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Una nueva era del terrorismo internacional

FERNANDO REINARES

 

  La asombrosa serie de atentados perpetrados el pasado martes contra edificios emblemáticos de la economía y la defensa estadounidenses, ocasionando probablemente miles de víctimas mortales, marca por su magnitud el final de una tendencia observada en la evolución reciente del terrorismo internacional y apunta al inicio de una nueva era en el desarrollo futuro de dicho fenómeno. Desde que se produjo el colapso de los regímenes comunistas otrora existentes en el espacio europeo central y oriental, el terrorismo ha completado su proceso de transnacionalización, consolidando una vinculación simbiótica con otras formas de delincuencia organizada que igualmente traspasan las fronteras estatales. Pero, al mismo tiempo, el terrorismo internacional ha venido registrando un progresivo incremento en sus tasas de letalidad, con cada vez mayor presencia, entre quienes lo instigan o practican, de personas motivadas por credos religiosos de indudables connotaciones fundamentalistas. También son apreciables ciertas modificaciones en sus formas de articulación organizativa. Estas circunstancias están a su vez asociadas, como señalaré más adelante, a cambios observados en el patrocinio estatal y extraestatal de semejante violencia, sin duda una de las principales amenazas para la estabilidad de las democracias y la seguridad global al comenzar el siglo XXI.

  Ante unas audiencias nacionales y mundiales cada vez más desensibilizadas respecto a la realidad del terrorismo internacional, los grupos armados clandestinos que lo llevan a cabo han optado, a lo largo de los últimos diez años, por atraer una mayor atención pública y suscitar cotas más elevadas de alarma social mediante innovaciones en sus pautas de victimización. Tratando, en concreto, de que los atentados resulten, además de muy espectaculares, altamente indiscriminados y extraordinariamente letales. No en vano la proporción de víctimas mortales por cada incidente atribuido al terrorismo internacional se incrementó de manera significativa durante el mencionado periodo de tiempo en relación al decenio anterior. Ahora bien, esta creciente letalidad obedece también al influjo de idearios carentes de restricciones morales para el homicidio masivo. Como ocurre con determinadas actitudes y creencias inherentes a los fundamentalismos religiosos. En especial cuando las víctimas designadas son ajenas a la propia fe, pues se ejecutan como una obligación divina, en respuesta a demandas formuladas en términos teológicos, a mandatos que se pretende extraídos de escrituras sagradas o a las admoniciones de clérigos influyentes. Es aquí donde encuentran acomodo y recompensa los terroristas suicidas, si bien, lejos de actuar espontáneamente, intervienen siempre en operaciones minuciosamente planificadas. Empero, frente a lo que comúnmente se piensa, este terrorismo de inspiración religiosa no sólo afecta a la tradición islámica. La violencia motivada por dogmas teocráticos se ha desarrollado también a partir de sectores fundamentalistas de origen tanto cristiano como judío, al igual que acontece con determinados cultos asiáticos. Determinadas subculturas extremistas, tanto en la sociedad estadounidense como en la israelí o la japonesa, ofrecen justificaciones religiosas para el uso del terrorismo.

  Por otra parte, el terrorismo internacional se manifiesta en la actualidad a través de entidades relativamente amorfas, con estructuras menos cohesionadas y un contingente de activistas más difuso. Estas mutaciones organizativas ofrecen nuevas oportunidades para su patrocinio por parte de gobiernos y actores no gubernamentales. Por ejemplo, existen suficientes enclaves, ciertamente en sus países árabes de origen, pero también entre comunidades inmigrantes establecidas dentro de las sociedades occidentales, donde hay individuos inmersos en movimientos fundamentalistas islámicos y dispuestos a implicarse tan ocasional como obedientemente en actividades terroristas. Junto a ellos abundan los combatientes integristas de varias nacionalidades, excedentes de conflagraciones bélicas recientes y dispuestos a convertirse en agentes de conspiraciones transnacionales. Unos y otros pueden ser utilizados para llevar a cabo actividades propias del terrorismo internacional, ocultando así la implicación de los promotores, interesados en eludir posibles represalias militares o sanciones económicas por su conducta. De este modo, un buen número de los más graves incidentes de terrorismo internacional llevados a cabo en la última década ni siquiera han sido reivindicados, lo que parece indicar que dicha violencia se ha convertido, para quienes la instigan o ejecutan, en un fin en sí misma cuyo sentido no requiere de comunicados adicionales para cuantos la aplauden, aunque la incertidumbre sobre su procedencia exacta genere gran desasosiego entre los afectados. Al mismo tiempo, no reclamar autoría permite aflojar los constreñimientos autoimpuestos o ajenos con que se produce la violencia, favoreciendo así su mayor letalidad.

  En cualquier caso, sea a través de esta modalidad de enlace o mediante el concurso de organizaciones armadas especializadas en la práctica del terrorismo y con activistas profesionalizados, o incluso recurriendo a agentes oficiales actuando de manera encubierta, nada indica que el patrocinio estatal de dicha violencia vaya a desaparecer en el futuro inmediato. Tras el final de la guerra fría, las redes del terrorismo internacional se han reconstituido durante la década de los noventa, en parte gracias a algunos ligámenes previos que han perdurado. Engarzando ahora sobre todo a una serie de gobiernos y grupos que, aunque forman un colectivo heterogéneo y con intereses geoestratégicos a menudo contrapuestos, comparten, no obstante, una concepción fundamentalista del credo islámico, gran sensibilidad respecto a los avatares de la causa palestina y, en especial, una extraordinaria irritación hacia la política estadounidense en Oriente Próximo. Estados que de una u otra forma se han encontrado implicados en la trama son los de Irán, Siria, Irak, Libia, Sudán y Afganistán. Con todo, en relación al terrorismo internacional imputable al fundamentalismo islámico conviene distinguir entre el directamente instrumentalizado por determinadas autoridades estatales en el marco de su política exterior y otro menos condicionado por un centro permanente de decisión en este sentido y más nebuloso en sus manifestaciones de virulenta hostilidad hacia lo occidental, que no siempre se acomodan al parecer de aquéllas.

  Esta última variedad del radicalismo islámico transnacionalizado, que funciona en buena medida gracias a la circulación de los aludidos activistas excedentarios de distintas contiendas armadas y en busca de alguna guerra santa en que participar, sería también expresión de una dinámica global más amplia en que las entidades estatales han perdido centralidad como actores de la vida política internacional. De hecho, como novedad, han aparecido en este escenario incluso individuos con autoridad y capacidad suficientes como para promover actividades terroristas susceptibles de afectar la estabilidad de enteras regiones en conflicto e incluso del orden mundial en su conjunto. Especial notoriedad entre los protagonistas de esta privatización parcial del terrorismo internacional adquiere Osama Bin Laden. Se trata de un multimillonario de origen saudí que con su dinero ha financiado reiteradamente la comisión de atentados, así como campos para el entrenamiento de grupos armados en territorio afgano, donde se reúnen antiguos combatientes árabes de distintas nacionalidades que lucharon en el pasado frente a la ocupación soviética con el decidido apoyo de los servicios secretos estadounidenses y ahora, paradójicamente, se benefician del amparo concedido por el Gobierno de los talibán, que accedieron al poder en 1996.

  En conjunto, los cambios registrados en la articulación organizativa del terrorismo internacional, su relativo bajo coste en comparación con otras formas de violencia colectiva y la persistencia de un patrocinio estatal o extraestatal del mismo en la multipolar arena internacional actual permiten anticipar que tan desbaratador fenómeno seguirá existiendo, con fluctuaciones periódicas, adaptado al escenario de una sociedad mundializada y a la era de la información. Adquirirá mayor relevancia en ámbitos geopolíticos distintos a aquellos, como Europa occidental y Oriente Próximo, donde hasta ahora se ha manifestado con particular insistencia. Lo cual alude no sólo a Estados Unidos, sino también, como por otra parte viene ya ocurriendo, a países latinoamericanos, africanos y asiáticos. Más aún si tomamos en consideración la vulnerabilidad constitutiva de estas últimas sociedades crecientemente urbanizadas pero con importantes segmentos de la población en situación de precariedad o afectados por una acuciante crisis de identidad debida en buena parte al mismo acelerado proceso de mundialización en curso, que interconecta económica y tecnológicamente a los habitantes del planeta. Además, la constatada tendencia a una mayor letalidad hace que, después de las cotas de destrucción masiva de personas y bienes alcanzadas en los atentados de Nueva York, Washington y Pittsburgh, resulte más verosímil que en el pasado la eventual deriva del terrorismo internacional hacia el empleo, calculado o a la desesperada, de municiones que siguen proliferando y cuyo potencial destructivo excede con creces al del armamento convencional. Es decir, de componentes químicos, bacteriológicos e incluso nucleares.