La democracia y la violencia

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JOSÉ MARZO

 

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«Yo soy a veces el hombre violento que te ama apasionadamente, el hombre que detesta la violencia que le impide gozar de tu mirada.»
-Anónimo-


Como aquellos personajes del teatro clásico que cerraban la función pidiendo la benevolencia del público, querría comenzar este texto asumiendo que el lector sabe que esto sólo son reflexiones individuales y precarias, y por tanto sujetas a discusión.

"¿Matarías a un inocente si de ello dependiera la salvación de la humanidad?" Es el "dilema del inocente", que a todos nos han planteado en alguna ocasión. Existen diversas versiones. En la Biblia se relata que dios ordenó a Abraham que matara a su hijo Isaac. Nos gustaría pensar que Abraham se sentía dividido, pues hiciera lo que hiciera estaba condenado al desgarro entre la obediencia a su dios y el amor por su hijo; del relato bíblico nos estremece, sin embargo, que Abraham no se concediera a sí mismo ni un instante de duda y se dispusiera mecánicamente a cumplir el mandato divino. En la versión que a nosotros nos propusieron, laica, había un botón: para salvar a la humanidad había que apretarlo, y en ese instante, en el otro extremo del mundo, en una calle cualquiera, quizá abarrotada de transeúntes, una persona, un hombre o un anciano o un niño, un desconocido caería al suelo fulminado. Muchos no estaban dispuestos a cargar con la culpa de una muerte inocente, aun en beneficio de la mayoría, pero la respuesta habitual se basaba en una reflexión aritmética: más valía la muerte de un inocente que la de toda la humanidad; había que apretar el botón.

El "dilema del inocente" es irresoluble y, como tal, se supera ampliando el paradigma, el modelo. El hombre mítico lo pudo rebasar inventando un dios que no fuera ni cruel ni arbitrario. El hombre moderno pensaría que no existe ninguna relación causal entre la muerte de un inocente y la salvación de la humanidad; también se preguntaría qué se entiende por "salvación de la humanidad" y construiría un nuevo paradigma, donde la muerte aleatoria de un inocente en beneficio de una necesidad superior no tuviera cabida.

Decir que la democracia del siglo XXI puede ser ese paradigma no sería excesivo, sino demasiado poco. En sus cotidianas relaciones sociales, económicas y políticas el ciudadano se halla inmerso como actor y como paciente en unas complejas relaciones de poder, enfrentado a menudo a dilemas que no son hipotéticos, sino reales. Se concluiría entonces que el paradigma democrático del siglo XXI debería excluir la violencia, en cuanto asesinato o uso de la fuerza y agresión contra la salud física y psicológica de las personas. Sin embargo, si bien esto sería necesario, tampoco sería suficiente.

Pero el hablar aquí y ahora de las relaciones entre democracia y violencia no puede hacerse sin mencionar a ETA y sus apoyos sociales y políticos.

Recientemente, un escrito de Marcos, como representante del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, publicado el 25 de noviembre en el diario La Jornada de México, ha despertado en España una acerba polémica. En él insultaba al rey, al presidente del gobierno y al juez Baltasar Garzón, al que acusaba de "negarle al pueblo vasco el derecho de luchar políticamente por una causa que es legítima". Se produjo una respuesta de Baltasar Garzón invitando a Marcos a un debate público y acusándole de desinformación. Recientemente, Marcos aceptó tal debate, poniendo una serie de condiciones, como lugar, calendario y asistentes, e incluyendo una propuesta a ETA de alto el fuego. A tal fin, el 12 de diciembre doblaba a la organización armada una carta abierta en la que aclaraba la ambigüedad de su primer escrito, que afirmaba ser premeditada. Al mismo tiempo que condenaba "las acciones militares que dañan a civiles", consideraba "justa y legítima la lucha del pueblo vasco por su soberanía". Como se ve, enfrentado al "dilema del inocente", Marcos lo resuelve rechazando el uso de la violencia contra civiles. Quizá pretenda una salida negociada a la renovada crisis entre las instituciones y el ultranacionalismo vasco, o quizá no se trate de una estrategia deliberada sino de una improvisación, pero apuntaré que en mi opinión nos encontramos en un nivel básico del dilema de las relaciones entre democracia y violencia, pues en su propuesta Marcos no ha ampliado el paradigma, sino que se ha limitado a introducir como nuevo elemento el prestigio de su organización y el suyo personal. Posteriormente, el propio EZLN ha publicado una carta en la que lo desacredita como representante.

En realidad, los partidos nacionalistas vascos disponen de representación política para luchar democráticamente por la independencia desde hace más de veinte años, y podían haber escogido el camino de la desobediencia civil. Que no lo hayan hecho es algo por lo que deberían responder ante sus bases, a las que han engañado. El sector del ultranacionalismo que ha optado por la lucha armada, la extorsión y el asesinato tendrá que responder ante los tribunales.

Antes de proseguir, y por si alguien tiene alguna duda al respecto, aclararé mi posición ante el nacionalismo vasco y, por extensión, ante todo nacionalismo, incluido el español. Considero que el nacionalismo, es decir, la expresión política de una identidad colectiva esencialista, basada en la raza, en mitos culturales o en concepciones unívocas del destino colectivo, es un cuerpo ajeno a la democracia, de modo que entre ésta y aquel no existe ninguna relación de necesidad. Un país puede ser independiente y nacionalista y carecer de democracia, como fue el caso de la Alemania de Hitler, del Chile de Pinochet, de la Camboya de Pol Pot o de la España de Franco. A la inversa, en una democracia de mínimos puede existir nacionalismo, como pueden existir empresas capitalistas y corona, pero a condición de que se hallen subordinados a la propia democracia, y no ésta a ellos, como desgraciadamente es el caso actual. A efectos de conseguir una democracia más plural, igualitaria y con libertades, de acuerdo con el proyecto radical democrático, el nacionalismo no amplía el paradigma, no aporta un valor nuevo ni enriquece la democracia, sino que, al contrario, precisamente por su vocación uniformizadora, lo cierra. Un mundo compuesto de nacionalidades sería un mundo variado, pero asimismo un mundo no democrático, ni igualitario ni libertario, y estaría formado por identidades prepolíticas antagónicas condenadas a guerrear.

Retomando la cuestión de la democracia y la violencia, había en los escritos de Marcos varios ingredientes que se sitúan en la herida abierta entre ambas y que continúa manando. Los utilizo como referencia actual, pues el tema de este artículo no es ni el zapatismo indígena ni la relación de la empobrecida y marginada Chiapas con el corrupto estado mexicano. En democracias modernas como las europeas, si se permite la lucha armada por causa "legítima", excepción hecha de su uso contra civiles, se está rompiendo el consenso aceptado tras la última guerra mundial que concedió el patrimonio de la violencia, del uso de la fuerza armada, al estado. Este consenso, urgido por el desastre, contiene una consideración de las fuerzas armadas y de orden público como entidades neutrales. Si bien éstas dependen de los gobiernos, su fidelidad última se debe a los textos constitucionales, incluidos en ellos los procedimientos democráticos para su transformación. Esto implicaría que en una democracia el recurso de un cuerpo social a la violencia es ilegítimo, con independencia de sus fines, contando con que las fuerzas armadas deben mantener su neutralidad ante la pluralidad interna y acatar las constituciones y las decisiones emanadas de los procesos democráticos.

En mi opinión sólo existen, grosso modo, dos casos en que un cuerpo social puede recurrir al uso de la violencia armada: cuando otro, acogiéndose al proceso democrático, lo rompe para instaurar una dictadura y cuando se combate una dictadura de hecho para instaurar una democracia. Digo "puede" y no "debe" porque habría otros modos de actuar no violentos que podrían conducir o no a la democracia, del mismo modo que la lucha armada tampoco garantizaría el éxito. En esas circunstancias, la lucha armada o la no violenta serían opciones estratégicas, si bien siempre es preferible la segunda, pues ésta promueve simpatías y despierta consensos. A ella respondió la transición española de la dictadura franquista a la democracia actual, que en sus líneas maestras fue llevada a cabo pacíficamente; en el platillo de los peros de nuestra transición se halla que las élites de la dictadura, en posición de ventaja durante el periodo de negociación, se garantizaron no sólo su rehabilitación sino también en gran medida sus estructuras de poder y muchas de sus prebendas. En cualquier caso, lo absurdo en los casos extremos planteados sería resignarse; una ciudadanía que acepta someterse a la dictadura es una ciudadanía decadente, pues en las dictaduras no hay ciudadanos, sino súbditos.

Redefiniendo el "dilema del inocente" y cambiando al desconocido de una calle lejana por un candidato a dictador, por ejemplo Adolf Hitler, liquidador de la República de Weimar, el número de personas dispuestas a presionar el botón aumentaba de modo considerable. Sin embargo, anticipo que acogerse a la violencia armada para preservar una democracia de las declaradas vocaciones totalitarias, aun como botón en sordina, tampoco es la solución definitiva del problema, y ello por dos motivos: el botón no suele existir, y cuando existe, es una solución provisional, de modo que detrás de un Adolf Hitler siempre hay otro Adolf Hitler anhelante de reemplazarlo. Pero hay un tercer motivo, de orden práctico y psicológico y aún más importante: el botón es un señuelo, y quien se refugia en su engañosa esperanza pospone la diaria y esforzada rutina del ejercicio democrático, de expresarse, de organizarse y de crear estructuras participativas, que contribuyen eficazmente a la ampliación del paradigma y a la superación de los falsos dilemas. De hecho, la República de Weimar se diluyó antes de la llegada de Hitler al poder, precisamente por las ambiciones dominantes del gran capitalismo, el paso atrás de la socialdemocracia y la propia debilidad de las estructuras democráticas, tanto institucionales como de una ciudadanía participativa.

Arrinconando los casos extremos antes aludidos, la cuestión realmente clave es la legitimidad o no de la violencia en el interior de una democracia plural. En el sentido de violencia como uso de la fuerza contra la salud física y psicológica de las personas, mi opinión es que no.

No obstante, existen dudas razonables de si en una democracia más plural y con mayores cauces de participación se va a respetar estrictamente el ejercicio democrático, que por definición debe ser contrario a la lucha armada. Recientemente, el diario El País ha recibido una carta bomba en su delegación de Barcelona y, una vez más, diversos medios han utilizado el adjetivo inadecuado, "radical", para describir a los autores del atentado, un atentado reprobable, como todos los atentados en democracia. Al argumento renuente contra la participación política, bastaría con oponerle el hecho de que allí y cuando han existido cauces de participación, han recurrido al uso de la violencia precisamente quienes los despreciaban; pero habría que añadir la aceptación de su patrimonio por parte del estado para aplicar las leyes a quienes la utilizan. No es una concesión, sino una exigencia, pues quien en un uso aberrante de los derechos subjetivos, de las libertades, utiliza la fuerza para negar las libertades y los derechos fundamentales del otro, a veces la misma vida, está negando el ejercicio democrático, que es de todos.

Quien se sale voluntariamente del camino de las libertades para escoger las trochas de la violencia, ¿qué demuestra, sino su vocación totalitaria?

No es una diferencia sutil. El abismo que separa al ciudadano que participa, se organiza, debate y lucha por sus derechos, de quienes usan la fuerza para negar las libertades del adversario es el mismo que separa a la pasión política democrática de la vocación totalitaria, a la justicia de la arbitrariedad. Porque, como decía un poeta, a veces podemos ser las personas violentas que aman apasionadamente, pero siempre somos los hombres y mujeres que detestan la violencia que nos impide gozar de la mirada.


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