Trabajo, producción y sostenibilidad:
Sociedades preinteligentes

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ALBERTO GARCÍA ESPUCHE

 

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Este ensayo reproduce el primer artículo del libro editado por Joaquín Arriola y Albert García Espuche: Trabajo, producción y sostenibilidad Centre de Cultura Contemporània de Barcelona/Bakeaz, Barcelona 2002 (ISBN: 84-88811-79-9). El libro se completa con el resto de las ponencias del VI Seminario Urbano, organizado conjuntamente por el CCCB y Bakeaz en octubre de 2001, el segundo de una serie de tres que aborda la reflexión y la difusión sobre las cuestiones relacionadas con la sostenibilidad, en el cual participaron: Joaquín Arriola "El trabajo ante la crisis ecológica del capitalismo"), Antoni Domènech ("Trabajo, racionalidad y sostenibilida"), Vicent Alcántara ("Trabajo, producción y crisis ecológica"), Daniel Raventós ("Trabajo(s) y renta básica"), Armando Fernandez Steinko ("Participación y complejidad para el desarrollo") y Josep Puig i Boix ("de la utopía al programa").

Los que nada tenemos que ver con el análisis científico del modelo económico que hoy prevalece en el mundo, y menos aún con su defensa o puesta en práctica, podemos hacernos, desde nuestra bendita ignorancia, preguntas del todo ingenuas. Ante nuestros ojos inexpertos se presenta un mundo extraño, bastante incomprensible. Un mundo que aparece, en cambio, perfectamente razonado y explicado por economistas irrebatibles.

En principio, parecería lógico que, en cada momento histórico, las sociedades definieran sus necesidades, ordenándolas democráticamente según prioridades aceptadas en común. Y que escogiesen, en consecuencia, qué recursos humanos y materiales dedicar a satisfacerlas. Es decir, se trataría de decidir, en cada lugar y en cada momento, qué ser y qué tener, para después proponer con qué esfuerzo y con qué medios lograrlo.

Las cosas no ocurren así de momento. Quizás ello fue posible en las sociedades llamadas primitivas, aunque bastante sensatas, estudiadas por el antropólogo Marshall Sahlins en su célebre Economía de la Edad de Piedra. Escribía el autor en esa obra, publicada en 1974 pero que recogía y revisaba artículos escritos desde 1965: "Se dice que de un tercio a la mitad de la humanidad se acuesta todos los días con hambre. En la antigua Edad de Piedra la proporción debe de haber sido mucho menor. Esta en la que vivimos es la era de un hambre sin precedentes. Ahora, en la época del más grande poder tecnológico, el hambre es una institución". En ese contexto de análisis, Sahlins le daba la vuelta a una idea comúnmente aceptada y afirmaba: "el hambre aumenta relativa y absolutamente con la evolución de la cultura". Y refiriéndose al trabajo realizaba otra negación de lo comúnmente establecido para asegurar: "la cantidad de trabajo (per capita) aumenta con la evolución de la cultura, y la cantidad de tiempo libre disminuye". Según él, en las sociedades de recolectores una semana de trabajo suponía alrededor de 15 horas, o un promedio de dos horas y nueve minutos por día, una cifra que no puede menos que recordarnos la propuesta del colectivo Adret, Trabajar dos horas por día, razonada en el libro del mismo título publicado en 1977, como deseable y posible en una sociedad como la nuestra.

No vamos a entrar aquí en la comparación de las sociedades primitivas con las actuales, aunque conviene recordar que en el primer seminario de esta serie se subrayó el hecho de que existen hoy en día, realmente, dos humanidades: una que, aún manteniendo en su seno la desigualdad y la injusticia social, se basa en la abundancia y el derroche; y otra que está de momento condenada a la más absoluta de las miserias. De tal manera que si bien es cierto que nunca como hoy había habido tantos ricos y tanto bienestar en la Tierra, no es menos cierto que nunca como hoy habían existido tantos desheredados y tanto sufrimiento en ese mismo planeta.

Pero supongamos la no existencia de esas dos humanidades e imaginemos que tan sólo existe la parte que se ha venido en definir como desarrollada. Será por falta de comprensión de los complejos procesos económicos que se producen en las sociedades contemporáneas, pero el caso es que podemos quizás pensar que, si se ha superado a aquellas sociedades primitivas, ha sido para pasar a otras que, pese a ser hábiles y avanzadas en muchos campos, podríamos calificar, todavía, de sociedades preinteligentes.

Una sociedad inteligente, por ejemplo, no fabricaría las baterías de los automóviles de tal manera que durasen justo un mes más del tiempo de validez de la garantía. Una sociedad inteligente no haría eso, satisfecha con que tal procedimiento mueve la economía, sino que ahorraría materia, energía y trabajo fabricando baterías que durasen lo máximo posible.

Si nos atenemos al tema del seminario, el trabajo y la producción, hay que decir que en estas sociedades pre-inteligentes los esfuerzos que realizan las personas asalariadas (las únicas que se acepta oficialmente que trabajan) se dedican a producir bienes materiales o inmateriales que ellos normalmente no han decidido crear, para satisfacer, supuestamente, necesidades que no han tenido ocasión de definir. Pero a cambio reciben, no sin dificultades y arduos esfuerzos, un elemento de intercambio, el dinero, que les brinda la posibilidad de conseguir lo que quieren, o, mejor dicho, lo que realmente pueden obtener entre lo que se ofrece en el mercado.

Dos problemas, por lo menos, aparecen con una cierta nitidez. El primero es que, a falta de un proceso democrático de construcción social de las necesidades y de sus prioridades, no está nada claro si lo que el individuo de estas sociedades busca satisfacer es una necesidad necesaria (prioridades), una necesidad generalizable en su satisfacción (justicia y acceso universal), o una necesidad impuesta por la propia maquinaria de la producción (dictadura de la oferta), maquinaria que tiene en este sistema unos grados enormes de autonomía. Dejemos estas cuestiones, que tienen que ver con las necesidades y el consumo, para el próximo seminario de esta misma serie, Necesidades, consumo y sostenibilidad, a celebrar en octubre de 2002.

Hablemos brevemente del segundo problema: la independencia del esfuerzo y de su fruto respecto de algunas variables. Es decir, tratemos ahora del hecho de que, cuando el trabajo es remunerado, se trabaja para obtener un elemento de intercambio, y no porque el producto del esfuerzo sea, siempre, ni mucho menos, socialmente necesario. La alienación que ello supone ha sido analizada y denunciada, pero se ha analizado con menor frecuencia la relación que la lucha contra esa alienación puede tener con la definición de las necesidades, con el razonamiento sobre los trabajos necesarios, y con los efectos provocados en el medio ambiente.

Los efectos que produce la independencia con que se abordan el trabajo y su producción, sin tener en cuenta los efectos sobre los recursos utilizados y sobre el medio en que se actúa son crecientemente graves. Fuera de algunos casos en los que ha habido reivindicaciones consolidadas, el sistema dominante organiza el trabajo y la producción sin tener demasiado en cuenta si lo que se crea y cómo se crea tiene consecuencias perniciosas, a veces irreversibles, en los sistemas naturales.

Al trabajo se le asocian unos valores casi absolutos, ligados al derecho al empleo, al salario justo, al reconocimiento social, a la realización personal, etc. Pero conviene cuestionarse, en relación a un modelo de comportamiento sostenible (ecológicamente posible y duradero, y además socialmente equitativo), qué consecuencias tienen el trabajo y su producción. Trabajar ¿para hacer qué y haciéndolo de qué manera?

Actualmente, en un contexto que llamamos globalización y que ha agudizado mucho determinados procesos, aumentan los problemas no sólo en relación al medio ambiente, sino en relación a los trabajadores. Por un lado, se produce, por ejemplo, un aumento del transporte de materias y de productos acabados, con sus consecuencias en el incremento del gasto energético, etc.; por el otro, se dan nuevas condiciones de división internacional del trabajo y de explotación de la mano de obra, crecientemente alejada del centro y, sobre todo, crecientemente explotada.

Sin duda, las variables que tienen que ver con el trabajo, con la producción, con los trabajadores, con el medio ambiente…están relacionadas. Producir lo necesario y hacerlo con criterios de sostenibilidad tiene forzosa y positivamente que ver con dedicar el menor tiempo posible a trabajos duros, peligroso o alienantes. Calmar el trabajo, en un sentido parecido al de calmar el tráfico, llevaría a trabajar menos horas, y no sólo para repartir el trabajo y luchar contra el paro, sino para trabajar menos produciendo menos bienes superfluos, eliminando la obsolescencia planificada, consumiendo menos recursos y energía, etc. En ese mismo sentido, la implantación de la renta básica ayudaría considerablemente, al desligar la subsistencia del trabajo remunerado.

Si las vías de futuro que estas sociedades pre-inteligentes deberían explotar pasan por la discusión sobre qué tipo de trabajo para hacer qué, parece obvia la relación que se establece con las cuestiones que tienen que ver: con el sentido e interés personal y colectivo del trabajo; con la capacidad de autogestión; con la definición del trabajo necesario y del trabajo indeseado; con las preguntas sobre quién, cómo y con qué contrapartidas se debe realizar el trabajo indeseado, ese que la lógica del capital y del mercado asigna a la mano de obra del tercer mundo y a los desfavorecidos del primero. De todas estas cuestiones se ha tratado antes de ahora. André Gorz lo hizo en forma de denuncia y de provocación en algún texto, como en aquella Utopía entre otras posibles, publicada en 1975. Allí, un programa político utópico proponía tres puntos básicos para cambiar la sociedad: trabajar menos, consumir mejor, integrar la cultura en la vida cotidiana de todos. En el primer punto, que nos atañe especialmente en este seminario, la propuesta de Gorz pasaba, de hecho, no sólo por trabajar menos, sino por trabajar también mejor y de otra manera. Y aquí ya se afirmaba: "Todo adulto tendrá derecho a todo lo necesario, tanto si tiene o no un empleo" (renta básica universal). Y también: "(Nadie) deberá ejecutar durante más de tres meses seguidos las tareas más ingratas… cada cual, hasta los cuarenta y cinco años, asumirá esas tareas durante doce días por año en promedio" (reparto del trabajo indeseado).

Pero ahora, pasados más de cinco lustros desde el texto utópico de André Gorz, existe una diferencia esencial. Aunque el estado del mundo ha empeorado considerablemente, tanto en el aumento de las desigualdades, como en la situación de los sistemas naturales, ahora la utopía ha empezado a entrar lentamente en los programas políticos. E incluso, aunque con cuentagotas, en su aplicación. El futuro inmediato nos dirá si estas sociedades pre-inteligentes podrán empezar a pasar de la utopía a la mejora auténtica. Si no lo hacen pronto quizás será demasiado tarde.


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