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Lizarazu y la Marsellesa

FERNANDO VALLESPIN(*)

Sinopsis:

  Partiendo de la anécdota de la convicción con que el futbolista vasco-francés Vicente Lizarazu cantó la Marsellesa el autor reflexiona sobre el espíritu patriótico francés y español, y por conclusión sobre la cuestiones identitarias en la Europa actual.

    Afectado por la sobredosis de conflicto vasco que a todos nos embarga, no pude menos que observar el sentido entusiasmo con el que el magnífico defensa vasco de la selección francesa, Lizarazu, entonaba la Marsellesa antes de cada partido. Sorprendente, pensé, en alguien que militó en el buque insignia del vasquismo, el Athletic de Bilbao. ¡Qué contraste con la expresión ausente y embarazosa de nuestros jugadores vascos, aliviados con toda seguridad de que la Marcha Real carezca de letra conocida! El ínclito Clemente, de quien se dice que es simpatizante del PNV, ya lo dejó claro hace tiempo cuando Iñaki Gabilondo le preguntara sobre la aparente paradoja de que un nacionalista vasco ejerciera de seleccionador nacional español. Más o menos vino a decir lo siguiente: “Hay muchos vascos que trabajan para empresas de fuera, que no son vascas”. Podríamos decir entonces que tanto el seleccionador como los jugadores vascos –ignoro si ocurre lo mismo con los catalanes- son profesionales de una multinacional –nuestra selección-, mientras que los vascos de nacionalidad francesa son nacionales de la nacional de Francia, por muy multirracial que sea.

  El que se adopte una u otra actitud me es indiferente, lo interesante radica en ver cómo ha conseguido Francia alcanzar lo que entre nosotros es ya casi un imposible lógico. Sintetizando lo que es un largo y conocido proceso histórico, creo que a través de la combinación de dos factores: de un lado, el formidable proceso de reforzamiento del Estado tras la Revolución, que permitió una gran homogeneización del país, gracias sobre  todo a la educación laica generalizada, y de otro –y este factor me parece de suma importancia-, mediante la legitimación de este proceso a partir de los principios universalistas de la Ilustración, contenidos ya en la sus rasgos básicos en la Declaración de Derechos del hombre y el Ciudadano de 1789. Se ha dicho, con razón, que estos principios operaron como mecanismo encubridor de los intereses de la burguesía y facilitaron su ascenso al poder y posterior dominación. Pero no es menos cierto que a medida que fueron “tomándose en serio” sirvieron para acoger las reclamaciones de las clases excluidas, y aún hoy siguen funcionando como principio moral regulativo en el que apoyar la mayoría de las reivindicaciones políticas.

  Algo similar cabe decir de su funcionalidad para integrar en una misma unidad política la pluralidad de formas de vida étnico-culturales que existen dentro de un territorio. Qué duda cabe que la inclusividad ciudadana que permitían sirvió también  de coartada para unificar a los pueblos de Francia desde la visión nacionalista romántica de mediados del siglo XIX. Así comenzó ese proceso de adoctrinamiento nacional –creo que ahora se llama “normalización”- que Eugene Weber describe tan escrupulosamente en su libro De campesinos a franceses. Un punto que deseo destacar es que, si bien las principales armas utilizadas a estos efectos fueron la escuela pública y la enseñanza de la historia, esto se hizo dentro de un marco liberal democrático y bajo el halo universalista de los principios antes aludidos -¿recuerdan esa escena de Casablanca en la que todo el bar de Rick entona la Marsellesa frente al jefe nazi?; más que como himno francés operaba ahí como símbolo de la libertad frente a la dictadura-. Este aspecto es fundamental para comparar el éxito francés, o ingles o americano, a nuestro fracaso español, por ejemplo, aunque nosotros lo intentáramos también utilizando las mismas armas. En situaciones en las que los individuos no son libres es más fácil trasladar las ansias de libertad hacia los colectivos, ya se trate de clases sociales o naciones.

  Y –no se sorprenda- esto me lleva ya a Esperanza Aguirre y su intento de reforma de las humanidades. Creo que la ministra y sus críticos se equivocaron en sus planteamientos respectivos. Las primera, por hacer recaer las bases de la reforma sobre la enseñanza de la historia, y los críticos por pensar que el problema residía exclusivamente en un mayor o menor capacidad negociadora. Daré un pequeño rodeo teórico para que se entiendan mejor mis argumentos. Con su finura habitual, A. Hirschmann distingue entre dos tipos de conflictos: conflictos divisibles y conflictos indivisibles. Los primeros presuponen el enfrentamiento de intereses sobre una base competitiva y giran en torno a la búsqueda de una maximización del beneficio. En última instancia, sin embargo, se orientan hacia el logro de un compromiso, pues de lo que se trata en el fondo es de obtener “más” o “menos” de un determinado bien, operan sobre bienes “divisibles” y sobre el trasfondo de un consenso mínimo en torno a ciertos valores fundamentales que unifican a todos los actores sociales, ya se trate de individuos o grupos.

  El otro tipo de conflictos afecta ya a cuestiones identitarias –étnicas, lingüísticas, nacionales o religiosas- que por definición son “indivisibles” y no se prestan, al menos en principio y por parte de los que así lo sienten, a una componenda entre un “más” o “menos”; son inmunes a la negociación o a la fragmentación de la identidad. Sólo es “auténticamente” vasco, por ejemplo, quien expulsa de sí a todo lo español. Nuestros nacionalistas, ya sean españoles o vascos o catalanes, podrán negociar –“estratégicamente”, en términos de “divisibilidad”- más o menos trasferencias administrativas, pero se resistirán siempre, si de verdad lo son, a negociar las esencias identitarias, que necesariamente requieren la posibilidad de poder imponer las respectivas narraciones históricas patrias. Al igual que antes hicieran los estados nacionales, no pueden prescindir  ya de ese uso adoctrinador de la historia, es “innegociable”, porque de él depende la posibilidad misma de la historia, es “innegociable”, porque de él dependen la posibilidad misma de asentar y reproducir en el tiempo la afirmación identitaria.

  En sus Consideraciones sobre Polonia, Rousseau aconsejaba a los nacionalistas polacos que se apoyaran en la “educación” para afianzar el sentimiento de pertenencia a una patria polaca. No se trataba de “crear hombre, sino polacos”. Para ello, todo niño –hasta los 16 años- debía ser imbuido del conocimiento de todo lo relativo a sus país: sus productos, sus provincias y ciudades y las bellas acciones de sus hombres ilustres. Rousseau no hubiera hecho estas afirmaciones de pensar que el yo nacional hundía sus raíces en la naturaleza y se desplegaría espontáneamente, no compartía entonces la idea de esa supuesta plasticidad de las identidades nacionales. Estas se inbuyen y se crean, no emanan espontáneamente del espíritu de los pueblos; el adjetivo normal no se palica a algo que fluya naturalmente de una cultura, sino que se transforma en un verbo de estirpe foucaultiana que se conjuga en activa. “normalizar”. Con cierta ironía, Habermas lo identifica a la “preservación de las especies culturales por la vía administrativa”, que atentaría contra la tendencia –y esta sí que es natural- inserta en los procesos de cambio social por cuestionar permanentemente nuestra herencia y no hacerla cristalizar en dogmas preconcebidos.

   Con todo mi respeto y acuerdo hacia la búsqueda de una docencia rigurosa de la historia, creo que se equivocaron en no darle el valor que merece a la filosofía. Aquí los protagonistas no son ya los polacos, vascos o españoles, sino la persona humana como tal y su capacidad para hacer uso de su capital más valioso: la razón, el pensamiento, la argumentación, el diálogo. Completado con ciertas dosis de cultura cívica democrática, el manejo de estas habilidades es lo único que nos permitirá acceder alguna vez a un control y enjuiciamiento sensato de nuestra herencia cultural. Pero también a saber gestionar los conflictos “indivisibles”, algo que tanto en España como en Europa sigue siendo una asignatura pendiente. Para ello habremos de moldearlos bajo el paradigma de la “divisibilidad”, habrá que hacer posible su “negociación”. Podremos no estar de acuerdo en que enseñe una determinada concepción de la historia, pero nadie puede oponerse con buenas razones al desarrollo de la misma capacidad de ofrecer buenas razones, a saber argumentar y aprender a contemplar al otro, no como adversario sino como interlocutor. Quizá sea éste el mensaje básico que se oculta tras el sonido de la Marsellesa.

(*) Catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid.