Modelo Organizacional para los partidos políticos en América Latina

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ROBINSON SALAZAR (*)

 

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América Latina muestra, en cada espacio público donde se dirime el futuro de la democracia, un cruce de acciones y prácticas políticas abigarradas que dificultan distinguir cuál es la  mejor o la idónea para  arribar a una mayor apertura participativa  de la ciudadanía, sin exclusión alguna.

El cruce masificado de acciones no es síntoma de un auge actoral, tampoco es asomo de la existencia de una política vigorosa, sino por el contrario, es señal de una de la crisis de la política y de los partidos políticos, los cuales, éstos últimos,  no pueden dar alojo, así como se encuentran, a las múltiples demandas, exigencias y prácticas que realizan los diversos sujetos que no se hayan dentro de estas estructuras partidarias.

Este fenómeno no es nuevo, desde la década de los noventa del siglo XX se agotó el recurso de la política moderna, aquella que giraba en torno a la existencia del  Estado-nación, el sujeto pueblo que aglutinaba a todos los actores de la sociedad y la centralidad de los partidos políticos como la instancia puente que cumplía con la función de relacionar a la sociedad civil con el estado. 

Lo novedoso son las nuevas prácticas políticas que se vienen instrumentando en los espacios públicos y fuera de los ordenamiento y estructuras de los partidos políticos, lo cual está creando nuevas formas relacionales entre el poder público y los actores insubordinados, que mediante acciones de carácter contestatario van minando la inconsistente estructura de las instituciones políticas que se han creando en los Estado latinoamericanos.

No es que estemos en contra de las nuevas prácticas políticas, antes por el contrario, son bienvenidas porque enriquecen a la política, más cuando ésta se encuentra en un estado de postración; lo que importa es evitar que algunas de esta prácticas novedosas  no nos lleven a la anarquía y a la tierra de nadie, donde cualquier actor o liga interactoral, irrumpa en los espacios públicos desatando una ingobernabilidad o un caos que lleve a los límites de la crisis a una nación o posibilite la intervención de fuerzas públicas para reprimir en nombre del Estado de derecho y acabe con las pocas libertades que se han conquistado hasta ahora.

La abundancia de prácticas políticas desconocidas hasta ahora (corte de rutas, bloqueo de edificios, control de empresas cerradas, cacerolazos continuos,  acciones autoconvocadas, que se vallan todos, quema de edificios y secuestro temporal de gobernantes,  etc.),   no son  un arbitrio de la sociedad  civil, sino la respuesta de los distintos sectores sociales que se han dado cuenta que las antiguas estructuras representación  política  no son funcionales ni leales a su demanda, que los intereses de los partidos políticos, sindicatos y ligas campesinas no son compatibles con lo que ellos aspiran, que la inexistencia de un domo alternativo que asocie las distintas demandas de empleo, seguridad social y pública han obligado a los actores a inventar, crear y asociar pensamiento y acción hasta constituirse en actores sin mediación para resolver sus necesidades.

Mientras los partidos políticos sigan desinteresado de los problemas terrenales y ocupados en vivir del erario público, su presencia es menos importante en esta sociedad latinoamericana abrumada por las dificultades económicas y sociales; la oquedad orgánica existente va a seguir provocando que los ciudadanos se constituyan en actores, ejercitando prácticas políticas que se le vaya presentando, algunas necesarias y oportunas, otras riesgosas y alterantes del endeble sistema institucional.

Por la tendencia incremental de nuevas acciones políticas, los partidos políticos deben asumir el reto de transformarse, no hay tiempo ni espacio para aplazar esta decisión; no es una reforma de programa ni de perfil ideológico, es una refundación orgánica que esté acoplada a los cambios que se han suscitado en la sociedad, porque, si bien se conoce con abundancia los cambos en  la economía, en el Estado y  la política internacional, es necesario que se indague que pasó y está ocurriendo en la sociedad, en lo micro, en las subjetividades, en el imaginario de los pobres, los excluidos, los desempleados y reprimidos; esa pesquisa va a coadyuvar de manera substancial en la nueva estructura que deben construir los partidos, los escaques que tendrán que dibujar para que todos o la mayoría de los sectores sociales tengan cabida en ese domo partidista; en el discurso plural y multidiversitivo que tendrán que apropiarse para que abandonen  la verticalidad excluyente, puesto que hoy sólo se dirigen a los trabajadores, a las mujeres  y a los jóvenes, pero en ese grueso social hay homosexuales, discapacitados, indígenas, minorías sociales y excluidos que no son tenidos en cuenta  para elaborar políticas públicas.

 Las investigaciones que hemos realizado nos ha orientado a escudriñar sobre los saldos de la globalización y la aplicación del modelo neoliberal en la sociedad latinoamericana, (Salazar. 1996, 1998, 2002, 2003), específicamente en El Salvador, Nicaragua, Colombia Venezuela y Argentina, y se observan nuevos hilos asociativos, formas de participación inusitadas y autoconvocantes que se apropian y construyen nuevos espacios para expresar sus reclamos, desciudadanización estructural provocada por la exclusión, acciones directa para resolver demandas cuando la autoridad presta oídos sordos, encadenamientos electrónicos para gestionar solidaridad nacional e internacional, coaliciones de multiplicidad y comportamientos multitudinarios que niegan el viejo cuño de actor estigmatizado  y se apropian de el concepto de multitud  convergente. En fin, hay nuevos comportamientos que reclaman nuevas estructuras orgánicas de representación.

Ahora bien, proponer una opción orgánica de tipo modular para los partidos políticos en América Latina, no es una afán innovador que se levanta sobre una pretensión protagonista, ni el interés de descalificar los que hasta ahora se viene haciendo; más bien es un intento reflexivo por encontrar un cauce apropiado a las múltiples fuerzas de aguas sociales que se desbordan por no encontrar una expresión partidista que aglutine, de forma y guíe las diversas expresiones y demandas de la sociedad civil.

 

Escenario de la democracia procedimental

Latinoamérica  tiene a su interior muchas regiones y cada una de ellas tiene su horario político; también un sinnúmero de problemas, que algunos analistas han agendado  en el apartado de la democracia; sin embargo, los caminos por donde va a recorrer la democracia no  está preasignado, cada nación tiene una vereda por la cual va transitando,  por ejemplo, Chile, Argentina, Venezuela , Colombia  o Brasil, son cinco largos caminos distintos, algunos menos empedrados que otros, puesto que cada país ha estructurado una cantidad de actores, mismos que construyen muchas lógicas de acción colectivas que van encaminadas hacia la edificación de la democracia; asimismo las expectativas, las ambiciones, los intereses, el imaginario colectivo, y la idea de democracia no es igual para toda América Latina; sino que, cada pueblo, de acuerdo a su historicidad, las luchas que ha desarrollado para llegar al sitial en que hoy día se encuentra, la tradición de sus grupos y comunidades en el ámbito político y cultural, las formas asociativas que han prevalecido y el grado de consolidación de las instituciones democráticas, son en, su conjunto, la plataforma para orientar hacia dónde y qué tipo de organización hay que crear para aspirar a un democracia ampliada.

Teniendo en cuenta los aspectos mencionados y apoyándonos en las elaboraciones teóricas de los transitólogos latinoamericanistas (M.A. Garretón, G. O´Donnell y Juan Linz) quienes han indagado acerca los procesos de democratización de los distintos regímenes políticos latinoamericanos, podemos partir de la base de que en  subcontinente florecen tres tipos de democratizaciones, a saber: las fundacionales, las transicionales y las extensionistas, aunque hay otra que podíamos denominar democracias quebradizas o zigzagueantes como la peruana y la venezolana.

La fundacional,  es la que más llama la atención, aparece en aquellos espacios donde los procesos democráticos se encontraban desvertebrados, inhabilitados, ya sea por la existencia de un gobierno militar, o  una persistente guerra civil, tal como se vivió en Nicaragua, Guatemala y El Salvador.

En situaciones como la de Centroamérica, la pacificación nacional se comporta como la base  que permite construir el edificio democrático, toda vez que en una guerra, los actores no se diversifican, sino que se desmultiplican, se momifican, hasta el grado de convertirse en una muralla que insiste en no aceptar, ni permitir una convivencia con el opositor, llenando el campo de batalla de intransigencia política y destierro del diálogo.

Por ello, una vez iniciado el proceso de pacificación, las compuertas del diálogo se abren, las posibilidades de crecimiento y multiplicación de los actores crecen, los espacios donde se van a conflictuar se amplían, hasta convertirse en una arena común de disputas futuras, sin tener la necesidad de eliminarse, ni descalificarse, sino de competir para posicionarse mejor en el amplio espacio de la sociedad.

Partiendo de esos supuestos, la pacificación es concebida como el núcleo matricial que permite la germinación nuevos actores; es una fuerza que presiona a todos los actores involucrados para que compitan en la arena democrática; crea una atmósfera que emite mensajes de reconciliación, dado que después de la guerra no hubo ganadores, sino un virtual empate entre los actores en conflicto; y da a entender a la sociedad que se generó un cambio social global, donde todos, absolutamente todos, deben ubicarse detrás de la línea de partida, a fin de que se de comienzo a una nueva carrera política.

En cambio, en los procesos transicionales de lo militar a lo cívico administrativo, no existe un cambio social global, tampoco una ruptura en la continuidad política; más bien mediaciones políticas a través de acuerdos y negociaciones para que un régimen militar abandone, sin asumirse derrotado, el poder. Al momento que se convoca a una elección, el proceso transicional se diluye y da paso al de las extensiones democráticas, cuyo ejercicio es más profundo y radical que los dos anteriores. ¿Por qué?

Por ser un proceso más complejo de instalación progresiva y gradual para construir instituciones democráticas, retomando las iniciativas de los anteriores procesos; aunque hay que aclarar que el desplazamiento transicional no es lineal, tampoco está exento de retrocesos, en su seno se tejen acciones de conflictos, resistencias y enclaves, sin embargo el avance da a entender que no hay regreso al punto inicial, aunque algunas fuerzas políticas así lo quieran o aspiren a ello, pero la participación decidida de sujetos con mayores aspiraciones democráticas lo van a impedir, de ahí que el gobierno, los parlamentos y demás instituciones legitimadoras del cambio, tendrán  que ir cediendo ante la fuerza que imponen los de abajo.

Ante este nuevo escenario que desplazó los derrocamientos militares, los golpes de Estados, las deposiciones de gobernantes por la vía de la fuerza, las actitudes quebrantadoras de orden institucional y el desconocimiento de elecciones legítimas,  los partidos políticos se vieron rebasados pero no cambiaron, su estructura organización continuó siendo la misma, el discurso contestatario de igual manera siguió prevaleciendo y la visión del otro  prosiguió siendo  la de enemigo, por ello, las confrontaciones y descalificaciones siguen existiendo y los sobresaltos en los en  la etapa pre y postelectoral  siguen al orden del día.

Por lo anterior, creemos que una estructura organizacional alternativa es la modularidad, lo que le daría una mayor flexibilidad a los partidos  políticos, abriría las compuertas a otros sectores sociales que no son afines  a la militancia ortodoxa, el arco convergente tendría una apertura multisectorial y multicultural, el discurso buscaría cauces de pluralidad y la representación política recuperaría el espacio que en los últimos 20 años ha venido desapareciendo.

¿Cuál sería el punto de partida para construir la modularidad?

Enumeremos cada una de las partes constituyentes de este modelo organizacional, donde la función y el engranaje de cada una de las piezas, nos va orientando hacia una racionalidad comportamental y colectiva distinta a la que hoy prevalece y que haga caso a las demandas ciudadanas, sin descuidar los escenarios futuros que la fuerza globalizadora va imponiendo a los cuerpos políticos. Veámoslo.

1 La construcción de un nuevo imaginario colectivo

 Si repasamos la historia de los procesos políticos de América Latina, éstos han sido muy singulares, debido a que casi todos tienen las características de ser movimientos abarcativos,  que resumen lo social y lo político, de ahí que para agenciar las acciones colectivas de los múltiples actores, hubo la necesidad de construir un imaginario social o un tipo de sociedad futura que ocupara el lugar de lo que llamamos la  utopía colectiva.

La utopía colectiva es una construcción social, que invita a la participación a  todos los miembros activos de una sociedad, llámese fuerzas ex insurgentes, indígenas, discapacitados, homosexuales,  mujeres, pobres y excluidos, para que de manera abierta y mediante el diálogo expongan las pre construcciones que tienen en sus mentes, las socialicen sin temor ni cortapisas, con el objeto de encontrar proximidades en sus  aspiraciones políticas, sociales y culturales con otros cuerpos políticos inscritos en la realidad social.

Como punto de partida, el ideal social vendría a ser un nuevo paradigma que operaría como arma reveladora de la realidad una vez que los partidos modulares lo hayan estructurado, teniendo en cuenta que no va ser una negación tajante de los modelos desarrollistas, dependentistas y revolucionarios, sino una apropiación de los aspectos positivos que en ellos prevalecieron, pero esta vez articulado bajo una nueva forma de problematizar lo que acontece en el campo político y en lo social.

Indudablemente, que este nuevo paradigma no va a tratar de ejercitar una teoría que estructure un proceso político, menos a dirigir al elenco de actores para que se sumen al proyecto futuro que conduce a un nuevo estadio de la sociedad; creer en eso es una irracionalidad política, puesto que los procesos políticos de hoy en día no se comportan de manera autómata, sino que se mueven en función de aspiraciones, demandas, ideales y de reposicionamiento en el espacio público.

De lo que sí estamos seguro es que los diversos grupos, asociaciones y movimientos sociales, están esperando el momento propicio para discutir y estructurar el tipo ideal de sociedad, cuya característica sea la de un macro espacio incluyente, tolerante y de buen ejercicio democrático; hasta ahora, ni la democracia liberal, ni la economía neoliberal, tampoco la agonizante religión han planteado un imaginario ideal, de ahí que algunos analistas políticos, entre ellos los llamados transitólogos, son los que vienen remando hacia ese puerto.

En el caso centroamericano, el imaginario ideal es menos complicado que en otros países, dado que el proceso de democratización que viven las tres naciones en mención, Nicaragua, el Salvador y Guatemala, está marcado por una etapa de fundación, cuya peculiaridad es la de no haber tenido procesos democráticos en su vida de república; además, no existe un núcleo básico de instituciones que apuntalen a la naciente democracia y, por su reciente pasado de guerra y firma de la paz, los actores políticos se encuentran mutando,  o sea, reposicionándose en el nuevo escenario de pos paz.

Los tres países tienen en su haber un handicap a su favor, el estar de acuerdo todos los actores en que la pacificación nacional es la plataforma  que va a soportar el edificio de la democratización, cuya cartografía política está cruzada por muchos actores y cuerpos políticos que no van a eliminarse entre sí, sino a conflictuarse, como es de esperarse, en un espacio común.

Ahora bien, el nuevo imaginario colectivo tiene un antecedente significativo para muchos de los actores que participaron en la guerra, que es el mismo el ideal social que se manejó durante el conflicto  por parte de los ex insurgentes; éste no se diluye, es recuperable, en tanto que la misma pacificación nacional fue parte de esa aspiración política, puesto que con ella se logró reconocimiento a grupos y asociaciones que en el pasado reciente no tenían un espacio en la vida pública. La mujer es reconocida como un sujeto de derechos, los indígenas plasmaron parte de sus ideales autonómicos, los guerrilleros, en algunos casos, son parte de las fuerzas policiales, las demandas de tierra están en proceso y los crímenes de guerra están sobre la mesa de negociaciones y bajo la vigilancia internacional.

Entonces tenemos que sí se operó  un cambio social global, aunque en el terreno político no hubo vencedores ni perdedores, pues el empate virtual fue lo que encaminó a los actores en conflictos a la firma de la paz.

Ahora bien, ¿después de todo esto que viene?

Si reflexionamos sobre el avance que ha tenido el proceso de fundación democrática, podríamos afirmar que el grueso de las asignaturas pendientes se han cursado favorablemente, esto no quiere decir que la transición avanza sin obstáculo alguno; hay problemas, pero son salvables, ya que los muros que se erigen para contener el rumbo de la democratización son remanentes del pasado, que se resisten a fenecer o a perder feudos de reciclaje político.

Los enclaves autoritarios de actores, son evidentes, se expresan en grupos ultra conservadores que mantuvieron privilegios en el régimen autoritario y pretenden prolongarlos en la etapa de pos paz, por ello se apoyan en grupos paramilitares, en opiniones públicas que censuran todo lo que hacen los ex combatientes, en críticas a las demandas indígenas y claman por un imperio de la ley sobre los reclamos ciudadanos.

También hay enclaves ético-simbólico que pretenden, a toda costa, esconder los delitos de violación, de derechos humanos y secuestros que se dieron en el pasado de guerra y se oponen a cualquier enjuiciamiento, reclamando una situación especial de olvido ante todo lo agraviado, pero la pregunta es ¿ se podrá olvidar todo, si más de un tercio de las familias salvadoreñas y más de la mitad de las nicaragüenses tienen un muerto en su haber?

Los más difíciles de superar son los enclaves de tipo cultural, donde hábitos y costumbres de corporativismo, intimidación, caudillismo, corrupción y fraude, son comportamientos cotidianos, tanto en grupos sociales,  partidos de ideología liberal o conservadora, como en núcleos ex insurgentes, quienes han construido un universo con valores, prácticas y aspiraciones que no cuadran con la realidad de hoy, sin embargo existen y están presente en la vida política de cada uno de estos países.

Frente a este espectro socio-político, los ex insurgentes son favorecidos por otra coyuntura, la cual es el estallido de estado-nación, mismo que está dejando de ser una unidad monolítica que  da albergue a todos los actores de un país, para convertirse en una entidad unidiversitiva y pluralista, donde predominan las identidades grupales que están más interesadas en sus demandas, en sus necesidades, en su mundo inmediato que en la nación.

La nación, tal como está concebida y diseñada, no puede responder a las expectativas de los indios, de la mujer, los discapacitados, los homosexuales,  de los excluidos, ni de los pobres; la nación de hoy no satisface las exigencias de una ciudadanía de género, menos  entiende el reclamo autonómico de los indígenas, por eso está en crisis y se diluye como imaginario global en las mentes de los actores políticos. Si los partidos modulares iniciaran un proceso de consulta, discusión y reflexión sobre la nación que requerimos y la sociedad que esperamos, es posible que reúnan las premisas suficientes, que articuladas bajo una concepción plural e incluyente, podría arrojar el nuevo imaginario colectivo.

Un imaginario colectivo que dibuje una sociedad donde sea posible ejercer sus derechos las distintas ciudadanías que existen; una sociedad que se preocupe por los pobres; que no los mire como una categoría de análisis que manipulan en los centros universitarios, sino como un actor que quiere ser representado y ser representante a su vez; un tipo ideal de sociedad que empuje a la nación a reconstituirse; que presione a la nación para que deje de ser el todo homogéneo negador de la multiplicidad de asociaciones y grupos sociales; que exija un nuevo Estado tan grande como los nuevos retos y desafíos que trae consigo los cambios tecnológicos, económicos y científicos, pero a su vez, pequeño para darse cuenta de las soluciones que reclaman los problemas locales, comunitarios y vecinales.

Ese imaginario que oteamos, puede ser la idea esclarecedora sobre el futuro del Estado-nación, sin que se niegue totalmente al Estado-nación vigente, pero si se puede insertar cosas novedosas que den pie a una renovada nación que invita a la pluralidad y a la coexistencia tolerante, donde exista el respeto para todos, el reconocimiento a las autonomías locales y el acuerdo entre quienes la integran para que no se desarticule la nación ante cualquier problema, sino que pueda ser resuelto a través del consenso y el diálogo.

2 Una nueva racionalidad comportamental

Para que los partidos modulares puedan intervenir en el diseño y confección del imaginario colectivo, deberán asumir, en su comportamiento, una nueva racionalidad, en la medida que esta es concebida como la capacidad reflexiva de auto observarse a sí mismo en el entorno y observar a los otros, con la certeza de poderse ver como algo distinto y a su vez similar, en algunos casos, con otros cuerpos políticos.

Es un ejercicio de monitoreo reflexivo de la acción mediante el cual los agentes prestan atención al flujo constante de la vida social; observan su propia conducta y los actos de los otros (Cohen Ira, 1996) así como las significancias y significaciones sociales, culturales y políticas que se han construido socialmente.

Mediante este descubrimiento, detectan cuantos y cuales son los sujetos políticos estructurados y en proceso de estructuración que realizan prácticas similares, que tienen demandas comunes, que buscan el mismo ideal, encontrando de esa manera los traslapes identitarios que puedan articularse en un arco convergente. Es pues la nueva racionalidad, el punto de encuentro entre dos o más cuerpos políticos que existen en una misma realidad, pero que hasta hoy no había sido posible enlazar. Pero si los partidos modulares la asumen, estarían en  posibilidad de  coadyuvar  y  resolver el déficit de racionalidad que existe en el medio político, como también a apropiarse de una conciencia práctica que auxiliaría a resolver problemas de alianzas, convergencias y acuerdos entre distintos grupos y asociaciones que están interesados en la profundización de la democracia.

Para que la racionalidad comportamental sea apreciada por los individuos que habitan el área centroamericana, los partidos tienen un desafío especial: combinar la aceptación de la apertura económica con la búsqueda de una reconstrucción de la sociedad, donde encuentren la respuesta eficaz y la capacidad de comprender la necesidad de combinar los objetivos económicos con los objetivos sociales en el marco de la globalidad. (Touraine A, 1998)

Para ello, hay que reconocer que la globalidad, como movimiento económico, de integración de mercados y de regiones del mundo, es real y que escapa de las manos de los gobiernos locales y nacionales; no obstante, sí se pueden realizar algunas acciones que traten de aproximar los objetivos económicos del magno proceso globalizador con las aspiraciones y necesidades sociales que reclaman inmensas franjas humanas de la sociedad. Para esto, hay que diseñar una política  interoperable entre los agentes del mercado y un intervencionismo regulador del Estado en materia social.

No es un llamado a la añoranza del excesivo intervencionismo estatal de años atrás,  sino una recuperación franca de lo que debe ser el Estado ante el nuevo escenario que se dibuja actualmente, puesto que en los últimos lustros, su capacidad reguladora y redistributiva se ha visto menguada, por situarse en la misma lógica del mercado y encorsetarse ante los reclamos que le han hecho los agentes económicos para que saque manos de las actividades económicas.

Mientras el Estado se encorsetó, las capacidades de movilización de los distintos grupos y asociaciones crecieron, ocupando el lugar que el Estado abandonó, liberándose de esta manera un ramillete de acciones colectivas que muchas veces enfrentan al Estado, en otras se posicionan en la misma vía y hasta se cruzan en actividades, obstaculizándose mutuamente para la consecución de un objetivo común.

Ante la situación de acción liberadas, los partidos modulares estarían  con la ventaja de aprovechar las iniciativas ciudadanas e involucrarlas en actividades de gestión  social que conduzcan a aminorar la brecha entre ricos y pobres y a revertir las tendencias a la exclusión social que cada vez abarca amplios sectores de la población.

Claro está,  para ello se debe trabajar en una fórmula que permita afianzar una visión de desarrollo y de instrumentación de políticas públicas que transforme radicalmente la actual relación entre Estado-mercado y sociedad civil, recuperando, en esta nueva etapa relacional, las funciones claves del Estado en una economía de mercado, fortaleciendo las capacidades de participación y acción de la propia gente. Pero, la pregunta es ¿cómo hacerlo?

Es una deseabilidad hablar de participación ciudadana en los procesos de desarrollo y en la elaboración de políticas públicas; sin embargo, desde la postura del Estado actual y el ejercicio de gobierno, no cabe esa posibilidad, porque su visión holística de la sociedad y su concepción de la economía, les ata las manos, debido a que no reconocen la utilidad de los actores sociales en la gestión pública; pero en la esquina de la modularidad hay un resquicio que si advierte esa contingencia, dado que  el espacio público es lugar de encuentro de múltiples formas de participación ciudadana, y los partidos asisten a él a realizar su proselitismo; al mismo tiempo, ahí conviven  sus bases; en ese espacio divulgan sus ideas, sus programas de gobierno, por tanto, es allí donde se aparece la bisagra ideal para unir las dos intenciones participativas: la modularidad partidista y la acción ciudadana.

Entonces vemos que es desde terrenos mismos de la sociedad civil donde se genera la participación ciudadana, en cuanto vigilan, actúan y se integran a movilizaciones que llevan un objetivo común o de beneficio social; la actuación brinda un lazo de confianza en sí misma, la hace sentirse capaz de transformar su entorno inmediato, entrelazar esfuerzos mancomunados que vayan tejiendo una trenza de solidaridad entre los actores de distintas agrupaciones; asimismo, crece la auto-estima y el respeto por los demás, en la medida que construyen relaciones de reciprocidad y consensos.

La suma de la auto-estima, la solidaridad, el respeto y la capacidad inventiva, se le denomina capital social, que, aunque es intangible, es cantera de iniciativas eficaces y clave para innovar una forma de desarrollo más humana y sostenible, en la medida en que a través de él se pone el acento principalmente en las relaciones entre la gente y se mejora la capacidad de tomar decisiones por parte de la colectividad.

Fortalecer las capacidades gestivas de la ciudadanía  y apoyar su accionar colectivo, por parte de los partidos modulares, es construir un puente de cogestión entre estos dos núcleos sociales, pero a la vez, es una articulación de lo público con lo privado, a manera que frecuentemente, aspectos de la vida privada, particularmente de género, se empataran con la agenda pública. De todas maneras, la activación de la participación ciudadana es una oportunidad de fortalecimiento que tiene el Estado en la era globalizada y un soporte para atar el vínculo entre Estado y Sociedad.

¿En qué ayuda a la democratización la participación ciudadana?

La participación ciudadana, además de ser un soporte que presta su plataforma para la unión de los objetivos de económicos y sociales; se le agrega  el ingrediente de ser un núcleo generativo de una cultura democrática, en cuanto es un universo simbólico de normas comunes que orientan la práctica ciudadana en la vida cotidiana, hasta conformar un cuerpo organizado de reglas que sirven de base para las acciones colectivas futuras. Siendo así, la construcción de una ciudadanía nacional requerirá de mecanismos de integración directa de la población en políticas públicas, ya sea emanadas del gobierno o instrumentadas por la sociedad civil, bajo una óptica de ser actor en su realidad y transformar su espacio inmediato.

Además, los partidos modulares, requieren de agentes políticos que se involucren en las actividades que resuelven problemas; les interesa contar con ciudadanos que buscan soluciones, que debaten y dialogan en los espacios públicos, que ejercitan sus derechos y exijan a la sociedad en su conjunto que evolucione, que las instituciones acompasen la dinámica que marca la ciudadanía, que el gobierno sea vigilado por los ciudadanos y haga caso a las demandas que los actores de los distintos grupos y agremiaciones le planteen.

Si los partidos modulares dan este paso trascendental, al momento que se asuman como gobierno, deberán cumplir sus promesas de campaña, de lo contrario, se perdería todo el trabajo orgánico-político que se hizo antes de llegar a ser gobierno.

Por lo anterior, el siguiente paso es el de  elaborar un programa factible; que sea viable en las condiciones que hoy prevalecen, bajo un marco de globalidad económica y tecnológica, con unos agentes económicos que se han acostumbrado a especular en las finanzas y bajo la presión de organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial entre otros.

No pretendemos proponer un programa que cumpla con las aspiraciones internas de las mayorías y a la vez satisfaga los intereses egoístas de los agentes financieros; esto es imposible, pero sí es comprensible encontrar una vía alternativa, que permita revertir el desfase que existe entre los valores que postula un partido en campaña y las prácticas que realiza una vez asume el poder o la administración gubernamental.

El primer acto de gobierno, en caso que los partidos modulares arriben al gobierno, es el de elaborar iniciativas que conduzcan a desmontar el eclipsamiento que pesa sobre el ciudadano, otorgándole al individuo la posibilidad de llevar a cabo iniciativas autónomas en la producción, la distribución y el comercio; además, innovar en la cultura, en las artes, en la política y en la cosa pública. Un ciudadano que no es maniatado para actuar, es un agente social productor de sentido, o sea de una comunicación, para la decisión, fundada en la más rigurosa reciprocidad y auto-proyección. (Flores D´Arcais, 1995)

Un acto de esta naturaleza, es distintivo de la democracia moderna e incluye a los partidos de nuevo tipo a ejercitarla, por medio de la invitación que hagan a los ciudadanos para que participen en el proceso de formación de políticas públicas y de las decisiones políticas, contribuyendo de esta manera a profundizar la participación democrática y a su vez a respetar la autonomía que se deriva de la auto-proyección individual.

La participación no es un comportamiento colectivo nuevo, numerosas ONG, comités de barrios, vecinales, asociaciones de género, de ambulantes, buhoneros, de jubilados, precaristas y comunidades étnicas, han cultivado una cultura de la participación, cada uno en su ámbito, desde hace más de 20 años, sólo que sus prácticas públicas se han dado en ámbitos separados del gobierno o del Estado; de lo que se trata ahora, es de vincular la experiencia participativa de los grupos y asociaciones, con recursos del Estado, con el objeto de fortalecer la institución estatual y a la vez dejar crecer al ciudadano en sus capacidades e interés por resolver problemas añejos.

El acto de dejar pasar a la ciudadanía hacia esferas que competen al Estado, es un derrumbamiento de los diques que habían cercado lo público como esfera exclusiva estatal; la agenda de la democratización comienza con un programa de gobierno que contemple la participación social, la descentralización, la incorporación de los movimientos sociales, el fortalecimiento de la sociedad civil y de las ONG, orientadas a reducir el gigantismo empresarial y del mismo  Estado.

La participación decidida y sin candados  que pueda asumir la ciudadanía en general, le va a permitir desplegar un   mayor control social más estrecho sobre ambos, basado en una cadena reforzada y un tejido más denso de organizaciones de todo tipo para cumplir funciones públicas y para representar, en particular, a los grupos y sectores más débiles. (CSPSD, 1996)

Un programa de gobierno que se quede en el plano normativo, sin ahondar en un diagnóstico participativo, es un fracaso adquirido de antemano; una iniciativa programática que intente ser un apéndice de un modelo económico que se maneja sobre la lógica de  los axiomas, corolarios y teoremas, tal como lo es el neoliberalismo, no va arrojar resultados óptimos para restablecerse un desarrollo más o menos sustentable; seguir administrando la cosa pública bajo el parasol de lo estatal exclusivamente, no es signo de democracia, ni de interés por solucionar irregularidades que prevalecen en la sociedad desde hace muchos años.

De lo que se trata es de salir de un escenario extremadamente difícil para la democracia y  para los actores políticos, mediante una toma de conciencia fuerte y drástica  y de un cambio profundo en los procedimientos de generación de autoridades; en las pautas de funcionamiento de los poderes públicos; en los mecanismos de participación ciudadana; en las formas de crítica y fiscalización, y en las normas de prioridad en el funcionamiento de la administración. (op.cit.)

Con este horizonte, los partidos modulares pueden hacerse de una visión estratégica de mediano y largo plazo; en el corto plazo, se puede asistir a un desbordamiento del discurso general para que sus aguas lleguen avanzar hasta pequeñas localidades, pueblos y municipios que no son tenidos en cuenta a la hora de elaborara y formular programas de gobierno.

La especificidad es un gran avance en los actos de gobierno, pero si la juntamos con la participación, se puede construir un viaducto entre los temas de la agenda de gobierno, las políticas económicas y sociales y acción ciudadana, como un método que entrelaza el quehacer con las necesidades y los satisfactores adecuados para resolver las distintas dificultades que enfrenta un gobierno.

¿En que ayuda este estilo de hacer política?

En aceptar la existencia de un pluralismo político e ideológico; en fomentar la tolerancia como un método de convivencia; en reconocer al otro como agente vital en la construcción de la sociedad y en el compromiso indisoluble de unir la ética con la solidaridad en la gran esfera política.

3 Los nuevos valores que sustentan el programa de gobierno

Si por valor entendemos la actitud o disposición que se adquiere y se orienta hacia un objeto o situación determinada, para descargar en él (ella) una fuerza afectiva, tenemos que para conceder valor a una sociedad democrática, se debe creer en ciertas características de esa forma de gobierno y, al mismo tiempo, estimarlas. Creer en algo es tenerlo por un componente del mundo real y estar dispuesto a actuar en consecuencia, de ahí que tenga una dosis afectiva. (Villoro L.1997)

Los valores en un programa de gobierno es la columna orientadora de la acción para hacer y actuar en consecuencia a lo que ahí se plasma como plataforma de gobierno; por tanto, los valores éticos en la política no están ausentes, aunque algunos analistas políticos prefieren no referirse a ellos, porque dicen estar en descrédito, más si colocamos la ética como forma de observancia de la vida política latinoamericana, misma que está preñada de asesinatos, magnicidios, atentados, masacre a movimientos populares a protestas ciudadanas y de actuaciones irracionales como las que practican los paramilitares en algunas naciones del subcontinente.

Así ha sido la  vida política Latinoamericana; sin embargo, el descrédito no es de la ética, sino de los actores que actúan de espaldas a ella; además, ellos mismos han procurado, con tenacidad, de elaborar un lenguaje de la moral y de la política que desplaza y oculta a la política en sí. Esto se explica de la siguiente manera, la política, en manos de los agentes neoliberales, no está interesada en los aspectos analíticos, sino más bien en los requerimientos normativos, buscando con ello que la sociedad sea sometida un conjunto procedimental que todo lo reduce a normas, leyes, reglas y acciones en función a lo que está registrado como tal.

De esta manera, la sociedad queda abandonada y desprotegida, pues la justicia no se lee ni se entiende por su contenido, sino que su aplicación se sujeta a procedimientos normativos que dicen acercarse a un acto justo, caso la ley que el gobierno mexicano elabora para pactar la paz en Chiapas, donde la justicia está en la normatividad jurídica, pero muy lejos de la realidad de los indios de México; de igual forma sucede con algunos vacíos que muestra la ley autonómica de la Costa Atlántica en Nicaragua y la administración pública, donde se reconoce a un sujeto de derecho, pero en la realidad no hay recursos, oportunidades, ni acciones que le permitan apropiarse de esos derechos.

Ante esos sucesos, la política debe recargarse de valores éticos que la lleven a situarse en lo que Aristóteles denominó la vida buena, no sólo para administrar con justicia y apegarse a los valores que la sustentan, sino que liberen a los individuos gobernados para que se reapropien de sus facultades orgánicas, participativas e inventivas y construyan lo posible y lo realizable en un mundo amplio para los inversionistas, pero restringido para los ciudadanos.

La oportunidad que se le brinde a los ciudadanos para que se resitúen en el nuevo escenario, va a provocar que el manejo de un programa de gobierno se dirija a mejorar todo lo anterior, a superar lo que se hizo anteriormente, con la perspectiva de que todos los problemas, quizá no se resuelvan, pero la opción de abrir mejores perspectivas para el futuro es inevitable y posible de construir en un mediano plazo.

Ahora, si a ese programa de gobierno lo apuntalamos con valores éticos, aflora la responsabilidad, que no es más que una actitud y un comportamiento que responde a lo que le compete a cada funcionario, a cada gobernante y en su totalidad, al partido modular.

¿Cuales son esos valores?

 La virtud cívica de la tolerancia, la inclusión y la autonomía.

La virtud no es algo novedosa, es echar mano a un recurso de la tradición humanista, principalmente en Maquiavelo, quien la define como aquel conjunto de cualidades que posibilita a un hombre a llevar a cabo grandes y riesgosas empresas para alcanzar la gloria, la fama y el honor. Facilita a un gobernante para gestionar y operativizar acciones que lo aproximen a alcanzar los más nobles fines y a satisfacer algunas de las demandas más sentidas por la sociedad. (Velasco A. 1995)

Vista así la virtud, la tolerancia  es un valor ético de la democracia, o una virtud cívica en cuanto nos remite a una convivencia y sociabilidad pacífica, donde intercambian opiniones distintos actores con ideologías, creencias y prácticas políticas disímiles.

Casi siempre que se aborda el estudio sobre la tolerancia, se remiten, la mayoría de los autores, al problema de la verdad, o a la inexistencia de una verdad absoluta, por ello hace referencia a la relatividad de la verdad. (Cisneros I. 1996, Fetscher I. 1994)

La tolerancia es parte de un discurso sobre la naturaleza de la verdad, pero una verdad confeccionada por distintos tejedores que en un espacio común, dialogan, confrontan y resumen distintas verdades relativas, hasta asistir a un evento de síntesis que les permite mostrar a la luz pública la prenda fabricada, bajo el principio de la tolerancia.

Entonces tolerancia es convivir bajo el paraguas del respeto recíproco en un mundo en que no existen valores comunes que determinen la acción en las distintas esferas de la vida, y en el que tampoco existe una realidad única idéntica para todos. (P.Berger y T.Luckmann, 1997)

Esta distinción nos permite reconocer que la tolerancia se recrea en la diversidad de actores y opiniones y por lo tanto, se moja en las aguas de la pluralidad, que hace parte del océano de la democracia ampliada. Tolerancia es un reclamo de las comunidades étnicas, de las organizaciones comunitarias, de los grupos sociales y de los demás cuerpos políticos que pululan en América Latina.

La tolerancia como virtud cívica cambió el imaginario de los actores en el conflicto bélico que se registró en Centroamérica, porque una vez que se firmó la paz, al otro no se le pudo seguir viendo como enemigo, bajo la irreductible focalización del exterminio como condición básica para la existencia del yo; a cambio, se aceptó, casi en su totalidad, la concepción del adversario, que no es más que el otro, con derechos, pero con la posibilidad de conflictuarse en un espacio común, sin que exista ni medie la intención de eliminación del contrincante.

Reconocer la existencia de la diversidad y del otro, es un avance significativo, como también abrir un espacio para que la tolerancia se asome y se quede orientando las acciones futuras, tanto de los dirigentes del partido modular, como de los agentes que asuman responsabilidades de gobierno. Algunos creen, en este primer inicio de la tolerancia, que aceptarla es un acto de soportar al adversario o al otro que no es igual a mí; pero no es así, porque justamente lo diverso es un dato irrenunciable de nuestra misma socialidad (Cisneros I. Op. Cit) y una condición necesaria para sujetos que viven en pluralidad, aceptando a otros con diferentes creencias, otras opciones políticas y preferencias de credo diversos.

Entonces tolerancia guarda fronteras con libertad, la libertad mía y la del otro, por ello se debe asumir una actitud mental de que en un macro domo social, la tolerancia es aceptar que la libertad de un individuo no termina donde empieza la libertad del otro.  Más bien, la libertad del otro constituye, hoy por hoy, la principal condición de la propia libertad. (op.cit)

Otro aspecto de la tolerancia, es que es un canal que conduce a la construcción de consensos, indispensables para  ejercer un buen gobierno, o mantener la gobernabilidad;  pese a ello, no apaga, ni destierra el disenso, puesto que éste sigue existiendo y ocupando un espacio en la vida política, actuando como voz crítica o censura con licencia que se opone a toda arbitrariedad o acción mayoritaria en detrimento de una minoría que disiente. Tolerar es el verbo que más pronombres tiene y deben conjugar todos los actores de la política de fin de siglo.

A la tolerancia individual se le agrega en el camino democrático, la tolerancia pública que va más allá de la ciudadana, porque exige a los actores y cuerpos políticos a dialogar entre grupos sociales, entre asociaciones y comunidades; asimismo al gobierno le toca el turno de aceptar y practicar el diálogo con comunidades étnicas, grupos de desplazados, de género, entre otros, ampliando a otros campos de la esfera de la vida social, la búsqueda de acuerdos y la aceptación de las diferencias.

Si la organización modular acepta a la tolerancia como una virtud cívica que debe guiar las acciones proselitistas, para los acuerdos políticos con otros gremios y para orientar las actividades de gobierno, está en la antesala de dar un gran paso para democratizar la sociedad y al mismo Estado  en esta etapa de desarrollo transicional que vive Centroamérica.

La inclusión como virtud cívica, es escaque fundamental  en el tablero de ajedrez  que está fabricando la ciudadanía moderna. Si es aceptado por casi todos los analistas políticos que la sociedad está ocupada y constituida por actores sociales con posibilidades de autodeterminación; con capacidad para intervenir mediante un intercambio racional en el mercado político y en los espacios públicos; con pleno derecho a tener derechos en el plano social y jurídico; y con acceso a información y conocimientos para insertarse con mayores oportunidades productivas en la dinámica del desarrollo; ( Calderón F, Hopenhayn M, Ottone E. 1996) entonces es inaudito que se cierren las puertas a la participación plural y a la inclusión del otro en las tareas que son propias del espacio público o de gobierno.

La inclusión es parte constitutiva de la participación plural, es el intercambio de experiencias que dan lugar a la formación de nuevas comunidades de sujetos, de nuevos lazos identitarios y por ende a una nueva fuente generadora de sentido, si tenemos en cuenta que el sentido no existe en forma independiente, sino que se forma a través de referencias y relaciones intercambiables de experiencias y de acumulación de conocimiento que sedimentan el acervo social de la inteligencia colectiva.

Aceptar la inclusión en las tareas de gobierno y en la gestión pública, es darle sentido a las acciones hacia un fin preconcebido; es darle la oportunidad a los actores involucrados a que construyan su propia utopía, anticipen una condición futura y evalúen su deseabilidad y su urgencia, como también los pasos que habrán de dar para hacerla posible; el sentido de las acciones, en el acto, se configura por su relación con el propósito, y una vez concluido, sea un éxito o no, pueda ser evaluado y capitalizado como experiencia para el acervo de su conocimiento. (Berger P, Luckmann T. Op.cit)

Si reconocemos que muchos de los problemas que padece la sociedad no se pueden resolver con la sola iniciativa del gobierno, la inclusión de las asociaciones y grupos de interés colectivo que se desenvuelven en el ámbito local y comunitario, pueden prestar una valiosa ayuda y una coadyuvancia para encontrar soluciones consensuadas; además, si reconocemos que ellas han  actuado y lo siguen haciendo, como mediadoras entre las instituciones de la sociedad y los individuos, cumpliendo un rol de gestoría y de defensa ciudadana, son claramente instituciones intermedias, que en palabras de Berger y Luckmann, contribuyen a la negociación y objetivación social del sentido.

¿Cómo poder evaluar si un actor colectivo funciona o se desempeña como institución intermedia?

Existen dos variables (Gamson, 1990)  que nos sirven de parámetro evaluativo; una es la aceptación que tiene la organización en su entorno inmediato, la suma de adhesiones, la voluntad participativa de los individuos ante los llamados de la colectividad organizada, la autoridad y el respeto que se ha ganado en su espacio local, las consulta que realiza antes de llevar a cabo una acción colectiva, la negociación y la solvencia moral para guiar acciones futuras.

La segunda variable tiene que ver con los logros obtenidos o adquisiciones en materia de recursos o de avance orgánico-político que impácta como beneficio en la comunidad en que se asienta; aunque hay dificultad para medir cuantitativamente esos logros, la manifestación de la subjetividad colectiva y popular es un claro indicio para orientarnos en la evaluación que intentamos hacer de sí son o no instituciones intermedias, y cual sería  su rol en una agenda de colaboración entre Estado-Gobierno y Sociedad.

En síntesis, la inclusión es otro valor de la democracia ampliada que no se pude dejar de lado, menos un partido político que busca reposicionarse en un escenario de pos paz,  donde algunos de los actores se están estructurando o transformando para insertarse de nueva cuenta en la nueva realidad; si se participa en el escenario recién construido con una vocación plural, tolerante y abierta a la inclusión, es muy probable que la modularidad encaje en las iniciativas convergentes; si se actúa bajo la lógica de los partidos tradicionales, no vale la pena intentar una reflexión sobre el caso, porque los logros serán nulos.

La otra virtud es el respeto a las autonomías, que se desprende del mismo desenvolvimiento que ha tenido la ciudadanía moderna, al momento que se genera un proceso de redefinición de identidades y de pertenencia grupal en los ámbitos locales, de barrios, de grupos religiosos, étnicos, comunitarios y vecinales.

Cuando la política se descentró, los desajustes en el orden social estuvieron presentes en múltiples espacios de la vida social; las pertenencias con respecto a partidos políticos e instituciones se fue diluyendo de manera vertiginosa, la capacidad de convocatoria de los partidos políticos se redujo, hasta situarse en un estrecho margen que algunos llamaron el desencanto ciudadano con respecto a las organizaciones partidistas; el Estado fue desplazado por los agentes económicos, dejando de ser el núcleo donde se resolvías los aspectos conflictuales de la sociedad; la desagregación social apresuró su paso y se avizoraba un ambiente desolador, atomizado y sin ninguna posibilidad de reintegración; las utopías, bellos espejos de esperanza, también estallaron en mil pedazos, perdiéndose la égida que marcara la pauta para acciones colectivas futuras. El culpable era la globalización y el neoliberalismo, satanizando a los dos ejes del mundo de hoy, pero salvando de culpa a la izquierda y a los intelectuales que no otearon a tiempo el fenómeno de recomposición capitalista

La pregunta del día era ¿quién va a resolver los problemas de una sociedad que se desarticuló en diez años?

Ni el Estado, menos los partidos políticos estaban en condición para responder al ramillete de interrogantes que la ciudadanía se planteaba; sin embargo, de manera sorda, pero eficaz, los movimientos sectoriales, vecinales, comunitarios y ONG no se amilanaron, asumieron como un desafío el nuevo escenario y allí se insertaron, trabajando y renovando identidades, elaborando plan de acción, construyendo acciones colectivas y traslapes identitarios hasta ocupar el vacío dejado por los partidos políticos y el mismo Estado. En ese momento la política, como eje articulador y orientador de la sociedad, fue revalorizándose, lentamente avanzó hasta ubicarse estratégicamente en sitios poco vulnerables, de ahí el progreso significativo de los indios, las mujeres, los buhoneros, los precaristas y los demás sujetos insumisos de la sociedad de fin de siglo.

La eclosión de un nuevo elenco revelador de actores sociales, fue presionando a la sociedad para que se aceptara, no sin vencer obstáculos, una democracia cultural, que admite el pluralismo cultural y los derechos de las minorías; además, exhibió de manera contundente, que la sociedad contemporánea, situada en los cruces de la globalización y el neoliberalismo, está abierta a los cambios e intercambios, por tanto ha mutado en diversos órdenes, lo que ha implicado una transformación radical en sus sistemas simbólicos, de integración y de aspiraciones políticas.

Hoy día podemos decir, sin temor a equivocarnos, que no existe una sociedad en el mundo que posea una unidad cultural total, y las culturas son  construcciones que se transforman permanentemente con la reinterpretación de nuevas experiencia, lo que hace artificial la búsqueda de una esencia o un alma nacional, y también la reducción de una cultura a un código de conductas. (Touraine, A.1997)

¿A donde nos conduce todo esto?

Indudablemente  a la democracia cultural, la cual tiene como signo el reconocimiento de la diversidad entre las culturas, la aceptación de la pluralidad de intereses, opiniones y valores, sin llegar a construir un mundo cuadriculado, sino con canales intercomunicativos que asuman la forma de diálogo y tolerancia, hasta que los desemboque en un respeto absoluto a las autonomías grupales y comunitarias.

Si nos apoyamos en Villoro, podríamos afirmar que las autonomías no equivalen a una autarquía grupal, pues no cabe en la concepción de la democracia cultural, que un grupo se cierre en su estrecho camino de la libertad, sin importarle las aspiraciones, ni necesidades de los otros. Los traslapes identitarios y la comunicación intergremial son puentes seguros para que transiten acuerdos, negociaciones, intercambio de experiencias e intereses hasta armar arcos convergentes que puedan contribuir a alcanzar muchas metas comunes. (Villoro.L.1997)

Las autonomías existen y deben respetarse, pero a su vez incluirse en planes de trabajo de beneficio común, sin que violente  su régimen autonómico, simplemente, a través de la comunicación inter-comunitaria se abre esa posibilidad de colaboración. Esta participación recíproca se da en un ambiente de democratización dialogante, (Giddens. A. 1996) que no es más que formas de intercambio social que pueden contribuir de forma sustancial, quizá hasta decisiva, a la reconstrucción de la solidaridad social.

Algunos creen que la autonomía conduce a una proliferación de  derechos y multiplicación de intereses; pese a ello, existen aclaraciones convincentes que aseguran que no es así, porque lo que esta sucediendo es algo que se aproxima a un cosmopolitismo cultural que sirve de cimiento a las relaciones entre autonomía y solidaridad, estimulando una democratización de la democracia. (Villoro L. 1997, y Giddens A. 1996 Op.cit.)

La democracia dialogante se practica es un espacio público, pues es el mejor marco para convivir y aceptar al otro en una relación de tolerancia mutua; el diálogo que prevalece como vínculo ínter autonómico, anota Giddens, debe interpretarse como la capacidad de crear confianza activa  mediante la apreciación de la integridad del otro. La confianza es un medio de ordenar las relaciones sociales a través del tiempo y el espacio. Sostiene ese silencio necesario que permite a los individuos o los grupos seguir con sus vidas sin dejar de mantener una relación social con otro u otros.

En síntesis, tolerancia, inclusión y autonomía, son tres núcleos que posibilitan la convivencia, la articulación y el trabajo conjunto; situarse al margen de estos tres nichos que emanan la democracia del siglo XXl, es vivir de espaldas a la realidad y transitar en sentido contrario del desarrollo de la sociedad; aquí reside la voluntad de cambio que tendrían los partidos modulares, como también el número de aperturas y articulaciones que el nuevo partido tendría con los demás cuerpos políticos que son parte de la sociedad centroamericana de fin de siglo.
 

Estructura organizacional de la modularidad

El análisis de lo que pretende ser un modelo organizacional, no parte de unos principios de la teoría de las organizaciones, como tampoco de propuestas teóricas que se desprenden del tronco del discurso sistémico luhmanniano; no es esa la orientación que tratamos de dar a conocer. Lo que nos motiva es  poder armar una estructura operativa, flexible ante los reclamos de la ciudadanía moderna, pero a la vez articulacional con otras acciones colectivas, de manera tal que pueda dar cuerpo a un arco convergente, desde la perspectiva de partido político, con una durabilidad más prolongada que la hasta ahora alcanzada por los movimientos de ese tipo en América Latina a partir de 1994.

No abrazamos la teoría de la organización, como ordenamiento teórico-metodológico, debido a que todavía se debate en los centros de investigación, la poca pertinencia que tiene con lo que sucede en América Latina, en especial en el campo de los partidos políticos. Según especialistas, el desarrollo de esta teoría se ha constituido en un mosaico complejo de posiciones y propuestas que se empieza a confrontar y debatir; (Ibarra E, Montaño L. 1990,1991)  sin embargo en los países del área se ha carecido de tal reflexión y lo poco que se ha hecho, descansa sobre todo, en observaciones y atención sobre la empresa, que tienen un sentido accional distinto a la de los partidos políticos.

La propuesta que ofrecemos tiene más oficio de reflexión política, en el marco de un proceso de pos paz, que arroja una multiplicidad de actores, una democracia cultural que reclama con energía una atención de todos los cuerpos políticos, estructurados y en vías de estructuración, una exigencia participativa de la ciudadanía por ser parte de las decisiones trascendentales que se toman en sus pueblos, comunidades y localidades; y una democratización política que quiere llevar a la democracia a sitios recónditos de cada país centroamericano y que no se quede anclada en los órganos de representación y en la letra muerta de las Constituciones, como pretenden hacerlo los liberales de la actualidad.

Hay luces muy esclarecedoras, quizá no es el ámbito del análisis de las organizaciones partidistas, pero si en lo que concierne a las nuevas reglas del juego para la democracia en el año 2000, con puntualizaciones certeras sobre el futuro de los organismos internacionales y las prefiguraciones de los futuros escenarios en Europa y Asia. (Guéhenno Jean-Marie, 1995) (Gellner E. 1996)

De las indagaciones de esos dos autores, aunadas a la experiencia personal en los procesos políticos de los países que abordamos en el estudio, fuimos construyendo la idea de la modularidad, no sin el antecedente de haber realizado una investigación previa sobre cómo se arman las convergencias y la durabilidad de las mismas en un ambiente más politizado como el que se está viviendo en Latinoamérica.

El tipo de organización modular descansa sobre la idea de ser más abierta ante la constelación de organismos ciudadanos, evitando preocuparse por demostrar que tanto es distinta a los demás, sino que puntos de articulación accional tienen en común y que otras aperturas se pueden dar en el corto plazo para acuerpar al mayor número de actores de una sociedad que se encuentra en desventaja ante el alud neoliberal.

Hay dos puntos nuevos: apertura y articulación, dos aspectos que se alejan de la vieja idea de homogeneidad, control y equilibrio que se discutía en las filas de los grupos guerrilleros y partidos comunistas tradicionales, cuya esencia era mantener la homogeneidad en función de unos principios inalterables, inequívocos y doctrinales; una lealtad a los dirigentes por encima de la capacidad, pues mantenerse cerca de un líder o grupo de influencia, daba posibilidad de asumir nuevas responsabilidades dirigenciales o de ocupar cargos dentro de la estructura política; el equilibrio se sentaba sobre la actuación consecuente, pero con lo que se  dictaba dentro de la organización y de espalda a lo que las bases demandaban.

Brindar una apertura a los demás cuerpos políticos que no se encuentran registrados como entidades partidistas, es desatar las ataduras doctrinales que por muchos años fueron motivo  para descalificar al otro, expulsar a un miembro y hasta algunas veces, ajusticiar a unos "revisionistas", por el solo hecho de disentir ante una decisión de la dirigencia.

Apertura para articular, es una intención de romper el caparazón que reprimió la creatividad y la inventiva por muchos años, para situarse hoy  en una posición de acción convergente que esté  vigilante de las acciones que desarrollan otras organizaciones, qué demandas nuevas hay y cómo las están diseñando los demandantes, con objeto de ir introduciéndose en un proceso de aprendizaje cívico que los aproxime, lo más que pueda, a los actores que también son parte de la nueva política de fin de siglo.

Otro punto que se agrega a la estructura modular, es la interoperabilidad entre el partido político y las asociaciones, grupos y movimientos comunitarios, vecinales y de barrios, reconociendo que la complejidad del mundo social no puede sea aprehendida por un solo actor, porque en la sociedad existen tantos actores como lecturas sobre la realidad, que sumadas, muestran la combinación  de apreciaciones sobre la multidimensionalidad de la realidad del mundo contemporáneo.

Interoperabilidad, entonces, es comunicación, es socialización de información, de compartir diversas y distintas opiniones sobre lo social y cómo se está constituyendo en el momento; qué coyunturas presenta y de que manera puede ser abordada para fisurarla, en caso que sea necesario, para que surja algo nuevo o provocar un cambio en su estructura.

Interoperabilidad es poner en juego los acuerdos y negociaciones a que se llegaron con otros cuerpos políticos, demostrando con ello que la apertura no se queda en el ámbito discursivo, sino que aterriza en el plano  accional y se plasma en una construcción lógica de sistema abierto que busca, bajo todo punto de vista, interconectarse con lo posible, con los que desean y luchan por una sociedad de puertas abiertas y accesible al dialogo y la tolerancia.  

Es notorio, por lo que expresamos, que la interoperabilidad va a requerir de una estructura operativa que se encargue de urdir los enlaces con los grupos y asociaciones cívicas, comunitarias, vecinales y de orden particular como Ong, partidos locales o regionales entre otros, para construir acuerdos e iniciativas que permitan, al partido modular, estar presente en las acciones y demandas que la ciudadanía lleva a cabo desde hace un tiempo, pero hasta ahora al margen de los partidos.

No quiere decir esto que el partido modular se va a perder en un herbazal de cosas nimias y tangentes como son las demandas particularmente localistas, tampoco se va a convertir en un depositario de demandas que en cierto punto pueden encontrase, chocar o contravenir otras que se hallan en su seno procesándose.

Básicamente, se trata que el partido modular vaya siendo parte de la red de movimientos y asociaciones que pululan en el espacio público; que se convierta en interlocutor de muchas de ellas, en la medida que socializa, discute, confronta y acuerda acciones conjuntas para atacar un problema del orden común. Es cierto que las redes no son homogéneas, existe de todo y para todos, pero lo que sí hay que reconocer es que es un campo de fuerzas, de desequilibrios, en el que la voluntad de incrementar el número de sus conexiones está compensado por la posibilidad de ser un partido que no se desdibuje por lapsos perentorios y aparezca sólo cuando haya elecciones.

Dice Guéhenno, que las redes se comportan como una bolsa de informaciones, que nunca se cierra y, cuantas más informaciones lleguen, más desequilibrios se genera en un sistema que se opone a la apertura democrática. La gran pregunta es, como filtrar la información, no en el sentido de ocultar parte de ella, sino en la dirección de detectar o sopesar cual es la que mejor nos aproxima a la realidad, la que permite leer con detalles lo que en el momento sucede, de tal suerte que podamos correlacionar la acción política con el momento social. Es algo así como poner el reloj de la política y de los cuerpos políticos en el mismo horario, a modo que se pueda sincronizar una acción eficaz y reducir los costos político-sociales.

Esta es una tarea de otra estructura que proponemos, la denominada de estudios de la política y la sociedad, que de paso, está reconociendo la labor del nuevo intelectual orgánico, en una versión tercermilenaria.

Hasta ahora, los partidos políticos han hecho y aún hacen poco caso a los cientistas sociales, pues son vistos como agentes que se elevan con el pensamiento para reflexionar, pero la mayoría de las veces, sin éxito; sin embargo, quienes han analizado social y políticamente la globalización y sus efectos en la sociedad no son los partidos, sino los cientistas sociales. Incluso, son los intelectuales con sus teorizaciones quienes han esclarecido los conceptos globalizadores de lo inevitable, lo  universal y lo moderno  como recursos ideológicos de este fenómeno del capitalismo, que trata, bajo todo argumento, desarmar políticamente a sus opositores; asimismo, los nuevos intelectuales orgánicos han despejado los nubarrones de la incertidumbre que se habían estacionado por largos meses sobre el imaginario de la sociedad.

Hoy pues, los que trabajan la política desde la perspectiva teórica, ya son merecedores de una atención y los partidos modulares son agentes que requieren de una ayuda de este tipo, de ahí que quepa la posibilidad de armar un canal intercomunicativo entre la política y la ciencia, cosa que se viene haciendo en los centros de investigación independientes que día a día aparecen en la sociedad latinoamericana.

La estructura de estudios de la política y la sociedad coadyuvaría para que los actores políticos operativos, estudien y comprendan mejor la complejidad del mundo social y a su vez la hagan digerible; también ayudarían que descubran la racionalidad de algunos hechos; que la lógica de cierta información sea procesada y analizada bajo una lente prismática, misma que nos ayude a descomponerla para analizarla por sectores y a integrarla para insertarla en un contexto más amplio.

Sería el espacio donde se reúna la información, se procese y ponga en circulación para que los demás cuerpos políticos que son parte de la amplia red o constelación de grupos y asociaciones, se apropien de ella, la intercambie y la haga crecer. Para ello es necesario que se cambie la vieja concepción de que la información es poder, para ello hay que concentrarla; por otra que diga, la información es la base del  poder, pero su naturaleza ha cambiado, ya no se atesora, pues su verdadero valor esta en el intercambio, para adquirir nuevas informaciones, para generar nuevos argumentos y un creciente proceso de formación de cultura política en la ciudadanía. (Guéhenno, op.cit)

Lo otro que agregaríamos, es el nuevo oficio de los dirigentes, cuya función puede ser la de  fabricar nexos con organizaciones cívicas y  ciudadanas; gestionar identidades y encontrar las aristas compatibles entre el partido modular y el grupo de identidades recién estructuradas; asimismo entre los grupos que se asemejan. Todo esto va a  traer consigo una multiplicación de conexiones que quizá hagan más complejo y relacional  al partido, pero a su vez da cabida a nuevos dirigentes para que compartan las actividades que de la complejidad se derivan; así, los representantes de los grupos y asociaciones asumirán, temporalmente, responsabilidades en la tarea que tenga un denominador común, sería algo parecido a los aros del símbolo olímpico,  que se entrelazan, pero no pierden su autonomía o su especificidad.

En esta visión sobre los futuros dirigentes, su rol de intermediación es fundamental para el futuro accionalista del partido modular, pues su papel es similar a un gestor articulacional, que corrige fallas, arma acuerdos, liga acciones, destraba tensiones y reconoce en la red de organismos sociales una fuerza vital para el futuro de la política y del mismo cuerpo orgánico partidista.

La misma dinámica va a inyectar a la dirigencia,  un antídoto para evitar personalismo excesivo y, en contraparte, la va a dotar de una propiedad horizontal, que la obliga a consultar, a compartir, discutir y consensuar muchas de las decisiones; a su vez, desburocratiza la cúpula, porque la comunicación intermitente y cortocircuitantes, similar a redes de Internet, le va a ocupar mucho tiempo y la va a convertir en una dirigencia liviana, en su comportamiento, pero contundente en sus acciones y decisiones colectivas.

Las identidades múltiples no son un obstáculo para los partidos modulares, quizá si para los partidos de tipo doctrinario, pero si la modularidad acepta la tolerancia, la inclusión y la autonomía como virtudes cívicas, entonces se abren las puertas para construir convergencias donde se requiera. No será una convergencia única que se ocupe de todos los problemas y demandas; eso quedó en el escaparate del pasado; las convergencias son múltiples, tanto como los problemas comunes, de ahí que el futuro de los partidos modulares será encontrar los nichos donde se recrean identidades y acciones de género, étnicas, de buhoneros, de precaristas, de derechos humanos, y demás que se perfilan hacia la democratización de la democracia.

El partido modular es una forma de piano que comparte sus cuerdas y teclas, con cada grupo o asociación comunitaria, vecinal y barrial, con el objeto de ir tocando la pieza democrática, sin desordenar la armonía de la canción, porque cada grupo tendrá la ocasión y la oportunidad de participar, sin sobreponerse, ni interrumpir a otros que también se han involucrado en la composición de este himno a la sociedad futura.


 

B I B L I O G R A F Í A

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(*) Robinson Salazar Pérez es Doctor en Ciencias Políticas y Sociales e Investigador en la Universidad Autónoma de Sinaloa/México. Autor del libro Diálogos por la Paz; Coordinador de: Comportamiento de la sociedad civil latinoamericana (Con Jorge Lora) Sujetos y alternativas contra hegemónicas en el espacio Andino Amazónico (Con Eduardo Andrés Sandoval F.)  Lectura Crítica del Plan Puebla Panamá. Violencia en la postmodernidad latinoamericana ( en imprenta)

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