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La guerra de video ha terminado

NAOMI KLEIN

 

    Este es el momento, en el juego de la guerra, en el que deshumanizamos a nuestros enemigos. Son totalmente incomprensibles, sus actos son inimaginables, sus motivaciones no tienen sentido. Son "hombres locos" y sus Estados son unos "maleantes". Este no es el momento para ser más comprensivos, sólo para mostrar una mayor inteligencia. Estas son las reglas del juego de guerra.

  Sin duda las personas sensibles objetarán esta caracterización: la guerra no es un juego. Se trata de vidas reales destrozadas, de hijos, hijas, madres y padres perdidos, cada uno con una historia de dignidad.

  El acto de terror del martes fue la realidad en su más cruda expresión, un acto que hace que de pronto todos los demás parezcan frívolos, como si fueran un juego. Es cierto: la guerra no es un juego. Y quizá después del martes, nunca será tratada como tal. Quizá el 11 de septiembre de 2001 marcará el fin de una era vergonzosa de guerras de juego de video.

  Hubo un claro contraste entre mirar la cobertura del martes y la última vez que estuve pegada al televisor viendo una guerra en vivo a través de CNN. El campo de batalla del invasor espacial de la Guerra del Golfo casi no tuvo nada en común con lo que vimos esta semana. Entonces, en vez de edificios reales que estallaban, una y otra vez, veíamos sólo los bombarderos que fijaban sus miras en los blancos de concreto; estaban ahí y luego ya no. ¿A quién albergaban aquellos polígonos abstractos? Nunca lo supimos. Desde la Guerra del Golfo, la política exterior estadounidense ha estado basada en una sola ficción brutal: los militares estadounidenses pueden intervenir en conflictos en todo el mundo -en Irak, Kosovo, Israel- sin sufrir bajas estadounidenses. Es un país que ha llegado a creer en el máximo oximorón: una guerra segura. La lógica de la guerra segura está basada, claro, en la habilidad tecnológica de guerrear exclusivamente desde el aire. Pero también se fundamenta en la profunda convicción de que nadie se atrevería a meterse con Estados Unidos -la única superpotencia que queda- en su propio terreno. Esta convicción había permitido -hasta el martes pasado- que los estadounidenses vivieran sin ser afectados por -o hasta desinteresados en- los conflictos internacionales de los que son protagonistas.

  A los estadounidenses no les llega una cobertura diaria de CNN de los continuos bombardeos a Irak. Tampoco les llegan historias sobre los devastadores efectos de las sanciones económicas en la niñez de ese país.

  Tras el bombardeo de 1998 de una fábrica farmacéutica en Sudán (erróneamente tomada como una instalación de armas químicas) no hubo informes que dieran seguimiento a las implicaciones que tuvo para ese país no poder manufacturar vacunas.

  Y cuando la OTAN bombardeó blancos civiles en Kosovo -incluyendo mercados, hospitales, convoyes de refugiados, trenes de pasajeros y una estación de televisión- la NBC no realizó entrevistas en la calle con los sobrevivientes sobre lo impresionados que estaban por la destrucción indiscriminada.

  Estados Unidos se ha vuelto un experto en el arte de satanizar y deshumanizar los actos de guerra cometidos en otros lugares. Al interior, la guerra ya no es una obsesión nacional, es un negocio que se deja en manos de los expertos. Esta es una de las muchas paradojas de este país: a pesar de ser el motor de la globalización en el mundo, la nación nunca ha estado más sumida hacia adentro, menos mundial. El ataque del martes, además de ser horrendo, más allá de cualquier descripción, tiene el horror añadido de que para muchos estadounidenses parece haber llegado completamente de la nada. Las guerras rara vez llegan como un shock total al país que es atacado, pero es justo decir que ésta sí lo hizo. En CNN se le pidió a Mike Walter, reportero de USA Today, que resumiera las reacciones en la calle. Lo que dijo fue: "Dios mío, Dios mío, Dios mío, simplemente no lo puedo creer".

  La idea de que uno podría estar preparado para tal terror inhumano es absurda. Sin embargo, visto desde las cadenas televisivas estadounidenses, el ataque del martes parecía venir menos de otro país que de otro planeta. Los eventos parecían ser transmitidos no por periodistas sino más bien por una nueva especie de celebridades que hacen un sinnúmero de apariciones en películas de Time Warner sobre los ataques terroristas apocalípticos en Estados Unidos, ahora incongruentemente reporteando algo verdadero. Y en la noche del martes, por un extraño instante, el logotipo de CNN de "Estados Unidos bajo ataque" desapareció y en su lugar apareció un logotipo que decía "Luchando contra la grasa".

  Estados Unidos es un país que creía estar no sólo en paz, sino garantizado contra la guerra, una percepción de sí mismo que sería toda una sorpresa para la mayoría de los iraquíes, palestinos y colombianos.

  Como alguien que padece amnesia, Estados Unidos amaneció en medio de una guerra, simplemente para darse cuenta de que llevaba años transcurriendo. ¿Merecía ser atacado Estados Unidos? Claro que no. Ese argumento es feo y peligroso. Pero hay una pregunta distinta que debe ser formulada: ¿la política exterior estadounidense creó las condiciones en las cuales tal lógica torcida pudiera florecer, una guerra no tanto contra el imperialismo estadounidense sino contra la impenetrabilidad estadounidense?

  La era de la guerra de juego de video en la cual Estados Unidos siempre tiene el control produjo una ira cegadora en muchas partes del mundo, una ira producto de la persistente asimetría del sufrimiento. Este es el contexto en el que los torcidos buscadores de venganza tienen una sola demanda: que los estadounidenses compartan su dolor.

  Desde el ataque, políticos y comentaristas estadounidenses repiten el mantra de que en el país la vida continúa como siempre. El estilo de vida estadounidense, insisten, no será interrumpido. Una extraña afirmación cuando toda la evidencia apunta a lo contrario. La guerra, para usar una frase de los viejos días de la Guerra del Golfo, es la madre de todas las interrupciones. Así debería ser. La ilusión de la guerra sin bajas ha sido derrumbada para siempre. Un mensaje parpadea en nuestra consola de video colectiva: Game Over.

Traducción: Tania Molina Ramírez

Reproducido de Rebelión www.rebelion.org