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La política: entre mesías y ajedrecistas

TORCUATO DI TELLA

Sinopsis:

  Cómo se construye la representación política en un escenario marcado por la inequidad social es el eje de los ensayos que presentan los jóvenes politólogos Ernesto Calvo y Juan Manuel Abal Medina.

  Hay que acostumbrarse en la Argentina a que el presidencialismo fuerte está terminado. Como dicen Ernesto Calvo y Juan Manuel Abal Medina (h), los editores de El federalismo electoral argentino. (Eudeba/Inap), cada vez será más común el "gobierno dividido". ¿Dividido entre quiénes? Por un lado, entre el Presidente y el Congreso; pero además, igualmente importante, entre el gobierno nacional y las provincias. Y lo extraño del caso es que las provincias que más posibilidades institucionales tienen de jaquear al ejecutivo nacional son las más pobres y despobladas, a través de la sobrerrepresentación que ellas tienen no sólo en el Senado, lo que es obvio, sino también en Diputados. A través de diversas reformas constitucionales, legales e ilegales, los mínimos asegurados a las unidades federales más pequeñas han hecho que el 30% de la población que vive en las zonas periféricas (menos la pampa húmeda y Mendoza) posea más del 50 por ciento del total de los diputados nacionales.

  Pero toda medalla tiene su reverso: porque el gobierno nacional puede "comprar" el apoyo de la zona pobre, donde es más barato adquirir voluntades de electores o de gobernadores y sus clientelas, que en las regiones más prósperas y complicadas. Se generan así una serie de extrañas coaliciones, necesarias para hacer funcionar al gobierno por encima de sus "divisiones". En palabras de los autores de este libro, ya no hay sólo tres poderes, sino un cuarto, el provincial. Y esto, para atenernos sólo a lo institucional, porque de facto hay varios más: las asociaciones tanto empresarias como sindicales, la prensa, el sistema educativo, y en los costados todavía la Iglesia y las Fuerzas Armadas.

  El peronismo clásico fue un exitoso intento de combinar una fuerza popular contestataria de la zona altamente urbanizada de la Argentina, con una red de clientelismos provinciales relativamente conservadores del resto del país. Como lo señalara hace años Manuel Mora y Araujo en un clásico trabajo, se sumaba una especie de laborismo urbano a un populismo conservador rural. Perón miraba con un ojo a las masas que llenaban la Plaza de Mayo y las fábricas del Gran Buenos Aires, y con el otro a los caudillos provinciales, muchos de ellos de origen conservador o radical. Y lo mismo, por supuesto, hizo Menem, al sumar la adhesión de gran parte del establishment, que apenas podía creer que lo que consideraban la amenaza popular en su peor vestimenta, se convertía en un pragmático negociador, y con el tiempo un amigo.

  Edward Gibson y Ernesto Calvo, en uno de los capítulos más interesantes del libro, apelan a la sugestiva paradoja de que el proyecto "modernizador" del menemismo pudo mantenerse porque mantuvo un sólido respaldo en las redes clientelares, estatistas y "tradicionales" del interior. Con ese apoyo, con esas espaldas guardadas, pudo enfrentar el malhumor de gran parte de sus clásicos apoyos sindicales.

  La gran conflictividad social que destruyó al país durante varias décadas ha dado lugar a una mucho mayor convivencia. Cierto es que algunos grupos totalmente fuera del "sistema" golpean a las puertas del país conviviente, y pueden generar cambios en el panorama político, pero lo más probable es que se sumen al juego político partidario, algo modificado. Este juego va a ser cada vez más complicado, y dejará atrás las ilusiones de la voluntad popular única, encarnada en un jefe mesiánico. Más que mesías, se van a necesitar ajedrecistas.