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Democracia y Cultura

MIKEL AZURMENDI (*)


La democracia no es únicamente un Estado de derecho, sino un sistema cultural. Además de un sistema público de leyes iguales para todos y de instituciones políticas para fomentar y salvaguardar el pluralismo, la tolerancia y la igualdad de oportunidades, es una interacción cotidiana de gente que queda como impregnada de muy similares hábitos de obrar y de vivir los acontecimientos. Cultura es ese molde configurador de una conducta compartida; consiste en materiales simbólicos que permiten a las personas predecir las conductas del vecino. En consecuencia, lo que uno espera que el otro haga en determinada ocasión y que es lo que supone haría él mismo se le aparece como lo más cabal, realista y sensato.

Los materiales simbólicos de la interacción en democracia nos conducen a la suposición de que todos somos iguales, somos personas no sometidas una a la otra, individualmente libres y autónomas. La ley, pensamos que sirve para todos por igual y que todos debemos cumplirla por igual. Los tribunales, los concebimos como que solamente son aceptables por su imparcialidad y el derecho a la defensa. Ante la autoridad, creemos que conviene discutirla, controlarla, elegirla, cambiarla. Lo justo se ve como una constante aproximación a un reparto más igualitario de la oportunidad social. La verdad, no la concebimos sino como resultado de un discutir sin constricción alguna para aceptar lo que parezca más adecuado según el mejor argumento en base a lo que se esté buscando en cada ocasión. Ante el Estado, nos parece más sensato intervenir en su constitución y ser titulares de su legitimidad constrictiva que dejárselo a algún jerarca o dictador. Pero por experiencias pasadas, siempre disponemos de signos de temor y tendemos a mostrarnos desconfiados de su avasalladora capacidad de irrupción en otros ámbitos de la vida personal y social, y por eso tendemos a controlar el Estado. Las formas de vida privada se nos vuelven aceptables únicamente porque queda en nuestras manos el expandirnos libremente, pues, de lo contrario, nuestra vida no merecería la pena ser vivida.

Y por eso no creemos que aguantaríamos vivir en el Afganistán de los talibanes, en la Yugoslavia de Milosevic o en la España franquista. Ni concebimos ser españoles sin ser ciudadanos libres, autónomos y con mayores cotas de acceso al reparto de los bienes sociales, ni podríamos ser profesionales o artistas sin ejercitar la más absoluta determinación personal. Así es la base simbólica de nuestra cultura compartida y según ella tomamos cada cual, individual e íntimamente, la decisión de nuestra peculiar forma de vida. Cada yo busca, como mejor le parece, sus propios materiales identitarios de expansión, según las contingencias de tiempo y espacio que le tocan vivir, pero es uno mismo quien elige la propia partitura de su vida y la ejecuta.

Se llama ahora multiculturalismo al hecho de que en el seno del mismo Estado de derecho coexistan una cultura democrática, por ejemplo la nuestra actual, con otra u otras culturas no necesariamente democráticas. Es decir, cuando junto a nuestro actual tejido social de civismo laico, pero colocadas de manera aparte y sin interactuar con él, estuviesen cohabitando conductas masivas de personas sin igualdad jurídica que interactuasen entre sí mediante recursos simbólicos de desigualdad y jerarquía; no en virtud de imparcialidad y derecho, sino de supeditación discriminante entre varón y mujer, mayor y joven, rico y pobre, clérigo y súbdito fiel. U otra cualquiera. Pero, por suerte, en España no existe multiculturalidad todavía aunque sí existen proyectos, mensajes o intenciones de crear multiculturalismo. Cuantos hablan de que los inmigrantes son etnias piensan -lo quieran o no- en algo multicultural, piensan en que grupos enteros de gente inmigrante se coloquen aparte, en ghettos o reservas y mantengan ahí su modo de vida colectivo de allí. Pero a España no nos llegan etnias, sino personas singulares con proyectos personales. Personas sueltas o con su familia, que quieren mejorar su vida. Y por muy parecidas que sean unas y otras y tengan orígenes culturales similares, cada persona llega con su propio proyecto, a intentar realizarlo. Y lo encara desde su cultura de origen, pero renovando constantemente sus interacciones con las personas de la cultura democrática para lograr triunfar personalmente.

Hay experiencias multiculturales que nos sirven para no repetirlas nosotros, como por ejemplo el tratamiento en los EE.UU. a las comunidades indias, a ciertos colectivos religiosos y, de facto, a la mayoría de la comunidad de origen africano esclavo. También Suráfrica decidió practicar la vida aparte de comunidades separadas unas de otras cuando los afrikánder de habla holandesa afrikaans decidieron que era mala para ellos la creciente tendencia a la amalgama entre blancos y negros. El doctor Verwoerd teorizó de esta manera en 1963 la necesidad de multiculturalismo: 'Podremos probar que sólo con la creación de naciones separadas la discriminación de hecho desaparecerá a la larga'. Se trataba, pues, de crear algo que no existía, potenciando institucionalmente la separación existente entre blancos y negros en los deportes, conciertos, playas, bibliotecas, iglesias, sistemas de educación, programas de radio o universidades. A. Brink, célebre escritor surafricano en afrikaans ha escrito en un artículo de 1970 (Cultura y Apartheid) que 'culturalmente, la premisa del apartheid fue que el desarrollo separado ofrecería iguales servicios para todos los grupos. Con la conservación de su 'propia' identidad, todos los grupos desarrollarían plenamente su potencial cultural y serían leales a su propio yo'. Y en su artículo desvelaba cómo 'la separación cultural ha significado carencia cultural para casi todos los grupos no blancos' y cómo la separación cultural fue teorizándose sobre la base de una impotencia física y racial de los negros respecto a los blancos. Plantearía, pues, un proyecto multicultural similar quien tratase hoy a los inmigrantes que nos llegan como si fuesen bloques compactos de culturas y no personas individuales con intereses particulares, aunque es verdad que con costumbres y recursos simbólicos a veces muy distintos de los nuestros.

Pero hay además experiencias históricas hispanas que no nos sirven. Por ejemplo, ante nuestro actual reto por integrar a los inmigrantes en nuestra sociedad, el senador de Izquierda Unida nos propuso en la Comisión del Senado que el Toledo de las Tres Culturas era un buen modelo. Lo sentimos mucho, señor senador, pero no solamente el modelo toledano es irrepetible, sino que es inservible. No se repetirá nunca más porque en el Toledo de los siglos X o XIII coexistían unos junto a otros tres tipos de cultura no democrática ni igualitaria, sin ni siquiera conocer la palabra 'derechos humanos', que es muy moderna. 'Derecho', tanto entre cristianos, judíos y musulmanes, equivalía allá entonces a dominio o 'facultad para', 'jurisdicción sobre' y se ejercía como poder jerárquico entre señores y súbditos, patronos y aprendices, varones y mujeres, clérigos y fieles. Si bien hubo auténticos momentos de buen entendimiento entre determinados vecinos e incluso entre vecindarios, unos terminaron por expulsarlos a los otros de la ciudad. Los cristianos a judíos y musulmanes por cierto; precisamente porque el derecho era un símbolo del poder del más fuerte, eminente o superior. Y la fuerza física suele ser a la larga el único dirimente de los conflictos en ese tipo de sociedades. Y sin embargo, nuestras relaciones con vecinos y hasta vecindarios judíos y musulmanes hoy, tanto aquí como fuera, pero sobre todo aquí, pueden ser infinitamente mejores que las mejores de aquel Toledo. A condición de que la relación se estructure precisamente sobre la base de nuestros valores democráticos, es decir, reconociendo el derecho de todos a vivir según la misma ley para todos: la que nos facultará a cada cual ser ciudadanos todo lo diferente que queramos. Para juntarnos con quienes queramos a hacer el tipo de cosas que cada cual suele hacer en su casa o con sus amigos: sea comer y beber, rezar y adorar, jugar y divertirse, estudiar y discutir, planificar y proyectar el futuro, o bien hacer el amor y estar en el ocio más completo. En el Toledo democrático actual, con barrios y calles donde cohabitasen más o menos mezclados agnósticos, evangelistas, ateos, judíos y musulmanes en proporciones similares, nadie tendría el derecho de expulsar a nadie ni de molestar a nadie por mor de creencias religiosas, gastronómicas, éticas o estéticas.

El multiculturalismo es hoy una confusión teórica porque imagina que las relaciones son interétnicas, entre nosotros, los de la sociedad mayoritaria, y todos los demás, tomados en bloques étnicos minoritarios. Por eso como proyecto más o menos consolidado de relación interétnica en agrupamientos separados, unos al margen de otros, el multiculturalismo sería una gangrena fatal para la sociedad democrática. Ni nosotros somos cultura mayoritaria ni los inmigrantes son etnias de cultura minoritaria; aquí, de momento y ojalá para siempre, sólo existe una cultura democrática, con bastantes taras y costumbres poco democráticas todavía, en la que ya están integrándose masivamente miles de inmigrantes que hacen en su vida privada lo que buenamente gustan sin menoscabar la dignidad ni el derecho de nadie, como hablar en sus lenguas, rezar a su dios o cubrirse con un pañuelo al ir al colegio.

 

(*) Mikel Azurmendi es presidente del Foro para la Integración de los Inmigrantes.