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Contra el siglo XXI

VICENTE VERDÚ

Sinopsis:

  Llega la fecha mítica del primer día del siglo XXI. Muchas de las predicciones hechas con anterioridad no se han cumplido ni aproximadamente; otras han sido superadas con creces. Pero, ¿cómo llegamos los ciudadanos a este momento histórico? ¿Cuáles son las ansiedades y las preocupaciones dominantes? ¿Qué modas, qué costumbres, qué hábitos queremos mantener? ¿Qué esperanzas alimentamos y qué miedos nos invaden al cruzar esta frontera temporal? El periodista y escritor Vicente Verdú analiza en este artículo el fenómeno del cambio de siglo y el espíritu en el que la sociedad actual vive esta circunstancia.

 


Primer teléfono móvil vía satélite
fabricado por Motorola (Reuters).

  Se difunde un aparente alborozo por cambiar de siglo, pero, francamente, nadie desea salir de aquí. El siglo XX, pese a sus miserias, actúa como un hogar, con sus sobras, sus luchas fratricidas y sus guisos conocidos, mientras el siglo XXI es todavía la intemperie, una realidad ignorada que se presenta con una naturaleza virtual a lo Matrix, entre invenciones y efectos intangibles. Al contrario de lo que le ocurría al final del siglo XIX, ansioso por probar los avances técnicos y científicos hacia la modernidad y apartarse de sus debilidades, el siglo XX se ha sentido muy satisfecho de su complexión. Pocos siglos han culminado con tanta sensación de plétora y de misión cumplida. Como consecuencia, el siglo XXI llega impertinente y fastidioso, de nuevo con una oferta de gadgets tecnológicos y problemas éticos, entre la nanotecnología y los laboratorios de la clonación. Extraño bagaje para cambiar de época cuando el signo visible del transporte hit es el patinete, en señal de que ya hemos llegado demasiado lejos.

  Por otra parte, los valores tecnológicos de la nueva economía, símbolos del porvenir, se han revelado tan quebradizos, que el hundimiento del Nasdaq es reflejo de la desconfianza en el quehacer de la posmodernidad. ¿Para qué mudarnos, por tanto? En el cruce del siglo XIX al XX se habían detectado al menos dos importantes revoluciones industriales: la que componían el carbón y el acero y la que desencadenaba el petróleo más la electricidad. La entrada al siglo XX fue ruidosa, acumulativa, repleta de motores de explosión y planes revolucionarios, artistas subversivos y especialistas del superego, todo ello animado por la luz eléctrica, el agua corriente, las radios, el automóvil y el cine de auténtico estreno. En el espíritu de los ciudadanos dominaba una luciente idea del futuro y existía la esperanza psicológica y moral de que todo sería mejor gracias a los aportes de la ciencia, la técnica y la voluntad humana.

  La idea del progreso que apareció a finales del XVII con Fontenelle o Leibniz adquiría en ese trance una de sus cimas con la convicción de que se dejaba a las espaldas un periodo de atraso. A escala social, el siglo apenas había tenido tiempo de acabar con la esclavitud y no hacía ni veinte años que se había inventado el cuarto de baño. Todo eran escorias, suciedad, máquinas pesadas, colores negros en los vestidos, los coches, las ollas, los paraguas, y humaredas de carbón que mataban a los hijos del proletariado. Lo que se anunciaba con la centuria a estrenar era una realidad de contenido superior, una formación más libre que se avenía apropiadamente con la expectativa de una época de categoría donde la mujer y los niños disfrutarían de derechos y se dejaría de morir de gripe. Frente a la demacrada faz romántica del XIX, el XX se revelaba como un siglo incomparablemente más apuesto y más sano.

  Lo que ocurre ahora mismo es, sin embargo, de otra condición. El mundo que se asoma en el siglo XXI es de naturaleza anoréxica y levemente abstracta, más inmaterial que material, más intangible y virtual que concreto, más desempleado que empleado, más individualista que comunitario. Es decir, frente a las ruidosas toneladas de producción industrial, el sigilo de la informática; frente al zumbido de las turbinas, los satélites de información; ante las hogueras de los altos hornos, el mínimo fulgor del láser. El universo productivo ha pasado de ser pesado y macizo a ser liviano y translúcido, de Bessemer a Bill Gates, de Lenin a Negroponte, de las tupidas trenzas de Mata-Hari a las ralas mechas de Tamara.

  Y de esta naturaleza son a la vez los mensajes, las ideas, la calidad de los empleos o las declaraciones nocturnas de los chats. La liviandad de la electrónica define el paradigma contemporáneo frente a la rudeza del ferrocarril o de las siderurgias. Las casas de toda la vida han sido sustituidas por viviendas flexibles y efímeras, mientras el matrimonio perpetuo ha decaído ante una colección de parejas y de cultura gay. Lo que era determinado y estable ha perdido afianzamiento y las empresas modernas navegan por vagos lugares del ciberespacio, en la imprecisión del universo Internet, donde aparecen y desaparecen como luciérnagas las start-ups.

  Lejos de consolidarse el capital de las grandes corporaciones en edificios heráldicos alzados en el corazón de las urbes, las firmas se distribuyen por las faldas suburbanas con alturas mínimas, apaisadas sobre el paisaje como entidades sin grosor. En nuestra actualidad, los artefactos son planos, las pantallas, las tarifas, las compresas son planas y hasta el universo se ha descubierto que también es plano. Los cuerpos tienden a la delgadez, la arquitectura o el arte acogen el minimal y los mensajes se expresan con pocas palabras. Simultáneamente, no hay objeto o circunstancia que no sueñe con hacerse transparente. Las cuentas de los partidos, las stock options, los presupuestos autonómicos, las becas, las fusiones de empresas, las experimentaciones científicas deben ser transparentes. Pero también los vestidos de la pasarela, los juguetes, las mochilas, los tirantes de los sujetadores, los ordenadores, las ollas, los paraguas son transparentes. Después de la edad del brillo del capitalismo de consumo -la edad del railite, del aluminio inoxidable, del plexiglás- adviene este capitalismo de la transparencia asociada a la ética indolora de los tiempos, ligera, espiritista.

  ¿Cómo abrazarse, pues, a esa realidad del siglo XXI que aparece tan descorporeizada? Contra la llegada del siglo hay una resistencia a lo que parece extraño y fantasmal, un repudio de los cuerpos por acercarse a lo virtual. ¿Será eso, no obstante, el progreso y habrá que aceptarlo? Pocas veces, como hoy, la idea del progreso ha sufrido una calificación más baja. Todavía en los años sesenta se cultivaba una idea positiva del progreso y abundaban los estudios de prospección que dibujaban un porvenir con afables marcianos, un desbordante incremento del ocio y un bienestar sexual para todos. Los últimos veinticinco años, sin embargo, desde la crisis del petróleo de 1973 y las conclusiones sobre los límites del crecimiento del Club de Roma, fueron apagando el optimismo. Desde esa crisis económica y ecológica hasta la nueva oleada de parados a comienzos de los noventa, Occidente ha vivido en la conciencia de que el futuro podría no ser el reino de lo mejor y cualquier cosa nueva podría acaso seguir una lógica funesta.

  En los sesenta se jugueteaba con los ingenios de la ciencia ficción, se filmaban odiseas del espacio, se auspiciaba un mundo al que redimiría un comunismo humano o se llegaría a un pacifismo muy natural perfumado por exhalaciones de marihuana. De todo ello, si se exceptúa la inmaterial New Age, apenas queda nada. La ciencia ficción ha perdido audiencia, los vestidos metálicos de Rabanne son disfraces vetustos y el comunismo se perfila como una grandiosa doctrina camp. Todas las ideologías de envergadura han desaparecido de una escena que tiende a la despoblación doctrinal, a la transparencia y al despojamiento del sentido. ¿Pronósticos sobre el porvenir del siglo? Demasiado aporte de energía para una inversión sentimental incierta. ¿Utopías a realizar? Una tarea demasiado pueril para estas alturas de nuestra decepción política. El mundo por el que avanzamos discurre entre los automatismos digitales que dicta la formulación tecnológica, el acusado escepticismo que enseñan los media y el fatalismo de luxe que ordena el mercado de la globalidad. Los tres elementos emparentados con el vacío ideológico que planea sobre todas las cosas.

  En lo tecnológico, la ingeniería genética o las clonaciones deciden por primera vez la posible creación de una posespecie. Y en lo tecnológico, la descontrolada expansión de Internet decide, sin ideas, la deriva de un desconocido posciudadano que compra o roba a distancia, transmuta su identidad a distancia, practica el sexo mutuo desde la más lejana web com. De otro lado, ni la clonación, ni Internet, ni el mercado se encuentran en manos de autoridad alguna. Ellos por sí solos segregan una autoridad difusa e inaprensible, influyente y descontrolada, que gobierna como un reino de los cielos, espiritual y técnico, el estilo material o moral del mundo.

  La fe en el progreso conllevó siempre la confianza en poder encauzar las fuerzas reales y para la mejora de la sociedad. El miedo al progreso sobreviene, por el contrario, cuando las fuerzas en presencia se reconocen fuera de nuestro dominio, enajenadas y acaso decididas a arrollarnos con sus azarosas convulsiones. Es el caso de los hundimientos, con aspecto de catástrofe natural, que registraron las economías emergentes en los últimos años, los súbitos desplomes de las bolsas occidentales, la secuencia de patologías (SIDA, Ébola, Marburg, dioxina, vacas locas) que se manifiesta, como en los fenómenos financieros, al modo de amenazas liberadas de causa y control. A fuerza de vivir una sucesión de impactos imprevistos, el mundo teme hoy lo inesperado, la entronización de un presente discontinuo que sorprende sin proceso y sin cesar.

  Pero, además, la época ha regresado a dramatizaciones que se daban por concluidas. Así, el final del siglo XX se ha comportado como si la historia se resistiera a avanzar y, patinando sobre sus ejes, estuviera rebobinando acontecimientos ya vividos a lo largo de la centuria. El nacionalismo, el racismo, las guerras étnico-religiosas en Europa, las nuevas pestes en África o en la India, los neonazismos, el triunfo del papado, la amenaza nuclear, han regresado en forma de reestrenos. La guerra en la antigua Yugoslavia se presentó como un mal gravitando sobre los sucesos de la Segunda Guerra Mundial, y el renacimiento de viejas ideologías nacionalistas, racistas, populistas, marcó una dirección retrospectiva hacia el corazón del siglo XX. Pero lo mismo cabe decir sobre la depresión económica y las altas tasas de paro a comienzos de los años noventa, que precipitaron la historia hacia la misma profundidad de los años treinta; o sobre el estado del arte, que, tras décadas de proclamar el fin de las vanguardias, se reitera en un pretérito crónico y una liturgia del déja vu. Incluso las mismas protestas "antiglobalización" de Seattle, Washington, Praga o París, consideradas novedad, se encuentran todas en manos de agitadores de los años sesenta (Silvia Hart, John Zerzan, Paul Dresdan) y evocan las revueltas anticulturales de los tiempos de Jack Kerouac, Malcolm Lowry o Allen Ginsberg.

  La inconsciente negación de futuro representado en la carencia de un nuevo proyecto ha inducido a una recreación del pretérito: en las artes plásticas, desde luego, donde se ha conjugado el realismo con el expresionismo, el abstracto con el minimal, las transvanguardias con el pop o el kitsch, pero también en los juegos y las preferencias de la cultura o de la moda (suponiendo que sean dos cosas). En ambas ha crecido el amor por lo pasado, lo ya usado. Las celebraciones, las conmemoraciones de muertes o de nacimientos, el auge de la novela histórica, el gusto por lo clásico y lo básico, los continuos revivals, los tomos de obras completas, las películas de culto, el fervor por los museos, el renacer de las tradiciones y folclores, la restauración de edificios y monumentos, los diseños retrospectivos, la recuperación del ruralismo, el pedestrismo y la peregrinación. Lo que ha sido más chic ha venido apuntalado por rescates y remakes. Ha crecido la venta de plumas estilográficas de modelos clásicos (en Parker, en Waterman, en Montblanc, Dunhill o Dupont) en plena era del ordenador y ha ascendido ostensiblemente la compra de puros desafiando a la batalla contra el tabaco. En Estados Unidos, pese a las leyes abolicionistas, ha crecido en un 125% la venta de habanos o similares en los tres últimos años y los fumadores de cigarros superan los ocho millones y medio. Entretanto, las mujeres han vuelto a poner los ojos en los bolsos y vestidos de Grace Kelly o de Audrey Hepburn, que vuelve con el pañuelo a la cabeza (moda verano 2000) anunciando relojes de Longines.

  En cuanto a la mayor insignia del progreso y del consumo, el coche, ha girado sus formas recientes hacia reputados modelos de otros tiempos. Ha vuelto el Beetle de los años cuarenta; ha regresado el Mini, que seguirá con versiones tradicionales en el 2001; ha llegado el Audi TT o el BMW Z8, con rasgos retrospectivos en la carrocería o en el interior. La Ford, en Jaguar ha reproducido con su S-Type de 1999 las formas del famoso MK-II y el PT Chrysler Cruiser es recuerdo de los furgones americanos de reparto en los cincuenta. Lo retro seduce y despierta interés. Además de la fase evocativa del posmodern, desde Filadelfia a Singapur, en Estados Unidos surgió, en 1995, un movimiento arquitectónico -la Retrovanguardia, según Progressive Arquitecture-, que se afana en la construcción de residencias o instituciones con frisos, arquitrabes y columnas dóricas. Sus maestros eximios son Vitruvio o Paladio, y sus paladines más cercanos, Henry Hope Reed, fundador de la Classical America, o John Russell, autor de la National Gallery of Art de Washington. Estos jóvenes arquitectos (Michael Dwyer, David T. Mayernik, Richard Cameron, Richard Franklin o Donald Ratnner) recibe, además, el apoyo práctico y teórico de un veterano como Robert A. M. Stern, en cuya opinión, "la gente joven está tratando de encontrar las raíces de la tradición".

  La tradición en las casas, y también en los muebles, tanto en Estados Unidos como en la Europa de los últimos años. Así, el diseñador Rodolfo Bianchi (profesional de las firmas Elam, Habitat Italiana y Fax) decía a mitad de los noventa: "Il Salone de Milán ha confirmado la vuelta atrás, el miedo a osar, la tendencia a eludir el riesgo y, por lo tanto, a equivocarse. Es como si detectara un cierto aire juicioso en torno al principio de la familia. Como si, en Europa, se quisiera regresar al mobiliario de la abuela...". O más lejos: de hecho, en Bruselas, según una encuesta de 1994 publicada por la revista Actuel, el 70% de los ciudadanos respondieron que habrían preferido vivir en otra época.

  Este cariño por la retrocesión no sucedía a finales del XIX, pero incluso tampoco hace treinta años. Aquel grito juvenil y constante del now! reclamando la revolución social, la revolución política, la revolución sexual de los sesenta denotaba un fuerte apego al ahora mismo. Pero de nuestro "ahora mismo", sin embargo, lo que se desea es que no sea, o no sea, al menos, con todas sus consecuencias. Que no resulte ser un presente cargado de las responsabilidades y deberes respecto al porvenir y sí un periodo estabilizado en la frontera finisecular rotando sobre su propio intervalo. Detenido en su memoria tal como si una melancolía por lo que se dejó atrás no consintiera seguir adelante sin acarrear también las pertenencias. O mejor: los signos de esas pertenencias, expurgadas ya de su contenido histórico profundo. Amadas como recuerdos, pero expoliadas de significado.

  El amor por el pasado ha existido en todas las épocas y es una condición indisociable de la idea del progreso. Sin un pasado representado por los ritos, las tradiciones y la memoria no puede haber raíces, y sin raíces, los seres humanos se ven condenados a quedarse aislados en el tiempo, sin proyección hacia adelante. "En todas las épocas en que ha florecido la fe en el progreso", escribe Robert Nisbet en Historia de la idea del progreso, "una de las cosas fundamentales ha sido el recuerdo del pretérito". Pero la cuestión radica en que tal memoración, para ser efectivamente progresista, debe implicar una visión de la historia como proceso y fuerza creadora. Cosa muy distinta a la clase de memoraciones que se hacen hoy. De un lado, la historia que se evoca es ante todo la historia más reciente, no la historia profunda; o bien la invocación que se propone es tan distante que se trata de los dinosaurios, Atapuerca; o de Velázquez y Carlos V flotando sin necesaria conexión. En todos los casos se presenta y pasa como episódicos fenómenos de moda.

  El uso, en fin, que suele hacerse del pasado es equivalente al que se haría de un largo muestrario de estilos dispuestos para ser convertidos en ocasiones de distracción. Es decir, para hacer de lo vivido un pretexto de la temporada, sin más objeto que la intrascendencia del revival. Las recuperaciones del pasado han tenido siempre lugar, pero lo característico de estos años es que los rescates del arte, por ejemplo, no buscan ensanchar la visión artística ni establecer un diálogo crítico con el pretérito; simplemente extraen artículos de aquí y allá para amenizar las demandas del consumo. Su voluntad no pretende ser subversiva, sino preservativa; su fin no es inquietar, sino entretener.

  El revival es, de hecho, un festival frívolo a cuya luz todo es falso y, por lo tanto, protegido contra la angustia de lo real. El revival juega con las décadas como un malabarista juega con las bolas. Las cambia de mano, altera su orden, sustituye su evidencia y, por razón de su indiferencia, suspende el tiempo. Es, pues, un recurso muy consolador porque a partir de su sistema el sujeto se desembaraza de su limitación temporal y se convierte en un habitante inmortal. Espectador de una escena, donde la celeridad con que corre la cinta hacia lo ya sabido le exime del castigo de sufrir su propia decadencia. El revival es así como el sucedáneo de un ojo teológico que comprende en su pupila lo pasado y lo porvenir. Todo cabe en su lente, lo viejo o lo nuevo, como materias primas para ser reprocesadas como "novedad".

  La oferta del revival es así demasiado perfecta como para olvidarla cuando se teme al porvenir. Su simulacro desbarata y crea la fantasía de hallarse a salvo del fin del tiempo. Es decir, poseyendo esos objetos de entonces -haciéndolos parte de nosotros- obtendríamos no ya la supuesta restitución del pasado, sino, ante todo, la ilusión de que el tiempo no pasa -es reversible- y, en consecuencia, no pasamos. Y no pasa nada.

  Este deseo se manifestaba en un número de la revista Marie Claire donde se informaba, en octubre de 2000, sobre el estilo de esta temporada. ¿Qué se lleva en el invierno 2000-2001? Depende de hasta dónde se prefiera llegar en la reversibilidad de la historia. Las firmas Prada, Dell'Acqua y Miu Miu, por ejemplo, proponen la silueta de la mujer fatal y masculinizada a lo Joan Crawford, pero Chanel, Celine o Ferreti se inspiran en las figuras de Kim Novack de los cincuenta con coordinados de pop-art. ¿Más cerca? Valentino selecciona la figura de Jackie Onassis de los años sesenta, Dolce & Gabbana recrea el pop de esos años, brit y florido, mientras Moschino o Botega Venneta presentan modelos con lentejuelas, envueltas en pieles, calzadas con botas y tocadas con pamelas o fedoras, años setenta. En cuanto a los ochenta, Chloè y Dior siguen los pasos de Linda Evans, una apariencia rica y exagerada del gusto del Warhol más decadente. "Sofisticada ironía y extravagante superficialidad", sentencia, con plena pertinencia, Marie Claire.

  El presente patina sobre su extravagante superficie de caleidoscopio y en ese tiempo se representa una batería de estilos vividos, sueltos, mezclados, invertidos, como en el mercadillo planetario de fin de siglo, donde todo se liquida o se subasta en una exhibición sin límites. Al cabo, la posmodernidad es esto: la desaparición de los grandes relatos con su solemne final y el estallido de una metralla de pequeñas historias sinfín, como los capítulos de un telefilme reversible.

  El posfeminismo, la possexualidad, la posciencia, el arte poshumano, la posreligiosidad, la poseconomía. Hoy todo es pos, prolongación o excrecencia de lo preexistente.

  En lugar de los anteriores ismos, que significaban progresión y movimiento, ahora se trata sólo de pos, el punto crítico donde la capacidad de evolución ha cesado y lo que sigue no es producto de su movilidad intrínseca, sino de un aplazamiento de su defunción. El límite se retranquea no para darle mayor grandeza cualitativa, sino sólo para agregar repeticiones y revivals. El pos es un plus que no niega su procedencia mediante un anti ni la supera con un neo, o la hace evolucionar con un ismo. Representa lo anterior a la manera de un espectro y es por esto que carece de auténtica fuerza vital. Lo pos es como el crecimiento de las uñas y los cabellos después de la defunción, es el caminar de las ocas o de las gallinas después de haberles seccionado el cuello. Se vive en una prórroga de lo precedente, pero de tal modo, que ese movimiento no es de la naturaleza de la vida, sino un gesto inercial, o inerte. Lo pos crea aquí y allá un paisaje de ediciones póstumas y genera en su conjunto un paisaje de cam- pos -anto.

  En general, ésta es la luctuosa -y lujosa- sensación que se recibe de las diferentes manifestaciones de nuestra época, en la moda del revival, en el gusto por lo retro, en la obsesión por las antigüedades, en el glamour de los vintage, en la omnipresencia industrial del reciclaje, en la adoración del kitch. Todo se prorroga en la vida un poco más. No para darle una existencia nueva o diferente, no para revolucionar o subvertir lo vivido ni para ensayar un proyecto nuevo, sino sólo por la compulsión para diferir el fin. Es el mismo expediente del aumento de la esperanza de vida o la prolongación de la vida humana mediante métodos artificiales o a través de los fármacos que ahora se ensayan con la lombriz Caenorhabditis elegans. No parece existir otra idea para la existencia que no sea el estiramiento, el lifting, la respiración artificial. No una vida resucitada, sino el modelo de vida de las células cancerosas, que es una vida cuantitativa e indiferente, obtenida de un plus de lo mismo y sin destino mayor.

  El mundo occidental está colmado de medios, de productos, pero desertizado de fines; cargado de teléfonos celulares, ordenadores de automóviles, agendas electrónicas, alta definición, máxima computerización empresarial, infinidad de instrumentos de comunicación sin que se tenga nada nuevo que comunicar. El regreso a estilos pasados es una expresión de la nostalgia por el perdido sentido de la vida. El simulacro de la ruptura hacia atrás del pos es la mueca ante la dolorosa incapacidad de romper hacia adelante. La pitonisa pronostica una transformación milenaria, los políticos y economistas se esfuerzan en anunciar el advenimiento de un nuevo orden mundial, los integristas (en el Vaticano o en el Islam) pregonan la conversión de sus adversarios. Nada, sin embargo, es real. El porvenir parece ciego o mudo. Una muralla de cristal en la barrera del fin del siglo y contra la cual todo rebota. Reinventar el pasado, recordar el futuro consumado por anticipado, es la consigna del pensamiento y del estilo del mundo. El siglo XX parece haber sido el último siglo sólido y real, porque ¿qué decir de la nanotecnología, de la inteligencia artificial, de la RV?

  El siglo XX ha sido el último tramo de la historia en que ha predominado el espacio tangible sobre el espacio impalpable, el dinero metálico sobre el invisible, la vida sobre el alargamiento de la vida, la muerte sobre la ficción mediática, la ideología sobre la ironía, la realidad sobre el reality show.

  El 2001 fue, desde la leyenda literaria de Arthur C. Clarke, el punto de encuentro crítico con el futuro. El momento en que el destino nos situaba como en un dorado punto espacial desde donde proyectar nuestras reformadas utopías, actualizar nuestras ilusiones, edificar nuestras ciudades encantadas. Sin embargo, el mundo que se reconoce en este momento mítico llega cargado de varios temores arrastrados del siglo anterior (desde la amenaza nuclear al paro, desde las manipulaciones genéticas hasta la corrupción política, desde las mafias a las migraciones, desde las catástrofes ecológicas al terrorismo) y sin los irresistibles estímulos del progreso. El siglo XXI no sólo carece de una persuasiva novedad, sino que desvanece las creaciones líricas, conceptuales y mitológicas que fueron fundándose en la segunda mitad del siglo XX. La llamada carrera espacial, por ejemplo, que hacía creer en caminos hacia otra realidad simbólica, se ha suspendido como un sueño si se trata de pensar en los habitantes de otros planetas. Las estaciones espaciales con navegantes orbitan en las proximidades, sin excursiones más allá de una distancia entre capitales cercanas. Los relatos extraterrestres se han confirmado como entretenimiento de niños o cinéfilos, mientras los demás han dejado de soñar con los aportes de un futuro supertecnológico y superguay, obsesionados con la vivienda, el empleo y los planes de pensiones. Frente a la supuesta ilusión de un siglo incalculable y feliz, el rechazo a la aventura irreal del nuevo siglo. Frente al mito del Superman confiado y veloz han llegado los Simpson.