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La Guerra de las Galaxias o el desequilibrio del terror

FELIPE GONZALEZ


    La decisión americana de desarrollar el escudo espacial antimisiles fue una iniciativa anunciada por Reagan y ahora reiterada por Bush recién iniciado su mandato. Sus implicaciones serán de enorme magnitud para el equilibrio nuclear, y desencadenará, inexorablemente, una nueva carrera de armamentos. Pese a las reacciones de rusos y chinos, el plan irá adelante. Europa, desde el final de la II Guerra Mundial, pesa poco en el proceso de toma de decisiones en materia de seguridad internacional. Los pasos dados por la Unión Europea en la PESC son claramente insuficientes.

  La flecha y el escudo han determinado las relaciones de poder entre los seres humanos durante toda su historia conocida. Quien disponía de una flecha que no podía detener el escudo de su enemigo adquiría una posición de ventaja y dominio. Quien mejorando su escudo estaba en condiciones de parar la amenazante flecha del enemigo recuperaba el equilibrio o cambiaba el balance del poder frente a aquél, atacándolo con su flecha.

  Nada ha cambiado, en el fondo, en esa tragedia permanente que ha sido y es la guerra, como argumento definitivo en la conquista de una posición hegemónica. La condición humana sigue reflejando esta filosofía del poder expresada en términos de fuerza destructiva, ofensiva y defensiva. Evoluciones y revoluciones científico-técnicas han contribuido a sofisticar el oficio de matar, a darle eficacia sin cambiar lo esencial.

  Ahora se habla de Guerra de las Galaxias, en la recuperada terminología reaganiana, y de Escudo Espacial, frente a las flechas en forma de misiles nucleares de largo alcance de los enemigos reales o inventados, pero imprescindibles para aumentar la potencia propia que garantice el dominio sobre los otros.

  Las excusas que desencadenan los conflictos son variadas, pero nada novedosas. Se repiten con persistencia a lo largo de la historia. Guerra santa, con un dios excluyente como bandera, para aplastar o salvar al infiel. Guerra étnica, amparada en la pretendida superioridad de una raza, que sometiendo a las otras afirma su contribución a liberarlas. Guerra étnico-cultural, apoyada en la convicción de una civilización superior que hay que difundir imponiéndola a los otros o excluyéndolos. Guerra ideológica, que pretende vencer y someter fundamentándose en la supuesta inferioridad del sistema que tratan de destruir. O una mezcla de argumentos que se completan con el instinto defensivo u ofensivo frente al otro, que se siente como amenaza por el solo hecho de su otredad.

  ¿Forma parte de la condición humana la necesidad de imponerse por la fuerza al extraño, al que tiene otro color, otra cultura, otra religión, o simplemente otras ideas?

 Hemos pasado por la civilización agraria y por la industrial y nada parece haber cambiado. La democracia moderna, que acompaña al desarrollo del Estado nación, parecía basarse en principios liberadores, en igualdades esenciales nacidas de la Ilustración, que se plasmaron en declaraciones de derechos humanos -universales por ello- de primera, de segunda y hasta de tercera generación.

  Pero ese elemento desencadenante del cambio de era que fue la revolución industrial nos ha ofrecido un siglo XX de destrucciones sin precedentes, apocalípticas, junto a los avances científicos más increíbles. Han sido las naciones "más civilizadas" o "menos bárbaras" las que, sintiéndose más fuertes, han provocado la terrible experiencia de dos guerras mundiales.

  Ni antes ni ahora, una sola de las armas aportadas por el avance de la tecnología ha dejado de ser utilizada como factor de poder. Esto incluye, obviamente, el arma atómica. Pero fue precisamente su capacidad destructora comprobada la que llevó, hace pocas décadas, a un concepto de seguridad diferente, aunque terrible: la destrucción mutua asegurada.

  La guerra fría y la distensión, en un mundo bipolar, nos han acompañado durante la segunda mitad del siglo XX, hasta la caída del muro de Berlín y la desaparición de uno de los dos superpoderes protagonistas de la época. La ducha escocesa de tensiones y negociaciones de desarme entre EEUU y la URSS ha tenido como telón de fondo el "equilibrio del terror", basado en la inexistencia de escudos capaces de detener las flechas nucleares del enemigo de referencia. La paz, por la disuasión nuclear, no ha sido épica, pero ha sido paz. El equilibrio del terror sólo es menos malo que el "desequilibrio del terror" que nos ofrecen con el desarrollo del escudo espacial.

  Comenzará una nueva carrera de armamentos, que se trasladará al espacio, intentando neutralizar el nuevo escudo, hasta que dispongan de algo semejante los que no lo tienen, y, entretanto, se buscará el desarrollo de otros ingenios. Los "dividendos de la paz", de los que hablaba Bush padre, se invertirán en nuevos sistemas de armas y perderán prioridad los problemas del hambre, la enfermedad y el desarrollo.

  Cuando se produce la declaración de Reagan sobre el proyecto de escudo espacial, allá por los primeros ochenta, se empezó a hablar de la Guerra de las Galaxias, en una terminología no exenta de frivolidad. Algunos dirigentes soviéticos, como Andrópov, se lo tomaron en serio, más allá de las declaraciones de una gerontocracia que ignoraba casi todo lo que estaba ocurriendo con la revolución tecnológica informacional.

  Fue Gorbachov quien me contó la reunión entre Andrópov y los científicos soviéticos, descolgados por el poder político de esa línea de investigación. Éstos le confirmaron la posibilidad de llevar a la práctica lo que decía Reagan. "No lo tienen todavía. Pero con la tecnología de que disponen, voluntad y dinero, lo conseguirán".

  Era el comienzo de la percepción de la enorme distancia tecnológica que se estaba abriendo entre las superpotencias enfrentadas. La llegada al poder de Gorbachov fue su consecuencia. Su perestroika, como reforma de la atrasada economía y tecnología soviética, y su glasnost, como apertura informativa para vencer la resistencia de la burocracia, más que corregir el gap , precipitaron la caída del imperio soviético, que vio reflejarse en el espejo informativo la dimensión de su fracaso.

  Era difícil de justificar el mantenimiento del proyecto de escudo espacial ante la política de Gorbachov y ante el propio espectáculo de autodestrucción de la URSS. La guerra del Golfo, finalmente, puso de manifiesto la superioridad tecnológica americana frente al material soviético empleado por Irak.

  Ahora, decenas de miles de millones de dólares están disponibles por el superávit presupuestario legado por Clinton. La economía estadounidense se ha frenado en seco y le viene bien una inyección keynesiana de gasto público, aunque sea armamentista. La tentación de poner dinero para impulsar un nuevo salto tecnológico que mantenga la ventaja de EE UU en la economía global es fuerte. Y, además, ofrecer a los ciudadanos estadounidenses una nueva frontera, un escudo espacial que les ponga a cubierto de un supuesto ataque nuclear ruso, chino, o de quien se invente, sigue siendo electoralmente atractivo. Por todo eso, superando cualquier resistencia del Congreso, se pondrá inexorablemente en marcha su desarrollo.

  Europa recibe desconcertada la oferta de sumarse al proyecto y aprovecharse de él. Pero, más allá de consideraciones de necesidad, de utilidad, de prioridades, Europa no es América. Es Eurasia. Ni el Atlántico, ni el Pacífico, la separan de los hipotéticos agresores. ¿En qué punto se interpondría el escudo, frente a un misil con destino a una de las ciudades europeas y con origen en Rusia, por ejemplo? ¿Con qué consecuencias?

  El desarrollo de un escudo espacial significa la mutación de las condiciones de los acuerdos de desarme nuclear vigentes y hará casi imposible acuerdos futuros. Un mundo dominado por un solo poder hegemónico no será, sin embargo, posible. Más allá de las razones morales, será más fácil llevar el enfrentamiento al espacio, tratando de invalidar los satélites, que competir en el desarrollo del escudo. Y se hará. Estamos legitimando la guerra espacial, no sólo como escudo, sino como flecha.

  El escudo espacial provocará el avance hacia misiles capaces de simular cabezas nucleares para engañarlo o portando otras armas de destrucción masiva no detectables por él. Se estimulará el desarrollo de las armas nucleares de bolsillo, ya disponibles, con mayor facilidad de difusión, con relativo acceso por parte de más países, e incluso de grupos terroristas.

  Una nueva carrera de armamentos está servida, sin que tenga valor el argumento de disminuir unilateralmente el arsenal nuclear americano. Más que el número de misiles y cabezas nucleares disponibles por unos y otros, lo que se juega en términos de equilibrio es su poder ofensivo. Con pocos que lleguen, hay de sobra para destruir todo rastro de vida en medio planeta. Por muchos que se tengan, si no llegan al objetivo enemigo, valen menos que los otros pocos.

  Si el equilibrio del terror es malo, el desequilibrio del terror será mucho peor. Tratemos de evitar lo segundo y disminuir lo primero. Europa tiene algo que decir.