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Metamorfosis del Estado y la política: del poder central al poder local

EMILIO TENTI

Sinopsis:

  En este ensayo se propone un argumento interpretativo de los procesos de exclusión social  (desempleo, subempleo, inestabilidad laboral, etc.) y sus correspondientes efectos en el plano de los comportamientos (agresión, violencia, delincuencia, desintegración social). Mi hipótesis central es que en el nivel mundial (Africa) y en los propios centros metropolitanos del capitalismo desarrollado (ghetto, banlieue, villas miserias, etc.) se viven procesos de "descivilización" acompañados por el surgimiento de un habitus psíquico análogo al de las sociedades precapitalistas (heterocoacciones, bajo control de las emociones y los afectos, agresión, inestabilidad emocional, etc.). Hasta ahora la civilización convive con las áreas donde predomina la regresión hacia formas de relaciones humanas descivilizadas. Los síntomas más preocupantes de la cuestión social contemporánea (exclusión social, violencia, inseguridad, etc.) tienen origen en un proceso objetivo de desestructuración de las condiciones de vida típicos del capitalismo integrador. Sin embargo, la profundización de estas diferencias puede llegar a amenazar la unidad e integración de las sociedades como un todo (riesgo de fractura social).

 

1. Necesidad de comprender y modos de ver

Vivimos tiempos de transformación. Es tarea de los intelectuales contribuir a dar sentido a los cambios. Para ello es preciso tomar un punto de vista, un modo de ver, para delinear una estrategia de pensamiento e investigación. En otras palabras, nada más oportuno y útil que esas cosas que muchos creen inútil es decir, una teoría. Es este punto de vista el que nos permite poner un orden en el conjunto de los hechos que configuran los cambios sociales contemporáneos. El tema del cambio y la transformación social se instaló en el centro de la agenda de la sociología clásica y sigue ocupando el mismo lugar de importancia en el programa de la sociología contemporánea.

Hay algo que tienen en común los padres fundadores de las ciencias sociales       modernas. Tanto Comte como Marx, por ejemplo, introducen una ruptura con “la clásica idea filosófica de la razón eterna, de la racionalidad inmutable y supuestamente compartida por los hombres de todos los tiempos y espacios sociales”. Según el notable sociólogo alemán N. Elias, ellos demostraron que esa idea no es más que “una abstracción cosificada, o sea, una fábula” (Elías, 1998, pag. 141).

En lugar de esa contraposición eterna entre un sujeto que conoce y un objeto a conocer, siempre iguales a si mismos, lo que se instala es la idea de proceso y la secuencia de los tipos de pensamiento resulta enmarcada en una sucesión de las etapas del desarrollo social. Comte identificó etapas del pensamiento en su conocida ley de los tres estadios. Marx tomó de Hegel la idea de un desarrollo del pensamiento. Este concebía la actividad intelectual de los hombres “de manera filosófica, como si ella se desarrollara de forma independiente de todas las demás funciones y necesidades humanas y así también de manera independiente de la convivencia social de los hombres” (Elias, 1998, pag. 142). El desarrollo de las ideas era el desenvolvimiento autónomo del Espíritu.  Marx, “en su lucha  contra esa imagen unilateral de un hombre reducido al pensamiento y a la cognición” coloca a los procesos de producción y distribución de bienes para la satisfacción de las necesidades materiales de los hombres en el centro de su modelo explicativo del cambio de las sociedades humanas. Pero, en este afán de criticar al reduccionismo idealista “se pasa de la meta” y coloca a  lo “económico y material” como base de todas las demás esferas funcionales de la sociedad. En síntesis y esquematizando, digamos que una “exageración unilateral” reemplaza a otra “exageración unilateral”. En otras palabras, como dice Elías, “la euforia dialéctica de Marx creó un problema del huevo o la gallina.

Creo que los clásicos de la sociología dejan configurado el problema. Sin embargo conviene revisar brevemente cómo se plantea en el debate sociológico contemporáneo. Para ello recurriré fundamentalmente a la obra de un “clásico” de la sociología contemporánea, el alemán Norberto Elias. Complementaré la visión de Elias con la del notable sociólogo francés Pierre Bourdieu. Ambos tienen muchas cosas en común, en particular, me interesa señalar dos de ellas. La primera: una misma preocupación por superar el problema del huevo y la gallina, o en términos más académicos, el problema del voluntarismo y el naturalismo, el determinismo materialista o el determinismo idealista, el subjtivismo y el objetivismo y el de otras parejas epistemológicas y teóricas análogas. El otro es su interés por articular las explicaciones genéticas, históricas, con las que provee la lógica estructural.  También hay que poner en común un mismo interés por superar una vieja tentación del análisis social. Esa que tiene que ver con el sustancialismo, la tendencia a buscar la verdad de un objeto en sus propias características intrínsecas, independientemente de la red de relaciones que mantiene con otros objetos en el seno de un sistema, conjunto, estructura, etc. Por último, demás está decir, que ambos comparten la misma predisposición sociológica por articular sistemas conceptuales, teorías, definiciones, conceptos, hipótesis, con datos empíricos, hechos, etc. en la medida en que el conocimiento de la sociedad es el resultado de un diálogo permanente entre concepto y realidad fáctica.


La teoría como lenguaje

¿En que pueden contribuir estos autores para comprender el mundo en que vivimos, es decir, el sentido de las transformaciones que éste está  experimentando?  Digamos en primer lugar, y esto es fundamental, que la teoría es un programa de percepción y un lenguaje. La teoría nos permite “hablar” de las cosas sociales de una determinada manera. Y es obvio que el lenguaje no es simplemente una fotografía, un reflejo directo de las cosas, sino que contribuye a constituirlas como tales y a darles un significado determinado. Elias y Bourdieu nos permiten hablar de los cambios en curso de una determinada manera, estableciendo unas relaciones que proveen determinados sentidos.

Elias nos provee algunas claves interpretativas. La primera de ellas tiene que ver con la idea de proceso. El sentido de ciertos hechos que acontecen en el presente (por ejemplo las transformaciones en las tecnologías de producción, las organizaciones productivas, la expansión del los mercados, la constitución progresiva de poderes supraestatales, las transformaciones en la estructura social, los cambios en las configuraciones familiares, las contradicciones en los procesos de socialización y construcción de la subjetividad, la crisis de las instituciones de la representación política, etc.) pueden ser mejor entendidos si se los sitúa en un horizonte de largo plazo. Estos hechos y estas transformaciones no existen en un vacío histórico. Tienen antecedentes y al mismo tiempo no existen aislados. La tarea del trabajo intelectual consiste en establecer estos nexos históricos y estructurales.

En relación con la idea de proceso, el que habla tiene que saber que lo acechan dos malentendidos. Uno es el malentendido voluntarista que consiste en afirmar “que el cambio social en la dirección señalada se habría producido de modo planeado y consciente, tal vez gracias a las ideas de unos cuantos hombres grandiosos” sabios y poderosos al mismo tiempo (ELIAS, 1998, pag. 437). Aquí los cambios sociales son cambios deseados, proyectados, calculados con base en intenciones, voluntad, conciencia e intereses de algún sujeto o conjunto de sujeto determinados, generalmente dotados de poder y capacidades especiales. Contra este viejo modelo explicativo se constituyó su opuesto el malentendido naturalista que consiste en decir que los cambios siguen leyes naturales y que de alguna manera están predeterminados y son inexorables, es decir acontecen más allá de la voluntad e intencionalidad humanas. Mientras en el primer caso la explicación supone la reconstrucción de las intenciones, en el segundo se basa en la búsqueda de leyes de desarrollo que determinan etapas, estadios, secuencias predeterminadas e inevitables. En el primer caso, los cambios arriba sitados serían cambios deseados, construidos por sujetos conscientes de lo que hacen, en el segundo serian simples efectos de relaciones causales inexorables.

 

La civilización como proceso

¿Cómo superar estos malentendidos o visiones reduccionistas y unilaterales? Elias propone su modelo de procesos. Este “se basa en dos entendimientos básicos: en la comprensión del hecho de que algo socialmente inevitable es, en términos tanto ontológicos como estructurales, distinto de lo que es naturalmente inevitable, se basa en primera instancia, en coacciones que emanan de los hombres interdependientes y, en segunda instancia, en coacciones que los grupos de hombres y las trayectorias naturales extrahumanas ejercen unos sobre otros, con un equilibrio de poder cambiante. La interacción de las acciones planeadas de muchos hombres resulta en un desarrollo de las unidades sociales por ellos conformados, que no ha sido planeado por ninguno de los implicados. Pero en cada ocasión los hombres relacionados de esta manera actúan impulsados por intenciones y propósitos, de nuevo a partir de procesos no planeados, al tiempo que influyen sobre los mismos. El modelo de procesos que tengo en la mira contiene como pieza nuclear un movimiento dialéctico entre los cambios sociales intencionados y no intencionados.” (ELIAS, 1998, pag., 438).

Este punto de partida permite desplegar la mirada sobre algunas transformaciones sociales en curso, en especial aquellas que se registran en el eje cambios en los modos de producción – transformaciones en la estructura y dinámica del mercado de trabajo – pobreza y exclusión social – problemas de integración social. Es imposible comprender el sentido de estos cambios sociales si no se los inscriben en el amplio horizonte del desarrollo de la civilización capitalista.  El proceso civilizatorio es el objeto macrosociológico que nos propone Elias. El mismo se despliega en el proceso de formación de constitución de dos monopolios que están en la base de la formación de esa configuración política particular que es el Estado moderno: la monopolización de la violencia física y simbólica en un territorio determinado. Es en este marco donde el ambicioso concepto de Elias tiene un sentido y remite a una serie de cambios en “el comportamiento y la sensibilidad de los hombres en una dirección bien determinada”, es decir, del heteroconstreñimiento al autoconstreñimiento. En otras palabras, para rendir cuenta del conjunto de prácticas que hoy denominamos “civilizadas” que van desde las prácticas cotidianas que caracterizan nuestras relaciones con los vecinos, los modos de comportamiento a la hora del almuerzo en la mesa familiar hasta las prácticas políticas que conforman el sistema de relaciones entre jefes de estado es preciso analizar el nexo entre las transformaciones ocurridas en la estructura de las relaciones humanas y las correspondientes transformaciones en la estructura del “habitus psíquico”.

Este paso de los límites externos a las emociones, los sentimientos y los comportamientos humanos a la conformación de los límites internos (la autonomía) se realiza a través de un proceso plurisecular y no es de ninguna manera irreversible. Elias habla de civilización y descivilización, en la medida en que no se trata de ninguna ley depositada en la naturaleza humana, sino de un estado cultural, un estado de la psiquis humana que obedece a determinadas configuraciones externas objetivas, es decir a determinados sistemas de interdependencia entre los hombres.  En este sentido Elías se pregunta: “¿Pero qué modificación específica del comportamiento impuesto a los hombres por la vida en común modela su aparato psíquico orientándolo precisamente hacia una “civilización”? Para responder a esta pregunta general, Elias sugiere seguir una línea que parte de “las primerísimas épocas de la historia occidental” y llega hasta nuestra época. En ese arco de tiempo, “las funciones sociales tienden siempre a diferenciarse más bajo la presión de la competencia. Cuanto más se diferencian, tanto más aumenta su número, y también el número de aquellos de los cuales un individuo depende completamente en el conjunto de sus actividades, de las más simples y cotidianas hasta las más complejas y escasas. Los comportamientos de un número creciente de hombres deben por lo tanto acordarse entre ellos, el entrecruzamiento de sus de sus acciones debe estar organizado de un modo siempre más preciso y riguroso con el fin de que cada acción individual pueda cumplir con su función social”. Este proceso de creciente interdependencia hace que los individuos se vean obligados a regular sus comportamientos haciéndolos siempre más diferenciados, más regulares y más estables” (ELIAS, 1987, pag. 303). Esta regulación tiende a ser inculcada en las etapas tempranas de la vida de un individuo de un modo tal que viene a conformar su aparato psíquico con una suerte de automatismo, como una autocoacción de la cual el individuo no puede sustraerse, aunque interiormente lo desee. En este contexto los individuos están obligados a “comportarse en el modo correcto”, y tienden a hacerlo en virtud de una mezcla de esfuerzo consciente y automatismo ciego. En síntesis, dime donde está situado este individuo, en qué sistema de relaciones sociales se encuentra y te diré cómo es su habitus psíquico, cuales son sus predisposiciones, sus inclinaciones, sus orientaciones de valor, etc. etc.

El mismo Elias nos provee una imagen de las diferencias de inserción de un individuo en una sociedad poco diferenciada en relación con otra muy diferenciada a través de las características respectivas de las rutas en ambos tipos de sociedad. Las rutas campesinas –accidentadas, discontinuas, desparejas, imprevisibles- de una sociedad poco diferenciada de guerreros y con una economía natural son escasamente transitadas. Los pocos que lo hacen deben estar permanentemente alertas para no ser atacados por bandidos o por ejércitos enemigos. Los viajeros deben estar siempre listos para la lucha, deben desconfiar de todo, y sobre todo deben estar siempre listos para desplegar su agresividad para defender su vida y sus bienes. La circulación en las autopistas de una sociedad diferenciada exigen otro tipo de estructura psíquica. El peligro de ataque aquí es mínimo. El comportamiento de los otros se vuelve cada vez más previsible. A pesar de que existen controles policiales externos los comportamientos de los individuos en gran medida obedecen a regulaciones internas. Cada individuo regula por si mismo su propio comportamiento en función de las necesidades de este entrecruzamiento de interdependencias. Desplazarse con éxito en este contexto requiere de una dosis mayor de autocontrol, de autoregulación del comportamiento. Este ejemplo, dice Elías, nos da una idea del “nexo existente entre el habitus psíquico del hombre ‘civil’, tan profundamente condicionado por la persistencia y diferenciación de las autocoacciones, y la diferenciación de las funciones sociales, la multiplicidad de las acciones que deben ser constantemente acordadas entre ellas” (ELIAS 1987. pag. 305).

En este punto del razonamiento es preciso agregar otro factor que contribuye a impulsar el proceso civilizatorio, es decir, la conformación de un habitus psíquico cada vez más civilizado. En una sociedad donde la división de funciones es escasa, los órganos centrales son estables y expuestos a la disgregación. Los procesos de conformación de la forma Estado-nación suponen la concentración del poder y la riqueza en determinados espacios. Esta monopolización de la violencia física y simbólica termina por influenciar la conformación de las subjetividades de los súbditos. “La particular estabilidad del aparato de autocontrol psíquico que emerge como un rasgo distintivo en el habitus de cada hombre ‘civil’, está estrechamente ligada a la formación de monopolios de constricción física y a la creciente estabilidad de los órganos sociales centrales. Sólo con su formación entra en acción ese aparato de acondicionamiento social que habitúa al individuo desde que es pequeño a un control de sí mismo constante y exactamente regulado. Solamente entonces se forma en el individuo un aparato de autocontrol más estable que en buena parte opera en modo automático” (ELIAS 1987, pag. 306).

En las sociedades más diferenciadas funcionalmente, los individuos se integran en cadenas de interdependencia y por lo tanto sus aparatos psíquicos inducen a reprimir la explosión de sus pasiones y a controlar sus instintos de agresión a los otros. La “represión de las agresividades espontáneas, control de los afectos, ampliación del horizonte mental de forma tal que tiende a contemplar toda la cadena antecedente causal y la subsiguiente cadena de efectos, son todos aspectos diversos de una misma transformación del comportamiento (….) Es una modificación del comportamiento –concluye Elias – que procede en el sentido de la ‘civilización’” (ELIAS 1987, pag. 307).

 

Capitalismo y Estado moderno

No puede entenderse el desarrollo de la civilización sin incluir en el análisis la conformación del estado moderno. En efecto, ¿cómo comprender la expansión de la lógica de la producción y el intercambio capitalista sin tomar en cuenta el proceso de monopolización de la violencia física y simbólica legítimas sobre los hombres que habitan en un territorio bien determinado? A su vez, esta “institución” (es decir sistema de reglas que estructuran las prácticas humanas en un campo determinado) si quiere traducirse en prácticas y comportamientos requiere la conformación de agentes (capitalistas, obreros, etc.) dotados de ciertas predisposiciones específicas, es decir, modos de percepción, de valoración y de acción en situaciones específicas. En otras palabras, el mercado como arreglo institucional, requiere (y al mismo tiempo genera) ciertos modos de ser o, en otras palabras una determinada subjetividad es decir, un “código moral” o “código de comportamiento”(SEN, A., 1993).

Los procesos de desarrollo de las tecnologías de transporte y comunicación, el desarrollo de  las fuerzas productivas, la aparición de nuevos y más complejos modelos de división funcional del trabajo y la consecuente extensión de las cadenas de interdependencia de los hombres son procesos que se manifestaron en la conformación de un nuevo modo de producción que se caracteriza por el paso de la economía de subsistencia a una economía monetaria “de mercado”. Estas transformaciones, a su vez, son contemporáneas con el desarrollo del Estado nacional que fue el resultado de un proceso de concentración de poder en un centro (París, Roma o Buenos Aires) que permitió “pacificar” territorios antes ocupados por unidades de poder menor cuyas relaciones a menudo se caracterizaban por la rivalidad y el conflicto armado.

El monopolio de la violencia física legítima permitió la circulación libre de las mercancías, los hombres y la cultura en espacios territoriales más amplios que el de las viejas ciudades-estado, por ejemplo. Pero el Estado también reivindicó con éxito el monopolio del ejercicio de otro tipo de violencia legítima, el que tiene que ver con su capacidad de imponer determinados significados. El Estado, por lo general impone una lengua como lengua nacional, una historia común y un conjunto de símbolos que identifican a los ciudadanos de un país como formando parte de una unidad que los trasciende. El Estado tiene la capacidad de oficializar relaciones sociales tan relevantes como las que tienen que ver con la reproducción biológica y social de la población y las relaciones de propiedad, por ejemplo. Sólo el Estado otorga una identidad oficial (acta de nacimiento y documento de identidad, acta de matrimonio, divorcio, defunción, etc.). El Estado da (o “legaliza”) títulos oficiales, sean estos de propiedad de bienes materiales o simbólicos tan estratégicos como el conocimiento (títulos escolares).

 

Desarrollo del capitalismo integrador

El primer capitalismo, luego de un largo proceso de lucha y negociación transformó el trabajo humano en empleo, es decir, en una actividad humana regulada socialmente, estructurada mediante un sistema legal sancionado y administrado por el Estado. La relación de trabajo entre el asalariado y el capitalista no se define exclusivamente en función del poder y la capacidad de presión de las partes tomadas aisladamente. Los protagonistas de esta relación contratan en el contexto de un marco legal que define derechos y deberes específicos que los contratantes deben respetar. El Estado capitalista no sólo fue desplegando una serie de leyes y reglamentos, sino que también montó un conjunto de dispositivos institucionales con recursos y competencias como para garantizar el cumplimiento de la legislación y eventualmente sancionar a los infractores eventuales (departamentos de trabajo, tribunales laborales, etc.). También en este caso, la  lógica del mercado y del interés privado (de los contratantes) se complementa con un marco regulatorio  y las instituciones especializadas que, entre otras cosas, se asientan en ese recurso típico del Estado que es la fuerza publica. El interés privado (de capitalistas y asalariados) y el poder del Estado se complementan para garantizar las condiciones básicas del funcionamiento regular de la producción capitalista.

El mercado de trabajo es el lugar donde se realiza la distribución primaria de la riqueza producida. Sin embargo, el Estado, a través de sus políticas, opera una segunda distribución, llamada por esta razón "secundaria" que en principio tiene como objetivo, entre otras cosas, corregir las desigualdades producidas por la distribución primaria. Este modelo hizo que se considerara verosímil y posible la realización del derecho de ciudadanía social que garantiza a todos los individuos un grado de satisfacción determinado ("una vida digna") de sus necesidades básicas, independientemente de su inserción en el mercado de trabajo.

Detrás de este modelo de organización social que se dio en denominar "welfare state" existieron condiciones objetivas de desarrollo (capitalismo nacional, Estado interventor con políticas anticíclicas de cuño keynesiano, etc.) y actores colectivos, con sus intereses, relaciones de fuerza, estrategias,  conflictos, etc. cuya historia todavía no se conoce en forma exhaustiva.

El advenimiento del Estado benefactor en la Europa de la postguerra y su despliegue en otros continentes bajo formas más o menos análogas en varios países de América Latina marcó el punto más alto de lo que podríamos denominar el capitalismo integrador (ISUANI, E.A. y TENTI FANFANI E., 1989).

El trabajo asalariado pasó de ser un indicador de opresión y oprobio a una condición estamental dotada de un estatuto legal que la estabiliza y le garantiza toda una serie de contraprestaciones no sólo monetarias, sino también sociales (estabilidad en el trabajo, salario mínimo garantizado, vacaciones pagadas, cobertura de riesgos de accidentes, salud, desempleo y vejez, vivienda, formación profesional, etc.). En su momento de esplendor, a mediados de la década de los años setenta, los asalariados constituyen cerca del 80% de la población económicamente activa de la Europa continental. En esos “treinta gloriosos” años (como dicen los franceses) que van de 1945 a 1975, siempre existió un porcentaje de personas que no encontraban empleo. Pero se trataba de un desempleo funcional y en la mayoría de los casos temporal al que la sociedad hacía frente mediante el seguro de desempleo. Para las situaciones extremas y minoritarias de exclusión social el Estado desplegaba una estrategia asistencial de emergencia (CASTEL R., 1996).

El capitalismo desarrollado fue capaz de hacer crecer en forma relativamente continua (con sus crisis cíclicas, controladas por medidas de política económica de cuño keynesiano) el volumen de los productos y servicios producidos y una distribución más equitativa de los mismos, lograr una situación cercana al pleno empleo y desarrollar una estructura social  donde la gran mayoría de los individuos alcanzaba un nivel digno de satisfacción de sus necesidades básicas. La lucha de clases se fue volviendo lucha individual por las “clasificaciones”, es decir, por escalar posiciones en esa estructura que aparecía bien diferenciada, pero potencialmente abierta para todos.

Algo parecido a este “mundo capitalista feliz” fue realidad en los países del occidente más desarrolado. En América Latina, en cambio, esta imagen fue más un proyecto que una realidad. La denominada etapa de sustitución de importaciones permitió el desarrollo desigual de Estados capitalistas basados en el mercado nacional. En muchos países tales como Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, México, los procesos de industrialización y urbanización alcanzaron ritmos elevados durante la década de los años sesenta. El grado de incorporación exitosa a estos procesos fue muy desigual. El desarrollismo también trajo como consecuencia la expansión del fenómeno de la marginalidad. La expansión de las favelas, villas miseria, callampas, vecindades, rancherios, etc. en las afueras de los grandes centros urbanos e industriales fueron el signo distintivo de una época. Sin embargo, en medio de esas dificultades se pensaba que la “villa miseria” era una especie de situación transitoria, una “emergencia” social temporaria que constituía la antesala de la vida urbana formal. La ideología del progreso, dominaba en el discurso ideológico de la época tanto en su versión “reformista” como “revolucionaria”. Las fuerzas portadoras de este proceso modernizador en su forma típica fueron la burguesía capitalista nacional y la clase de los asalariados urbanos organizados en sindicatos. Sus expresiones políticas no fueron sólo los partidos. Las fuerzas armadas latinoamericanas y los movimientos populares presididos por líderes carismáticos muchas veces fueron quienes lideraron, con mayor o menor éxito, el proceso de transformación. La fuerza del Estado fue un ingrediente fundamental en esta alianza de poderes que presidió el desarrollo del capitalismo en  la América Latina de postguerra.

Sin embargo, grandes contingentes de la población de América Latina nunca se integraron en el corazón del mercado de trabajo capitalista. Los elevados índices de informalidad, precariedad, cuentapropismo y las poblaciones indígenas que viven en gran parte en economías de autosubsistencia son el testimonio del carácter desigual del desarrollo del capitalismo como modo de producción y como modo de vida. Esta población no integrada o parcialmente integrada al empleo moderno y todas sus ventajas asociadas (y que en su gran mayoría integra los rangos de la pobreza urbana y rural tradicional) permanece relativamente al margen de las crisis que periódicamente amenazan la seguridad vital de los grupos más integrados al modo de vida capitalista urbano de América Latina.

Uno podría hipotetizar que el capitalismo del Estado Benefactor es la culminación de un proceso de integración de la mayoría de los hombres a una cadena de interdependencia. Cada grupo cumple una función necesaria para la reproducción del conjunto. Claro que no se trata de relaciones simétricas de dependencia recíproca. Unos dependen más que los otros. Los patrones dependen menos de los obreros que estos de aquellos. Pero patrones y obreros integran una unidad civilizatoria que en gran medida los comprende y engloba. En las sociedades precapitalistas y preestatales poco diferenciadas los hombres tendían a vivir aislados en pequeñas unidades de sobrevivencia que mantenían escasas relaciones de intercambio con entre sí. En este tipo de configuración el peligro y la inseguridad constituyen el ambiente natural de vida de los individuos. La probabilidad del despliegue de la violencia y la agresión es muy elevada. Las subjetividades se forman para la lucha, el ataque y la defensa. El orden es un orden impuesto mediante determinaciones externas.  Nada invita a regular los instintos y las emociones y los afectos. Este es el punto de partida. Por eso, escribe Elías, “lo que hace del proceso de civilización en Occidente un fenómeno particular y único es el hecho de que la división de las funciones ha adquirido tales proporciones, el monopolio de la violencia y los monopolios fiscales se han vuelto tan estables, las interdependencias y las competencias se han extendido a espacios tan extensos (nos gustaría agregar que alcanza al globo terráqueo) y masas humanas tan grandes que no encontramos nada similar en toda la historia de la humanidad” (ELIAS 1987, pag. 321).

En las sociedades capitalistas de posguerra los mecanismos de diferenciación funcional se despliegan al máximo al igual que las cadenas de interdependencia. La mayoría de los hombres ocupa un lugar y cumple una función (economías de pleno empleo) y la integración de la sociedad adquiere un grado notable. Esta panorama no excluye la persistencia de viejas desigualdades y exclusiones. El proceso civilizatorio es precisamente eso, un fenómeno que se despliega en el tiempo y en el espacio con velocidades y modalidades diferentes. No es lineal ni previsible. No todos los grupos humanos alcanzan el mismo nivel de autocoacción y autocontrol de sus pasiones. Los grupos humanos, tienden a formar clases es decir, agrupamientos caracterizados por compartir una misma posición en los sistemas de interdependencia funcional. La integración de estas sociedades incluyen el fenómeno de la dominación. Este es el horizonte sobre el que se inscriben las transformaciones actuales y este es el marco en que es posible entender su significado y su alcance.

 

La cuestión social contemporánea

Podríamos decir que hoy se registran dos fenómenos contemporáneos. Por una parte el proceso de monopolización de la violencia física y simbólica tiende a alcanzar dimensiones planetarias y al mismo tiempo grupos cada vez más numerosos de la población tienen grandes dificultades para encontrar un lugar en los sistemas de interdependencia y por lo tanto tienden a quedar excluidos y a la vera del camino de la civilización.

Las nuevas configuraciones económico sociales de la era de la globalización demuestran ser más efectivas para aumentar la producción que para distribuir la riqueza. En otras palabras vivimos tiempos en que las sociedades como un todo son más ricas, pero también más desiguales. Cada vez más ciudadanos, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, habitantes del campo y de las ciudades quedan fuera de la economía moderna, son excluidos de los frutos del bienestar y también de las ventajas y responsabilidades de la ciudadanía política.

Cada vez se produce más riqueza con menos fuerza de trabajo y para menos consumidores. Las naciones unidas estiman que en este fin de siglo, el 20% de la población consume el 86 % de los bienes y servicios contabilizados en el PBI mundial. En palabras simples, los ricos son cada vez más ricos y los pobres son cada vez más numerosos. Pero para comprender el carácter propio de esta pobreza en relación con las pobrezas previas del capitalismo es preciso revisar los impactos de las transformaciones del modo de producción sobre la estructura y dinámica del empleo actual.

Hoy el mercado de trabajo presenta algunas novedades de peso que es preciso analizar con mayor profundidad. Entre ellas pueden citarse las siguientes:

a) El empleo se convierte en un elemento escaso en la sociedad. El indicador más evidente es la aparición del desempleo abierto de dos dígitos. Este fenómeno es más llamativo allí donde el mercado del empleo formal fue capaz de incorporar a proporciones significativas de la fuerza de trabajo, como es el caso de los países capitalistas avanzados y las sociedades latinoamericanas de mediano desarrollo. Junto con el fenómeno del desempleo abierto se manifiesta otras modalidades de inserción incompleta, tales como el subempleo (individuos que trabajan menos tiempo del que quisieran trabajar) y el desempleo oculto constituido por aquellos que, aun cuando necesitarían trabajar, se autoexcluyen de la búsqueda de empleo, desestimulados por la escasa o nula probabilidad de acceder al mismo.

b) La crisis de la idea de contrato colectivo de trabajo. La relación laboral tiende a reproducir las formas originales de un contrato individual entre asalariado y empleador. Los primeros tienden a perder el valor agregado de la negociación colectiva, por rama o por sector. En el límite, el capital prefiere discutir y definir las condiciones de trabajo en forma individual con cada uno de los agentes. El debilitamiento de las organizaciones representativas del trabajo está detrás de la decadencia de la idea y la práctica de la negociación y el contrato colectivo.

c) El empleo tiende a la informalización,, es decir, el contrato de trabajo tiende a la desregulación y el derecho del trabajo tiende a constituirse en una rama del derecho mercantil. En consecuencia, la relación laboral está cada vez más determinada por la fuerza propia de los agentes directos (en el límite, la fuerza del asalariado y el empleador particular). Demás está decir que esta desregulación produce una modificación del equilibrio de poder entre capitalistas y asalariados en beneficio de los primeros. Y por lo general, la experiencia enseña que la fuerza del derecho laboral tuvo un importante efecto igualador (el Estado de derecho se asienta en la igualdad de todos ante la ley).

d) La mayoría de los nuevos empleos que generan las economias actuales son precarios, con duración predeterminada y también inestables. El puesto de trabajo en la economía formal había adquirido un carácter de estabilidad que estructuraba buena parte de la vida de los asalariados y sus familias ofreciéndoles un horizonte largo que permitía planificar proyectos, calcular recursos e inversiones del más diverso tipo (compra de bienes materiales, inversiones educativas, estrategias reproductivas familiares, estrategias políticas, etc.).

e) Los empleos se crean preferentemente en el sector de la producción de servicios personales, la mayoría de ellos muy particularizados y en pequeñas unidades productivas. La terciarización de la economía planea una serie de desafíos a los sistemas de formación de la fuerza de trabajo, en especial la educación formal. Las competencias que se requieren para desempeñar estas tareas son un mix de conocimiento técnico (muchas veces de carácter complejo) y de actitudes, capacidades y valores relacionales y comunicacionales que requieren un tiempo y recursos adecuados para su aprendizaje.

 f) Por último, el mercado de trabajo tiende a privilegiar el trabajo autónomo sobre el trabajo asalariado. La autonomía supone una capacidad, por parte del trabajador, para crear su propio puesto de trabajo y garantizar cotidianamente las condiciones sociales de su reproducción. Y esto no se realiza sin poner en práctica una serie de conocimientos y orientaciones (creatividad, capacidad de iniciativa, de cálculo, de relación, negociación, etc.) cuya apropiación supone un laborioso y costoso proceso de aprendizaje.

Este cuadro incompleto y desordenado de las transformaciones del trabajo en nuestras sociedades son de tal magnitud que obligan a "reconvertir" a cantidades ingentes de trabajadores que se vuelven innecesarios y/o inempleables. Esta es la lógica que subyace a la "cuestión social" contemporánea:  a) Se puede aumentar la producción disminuyendo el empleo. (En el límite se puede producir el doble con la mitad de los empleos actuales) y b) La inserción en el mercado de trabajo emergente requiere una reconversión de la fuerza de trabajo que ningún espontaneismo de las fuerzas del mercado puede garantizar.

Ante este cuadro de situación donde el mercado y su lógica excluye a proporciones significativas de la población de "los frutos de la civilización" uno debe preguntarse cuál es el papel que juegan el Estado y las políticas públicas. En otras palabras, ante los efectos perversos de la lógica del interés privado, cuáles son las respuestas que se dan a la cuestión social desde el Estado? Aquellos que se quedan afuera o pierden en la distribución primaria de la riqueza son compensados por las políticas públicas redistributivas del Estado? Todo parece indicar que la primacía de los egoísmos privados estuvo acompañada por un debilitamiento de la capacidad de las instituciones públicas para estar a la altura de las circunstancias.

Las reformas económicas no fueron acompañadas, por lo general, por políticas públicas inspiradas en los derechos de ciudadanía. Por lo general, los servicios sociales públicos tienden a deteriorarse y a empobrecerse, sobre todos aquellos que en un principio tuvieron alguna vocación universalista, tales como la educación básica y la salud pública.

Hoy, cuando el mercado y el empleo pierden fuerza como instancia integradora y las instituciones del Estado Benefactor (educación, salud, seguridad, vivienda y habitat públicos, etc.) se empobrecen y entran en crisis, nos volvemos a encontrar con una gran masa de individuos “libres” y librados a su suerte, la mayoría de ellos viviendo “juntos” en los grandes centros urbanos. Estos son “los nuevos pobres” del capitalismo. En las condiciones actuales, estos perdedores de la “gran transformación actual” tienen pocas probabilidades de desplegar formas de acción colectiva unificadas, institucionalizadas, permanente y en función de objetivos estratégicos y no meramente coyunturales y limitados.

Pero en América Latina existen esos que son “pobres desde siempre” y que como decíamos arriba nunca alcanzaron a encontrar un lugar digno en el nuevo espacio social del capitalismo. Esta población conservó su viejo capital social hecho de relaciones de parentesco, pertenencias y solidaridades étnicas, culturales y religiosas, y al mismo tiempo, en especial en las ciudades, desarrolló formas originales de sobrevivencia social. Generó sus propios empleos en el sector informal de la economía (agricultura de subsistencia, pequeño comercio, servicios personales, artesanado, etc.) y se beneficia en forma más o menos regular de los sistemas públicos de prestación de servicios sociales. Para ello desplegó formas de organización y acción colectiva que en muchos casos sirvió para ser tenidos en cuenta por quienes orientan recursos públicos con finalidades sociales. 


Los habitus y comportamientos de la exclusión

Muchos niños nacen y crecen en espacios sociales y en hogares que no cumplen ninguna función estratégica para el conjunto (desempleados, subempleados, empleados del sector informal pobre, etc.). Su contribución a la reproducción del conjunto tiende a ser mínima. La exclusión social se manifiesta y al mismo tiempo se refuerza mediante la segregación espacial-territorial. En consecuencia muchos hombres y mujeres, niñas y niños tienen una existencia totalmente al margen, sin ningún significado para el conjunto mayor de la sociedad mundial. Pueden existir o no sin que esto afecte para nada la reproducción del todo. Son los que están de más y que, en la medida en que así lo autoperciban, no tienen mayores razones para vivir, es decir, para encontrarle un sentido a la vida. El Estado que garantizaba la integración y el bienestar de las mayorías ahora se convierte en un amplio y difuso estado de malestar, de inseguridad y de angustia de porciones significativas de la población del planeta. Un continente entero como el Africa pareciera existir al margen de la sociedad globalizada. Sus intercambios en el mercado mundial son de una importancia escasa.

Pero también existen los excluidos físicamente localizados en el corazón de los centros urbanos más desarrollados. Los ghettos urbanos son como islas donde prima una especie de extraterritorialidad social, de abandono del Estado de sus poderes y de sus recursos.  En las periferias de las metrópolis occidentales tienden a conformarse espacios de vida y de socialización que recuerdan a esas sociedades con baja diferenciación funcional y escaso nivel de interdependencia. Ni la economía de mercado ni los monopolios de Estado tienen una presencia en estos territorios. Allí tiende a instaurarse una especie de economía no monetaria hecha de trueque, delincuencia, intercambio de dones, etc.. muchas veces tiende a regir cada vez más la ley del más fuerte en un contexto de guerra de todos contra todos donde las bandas armadas dirimen sus conflictos mediante el despliegue incontrolado de la violencia, las venganzas, etc. Hasta llegan a conformarse especies de monopolios provisorios de violencia física y hasta prácticas informales de monopolios fiscales (cobro de impuestos mediante el chantaje, peajes, cuotas de seguridad, etc.). Muchos niños crecen y se desarrollan en medio de estas configuraciones sociales donde predominan la inseguridad, la angustia, la instabilidad, el miedo, la ausencia de porvenir. En estas condiciones los habitus psíquicos que se conforman tienden a tener determinadas características estructurales que inducen a comportamientos acordes a los desafíos que la vida plantea en esos espacios.  Hasta podría decirse que el contexto de la exclusión es el caldo de cultivo de habitus psíquicos y de comportamientos inciviles que están en la base de un proceso de involución o descivilización que puede llegar a constituir una amenaza para la integración del todo social.

El espacio de vida de la exclusión marca el regreso de la heterocoacción como principio generador de comportamientos sociales. En cada vez mayor medida, el mundo de la vida cotidiana de los desintegrados está regido por una especie de “ley de la jungla urbana. En estos territorios reina el miedo, la inseguridad y sólo la fuerza limita a la fuerza de los otros. En el espacio del ghetto y las áreas marginales de las grande urbes de occidente no rige la fuerza de la ley que solo el Estado puede garantizar.

Por otra arte el Estado social tiende a ser progresivamente reemplazado por el Estado penal. La proliferación de viejas y nuevas formas de delincuencia y conductas anómicas se manifiesta en el desarrollo de la instituciones claramente represivas: policía, justicia y cárceles.  En los últimos 20 años en Estados Unidos la población carcelaria tuvo un crecimiento espectacular ya que pasa de 379.393 presos (1975) a 1.585.401 (1995). En este último la tasa de encarcelamiento  (número de presos cada 100.000 habitantes) llega a 600 (WESTERN B, BECKETT K y HARDING D, 1998, pag. 28). De continuar este ritmo de crecimiento en el año 2.000 los EEUU comenzarán el milenio con un total de 2.500.000 personas en prisión. Cabe señalar que el mundo de la cárcel es un ejemplo perfecto de heterocoacción ya que allí la autonomía de los individuos se reduce a su mínima expresión.

El aumento de la tasa de encarcelamiento (número de personas en las prisiones por 100.000 habitantes) es un fenómeno generalizado en los países capitalistas desarrollados, ya que “durante el último decenio pasa de 90 a 125 en Portugal, de 60 a 105 en España, de 90 a 100 en Gran Bretaña (incluido el País de Gales), de 75 a 95 en Francia, de 76 a 90 en Italia, de 65 a 75 en Bélgica, de 35 a y 50 respectivamente a 65 en Holanda y Suecia, y de 35 a 55 en Grecia en el período 1985-1995” (VACQUANT, L., 1998, pag. 3). En los países de mayor desarrollo relativo de América Latina, aunque nos disponen de cifras confiables, todo parece indicar la existencia de un recrudecimiento de las conductas delictivas, en especial en las grandes concentraciones urbanas. Es bien sabido que la violencia genera actitudes y comportamientos violentos  no solo en forma directa y mecánica, sino mediante la conformación de habitus psíquicos desestructurados, agresivos, etc. Se establece de esta manera otro círculo vicioso que algunos creen poder contrarrestar exclusivamente empleando las clásicas medidas represivas.

Las formas de la exclusión y precarización laboral aportan su contribución en la generación de personalidades y comportamientos desintegrados y desintegradores. La experiencia del desempleo prolongado, la sensación de instabilidad, la ausencia de futuro asegurado generan una sensación de impotencia y una “destrucción de las defensas psiciológicas” asociada a una desorganización generalizada de la conducta y de la subjetividad. Los excluidos tienden a tener conductas desordenadas, incoherentes e incapaces de proyectarse en una estrategia con objetivos a mediano y largo plazo.

Las condiciones de vida de la exclusión hacen estragos en el proceso de construcción de la subjetividad de los jóvenes.  Para muchos de ellos “se ha roto el lazo entre el presente y el futuro” ya que “la ambición de dominar prácticamente el porvenir (y con mayor razón, el proyecto de pensar y perseguir racionalmente aquello que la teoría de las anticipaciones racionales llama la subjective expected utility) de hecho es proporcional al poder efectivo que se tiene para dominar ese porvenir, es decir, al poder que se tiene sobre el mismo presente” (BOURDIEU P., 1997, pag. 262).

Los desempleados, aquellos que sienten que “no tienen nada que hacer”, que han perdido una función social, que se han desprendido de esas cadenas de interdependencia que nos relacionan con los demás y que nos proveen una identidad y un sentido a lo que se es y se hace. Para ellos el tiempo libre es un tiempo muerto, un tiempo inútil, un tiempo sin sentido. Esta experiencia no puede dejar de afectar la estructura psíquica y emocional de los sujetos. “Excluidos del juego, estos hombres desposeídos de la ilusión vital de tener una función o una misión (…) para escapar al no-tiempo de una vida donde no pasa nada y donde no hay nada que esperar y para sentir que se existe, pueden recurrir a actividades como el tiercé, el totocalcio, el jogo do bicho y todos los juegos de azar de todas las villas miserias y todas las favelas del mundo, que permiten escapar al tempo anulado de una vida sin justificación y sobre todo sin inversión posible, recreando el vector temporal e introduciendo por un momento, hasta el fin de un partido o hasta el domingo a la noche, la espera, es decir, el tiempo orientado hacia un fin, que es en sí mismo una fuente de satisfacción”. Esta es una estrategia posible. Pero existen otras. En especial los jóvenes pueden verse tentados a “romper con la sumisión fatalista a las fuerzas del mundo”. En otras palabras, “pueden buscar en los actos de violencia que tienen un valor en sí mismos  más –o tanto- como por los beneficios que procuran,  (…) un medio desesperado de existir frente a los otros, para los otros, de acceder a una forma reconocida de existencia, social o, simplemente de hacer que pase algo que es mejor de que no pase nada” (BOURDIEU P., 1997, pag. 264).

“La pobreza hace brutales a las personas”, escribe Elias (1998, pag. 485) e inmediatamente aclara que “esta afirmación no se debe interpretar en relación con personas sino con sociedades”. Es la miseria de la sociedad que vuelve miserables a los hombres. Hablando de los distintos modelos de comportamiento de los automovilistas en las rutas, Elias encuentra ciertas asociaciones entre el nivel de desarrollo económico, social y educativo de las sociedades y las conductas infractoras que terminan en accidentes. “Cuando se encuentra un alto nivel de civilización, un código de comportamiento  y de sentimientos que estimula una mayor uniformidad y estabilidad en la autorregulación, no es porque la gente sea, por decirlo así, más civilizada por naturaleza. El alto estándar es una parte integral y al mismo tiempo una condición y una consecuencia del alto estado de desarrollo y también de la riqueza de una sociedad. Las grandes carreteras bien construidas, bien señalizadas y muy bien planeadas cuestan dinero. Están diseñadas para conductores bien temperados”. Y para que no quede ninguna duda acerca de las relaciones entre condiciones objetivas de vida y estructura de los hábitos mentales y modelos de comportamiento, afirma lisa y llanamente: “No tengo miedo al hablar de sociedades en diferentes estados de desarrollo (…) Pero muchas personas tienen miedo de reconocer que (éstos) van de la mano con las diferentes estructuras de la personalidad, hecho que es bien sabido por el observador atento” (ELIAS N., 1998, pag. 486).

 

Hacia una realpolitik de la razón

Encontramos las huellas de Elias en la descripción que hace Pierre Bourdieu de la desestructuración temporal y moral de los excluidos del capitalismo contemporáneo. Su manera de rendir cuentas de las prácticas sociales también coloca en un lugar central el nexo entre configuraciones sociales objetivas y el habitus de los sujetos. Esta interiorización de la exterioridad que nunca es su simple manifestación o traducción subjetiva es el resultado de un proceso. Las instituciones sociales, es decir los sistemas estables de interdependencia que estructuran la vida de las sociedades deben ser tomadas en cuenta al momento de rendir cuenta de las mentalidades, predisposiciones, inclinaciones, valoraciones de los sujetos. Es la sociedad la que hace a los individuos. Y son éstos los que construyen a la sociedad.

Pero esta construcción, al igual que en Elias no es nunca totalmente consciente, es decir el resultado de una voluntad, una intención y un proyecto. En efecto, cuando uno mira los resultados objetivados de la historia, por ejemplo la estructura productiva argentina, la distribución por edades de su población, la distribución de la población en el territorio, la estructura de la distribución del ingreso y las oportunidades de vida, etc. sería demasiado ingenuo preguntarse ¿quién las diseñó, quién las planeó, quién fue el responsable?, etc. Más bien uno puede reconstruir un sentido, puede proponer un argumento plausible, basado en evidencias empíricas que permite encontrar un sentido a lo social existente. Los hombres como individuos y como grupos son capaces de desplegar estrategias conscientes para lograr sus objetivos, pero siempre es posible que se equivoquen, que los resultados que obtengan sean exactamente los opuestos a los deseados. Los sociólogos conocemos eso de las consecuencias no intencionales de la acción. Aún los poderosos se equivocan. La perspectiva de quienes creen que todo tuvo un origen intencional, un responsable, terminan por confiar demasiado en el poder de los poderosos y por lo tanto tienden a desmoralizar a los inconformes a los perdedores en el presente estado de las cosas.

Mejor es pensar en términos de Elias, es decir, en términos de una dialéctica entre intenciones, conciencia, voluntad y efecto de automatismo, no conciencia, consecuencias objetivas de las acciones intencionales de muchos, etc. De esta manera puede pensarse incluso en la existencia de algo que a primera vista parece absurdo o ambiguo en extremo como el concepto de “estrategias objetivas” útil para encontrar un sentido, una intencionalidad intrínseca, en una serie de acciones que no sido precedidas de intenciones conscientes y coherentes.

La hipótesis del complot, siempre tentadora, siempre al acecho del sentido común y del sentido común de ciertos intelectuales seduce por su economía explicativa, su verosimilitud. Es fácil imaginarse un grupo de individuos concretos, localizados en un lugar (el Pentágono, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional) que tienen claro sus intereses de dominación y que deciden objetivos a lograr y estrategias a desarrollar en los mas diversos ámbitos de la vida humana del planeta: qué y cómo producir, cómo y a quien distribuir, que conocimientos y tecnologías desarrollar, que conocimientos, cómo y a quienes enseñar (en los Estados Unidos, en Africa, en la Argentina y en todos los países del mundo…), etc. Como siempre es una explicación expost o post faestum, siempre tienen razón, siempre tienen éxito, inexorablemente.

¿Porque no pensar que las cosas son un poco más complejas? Para eso estamos los intelectuales. Lo complejo no es sinónimo de difícil o inexplicable. Podemos proponer explicaciones más ricas y más plausibles. También más respetuosas de las evidencias y los hechos de la experiencia.

Con estos supuestos uno no niega la existencia de una dimensión fundamental de la sociedad como constituida por espacios de lucha y de poder donde intervienen actores colectivos interesados, dotados de una cantidad desigual de recursos y por lo tanto dotados de una capacidad desigual de influir sobre el desarrollo de los acontecimientos. Pero no siempre debemos imputar todas las consecuencias inhumanas de las acciones humanas (la mortalidad infantil, las guerras, las enfermedades, la pobreza extrema y todas las múltiples formas de la miseria humana) a la voluntad de gente poderosa y extremadamente despiadada e inmoral. Que los hay los hay, pero eso no autoriza a erigir a la inmoralidad en principio explicativo principal de todos los males de la humanidad.

El fenómeno de la exclusión y todas sus consecuencias desagradables e inmorales no es el producto exclusivo de acciones intencionalmente, voluntariamente y conscientemente inmorales, sino que es en gran parte un efecto de estructura. De no ser así tendríamos que imputar el analfabetismo, la mortalidad infantil, la delincuencia, la drogadicción a un proyecto humano perfectamente diseñado, calculado y ejecutado con todo éxito. Sabemos que muchos, al perseguir su propio bienestar, al dar rienda suelta a sus ambiciones provocan el malestar la desgracia de muchos. Pero su objetivo principal no es el mal para los otros, sino el bien para si mismos. La mayoría de los hombres hacemos el mal, causamos daño a otros pensando que actuamos “bien”. Los hombres hacen lo que hacen, es decir, los empresarios y capitalistas deciden el monto y localización de sus inversiones, el volumen de su producción, el tamaño de su planta de personal, etc. en función no solo de intenciones y voluntad, sino en virtud de determinadas reglas que estructuran el campo de la economía. Lo mismo hace el político en su búsqueda del poder, el científico en la búsqueda de la verdad, y el artista en su producción estética. Nadie decide solamente en función de sus intenciones, sino que hasta sus propias intensiones, deseos, intereses, tienen un origen social y son el resultado de una experiencia, de una exposición a determinados contextos de vida.

Por eso más que una visión moralizadora, que confía en transformar la sociedad, hacerla más próxima de los ideales humanos de justicia, libertad y riqueza solamente a través de la regeneración moral de los hombres, en especial de los hombres poderosos, de los dominantes. Más bien habría que interesarse en identificar cuales son los mecanismos, las instituciones, los sistemas normativos, las reglas (en el sentido amplio de la expresión) que están en el origen de determinados sentimientos e inclinaciones morales. Quizás esta mirada relacional podría ayudarnos a explicar porqué determinados individuos son más desinteresados, generosos y solidarios que otros. En otras palabras podría ser útil para el proceso de humanización de la sociedad abandonar una idea demasiado esencialista del hombre y su razón, para adoptar otra más constructivista, histórica y relacional.

Las actitudes y orientaciones de valor que diferencian a los hombres no son esencias depositadas desde siempre en sus sistemas psíquicos. No es suficiente emprender campañas de moralización a través del sistema educativo, los medios masivos de comunicación para desarrollar auténticos valores humanos tales como la solidaridad, el interés en el interés general, etc. Siempre es preciso preguntarse cuales son las condiciones sociales (institucionales, legales, estructurales, etc.) que favorecen la aparición de estas predisposiciones y valoraciones en los miembros de una sociedad. Ya vimos cómo los que viven en medio de la inseguridad, la inestabilidad y el peligro en las modernas “junglas urbanas” desarrollan actitudes y valores poco afines a la convivencia pacífica, el respeto a los derechos de los demás, etc. En el largo plazo no se corrigen estos habitus psíquicos de la exclusión mediante campañas de moralización, formación valoral, concientización y otras estrategias análogas.

Un punto de partida posible para una reflexión sobre la moral –escribe Bourdieu- “es la existencia, universalmente constatada, de estrategias de segundo grado, metadiscursivas o metaprácticas mediante las cuales los agentes tratan de producir las apariencias de la conformidad (en acto o en intención) con una regla universal, aun cuando su práctica está en contradicción con la regla, o que no tiene como origen la obediencia pura a la regla” (BOURDIEU P. 1994, pag. 239).  La experiencia indica que los grupos recompensan universalmente el ideal del desinterés, la subordinación del yo al nosotros, al sacrificio de los intereses personales en función del interés general, hecho que constituye el indicador de la presencia de un orden ético. El agente que se comporta en forma ética o quiere aparecer como comportándose de este modo, manifiesta que quiere modelar su conducta en función de un punto de vista de grupo en oposición a la pura afirmación arbitraria de su particular subjetividad.

En este punto del razonamiento hay que interrogarse acerca de las condiciones sociales de una moral entendida como sistema de predisposiciones, valoraciones y orientaciones prácticas de orientación universalista. ¿Cómo hacer para que ciertas prácticas, especialmente las prácticas políticas se encuentren sometidas en forma permanente a una especie de “test de universabilidad”? De lo que se trata es de instaurar un conjunto de dispositivos institucionales favorezcan la producción de agentes que tienen interés en la virtud, la justicia, el desinterés, la consagración al servicio público y al bien común. Según P.Bourdieu “la moral tiene alguna posibilidad de existir, particularmente en la política, si se trabaja para crear los mecanismos institucionales de una política de la moral” (sistemas normativos e instituciones públicas clásicas y originales) que se oriente a “aumentar el costo del esfuerzo de disimulación necesaria para ocultar la distancia entre lo oficial (los valores universales proclamados) y lo oficioso (la corrupción, el clientelismo, las ambiciones particulares, etc.), lo que se muestra y ‘la cocina’ de la vida política. Este hecho de develar, este trabajo de demistificación no tiene nada de desencantador: en efecto, sólo puede llevarse a cabo en nombre de los mismos valores que están en el origen de la eficacia crítica del develamiento de una realidad en contradicción con las normas oficialmente profesadas, igualdad, fraternidad y sobre todo, en el caso particular, sinceridad, desinterés, altruismo, en síntesis, todo aquello que define a la virtud civil” (BOURDIEU P., 1994, pag. 243/144).

 

Bibliografía

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