Tristeza Cívica

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BENIGNO PENDÁS (*)

 

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Conviene establecer desde ahora mismo algunas ideas claras y precisas, para que nadie se llame a engaño ni pretenda sacar provecho de una debilidad inexistente. Principio básico: España es el sujeto histórico que sirve de marco, sin limitación temporal, a nuestra convivencia social y política. El derecho a ser españoles pertenece también a las generaciones futuras y no puede ser enajenado por hipotéticas mayorías coyunturales, ni por la presión conjunta de la violencia y el oportunismo. Álava, Guipúzcoa y Vizcaya son parte constitutiva de España. En este contexto, el País Vasco disfruta de un grado de autonomía superior a cualquier otra entidad infraestatal en Europa. Hasta aquí las reglas del juego.

Por desgracia para todos, la historia del nacionalismo vasco es la crónica de un fracaso lamentable. El PNV y sus satélites han sido incapaces de aprovechar, en beneficio general, el proyecto de vida en común que ofrece la España constitucional: paz, progreso y libertad como ejes de la incorporación (irreversible y definitiva) de nuestro país a la modernidad. España, a la altura de los tiempos. Igual que todos y mejor que la mayoría en muchos aspectos. Es, sin duda, un proyecto sugestivo en el sentido orteguiano. El nacionalismo excluyente ha producido, por el contrario, una sociedad dual, atemorizada por una banda de criminales que pierde cada día posiciones según todos los índices macroeconómicos, exporta exiliados y presenta una imagen siniestra de muchos lugares antes privilegiados.

Ésta es la realidad del pueblo vasco, ídolo falso y prisionero en la práctica de intolerantes y sectarios. Víctima de una ideología demencial, la más reaccionaria de Europa. Apelar al sano sentimiento jurídico popular; añorar un Estado «völkisch»; jugar con argumentos racistas... Nazismo puro. Nadie en las democracias contemporáneas se atreve a llegar tan lejos, ni siquiera Le Pen y sus amigos. Quiere hacer de aquella tierra un desierto y luego llamarlo paz, como denunciaba Tácito de las antiguas guerras. No lo van a conseguir, porque, como bien sabía don Miguel de Unamuno, «el desierto oye, aunque no oigan los hombres». El nacionalismo ha dilapidado el honroso derecho de mucha gente de bien a ser españoles y a ser vascos, con plena normalidad en una y en otra condición. ¿Quiere también enterrar su derecho a ser europeos?

El despropósito anunciado en el debate parlamentario manipula, una vez más, términos ya conocidos. Se trata de buscar esa «equidistancia» sombría entre la Constitución y los asesinos. Si somos benévolos, el lenguaje de Ibarretxe recordaba, hasta ahora, al tibio personaje de Goethe: «Cuando cree haber dicho una cosa atrevida, no cesa de limitar, modificar, quitar y poner...». Ahora va más allá. Quiere provocar, pero sólo produce hastío: otra vez Estella, de nuevo el documento de julio pasado. Leamos el texto desde el punto de vista de las ideas políticas. Los nacionalistas dan por supuesto el derecho de autodeterminación. Siempre atentos a la moda, descubren la soberanía compartida (¿Gibraltar?; ¿Perejil?) y apuntan a un extravagante Estado libre asociado (Puerto Rico, quizá). Lenguaje maximalista, que repugna a la inmensa mayoría. Desde su asteroide (hay más de cien mil sólo en el sistema solar), el lehendakari regresa a la tierra: planea la reforma del Estatuto; aplaza la ilegal consulta popular; reclama nuevas competencias y funciones; amenaza con tomarlas por vía de hecho: insólito es el adjetivo más suave. Pero, ¿es así como se proclama la soberanía? Léase con atención sobre este punto la Tercera del sábado de José Antonio Zarzalejos. Formula Ibarretxe distinciones artificiosas. Palabras sobre palabras que nada significan. La realidad es sencilla: la ideología cerrada combinada con el poder absoluto conduce al totalitarismo.

Saben de sobra los estrategas de la tensión cuál va a ser la respuesta ante el nuevo desafío: son tantas veces ya... Los dos grandes partidos nacionales hablan claro y hablan bien; ojalá no reaparezcan tentaciones inútiles. Nadie se engaña por la coincidencia del golpe policial a ETA con el anuncio de nuevos gestos en favor de Batasuna o sus sucedáneos. El PNV sigue dando juego a quienes sustentan sin pudor el terrorismo. ¿Cómo se entiende el recurso de inconstitucionalidad contra la ley de Partidos? Todo sea por un puñado miserable de votos radicales. La propuesta se plantea, con la delicadeza habitual, días después de otro crimen infame... España va a continuar su devenir histórico porque es una nación firme y segura de sí misma. La dignidad no es negociable. La vida irrepetible de cada ser humano está por encima de locuras fanáticas y egoísmos mezquinos. Defendemos la justicia y el pluralismo, principios nucleares de la legitimidad democrática. Pero, sobre todo, amamos la vida civilizada y la sociedad abierta en contra de quienes demuestran su miedo (a veces, pánico) hacia la libertad, ese «fruto delicado», como decía Lord Acton.

Los españoles hemos aprendido, después de mucho dolor, a pensar desde nuestra perspectiva propia acerca de estos asuntos. Repito algo que escribí hace poco, a propósito de la pobre Silvia, la niña asesinada en Torrevieja: «Se trata de pensar en nosotros y no en ellos, esto es, en los que se dicen nacionalistas y se comportan como reaccionarios y defensores de privilegios absolutistas». Vamos a ganar la batalla contra los criminales y vamos a triunfar en la contienda política, sin ceder ni un milímetro ni alterar las reglas del Estado de Derecho. Hay una respuesta única ante las doctrinas soberanistas, más o menos diluidas o enrevesadas. Sólo hay un poder constituyente: la decisión del pueblo español se llama Constitución y está plenamente en vigor.

El domingo, día de fiesta campera, han vuelto las palabras gruesas (tal vez con formas menos agresivas) para intimidar a unos y provocar a todos. Las hemos oído ya muchas veces. Se comprende el cansancio infinito que afecta a tantas personas honradas. Padecemos esa suerte de «tristeza cívica» que invade al melancólico personaje de Dostoievski. Lo hemos intentado todo. Pero, pase lo que pase, no vamos a desfallecer, porque la España moderna y constitucional es -aquí y ahora- la herencia más valiosa que queremos dejar a nuestros hijos.

(*) Benigno Pendás es Catedrático y profesor de Historia de las Ideas Políticas


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