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El gas que a todos nos unió

NAOMI KLEIN

Sinopsis:

  La periodista Naomi Klein reflexiona sobre las consecuencias que tuvo el uso indiscriminado del gas lacrimógeno por parte de las fuerzas de seguridad de Québec durante la pasada reunión del ALCA, que motivó el que grupos dispersos de ciudadanos se unieran en una masa contraria y radicalizada por el uso de la violencia policial. Esto a su vez, nos hace reflexionar sobre el fin de las estructuras organizativas tradicionales de la sociedad civil.

 

   En las calles de la ciudad de Québec, durante la Cumbre de las Américas, no hubo sólo "dos protestas", una marcha laboral "pacífica" y un motín anarquista "violento". Hubo miles: una fue organizada por una madre y su hija; otra, por un puñado de estudiantes; otra, por tres amigos de Toronto que no son miembros de nada, excepto su club deportivo; y otra más, por un par de camareros de una cafetería durante su hora de almuerzo. Los muy diversos manifestantes y residentes fueron unidos por la blanca cortina de gas lacrimógeno que cubrió a todos por igual: a una señora que salió a comprar un sándwich, a los feroces anarquistas de negro, a los bien organizados sindicalistas. El gas logró un efecto no buscado por la policía: unificó a los manifestantes. Maude Barlow, presidenta del Consejo de los Canadienses, fue sentenciada por no haber llamado a que se retirara la "banda de Maude". El activista Jaggi Singh está en la cárcel por presunta posesión de una arma que nunca poseyó o usó: una catapulta de teatro que lanzaba animales de peluche sobre el famoso muro en la ciudad de Québec durante la Cumbre de las Américas. No es simplemente que la policía no haya entendido el chiste, sino que no captan que estamos en una nueva era de protesta política, adaptada a los tiempos posmodernos. No había una sola persona o grupo que pudiera llamar a "su gente" de regreso, porque las decenas de miles de personas que vinieron a protestar contra el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) son parte de un movimiento que no tiene un líder, un centro, ni siquiera tiene un nombre acordado. Sin embargo, existe, eso no se puede negar. 

  Por supuesto que había grupos bien organizados en la ciudad de Québec: los sindicatos tenían camiones, un juego de pancartas y una ruta para marchar; el "bloque negro" de anarquistas tenía máscaras contra gas y radiotransmisores. Pero, durante días, las calles estuvieron llenas de gente que simplemente le había dicho a un amigo: "Vayamos a Québec", y de residentes de la ciudad de Québec que dijeron: "Vayamos allá afuera". No se unieron a una gran protesta, participaron en un momento. 

  ¿Cómo podía ser de otra manera? Todas las instituciones tradicionales que antes organizaban a los ciudadanos en ordenados y estructurados grupos van de bajada: los sindicatos, las religiones, los partidos políticos. Sin embargo, algo lanzó a decenas de miles de individuos a las calles, una intuición, un instinto gutural; quizá sólo el profundo deseo humano de ser parte de algo más grande que ellos mismos. 

  ¿Seguían la misma línea partidista, tenían una detallada disección de los pormenores del ALCA? No siempre. Pero no por eso pueden ser desestimadas las protestas en Québec como un vacuo turismo político. El mensaje de George W. Bush en el Encuentro fue que la simple acción de comprar y vender gobernará por nosotros. "El comercio ayuda a difundir la libertad", dijo Bush. Y fue precisamente esta visión pobre y pasiva de la democracia la que fue rechazada afuera, en las calles. Además de cualquier otra cosa que estuvieran buscando, lo que es un hecho es que todos estaban tras un chupito de participación política directa. El resultado de los cientos de protestas miniatura que se juntaron fue caótico, algunas veces terrible, pero muchas veces inspirador. Una cosa es segura: después de que la gente al fin se sacudió de encima la manta del espectador político, la última cosa que va a hacer ahora es entregarle las riendas a una camarilla de posibles líderes. Sin embargo, en el futuro, los manifestantes se organizarán más; pero este hecho tiene que ver más con las acciones de la policía que con las directivas de Maude Barlow o Jaggi Singh. 

  Puede ser que las personas errabundas se hayan topado con la ciudad de Québec, profundamente inseguras de lo que significaba ser parte de un movimiento político, pero algo nos unificó a todos desde que llegamos: los arrestos masivos, las balas de goma, pero, sobre todo, la gruesa cortina blanca de gas. A pesar de que la línea del Partido Liberal consistió en felicitar a los "buenos" manifestantes y condenar a los "malos", el trato que todos recibieron en las calles de la ciudad de Québec fue crudo, cobarde e indiscriminado. Las fuerzas de seguridad utilizaron las acciones de unos cuantos lanzadores de piedras como una justificación, que podía ser mostrada en imágenes, para hacer lo que trataron de hacer desde el principio: despejar a la ciudad de miles de manifestantes legales, porque así era más conveniente. 

  Una vez que obtuvieron su provocación, las fuerzas de seguridad llenaron barrios enteros con humos tóxicos, y forzaron a las familias a respirar a través de máscaras en sus propias salas. Se frustraron porque el viento iba en su contra, así que rociaron más. Personas que hacían el signo de la paz a la policía fueron gaseadas. Personas que hacían nuestra comida fueron gaseadas. Conocí a una señora de Ottawa, de unos 50 años, que me dijo alegremente: "Salí a comprar un sándwich y me gasearon dos veces". Personas que celebraban una fiesta bajo un puente fueron gaseadas. Las personas que protestaban por el arresto de sus amigos fueron gaseadas. La clínica de primeros auxilios que curaba a las personas que habían sido gaseadas, fue gaseada. 

  Se suponía que el gas lacrimógeno iba a derrotar a los manifestantes, pero tuvo el efecto contrario: los enfureció y los radicalizó lo suficiente como para echar porras a los del "bloque de negro" que se atrevían a devolver los botes de regreso. Puede que sea ligero y que se atomice lo suficiente como para cabalgar en el aire, pero sospecho que los meses siguientes mostrarán que el gas también tiene poderosas propiedades unificadoras.

Traducción: Tania Molina Ramírez

Reproducido de Rebelión www.rebelion.org