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Patriotismo e histeria

HOWARD ZINN

 

Algo peligroso ocurre desde el 11 de septiembre: es el grito de unidad de demócratas y republicanos en Estados Unidos. De repente, las diferencias entre ambos partidos, en realidad insignificantes, han desaparecido.

Y ya vemos, los demócratas se alinean como un absoluto hato de ovejas al llamado del pastor. De repente, resulta que Bush es el pastor, no sólo para el Partido Republicano, también para el Partido Demócrata.

Justo el otro día, Al Gore -quien compitió con Bush por la presidencia, que obtuvo más votos que Bush y que probablemente, en justicia, debía ser presidente de Estados Unidos- dijo: "George Bush es mi comandante en jefe". Bueno, no ha leído a fondo la Constitución de Estados Unidos de América porque en dicha Constitución el presidente no es el comandante en jefe del pueblo estadunidense; es el comandante en jefe de las fuerzas armadas. Al Gore no es miembro de las fuerzas armadas, así que ponerlo todo en términos militares es bastante aterrador.

Da qué pensar todo este despliegue de banderas... la bandera es un símbolo ambiguo. Puede significar algo noble -los principios de democracia y libertad- y cuando significa eso, muy bien, qué bueno ondear nuestras banderas. Pero cuando se ondean banderas en respuesta al llamado de la guerra, entonces se tornan símbolos del militarismo. El despliegue de banderas por todo el país crea una atmósfera de semihisteria en la cual los tenderos se asoman y revisan si las otras tiendas fijaron su bandera, porque el tendero tiene miedo de no poner una. Los vecinos revisan que el resto de quienes habitan una calle hayan puesto sus banderas de Estados Unidos. Y dicen: "mejor pongo mi bandera, si no la gente me señalará y dirá tú no eres patriota".

Esta histeria tiene historia

La primera crisis en Estados Unidos ocurrió justo después de la revolución estadunidense de 1790; existía entonces mucha tensión entre Estados Unidos y la Francia revolucionaria.

En ese momento, el Congreso aprobó las Leyes de Sedición y Extranjería. Estas penalizaban toda crítica al gobierno y otorgaban al presidente el poder de deportar a cualquier extraño o no ciudadano, sin mediar ningún tipo de proceso.

Fue ésta la primera incidencia de reacción histérica a la guerra, en un momento, podríamos decir, en que privaba una situación de guerra fría. Ahora vemos que eso ocurrió una y otra vez a lo largo de nuestras guerras y condujo a que, en el siglo XX, en la Primera Guerra Mundial, el Congreso aprobara otras leyes: la Ley de Sedición y la Ley de Espionaje. Esta tenía muy poco que ver con el espionaje; en cambio afectó a la gente que se oponía a la guerra abiertamente.

¿El resultado? Unos mil estadunidenses fueron enviados a prisión por manifestarse contra la entrada de Estados Unidos a la guerra. También entonces se creó una atmósfera de miedo. La gente sentía que si hablaba en contra de la guerra iría a la cárcel. Y la histeria continuó tras el fin de la guerra, justo al terminar, porque el procurador general estadunidense aprovechó la colocación de una bomba -hasta ahora no se sabe quién la puso- y su palabra fue razón suficiente para aprehender a miles de personas sin ciudadanía en Estados Unidos, para meterlas en barcas y deportarlas sin juicio alguno y sin que mediara ningún tipo de proceso legal.

Así que ya lo hemos visto antes. En la Segunda Guerra Mundial se aprobó la Ley Smith y la gente fue enviada a prisión por pronunciarse contra la guerra. Luego están todas las experiencias de todas las veces en que Estados Unidos se ha visto implicado en situaciones de guerra desde la Segunda Guerra Mundial -la guerra de Corea, la guerra de Vietnam...- y a lo largo de esos años siempre hubo miedo de disentir, de oponerse.

Es cierto que la gente recuerda mucho el periodo de McCarthy en los cincuenta, pero en realidad el macartismo es un fenómeno que -si nos atenemos a la supresión de la libertad de expresión- antecede a MacCarthy y existe después de su muerte. Ahora estamos ante otro caso más de esta actitud.

Por tanto, es responsabilidad de aquellos estadunidenses que pretenden mantener el principio de disenso y libertad de expresión, el decir su palabra honestamente, aun cuando ésta vaya contra la opinión de la mayoría, incluso si se opone a lo que el gobierno dice. Los medios informativos han estado terribles en su conformismo. En CNN muestran sus banderas estadunidenses constantemente. Si se sintoniza CNN hay en la esquina de la pantalla una bandera permanente. Otros canales hacen lo mismo. En uno de los noticiarios más importantes, el comentarista Dan Rather dijo, en transmisión nacional: "el presidente Bush, ése es mi presidente. Cuando dice alíniense, me alineo". Esta no es declaración propia de un periodista dentro de una democracia, es la de un periodista en los Estados totalitarios, donde todos se alinean y nadie cuestiona al presidente. En Estados Unidos --que dice ser un Estado democrático-- esto es un síntoma de que estamos perdiendo nuestra democracia.

 

 


El autor es historiador y crítico social estadounidense, profesor en ciencia política en la Universidad de Boston.
Traducción: Ramón Vera Herrera.