Las mistificaciones de ''Imperio''

Página principalArtículos Libros Búsquedas Trabajos prácticos Autores  

CHRISTIAN CASTILLO

 

Recomiéndalo

   

La verdad Obrera

 

 

 

La publicación en español de "Imperio" de Antonio Negri y Michael Hardt ha tenido en nuestro país una importante repercusión, repitiendo lo sucedido en ocasión de su lanzamiento original en el año 2000 en EE.UU. y distintos países europeos. Se publicaron varias notas y debates en los suplementos culturales de los diarios de mayor tirada y en las universidades se han formado grupos de estudio sobre sus trabajos. A su vez, algunas tesis de Negri son sostenidas por activistas de las asambleas populares y de los movimientos de desocupados. "Imperio" fue escrito entre la guerra del Golfo en 1991 y la guerra de los Balcanes en 1999, es decir, en momentos en que aún no había surgido el llamado "movimiento antiglobalización", que se desarrolló a partir de las manifestaciones de Seattle en diciembre de 1999. Negri y sus tesis se transformaron en uno de los referentes centrales de vastos sectores que se referencian en dicho movimiento, que tuvo su punto culminante en las multitudinarias movilizaciones de Génova el año pasado. La Cátedra Libre "Karl Marx" ha dedicado este cuatrimestre a polemizar desde el marxismo revolucionario con las tesis centrales de "Imperio".

Más de 200 asistentes participan todos los jueves de las clases y debates, que son coordinados por Christian Castillo, docente de la Facultad de Ciencias Sociales y dirigente del PTS, que ha sintetizado algunos de los temas desarrollados. En la Universidad de La Plata 150 participantes asistieron a la cátedra de Jorge Sanmartino. Próximamente comenzarán en Rosario y Córdoba.


IMPERIO O IMPERIALISMO

Negri y Hardt definen que "Durante las últimas décadas, mientras los regímenes coloniales eran derrocados, y luego, precipitadamente, tras el colapso final de las barreras soviéticas al mercado mundial, hemos sido testigos de una irresistible e irreversible globalización de los intercambios económicos y culturales. Junto con el mercado global y los circuitos globales de producción ha emergido un nuevo orden, una nueva lógica y estructura de mando –en suma, una nueva forma de soberanía. El Imperio es el sujeto político que regula efectivamente estos cambios globales, el poder soberano que gobierna el mundo." El advenimiento del Imperio significa el fin del imperialismo: "Por Imperio ... entendemos algo diferente de imperialismo (...) En contraste con el imperialismo, el Imperio no establece centro territorial de poder, y no se basa en fronteras fijas o barreras. Es un aparato de mando descentrado y deterritorializado que incorpora progresivamente a todo el reino global dentro de sus fronteras abiertas y expansivas... Los diferentes colores del mapa imperialista del mundo se han unido y fundido en el arcoiris imperialista global". El problema con la definición de Imperio no estriba en plantear que la fisonomía del imperialismo se ha modificado respecto a principios del siglo XX, cuando el concepto fue acuñado por los marxistas. Es evidente que distintos rasgos característicos de la dominación imperialista de aquél entonces se han transformado y que con la mera repetición de lo dicho por Lenin o Luxemburgo al respecto no se puede comprender la realidad que nos rodea. Pero Negri y Hardt fallan en dar cuenta de estas transformaciones. Si alguno de los aspectos que señalan como propios del Imperio (como la agonía de los estados nacionales) no tienen verificación empírica alguna, otros rasgos no son características recientes sino que fueron propios de la dominación imperialista de toda la posguerra, como el reemplazo de la dominación colonial directa por formas semicoloniales y dependientes de sujeción o el surgimiento de organismos multilaterales que auxiliaban en su dominio a las potencias hegemónicas. Todo esto fue característico de las formas que tomó el liderazgo imperialista estadounidense en la segunda mitad del siglo XX, algunas de las cuales se acentuaron y tuvieron renovada importancia en la década de los '90, cuando la caída de la Unión Soviética obligó a Estados Unidos a jugar el papel de "gendarme mundial".

Esta mayor intervención norteamericana en los conflictos internacionales fue realizada bajo la cobertura de organismos "multilaterales" en los que Estados Unidos siempre tiene la influencia decisiva. La ONU y la OTAN jugaron ese rol dando "colchón" político y financiamiento económico a las intervenciones militares realizadas para garantizar el orden imperialista bajo excusas "humanitarias". Por su parte, organismos como el FMI o el Banco Mundial jugaron ese mismo papel en la imposición de las políticas del llamado "Consenso de Washington" - privatizaciones, apertura comercial ilimitada, flexibilización laboral. De esta situación, Negri y Hardt deducen erróneamente que "el imperialismo ha caducado", y que ha nacido una "nueva forma de soberanía que va más allá del estado nación", que estaría basada en la defensa de "valores trascendentales". Incluso afirman que "los Estados Unidos no pueden, e, incluso, ningún Estado-nación puede hoy, constituir el centro de un proyecto imperialista. El imperialismo ha concluído. Ninguna nación será líder mundial, del modo que lo fueron las naciones modernas europeas". La confusión entre forma y contenido no es gratuita: redunda en un enorme embellecimiento del papel jugado por el imperialismo estadounidense en la historia contemporánea y en no comprender que "multilateralismo" y "unilateralismo", "aislacionismo" e "internacionalismo", apelación a "valores universales" y "defensa del interés nacional" son formas que han coexistido en combinación diversa en la política "imperial (ista)" norteamericana.
 

¿DESTERRITORIALIZACIÓN DEL PODER?

La idea que el poder se ha desterritorializado es otro de los elementos centrales que caracteriza al Imperio. Pero, ¿es cierto que algo así ha ocurrido en los últimos años? En realidad lo que hemos visto en la última década es una reconcentración del poder imperialista, a costa de los pueblos oprimidos del planeta. Un estudio reciente en el Financial Times (del 10-05-2002), que analiza a las 500 mayores compañías del mundo basadas en valor, país y sector, muestra que casi un 48% de las mayores compañías y bancos en el mundo son de los EE.UU., un 30% son de la Unión Europea y sólo 10% son japoneses. En otras palabras, casi 90% de las mayores corporaciones que dominan la industria, la banca, y los negocios son estadounidenses, europeas o japonesas. Sólo un 1%, 3 empresas sobre 500, pertenecen a los llamados "tigres asiáticos". Es decir, que lejos de estar "desterritorializado" el poder económico mundial está concentrado en esta "tríada" imperialista, en la que EE.UU. juega el papel dominante, siendo las finanzas, la farmacéutica y biotecnología, tecnologías de la información y el software, y en el comercio las áreas donde las corporaciones norteamericanas tienen mayor control.

La concentración de la fuerza militar también es una clara muestra de lo absurdo de esta tesis: EE.UU. concentra el 40% de todos los gastos de defensa del mundo (276.700 millones de dólares, un 3,2% de su PBI en el 2001 contra 180.000 millones de la Unión Europea tomada en su conjunto, un 2,1% de su PBI, y apenas 46.000 millones de Japón, que gasta en defensa sólo el 1% del PBI). Y estas cifras se han visto aumentadas con la guerra en Afganistán.

Sin embargo, señalar esta reconcentración del poder imperialista por parte de Estados Unidos en la década del '90 no debe llevar a falsas conclusiones sobre las perspectivas de los próximos años. Su abrumador dominio militar no impidió los atentados del 11 de septiembre, mostrando una vulnerabilidad extrema de la "hiperpotencia" americana. Su economía estuvo en recesión todo el 2001 y aunque se ha recuperado a comienzos de este año ningún analista cree que esta mejora pueda ser sostenida debido a los signos negativos mostrados por las ganancias de las corporaciones. A su vez, lejos de la armónica "integración de las economías" que describían los teóricos de la globalización, y de la tesis de Negri de que el Imperio eliminaría las contradicciones interimperialistas, la competencia entre los bloques imperialistas se está haciendo más dura, como expresan las crecientes medidas proteccionistas aplicadas tanto por Estados Unidos como por la Unión Europea, y regiones económicas enteras que fueron atractivas para la inversión capitalista en los '90 hoy se debaten en la crisis, como vivimos en carne propia en el "área Mercosur". Conflictos interestatales entre potencias regionales (como el de la India y Pakistán) amenazan transformarse en guerras abiertas que desestabilicen la situación política internacional. Y en las masas del mundo crece un sentimiento antinorteamericano –del mundo árabe y musulmán a latinoamérica-, que preocupa a los estrategas imperialistas más lúcidos que ven que hay millones que no comparten la visión de Negri sobre la ausencia de un "centro" imperialista.


UNA ANALOGÍA SUGERENTE

En cierto sentido las posiciones de Negri rememoran la polémica entablada a fines del siglo XIX y principios del XX en el seno de la Segunda Internacional. En este período también se había producido una nueva ola de internacionalización de las fuerzas productivas comandada por una potencia imperialista, Gran Bretaña, que parecía haber superado los signos de decadencia y haber obtenido nuevos bríos. Su poder financiero y militar eran inigualables. Las finanzas y el comercio se expandían y nuevos conocimientos se aplicaban a la producción, mientras los medios de transporte sufrían una verdadera revolución. Las interpretaciones de estos acontecimientos fueron divergentes entre quienes reivindicaban la tradición marxista. E. Bernstein lideró el ala "revisionista", que sostenía que estos cambios tenían como resultado un capitalismo que había mutado en forma tal que había logrado superar sus contradicciones: la tendencia era a un mundo más sosegado y la estrategia revolucionaria debía ser desechada. Por aproximaciones sucesivas, quienes constituían el "ala izquierda" de la Segunda Internacional –como Rosa Luxembugo, Lenin, Bujarin, Trotsky y otros- fueron buscando distintas respuestas teóricas revolucionarias a los nuevos tiempos que fuesen más allá de la "ortodoxia". Sus teorías sobre la "nueva fase" del capitalismo y sus implicancias para la estrategia revolucionaria no fueron idénticas, pero a todos ellos los unía la convicción de que con el advenimiento del imperialismo las contradicciones del capitalismo no se atemperaban sino que se agudizaban, que se abría una época revolucionaria como nunca antes se había vivido. El tiempo les dio la razón. Pudieron sostenerse contra la marea reaccionaria del estallido de la primera guerra mundial y, en el caso de los marxistas revolucionarios rusos, aprovecharon la oportunidad que les brindó la historia jugando un rol decisivo en la conquista del poder por parte de los soviets y en el establecimiento del primer estado obrero de la historia.

Hoy también la potencia dominante parece haber recibido nuevo oxígeno. Y nuevamente han surgido quienes afirman que el capitalismo ha mutado en forma tal que ha superado gran parte de sus contradicciones y que la estrategia revolucionaria debe ser radicalmente dejada de lado. "Imperio" es un libro que se ubica en esta perspectiva: no casualmente Negri se reivindica "bersteiniano", presentando como superadas contradicciones que en realidad los desarrollos del capitalismo en los últimos años no han hecho más que agudizar. La del Imperio sería una época donde la guerra y las revoluciones, tal como las conocimos en los siglos XIX y XX habrían quedado en el pasado, y donde la apropiación privada de la riqueza social habría dejado de ser un acto de explotación económica para darse sólo mediante la dominación conjunta de "la bomba, el dinero y el éter". Negri comparte la idea de los revisionistas del siglo anterior de que sería posible el socialismo, en su caso el comunismo, sin pasar por el "doloroso" camino de la revolución, la lucha por el poder y el período de transición.

Tras los atentados del 11 de septiembre y la posterior respuesta de Bush, muchas aseveraciones de Imperio han mostrado no haber pasado la prueba del tiempo: el mismo Negri ha afirmado en una entrevista reciente que su libro quedó "desactualizado". Toda la retórica de la política norteamericana bajo el gobierno de George Bush II está basada en la defensa del "interés nacional", máxime luego de los atentados del 11-9. La "guerra contra el terrorismo" fue directamente impuesta por Bush bajo el clásico lema: "conmigo o contra mí". Las teorías sobre la necesidad de una "políticamente claramente imperialista" circulan en un paper tras otro de los que produce la derecha republicana. ¿Qué responderá Negri ante una desmentida tan categórica y rápida de su teoría sobre el fin del imperialismo?


CLASE Y MULTITUD

El otro punto que destaca de la teorización de Negri y Hardt es su caracterización del sujeto antagónico al "Imperio", la "multitud". Este concepto, tomado del filósofo holandés del siglo XVI Baruch Spinoza (una de las mayores influencias en la obra de Negri) pretendería dar cuenta de transformaciones cualitativas sufridas por la fuerza de trabajo desde los años setenta. Este cambio consistiría esencialmente en la hegemonía del trabajo inmaterial sobre el conjunto de la fuerza de trabajo, producto de que el capital fue obligado "a dar un salto hacia delante" por la "revolución de 1968". Negri y Hardt distinguen tres tipos de trabajo inmaterial: a) el que implicado en una producción industrial que se ha informatizado e incorporado tecnologías de la comunicación en forma tal que han transformado el propio proceso productivo; b) el trabajo inmaterial de las tarea analíticas y simbólicas, a su vez subdividido en manipulaciones inteligentes y creativas, por un lado, y tareas simbólicas rutinarias, por el otro; c) el trabajo que implica la producción y manipulación de afectos y requiere contacto humano, trabajo en modo corporal. Este trabajo inmaterial involucra inmediatamente la cooperación e interacción social, cuestión que ahora no sería "impuesta desde afuera" sino que sería "completamente inmanente a la propia actividad laboral". La "multitud" (o como la denomina Negri en otros textos el "obrero social") sería entonces un nuevo sujeto productivo "libre y autónomo", ya no situado en la fábrica o el lugar de trabajo sino en toda la sociedad. Esta definición es una enorme sobreestimación del papel de la intelectualidad y de los sectores más calificados de los asalariados. En sí mismo el concepto de "multitud", que Negri venía ya utilizando en trabajos previos, es un concepto que en Imperio está utilizado en distintos niveles de abstracción: a veces es un recurso casi poético para referirse "a todos los que son parte del proceso de cooperación productiva". Otras para describir a un proletariado que se ha vuelto más heterogéneo, pero que está hegemonizado por el "trabajo inmaterial". Lo cierto es que Negri mezcla constantemente los niveles de abstracción, porque quiere explicar como parte de un único proceso ascendente de las fuerzas productivas hacia la abstracción completa del trabajo, una situación que es resultado de movimientos contradictorios en la composición de la fuerza de trabajo en los últimos años: la asalarización de amplios sectores de las capas medias y del campesinado ha sido acompañada con la expulsión al desempleo de millones; la conformación de un estrato asalariado altamente calificado se combina con la pérdida de conquistas laborales y condiciones de trabajo que crecientemente se asemejan a las del siglo XIX para vastos sectores de la clase obrera; la baja de la población obrera en la industria de algunas naciones con su incremento exponencial en otras que eran predominantemente campesinas hasta hace poco tiempo.

Las afirmaciones de Negri en este terreno están plagadas de las mistificaciones de los teóricos del "fin del trabajo" que fueron moda intelectual en la década del '90, al calor de la expansión de los negocios vinculados a la informática y la llamada "nueva economía". Con la crisis de los beneficios en estas áreas (las acciones bajaron entre el 2000 y el 2001 un 80%), paralela al hundimiento de las empresas "punto.com" -de promoción y venta de servicios varios por Internet- , muchas de estas afirmaciones han sido directamente dejadas de lado aún por los apologistas del capital y el impacto de la incorporación de la informatización de la economía se muestra cualitativamente menor de todo lo que se afirmaba, bien lejos de abrir "una nueva era" como sostenían sus apologistas: la fabricación de computadoras totaliza sólo un 1,2% de la economía norteamericana y ocupa sólo un 5% de su capital social. También es muy discutible su impacto en la productividad: hay estudios que establecen que más de un 60% del tiempo que los empleados están en Internet lo hacen en sitios de entretenimiento personal. A su vez la economía más informatizada del mundo (la japonesa) viene de diez años de estancamiento, argumento difícil de contrarrestar por los que arguyen la existencia de una revolución en la productividad del trabajo ligada a la informática. Esto no niega las modificaciones que en muchas áreas ha significado la informatización y la automatización de la producción, ni las potencialidades que abrigan las nuevas tecnologías de comunicación de masas, ni su posible utilización por parte de las clases explotadas en la lucha de clases, sino que busca ponerlas en su justo término, lejos de los delirios de sus apologistas a los que se suma Negri.

Adoptar las tesis de Negri sobre la "hegemonía del trabajo inmaterial", lleva inevitablemente a considerar secundario o a directamente dejar de lado toda la problemática ligada a los intereses de los trabajadores asalariados2. De ahí que no extrañe en sus propuestas la ausencia de toda mención a la demanda del reparto de las horas de trabajo para luchar contra el desempleo, al reclamo de estatizar bajo control obrero las fábricas que cierren o despidan, o aún el enfrentamiento a las leyes que fomentan la precarización del trabajo, poniendo en cambio en el centro reclamos como la "renta universal de ciudadanía", que de hecho llevan a naturalizar los altos índices de desempleo. O aún a considerar a la desocupación como un resultado inevitable del "salto adelante" dado por el modo de producción capitalista luego del "desafío al mando capitalista producido en las revoluciones de 1968" y no como lo que realmente es: una de las más claras manifestaciones de la crisis capitalista, que la burguesía utiliza en su provecho para disminuir el precio de la fuerza de trabajo. La multitud es así un concepto sociológicamente impreciso y políticamente apto para cualquier utilización, que lejos de alumbrar, oculta las verdaderas condiciones en que se manifiesta la explotación capitalista y dificulta a los trabajadores darse una política para superar la fragmentación a que lo somete la dominación capitalista.

1 Daniel Bensaid, "Les irréductibles, théoremes de la résistence a l'air du temps", Les editions Textuel, 2001, pág. 86. 2 Según distintos cálculos hoy existen 2000 millones de trabajadores asalariados en el mundo sobre un total de 6000 millones de habitantes. En 1900 había 50 millones de asalariados para un población total de 1000 millones.



Modernidad y posmodernidad

"Imperio" pretende dar cuenta de transformaciones de distinto alcance histórico. Se inscribe dentro de un debate más general sobre el carácter de nuestra época histórica. Según Negri y Hardt, en consonancia con la visión de los teóricos de la posmodernidad, no estaríamos sólo ante una metaformosis del imperialismo capitalista tal como este se dio en el siglo XX, o aún de las condiciones que caracterizaron al modo de producción capitalista en los últimos doscientos años, sino en un período que marca el fin de toda una era que comienza en el siglo XIII. Este período se había caracterizado por el choque entre dos tendencias propias de la modernidad, una liberadora, expresada por la búsqueda de la "multitud" de ejercer su "poder constituyente", con su expresión en la filosofía política en el pensamiento de Spinoza, Maquiavelo y Marx; y otra, expresión del "poder constituído", que tendría a la constitución del estado-nación como máxima muestra de la reabsorción por el "poder constituído" de la acción liberadora de las masas, y que habría tenido su expresión filosófica más acabada en el pensamiento de Hegel. Esta interpretación de varios siglos de la historia moderna es en realidad un retroceso a visiones pre- marxistas en la explicación del desarrollo histórico, que es visto como el enfrentamiento entre "hombres que buscan ser libres contra tiranos" (la visión propia del siglo XVI en el que se desarrolló la obra de Spinoza) en vez del análisis concreto de las luchas de clases en los distintos modos de producción que dio superioridad a la explicación del materialismo histórico sobre otras anteriores.

Aunque a diferencia de los posmodernos Negri y Hardt se esfuerzan por presentar su análisis como "materialista", comparten con ellos sostener que estamos viviendo en la época de la posmodernidad, donde las tensiones características de la modernidad habrían sido superadas. Cierto, Negri y Hardt se separan de la versión posmoderna más apologética del mundo contemporáneo y critican la "política de la diferencia" como funcional a la dominación imperial. Sin embargo, toda su teorización tiene un tono celebratorio de los "nuevos tiempos" que coincide con la visión virtuosa que dan de ellos sus propagandistas más vulgares: algunos párrafos de "Imperio" parecen escritos por el departamento de relaciones públicas de alguna corporación multinacional explicando sus "nuevas formas creativas" de organización del trabajo...

En realidad, tratar de interpretar el desarrollo histórico en términos de "modernidad" y "posmodernidad" es poco esclarecedor desde el punto de vista marxista. Como ha señalado Daniel Bensaid "privilegiando un periodización estética, las nociones de modernidad y de posmodenidad no constituyen dos secuencias cronológicas, sino dos tendencias contradictorias inherentes a la lógica del valor que se valoriza: centralización y fragmentación, cristalización y disolución, deslocalización y territorialización, ahorro durable y derroche efímero, unidad y dispersión, universalidad y singularidad, razón y sinrazón. Ellas parecen tomar ventajas una después de otra en función de los cambios de la coyuntura. La posmodernidad lo hace en los momentos de malestar y depresión, cuando suena la hora del eclecticismo y de la resignación. Ella acompaña hoy de su pequeña música de cámara la Contra Reforma liberal, la desregulación mercantil y la acumulación flexible"1. Aunque Negri llene de optimismo el panorama que otros pintan como pesimista, es incapaz de captar los contornos peculiares que ha tomado, según la dinámica del desarrollo desigual y combinado que le es propia, el capitalismo imperialista en los últimos años.


Para más información:


Libro de interés: