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Samuel Huntington,
¿el Spengler americano?

CARLOS MARTINEZ-CAVA


UN MUNDO. UNA CULTURA. UN GOBIERNO

La aspiración a una existencia sin conflictos entre los pueblos en el marco de una cultura mundialmente homogeneizada, parecía ser la tendencia dominante en la clase política e intelectual de las ultimas décadas tras la conflagración de 1945. Esta afirmación se vio explicitada en diversos trabajos donde se exponía el peligro de un mundo diverso, y se proponía la creación, aunque fuera artificial, de una única cultura que fuera impuesta a todos los pueblos como vacuna contra todo aquello que pudiera alterar el nuevo Orden Mundial establecido (1). A todo ello contribuyo, en fecha reciente, Francis Fukuyama al exponer su discurso sobre el fin de la historia.

Pero en el Verano de 1993 la revista norteamericana Foreign Affairs publicó un extenso ensayo titulado "El choque de civilizaciones". Su autor, Samuel Huntington. El efecto que causó este trabajo fue comparable al de una inmensa piedra que se arroja en el centro de un estanque. Sus ondas todavía perturban con insistencia las costas resecas de las mentes de nuestra débil intelectualidad europea.

HUNTINGTON. LA FRACTURA

¿Quién ha sido el atrevido que ha vuelto a poner encima de la mesa, después de más de medio siglo de trabajar por un mundo único, la existencia de distintas culturas y el hecho de que éstas, al ser impermeables, provocan conflictos? Pues nada menos que el Director del John M. Olin Institute for Strategic Studies at the Center for International Affairs de la Universidad de Harvard y Profesor de Ciencias Políticas en esta Universidad. Su currículum político en conocidas instituciones "mundialistas" es notorio: en 1959 fue nombrado Director Asociado del Instituto de Estudios sobre Guerra y Paz en la Universidad de Columbia, hasta el año 1962; en 1967 y hasta 1971 fue Presidente del Departamento de Gobierno de Harvard, y de 1973 a 1989 trabajó como Director Asociado y Director, más tarde, en el CFR, el célebre Council of Foreign Relations, que pasa por ser el más reputado vivero del mundialismo contemporáneo.

Desde 1989 es Director del Instituto Olin de Estudios Estratégicos. Su labor en el mundo de la literatura política ha sido muy prolífica, ya que ha trabajado extensamente en tres áreas:

A) Política militar, estrategia y relaciones militares-civiles. Entre sus libros están: El soldado y el Estado: la Teoría y la Política de las Relaciones entre civiles y militares, (1957); Viviendo con armas nucleares (1983) y Reorganizando la defensa americana (1985).

B) Política americana y comparada. Sus libros incluyen: La Crisis de la Democracia (1975); Poder Político USA-URSS (1964); y Dilemas Globales (1985)

C) Desarrollo político y la política de los países menos desarrollados: Orden Político en Sociedades Cambiantes (1968); Política Autoritaria en la Sociedad Moderna: La Dinámica de Sistema de Partido Unico (1979); Entendiendo el desarrollo político (1986) y La Tercera Ola: Democratización a finales del siglo XX (1991).

UN REPLANTEAMIENTO DE LA POLÍTICA MUNDIAL

El 23 de mayo de 1995 y organizado por el Club Debate de la Universidad Complutense de Madrid, Samuel P. Huntington pronunció una Conferencia ante un nutrido grupo de universitarios e intelectuales, con la atractiva convocatoria de "El Islam y Occidente".

Las tesis fundamentales de su exposición vinieron a desarrollar su polémico ensayo en los siguientes términos: Gobiernos y pueblos de todo el mundo se enfrentan a una crisis de identidad que resuelven redefiniéndola en términos culturales. Como resultado de este proceso, la política mundial está siendo reconfigurada a lo largo de líneas culturales. En este nuevo mundo, la política local es la política de la etnicidad; la política mundial es la política de las civilizaciones. Los actores principales en este mundo son los estados centrales de las civilizaciones básicas.

Así, según Huntington, y "por primera vez en la historia", la política mundial es al mismo tiempo multipolar y multicivilizacional. La rivalidad de las superpotencias ha sido sustituida por el conflicto de civilizaciones. De este modo, los pueblos con cultura común se están aproximando. Los países formados con poblaciones pertenecientes a diferentes civilizaciones, por el contrario, se están desintegrando o están soportando una fuerte tensión. Esta reconfiguración cultural esta remodelando sustancialmente los alineamientos políticos en Europa y en otros lugares del mundo. Los conflictos más peligrosos serían, ahora mismo, los de la antigua Yugoslavia, el norte del Cáucaso, el Transcáucaso, Asia Central y Cachemira: lugares de roce o fricción entre distintas civilizaciones, distintas imágenes del mundo.

Huntington considera que la falta de un Estado Central, como ocurre en el Islam, provoca que se vuelva mucho más difícil el mantenimiento del orden dentro de cada civilización, y la preservación de la paz con los restantes agentes se vuelve mucho más difícil.

Por otra parte, tras la revolución de 1989, que hizo caer el Telón de Acero, se crean nuevas perspectivas:

• El ascenso político y económico del Este de Asia, especialmente la emergencia de China como poder hegemónico en esta región.

• El restablecimiento de Rusia como Estado Central de la Civilización Ortodoxa.

• La contradicción entre la creencia de Occidente en la universalidad de valores y de sus instituciones, y el gradual declive de su poder.

• El dramático renacimiento que se ha extendido por todo el mundo del Islam.

Es este renacimiento del Islam el que provoca en Huntington mayor detalle en sus análisis, ya que entiende que presenta muchas similitudes con la reforma protestante. Y aunque los grupos fundamentalistas o islamistas han llegado al poder político en tan sólo algunos países musulmanes, en casi todos los otros monopolizan o dominan la oposición al Gobierno. Estos grupos islamistas encuentran su mayor aceptación, sobre todo, entre estudiantes, profesionales, clase media y emigrantes urbanos pobres, todos los cuales han sido afectados en mayor o menor medida por el proceso de modernización. Pero nuestro polémico analista concluye considerando que la causa más importante del renacimiento islámico es la demográfica: su fuerte aumento de población, especialmente en el tramo comprendido entre los 15 y los 24 años. Esta gente joven proporciona al Islam sus militantes.

Y al considerar como demográfico el motivo del impacto islámico, Huntington, sin determinar la causa, entiende que a principios del próximo siglo el movimiento fundamentalista decaerá, puesto que habrá decaído su población. Frente al conflicto presente Europa-Islam, se propone la práctica de una "Política de contención", y resistir hasta que las inquietantes consecuencias del Islamismo se apaguen.

Huntington utiliza la misma explicación para, por analogía, decir que el fascismo europeo también obedeció a una demografía alta en los años 30. Por ese mismo motivo no puede existir fascismo actualmente. Europa es vieja, su vitalidad es declinante. Pero sus curiosas interpretaciones no finalizaron con su particular explicación del origen del Fascismo. Huntington desveló el verdadero rostro del Occidente americanomorfo, al mostrarse partidario de que el Frente Islámico de Salvación (FIS) hubiese gobernado en Argelia, a fin de que no soportara Norteamérica nuevas acusaciones de imperialismo. Ahora bien, si el FIS en el poder hubiera incurrido en algún "desviacionismo", poniendo en peligro los intereses occidentales, el Gobierno americano habría provocado la intervención del Ejército argelino para acabar con el FIS.

¿Quién gobierna el mundo?...

LA CAUSA DE LOS PUEBLOS.

IDENTIDAD Y ARRAIGO CONTRA UN MUNDO VACÍO

Decía Heráclito que "El Ser es la desigualdad; la igualdad es la nada." Con ello, desde la Grecia presocrática se afirmaban los presupuestos de una existencia acorde con la Naturaleza.

El conjunto de pueblos que hemos venido denominando durante siglos como Occidente ha realizado, en virtud de su impulso faústico, una intensa labor de conquista con un amargo fruto: la aculturación de gran parte de Asia, Africa y América. A través de canales aparentemente inocuos como la religión, la escuela y, hoy principalmente, la empresa, se ha realizado un profundo etnocidio. Pero quien fue su autor, Europa, hoy se ha convertido en víctima. Así, todo el continente europeo languidece lentamente, sin pulso vital, adormecido por venenos inoculados en su alma más profunda.

Se ha llegado a pensar que ese estado narcótico es el estado ideal, por cuanto la afirmación de la cultura y el ser propio, podrían ser el origen de graves conflictos. Huntington lo ha puesto de manifiesto: la esencia de los conflictos actuales en el mundo es de naturaleza cultural y los puntos de fricción son aquellos donde distintas civilizaciones entran en contacto. La imagen apropiada sería la de las placas tectónicas que, al chocar, unas se superponen, otras se hunden, pero, en todo caso, producen graves perturbaciones.

En esta clave habría que interpretar el conflicto yugoslavo. En los medios de comunicación se nos repite hipnóticamente que el origen de la guerra entre croatas, serbios y bosnio-musulmanes es étnico y que quien conquista o reconquista un terreno, practica "limpieza étnica". Nada más erróneo. Los pueblos que están en armas en la antigua república balcánica son étnicamente, con carácter general, homogéneos. Se nos habla de "limpieza étnica" sin precisar qué se entiende por "etnia". El problema es la cultura, la religión que profesan y la distinta manera de entender la sociedad que unos y otros tienen.

Pero este análisis de un espacio-tiempo actual no nos debe hacer perder la perspectiva del eje de debate que Huntington ha propuesto. ¿Podemos aceptar sus tesis? En principio, y en lo que se refiere al reconocimiento de distintas civilizaciones y a los conflictos que pueden originarse donde las fronteras de ambas se interrelacionan, sí. Ello supone reconocer la existencia de otros combates que no son los de pura naturaleza económica como han venido sosteniendo los materialistas de una u otra índole. Por otra parte, el análisis de Huntington guillotina a Fukuyama, en cuyo fin de la historia se han refocilado los liberales de pensamiento débil.

Pero si podemos aceptar algunas de sus percepciones, otras son insatisfactorias porque no resuelven los grandes interrogantes o actuales conflictos intercivilizacionales. Es muy dudoso que el Islam deje de ser conflictivo por algo tan aleatorio como la cuestión demográfica. Y una cuestión en la que Huntington no entra es la siguiente: ¿Qué ocurre cuando el conflicto surge dentro de una civilización porque la inmigración ha provocado que existan grandes núcleos de población procedentes de otra civilización distinta? ¿Habría aquí que realizar también una "política de contención" como ha sugerido contra las naciones islámicas?

Huntington no aporta las claves de solución, su análisis reposa en la superficie. Ante ello, ¿qué reflexión nos cabe proponer?

En 1970 se autoinmolaba en un sacrificio de clave cultural y sagrada el japonés Yukio Mishima. Al margen de su obra literaria, por la que llegó a ser candidato al premio Nobel, nos lego una profunda actitud ante la vida y una filosofía de la cultura que fue expuesta ante los atónitos oídos de los estudiantes japoneses ultraizquierdistas, a los que Mishima se dirigió en la Universidad. Es la idea del Imperio Cultural, para quien la médula de la cultura estaba en la cortesía. Utilizando palabras de Isidro Palacios (2), diremos que "La cortesía es la paz entre quienes viven en belicosa tensión, sin renunciar a ella; el respeto por las formas y diferencias de cada identidad; el apego a lo interior y a las herencias... Equilibrio, como lo entendieron los Celtas con su concepción del Imperio Metafísico y que tuvo cierta respuesta en el Medioevo céltico-cristiano, en el que el eje de la unidad vertical no rompía la diversidad, sino que hacia vivir las múltiples diferencias en lo horizontal, en el arraigo, en la tierra."

La solución, por tanto, es de orden espiritual, porque los hombres y los pueblos no son meros aglomerados biológicos. El hombre, en palabras de Arnold Gehlen, es un ser cultural por naturaleza. Y del mismo modo que Maistre dijo no haber visto al hombre, sino que había conocido franceses, persas o griegos, del mismo modo no hay cultura universal ni hombre universal. El mundo es polifónico, diverso y plural.

Pero Samuel Huntington no ha entendido esto porque él y la cosmovisión que él defiende están enfermos de alterofobia, de odio al otro, al que es distinto, y por ello hay que "contenerle", y si resulta muy molesto hay que narcotizarle con la sociedad de consumo, o en último caso, directamente "intervenirle".

Huntington ha reconocido la realidad del conflicto, pero no su naturaleza, su Ser. Con la lectura de su obra, muchos hemos recordado la de un europeo: Oswald Spengler, de quien el próximo año se cumplirá el sesenta aniversario de su muerte. Huntington no es Spengler, su obra no ha analizado la Filosofía del Ser de cada civilización, como hizo el alemán, ni tampoco ha estudiado la evolución de las distintas culturas. Se ha limitado a visualizar la existencia de bloques civilizacionales y de los conflictos que pueden surgir en sus interrelaciones. Huntington no estudia al alma faústica de Europa. Spengler, sí.

Si pretendemos comprender la antropología de las Civilizaciones y proponer una nueva Aurora, debemos entender la relación del hombre con su pueblo y de éste con su cultura. En caso contrario, las palabras del propio Spengler —escritas en 1933 en Años decisivos—, volverán a ser de nuevo, actuales: "Si no vemos cómo el problema más importante, precisamente para nosotros, es nuestra relación con el mundo, el destino —¡y qué destino!—, pasará sin compasión sobre nosotros" (3).

NOTAS

(1) Cf. Problemas en torno a un cambio de civilización, Ed. Nuevo Arte Thor, Barcelona, 1988.

(2) Punto y Coma, nº 4.

(3) SPENGLER, Oswald: Años Decisivos, Ed. Austral, Madrid, 1962, pág. 16.