedad política en Colombia, IEPRI-FESCOL-Foro Nacional por Colombia, Bogotá, 1993, así como en mi libro Izquierdas y cultura política. Oposición alternativa?, CINEP, Bogotá, 1994
12. Almond, Gabriel y G.B. Powell (h), Política comparada, Editorial Paidós, Buenos Aires, 1972, p.50
13. Ibidem, p.53
14. Ibidem, p.57
15. Ibidem, p. 53
16. Ibidem, p.57
17. Ibidem, p.51
18. Cruces, Francisco y Ángel Díaz de Rada, "La cultura política, es parte de la política cultural, o es parte de la política o es parte de la cultura?" (mimeo), Ponencia presentada al XX Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología, ALAS, realizado en Ciudad de México del 2 al 6 de octubre de 1995, p.15
19. Ibidem, pp.10-11
20. Ibidem, p.6
21. Ibidem, pp.9-10. La cita de Marramao es de su artículo "Paradojas del universalismo"en Revista Internacional de Filosofía 22. Política, No. 1, abril de 1993, pp.7-20
22. Ibidem, p.25
23
. Ibidem, p.27
24. Ibidem, p.12 El artículo citado de María Luz Morán es: "Algunas reflexiones en torno a la influencia de los medios de comunicación en la formación y características de la cultura política de los españoles", Reis, No. 57, 1992
25. Adler Lomnitz, Larissa, "Identidad nacional/cultura política: los casos de Chile y México", en Adler Lomnitz, Larissa, Redes sociales, cultura y poder: Ensayos de antropología latinoamericana, Porrúa-FLACSO-México, México, 1994, pp. 336-337
26. Adler Lomnitz, Larissa, "`El compadrazgo', reciprocidad de favores en la clase media urbana de Chile", en Adler Lomnitz, Larissa, Redes sociales, cultura y poder: Ensayos de antropología latinoamericana, Porrúa-FLACSO-México, México, 1994
Adler Lomnitz, Larissa, "Supervivencia en una barriada en la Ciudad de México", en Adler Lomnitz, Larissa, Op. Cit., pp. 92-93
27. Adler Lomnitz, Larissa, "Identidad nacional/cultura política...", pp.333-334
28. Véase el texto antológico de Carlos Mangone y Jorge Warley (Editores), El discurso político. Del Foro a la Televisión, Editorial Biblos, Buenos Aires, 1994
29. Landi, Oscar, "Proposiciones sobre la videopolítica", en Schmucler, Héctor y María Cristina Mata (coordinadores), Política y Comunicación. Hay un lugar para la política en la cultura mediática?, Universidad Nacional de Córdoba, Buenos Aires, 1992, pp.44-45
30. De los Medios a las Mediaciones. Comunicación, cultura y hegemonía, Gustavo Gili, México, 1991
31. Acerca de las nuevas miradas sobre el populismo latinoamericano puede verse mi artículo: "Aspectos culturales y comunicacionales del populismo rojista en Colombia (1953-1957). Nuevas aproximaciones al populismo en América Latina", en revista Signo y Pensamiento, Facultad de Comunicación y Lenguaje Universidad Javeriana, No. 29, Segundo Semestre de 1996, Bogotá
32. Me refiero a Razón y pasión en la prensa popular. Un estudio sobre cultura popular, cultura de masas y cultura política, ILET, Santiago de Chile,1985
33. Culturas Híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad, Grijalbo-Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México D.F., 1990
34. Véase su libro Escenas de la vida posmoderna. Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina, Ariel, Buenos Aires, 1994 (especialmente el Capítulo III "Culturas populares, viejas y nuevas").
35. Véase especialmente Landi, Oscar, Devórame otra vez. Qué hizo la televisión con la gente. Qué hace la gente con la televisión, Planeta-Espejo de la Argentina, Buenos Aires, 1993. Para la discusión sobre el nuevo espacio público electrónico, véase Ferry, Jean-Marc, Dominique Wolton y otros, El nuevo espacio público, Gedisa, Barcelona, 1992
36. Véase por ejemplo, la recopilación de uno de los teóricos de los estudios críticos de audiencias, David Morley, quien presenta sintéticamente algunas de sus más importantes investigaciones sobre recepción de televisión, paralelamente con la exposición de sus fundamentos teóricos y metodológicos, en su texto": Televisión, audiencias y estudios culturales, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1996
37.. Véanse los trabajos de James Lull "Recepción televisiva, reforma y resistencia en China. Un estudio etnográfico" y de Klaus Bruhn Jensen "La política del multisignificado. Noticias en la televisión, conciencia cotidiana y acción política" en Orozco, Guillermo (compilador), Hablan los televidentes. Estudios de recepción en varios países, Cuadernos de Comunicación y Prácticas Sociales, No.4, Universidad Iberoamericana, México D.F., 1992. Sobre las metodologías utilizadas en los estudios de públicos mediáticos y recepción de noticias, véase el trabajo de Klaus Bruhn Jensen "El análisis de la recepción: la comunicación de masas como producción social de significado", en Jensen K.B y N. W. Jankowski, Metodologías cualitativas de investigación en comunicación de masas, Bosch Comunicación, Barcelona, 1993
38. Brunner, José Joaquín, Un Espejo Trizado. Ensayos sobre cultura y políticas culturales, FLACSO, Santiago de Chile, 1988, p.67
39. Ibidem, p.70
40. Ibidem, pp.71-72