Inicio

Artículos

Consecuencias macroeconómicas de la Unión Monetaria Europea

Imprimir

VÍCTOR M. CUEVAS (*)

Introducción

El proyecto de la Unión Monetaria Europea (UME, en lo sucesivo) consiste esencialmente en la creación del Banco Central Europeo (BCE), la adopción del euro como moneda única, y la renuncia de los países afiliados a ejercer una política monetaria y una política cambiaria autónomas. De esta manera, el BCE será la institución encargada administrar la nueva moneda, así como de formular e instrumentar una política monetaria común para los 12 países de la llamada zona euro. (1)

El primer semestre de 2002 reviste gran importancia en razón de que, durante ese periodo, monedas como el franco francés, el marco alemán, la lira italiana y la peseta española serán sustituidas por el euro. Es decir, del 1 de enero al 30 de junio del referido año el euro circulará conjuntamente con las diferentes monedas nacionales, a las que irá reemplazando progresivamente. De esta manera, a partir del 1 de julio de 2002 el euro será la única moneda de curso legal en la región.

En este artículo se analizan las repercusiones de la UME en la macroeconomía y los negocios. En la primera sección se analizan las consecuencias de la UME en los ámbitos monetario y cambiario. En la segunda sección se abordan sus efectos en el manejo de las finanzas públicas. Y en la tercera se hace un balance de las ventajas y las desventajas que la UME entraña, tanto para las economías involucradas como para los negocios que en ellas operan. Finalmente, se presentan las conclusiones.

Las políticas monetaria y cambiaria dentro de la UME

La UME implica la pérdida de la soberanía monetaria y cambiaria para los países afiliados. El principal órgano de toma de decisiones del BCE es la junta de gobierno, donde los diferentes bancos centrales nacionales se encuentran representados con el objeto de decidir por mayoría de votos una misma política monetaria para todos los países de la zona monetaria común. Esto significa esencialmente tres cosas: la primera es que la política monetaria y la tasa de interés de referencia serán las mismas en todos los países de la UME; la segunda es que, una vez que el euro haya sustituido a las diferentes monedas nacionales, los tipos de cambio entre los países de la UME desaparecerán; y la tercera es que la política cambiaria de la eurozona -es decir, la política de tipo de cambio del euro frente a monedas internacionales como el dólar norteamericano y el yen japonés- tendrá que ser acordada por los diferentes gobiernos nacionales de la zona euro. (2)

Como puede observarse, los países de la UME renuncian a la facultad discrecional de modificar las tasas de interés domésticas y el tipo de cambio. Este dista mucho de ser un asunto trivial, puesto que a través de ajustes a estas dos variables macroeconómicas pueden estabilizarse los niveles de actividad económica y empleo en torno a su tendencia de largo plazo. Dicho de otro modo, un país en recesión puede reducir las tasas de interés, por la vía de una política monetaria expansiva, y/o devaluar el tipo de cambio para reactivar su economía. Contrariamente, un país que crece demasiado rápido y cuyos precios se disparan puede incrementar la tasa de interés, por la vía de una política monetaria restrictiva, y/o revaluar el tipo de cambio para desacelerar la economía y frenar la inflación. Al ingresar a la UME, los países ya no pueden modificar de manera independiente las tasas de interés ni la paridad cambiaria para estimular el crecimiento (cuando éste sea demasiado lento) o para combatir la inflación (cuando ésta sea demasiado elevada).

Por otra parte, los desequilibrios comerciales entre los países de la UME no podrán corregirse a través de ajustes al tipo de cambio. Si, por ejemplo, Francia viera su mercado inundado de productos alemanes -debido a un problema de falta de competitividad con ese país- no podría devaluar para corregir dicho desequilibrio, pues ambas naciones compartirán la misma moneda. (3) Si, por otra parte, Francia registrara un creciente déficit en cuenta corriente con un país no perteneciente a la UME, como los Estados Unidos de Norteamérica, no podría modificar de manera unilateral el tipo de cambio del euro frente al dólar norteamericano pues, para ello, requeriría del apoyo de otros miembros de la UME.

En este contexto, vale preguntarse, ¿qué tan costoso puede resultar para un país la renuncia a su soberanía monetaria y cambiaria? En primer lugar, hay que destacar que la soberanía en el terreno monetario y cambiario es un concepto muy relativo, puesto que la globalización y la libre movilidad de capital reducen los grados de libertad de una nación para manipular las tasas de interés y el tipo de cambio. Por ejemplo, si un país relativamente pequeño lleva adelante una política monetaria demasiado laxa para estimular el crecimiento, su tasa de interés bajará más allá de lo recomendable y la inflación se desatará, disminuyendo así el atractivo de la moneda doméstica frente a las monedas foráneas. Esto, a su vez, provocará una fuga masiva de capital y una crisis devaluatoria que puede fácilmente extenderse al resto de la economía, lo que anularía cualquier logro inicial en materia de crecimiento. Esta situación eventualmente obligaría al banco central a dar marcha atrás, reduciendo la oferta de dinero y subiendo la tasa de interés para, de este modo, frenar la inflación, apuntalar la moneda nacional y evitar una crisis económica de mayores proporciones.

No obstante que el entorno internacional tiene un peso cada vez mayor en la formulación de las políticas económicas domésticas, los bancos centrales nacionales conservan algún margen de maniobra -que puede ser mayor o menor dependiendo de la economía de que se trate y de la coyuntura por la que ésta atraviese- para aumentar la tasa de interés en períodos inflacionarios y reducirla en períodos de recesión, permitiendo que la economía crezca tanto como sea factible sin arriesgar la estabilidad de los precios. Las economías nacionales también cuentan con un cierto margen para corregir déficits comerciales y en cuenta corriente por la vía de la devaluación o depreciación de su moneda. (4) Y esta es, precisamente, la cuota de soberanía monetaria y cambiaria que las naciones de la UME tendrán que sacrificar.

De acuerdo con Frankel y Rose (1998), una unión monetaria -y la consecuente renuncia a la autonomía monetaria y cambiaria- resulta menos costosa cuando los ciclos económicos de los países involucrados se encuentran altamente correlacionados. Esto se debe a que una correlación fuerte es reflejo de un elevado grado de sincronización y simetría de los ciclos económicos de los países de la zona monetaria común. En una situación como esta ocurre que, por una parte, los países ingresan de manera más o menos simultánea a las fases de expansión y recesión económica dentro del ciclo y, por la otra, tanto la duración de dichas fases como la profundidad de las fluctuaciones económicas de cada país es muy similar. En este contexto, la probabilidad de que un país presente necesidades divergentes en materia de política monetaria y/o de política cambiaria -y, por ende, tenga que asumir altos costos debido a la adopción de la moneda única- disminuye considerablemente. De hecho, la UME se encuentra de alguna manera inspirada en numerosas investigaciones empíricas que demuestran, utilizando diversos métodos estadísticos y econométricos, que los ciclos económicos de los países se encuentran correlacionados y, por ende, sus niveles de actividad económica y empleo se comportan de manera muy parecida (Gerlach, 1988; Baxter y Stockman, 1989; Backus y Kehoe, 1992; Canova y Dellas, 1993; Gregory et al., 1995; Canova y Marrinan, 1998).

Por otra parte, la interrogante de cómo se transmiten las fluctuaciones económicas entre los países ha recibido considerable atención. Existen interesantes estudios sobre cuáles son los canales internacionales de propagación de los auges y las crisis (Cantor y Mark, 1988; Cole y Obstfeld,1989; Canova y Dellas,1993; Frankel y Rose, 1998). La conclusión a la que se ha arribado es que la actividad económica se transmite de unas naciones a otras a través de dos canales fundamentales: la cuenta corriente de la balanza de pagos, que incluye el intercambio de mercancías y servicios y las transferencias unilaterales, y la cuenta de capital, que incluye los flujos tanto de inversión extranjera directa y de cartera como de crédito internacional. En síntesis, la actividad económica se transmite de un país a otro a través del intercambio de bienes, servicios y activos financieros. Los movimientos de capital a través de las fronteras nacionales -producto justamente del comercio internacional de activos financieros- han venido adquiriendo importancia como canal transmisor del crecimiento en razón de que los procesos de apertura comercial se han visto complementados por la desregulación y la
liberalización financiera en el mundo. (5)

Otro punto interesante es el alusivo al efecto locomotora, que no es otra cosa sino el efecto de arrastre o de transmisión del ciclo que las economías grandes ejercen sobre las pequeñas. Entre más grande y abierta sea una economía, mayor será el efecto de transmisión de sus expansiones y contracciones económicas al resto del mundo. En esta tesitura, las economías pequeñas y abiertas, gracias a las interdependencias en los mercados de bienes, servicios y activos financieros importan el ciclo económico de sus socios comerciales de mayor tamaño -y, previsiblemente, lo retroalimentan-, dando lugar al efecto locomotora. Este efecto tiende a crecer cuando los lazos comerciales entre los países son estrechos y no hay restricciones a la movilidad del capital.

Desde la concreción del mercado común europeo hacia finales de 1992 hay un libre movimiento de las mercancías, los servicios y el capital entre los países de la UME, además de que se removieron muchos obstáculos legales a la libre movilidad del factor trabajo. En este contexto, renunciar a la independencia monetaria y cambiaria podría no resultar tan costoso puesto que las economías de la UME se encuentran integradas tanto desde el punto de vista comercial como desde punto de vista financiero. Esto hace que la correlación de sus ciclos económicos sea elevada y aumenta la viabilidad de una política monetaria y cambiaria comunes. Por otra parte, aun cuando se presentaran marcadas asimetrías en los ciclos económicos de los países de la UME -es decir, aun cuando unos países crecieran rápidamente y otros lo hicieran con lentitud-, los costos de la pérdida de la soberanía monetaria y cambiaria se verían aminorados por la libre movilidad del factor trabajo (Mundell, 1961; McKinnon, 1963; Gros, 1996). Esto es, los trabajadores podrían trasladarse geográficamente de los países en recesión a los países en auge, evitando el encarecimiento de la mano de obra en los segundos y atenuando el problema del desempleo en los primeros.

El manejo de las finanzas públicas dentro de la UME

No obstante que dentro de una unión monetaria los países participantes pierden la autonomía monetaria y cambiaria, la posibilidad de un manejo independiente de la política fiscal subsiste. Sin embargo, autores como De Grauwe (1992), los hermanos Rivera-Batiz (1994, p.662-663), y Beetsma y Bovenberg (1998) han señalado que una unión monetaria reduce considerablemente la discrecionalidad fiscal. En el caso concreto de la UME, esto se debe a que el BCE es un banco central regional, que recoge todas las características de independencia económica y política del Bundesbank (6) y cuyo mandato es mantener la inflación a raya (Healey, 2000). Además, actualmente son 12 los países pertenecientes a la zona euro, lo cual hace muy poco factible que un gobierno nacional en particular influya sobre el BCE para que amplíe su margen de maniobra fiscal a través de un relajamiento de la política monetaria (Beetsma y Bovenberg, 1998). De este modo, al enfrentar límites claros e inamovibles para la monetización de los déficits fiscales, los gobiernos afiliados no podrán sobregirarse en sus gastos más allá de su capacidad de endeudamiento y su participación en los beneficios de señoreaje de la región. De allí que una unión monetaria fortalezca la disciplina fiscal, sobre todo, cuando incluye a un amplio número de países.

No obstante que lo anterior probablemente bastaría para desalentar el libertinaje fiscal, los arquitectos de la UME fueron todavía más lejos y promovieron la firma del llamado Pacto para el Crecimiento y la Estabilidad. Este pacto, firmado en 1997, obliga a los países de la UME a no permitir que su déficit fiscal y su deuda pública rebasen el 3 y el 60 por ciento de su PIB, respectivamente, y establece onerosas multas para los países infractores que serán impuestas por las autoridades financieras de la Unión Europea (Baimbridge, Burkitt y Whyman, 2000).

Es importante señalar, asimismo, que el Pacto para el Crecimiento y la Estabilidad tiene dos objetivos centrales: el primero, consiste en asegurarse de que no haya irresponsabilidad fiscal por parte algún país o grupo de países de la eurozona, pues esto pondría en tela de juicio la viabilidad de la UME en el largo plazo; y, el segundo, es que la convergencia monetaria vaya aparejada de una auténtica convergencia fiscal. Es por este motivo que, dentro del mismo pacto, se propone que en el futuro los déficits fiscales de los países de la UME no rebasen el 1 por ciento del PIB.

Sin embargo, para estar en condiciones de enfrentar un eventual problema de asimetría de ciclos económicos al interior de la zona euro, el pacto referido dispone que cuando un país atraviese por una recesión severa podrá sobrepasar los límites fijados para el déficit fiscal y el endeudamiento público sin hacerse acreedor a multa alguna. De este modo, si Francia o Italia se vieran sumidas en una recesión profunda y no pudieran cambiar la orientación de la política monetaria regional -lo cual probablemente ocurriría si el resto de los países creciera a un ritmo satisfactorio-, la salida de la crisis podría darse a través de dos mecanismos: por una parte, la libre movilidad de mano de obra a la que se aludió líneas arriba; y, por la otra, el relajamiento de la política fiscal. Ante la imposibilidad de reducir las tasas de interés o de ajustar el tipo de cambio, la recesión y el elevado desempleo podrían ser paliados a través de una política fiscal expansiva y del desplazamiento de trabajadores a países con mayor dinamismo económico.

Ventajas y desventajas de la UME

La UME representa ventajas considerables para la macroeconomía y los negocios de los países participantes, puesto que estimulará la inversión, el crecimiento económico y la generación de empleos en la región. Entre las ventajas más importantes de la UME se encuentran la mayor estabilidad macroeconómica, la eliminación de los costos de transacción asociados al uso de diferentes monedas en el comercio de bienes, servicios y activos financieros dentro de la zona euro, y la más fácil comparación de precios que la moneda única trae consigo. La mayor estabilidad macroeconómica será producto de tres factores estrechamente ligados: la reducción de la inflación, el aumento de la estabilidad cambiaria, y el descenso y la menor volatilidad de las tasas de interés. Cada uno de estos factores merece ser analizado por separado.

1) La reducción de la inflación será, previsiblemente, una consecuencia de la independencia del BCE respecto de los gobiernos nacionales, así como del compromiso de dicha institución con la estabilidad de precios. De hecho, el BCE cumple con las mismas características de independencia política y económica del Bundesbank que, como ya se ha dicho, es uno de los bancos centrales más independientes del mundo y, precisamente como producto de esto, cuenta con un excelente récord antiinflacionario. El asunto de la independencia del BCE reviste una gran importancia, toda vez que hay investigaciones -tanto teóricas como empíricas- que demuestran que entre más independiente sea un banco central menor tiende a ser la inflación en el país que lo alberga (Barro y Gordon, 1983; Cukierman, 1992; Alesina y Summers, 1993; Alesina y Grilli, 1997; Kydland y Prescott, 1997). Por otro lado, para algunos economistas, una unión monetaria y la consecuente creación de un banco central regional, es una solución eficaz frente al problema de falta de autonomía de algunos bancos centrales nacionales (Sibert y Sutherland, 1997; Sibert, 1999). Asimismo, la autonomía del banco central regional es mayor en la medida en que aumenta el número de países afiliados, pues hace más improbable que un gobierno en particular tenga una influencia decisiva en la formulación de la política monetaria de la zona (Beetsma y Bovenberg, 1998).

2) La mayor estabilidad cambiaria será resultado, por una parte, de la desaparición de los tipos de cambio al interior de la zona euro y, por otra parte, de la solidez y prestigio de la moneda única, misma que contará con el respaldo de 12 economías de la Unión Europea. Esto, presumiblemente, coadyuvará a que la volatilidad del euro frente al dólar norteamericano o frente al yen japonés sea menor que la registrada por cualquiera de las monedas nacionales en proceso de sustitución. Las empresas exportadoras e importadoras serán importantes beneficiarias de lo anterior, pues el riesgo cambiario asociado al intercambio comercial fuera de la zona euro se reducirá, mientras que dentro de la misma desaparecerá por completo. Este beneficio recaerá también en las personas y empresas que realicen inversiones extranjeras directas o de cartera.

El estudio de De Grauwe (1988) permite apreciar la importancia de la estabilidad cambiaria, al demostrar empíricamente que la volatilidad del tipo de cambio tiende a inhibir el comercio internacional. En el caso de una empresa importadora, la variabilidad del tipo de cambio altera la relación entre sus ingresos, denominados en moneda local, y sus egresos, denominados en moneda foránea. En el caso de una empresa exportadora, lo que se altera es la relación entre los ingresos, denominados en monedas foráneas, y los egresos, denominados en moneda doméstica. Las fluctuaciones abruptas de la paridad monetaria también dificultan la evaluación costo beneficio de cualquier inversión internacional directa o de cartera. Esto último acarrea un saldo negativo, puesto que la aversión al riesgo provoca que las inversiones extranjeras se retraigan cuando aumenta la inestabilidad de las monedas. Con base en el razonamiento anterior, tanto De Grauwe (1988) como Krugman (1989) arguyen que la eliminación de la volatilidad cambiaria dentro de la zona euro estimulará el comercio y la inversión regionales.

Es importante precisar que la adopción de una moneda única beneficiará a las empresas y a los inversionistas a pesar del desarrollo y reciente auge de los instrumentos de cobertura de riesgos cambiarios. Ello obedece a que dichos instrumentos tienen un costo, están fuera del alcance de las pequeñas y medianas empresas y de los inversionistas de menor escala, y no están disponibles en plazos demasiado largos. Es por esta razón que la UME entraña ventajas muy claras, pues facilitará el comercio internacional y promoverá las inversiones dentro de la zona monetaria común.

3) Las tasas de interés descenderán y serán más estables en función de la caída de la inflación, de la creación de una moneda más fuerte y estable, y de la total eliminación del riesgo cambiario dentro de la zona euro. Al ser las tasas de interés más bajas y predecibles se generará un incentivo adicional para la inversión productiva, lo que repercutirá positivamente en el crecimiento económico y la generación de fuentes de trabajo.

En otro orden de ideas, la adopción del euro como moneda única tendrá dos ventajas adicionales: la primera es que el comercio internacional dentro de la eurozona no requerirá del cambio de unas monedas por otras, por lo que los costos de transacción por este concepto quedarán eliminados; y la segunda es que resultará más fácil comparar los precios de los bienes y servicios, independientemente del país de origen. El efecto combinado de la eliminación de los costos cambiarios y la mayor transparencia de los precios en la zona monetaria común será importante en términos de promover el comercio e intensificar la competencia.

Por lo que se refiere a las principales desventajas de la UME, éstas podrían sintetizarse de la siguiente manera. En primer lugar, es posible que una política monetaria común no satisfaga las necesidades de todas las economías involucradas. Aun cuando la libre movilidad de las mercancías, los servicios y el capital dentro de la zona euro hacen que la correlación de los ciclos económicos de los países afiliados sea elevada, no puede descartarse la posibilidad de que unos países lleguen crecer con lentitud mientras que otros lo hagan con rapidez. En este contexto, habría naciones que requerirían de una política monetaria expansiva para estimular el crecimiento, pero esto podría desatar la inflación en las economías con mayor dinamismo. Este tipo de escenarios acarrearía costos para la UME, no obstante la libre movilidad del factor trabajo y la posibilidad de instrumentar una política fiscal compensatoria -o, incluso, anticíclica-, pues habría países que no contarían con una política monetaria acorde a sus requerimientos.

La segunda desventaja potencial de la UME tiene que ver con la desaparición de los tipos de cambio entre los países participantes, pues ésta implica la pérdida de otro importante instrumento para corregir desequilibrios y amortiguar choques internos y externos. Por ejemplo, un país que viera erosionada su competitividad en el marco de la UME no podría devaluar para corregir este problema, por lo que el resultado sería un desplome de sus niveles de actividad económica y empleo. Una solución factible radicaría en que los salarios y los precios cayeran en el país en cuestión para resarcir su competitividad, pero esto no sería fácil en vista de las rigideces que imperan tanto en los mercados laborales como en los mercados de bienes y servicios.

El tercer inconveniente de la UME radica en la posibilidad de que se produzca un "choque asimétrico", es decir, un choque de oferta o de demanda que afecte a una o dos naciones de la UME en mucho mayor medida que a las demás, modificando sus trayectorias de crecimiento y cambiando drásticamente sus necesidades de política monetaria. En este caso, la junta de gobierno del BCE se vería en la disyuntiva de formular su política monetaria en función de los intereses de la mayoría de los países afiliados, o bien, de reorientar dicha política pero sin acomodarla totalmente a lo requerido por la minoría.

Como puede verse, las desventajas fundamentales de la UME son más bien de naturaleza potencial. A éstas, sin embargo, podrían añadirse desventajas reales como el costo de introducir los billetes y monedas euro y de retirar los viejos billetes y monedas nacionales, pues este proceso entraña cuantiosos gastos de emisión y publicitarios, adecuaciones legales y contables en todo un universo de negocios, y acondicionamiento de todo el parque de cajeros automáticos, parquímetros y distribuidores automáticos para que operen eficientemente bajo el nuevo signo monetario.

Conclusiones

La reflexión teórica y la investigación empírica respecto al tema de la UME son de capital importancia no sólo porque del éxito de este arreglo monetario depende en buena medida el futuro de la integración europea sino porque prominentes economistas e, incluso, organismos del sector privado, han formulado propuestas similares para América del Norte. Como ha podido verse, la UME entraña ventajas claras e incontrovertibles que se resumen en mayor estabilidad cambiaria y de precios, y en menores tasas de interés. Dicho de otro modo, la UME generará un entorno macroeconómico más propicio para la inversión productiva, el crecimiento económico y la creación de empleos. Por otra parte, la UME estimulará el comercio internacional y las inversiones foráneas como consecuencia del abatimiento del riesgo cambiario, de la eliminación de los costos asociados al canje de monedas, y de la transparencia de los precios en toda la región.

La principal desventaja de la UME, como ha podido apreciarse, reside en la posibilidad de que una o más naciones de la zona monetaria común presenten necesidades específicas de política monetaria y/o cambiaria. De acuerdo con Frankel y Rose (1998) la probabilidad de un escenario como éste, es decir, de marcada asimetría de los ciclos económicos al interior de la UME -que, a su vez, derivara en demandas divergentes de política monetaria o cambiaria-, tiende a disminuir con la entrada en circulación del euro. Como ya se ha planteado, esto se debe a que la moneda única previsiblemente estimulará el intercambio comercial entre los países que la adopten, sobre todo, porque eliminará el riesgo cambiario y los costos de canje de moneda asociados al comercio de mercancías y servicios dentro de la eurozona. Esto último, a decir de Frankel y Rose (1998), redundará en un fortalecimiento del efecto locomotora y, por ende, en ciclos económicos más simétricos.

Finalmente, con independencia de lo antes señalado, la UME enfrenta el reto de crear y fortalecer mecanismos de ajuste alternativos ante choques asimétricos o trayectorias dispares de crecimiento entre los países afiliados, como la política fiscal, la movilidad de la mano de obra, y la flexibilidad de precios y salarios. En particular, una mayor flexibilidad en los mercados de bienes, servicios, y mano de obra sería de gran utilidad frente a contracciones asimétricas de la demanda agregada, puesto que los salarios y los precios podrían descender rápidamente en los países mayormente afectados; neutralizando así los efectos perversos que, en ausencia de una política monetaria autónoma, dichas contracciones pueden tener sobre los niveles de actividad económica y empleo.

Fuentes Bibliográficas

Baimbridge, M., Burkitt, B., y Whyman, P. (2000), Introduction: an Overview of European Monetary Integration, en The Impact of the Euro: Debating Britain's Future, editado por Mark Baimbridge, Brian Burkitt y Philip Whyman, St. Martin's Press, Inc., E.U.A.

Bordo, M. y Eichingreen, B. (editores) (1993), A Retrospective on the Bretton Woods System: Lessons for International Monetary Reform, Chicago, University of Chicago Press.

Commission of the European Communities (1990), One Market, one Money, European Economy no. 44.

De Grauwe, P. (1997), Money and European Union, en New York: St. Martin's Press.

Gross, D. (1996), A Reconsideration of the Optimum Currency Approach: the Role of External Shocks and Labour Mobility, Centre for European Policy Studies, London.

Healey, N. (2000), The Case for European Union, en The Impact of the Euro: Debating Britain's Future, editado por Mark Baimbridge, Brian Burkitt y Philip Whyman, St. Martin's Press, Inc., E.U.A.

Layard, R. (2000), Joining Europe's Currency, The Impact of the Euro: Debating Britain's Future, editado por Mark Baimbridge, Brian Burkitt y Philip Whyman, St. Martin's Press, Inc., E.U.A.

Rivera-Batiz F. y Rivera-Batiz L. (1994), International Finance and Open Economy Macroeconomics, Estados Unidos, Prentice Hall.

Soros, George (1998), La Crisis del Capitalismo Global: La sociedad abierta en peligro, México, Plaza Janés.

Walmsley, J. (1996), International Money and Foreign Exchange Markets: An Introduction, Inglaterra

Publicaciones Periódicas

Alesina, A. (1989), "Inflation, unemployment and politics in industrial democracies", en Economic Policy, Vol. 8, pp. 55-98.

Alesina, A. y Grilli, V.U. (1991), "The European central bank: reshaping monetary politics in Europe", en CEPR Discussion Paper Series, No. 563, Centre for Economic Policy Research, London.

Alesina, A. y Summers, L. (1993), "Central bank independence and macroeconomic performance: some comparative evidence", en Journal of Money, Credit and Banking, Vol. 25, No. 2, pp. 151-62.

Backus, D., y Kehoe, K. (1992), "International evidence on the historical properties of business cycles", en American Economic Review 82, pp. 864-888.

Backus, D., Kehoe, K., y Kydland, F. (1992), "International real business cycles", en Journal of Political Economy, Vol. 100 (4), pp. 745-75.

Barro, R. y Gordon, R. (1983), "Rules, discretion and reputation in a model of monetary policy", en Journal of Monetary Economics, Vol. 12, No. 1, pp. 101-21.

Baxter, M. y Stockman, A. (1989), "Business cycles and the exchange rate system: Some international evidence", en Journal of Monetary Economics 23, 377-400.

Beetsma, R. y Bovenberg, L. (1998), "Monetary Unión without fiscal coordination may discipline policymakers", en Journal of International Economics 45, pp. 239-58.

Casella, A. (1992), "Participation in a Currency Union", en American Economic Review, Vol. 82 No. 4, p. 847-863.

Canova, F. y Dellas, H. (1993), "Trade interdependence and the international business cycle", en Journal of International Economics 34, 23-47.

Canova, F. y Marrinan, J. (1998), "Sources and Propagation of internacional output cycles: Common shocks or transmission?", en Journal of International Economics 46, 133-166.

Cole, H. y Obstfeld, M. (1989), "Commodity trade and international risk sharing: How much do financial markets matter?", en National Bureau of Economic Research, Working paper 3027.

Cuevas Ahumada, Victor M. y Torres Maldonado, Eduardo J. (1999), ¿Es la unión monetaria de América del Norte una alternativa viable para México?, Gestión y Estrategia 16, 144-152.

Cukierman, A. (1992), "The Pros and Cons of EMU", en H.M. Treasury, London.

De Grauwe, P. (1988), "Exchange rate variability and the slowdown in growth of international trade", en IMF Staff Papers, Vol. 35.

De Grauwe, P. (1992), "Fiscal Discipline in Monetary Unions", en F. Rivera-Batiz, ed., The European Economic Integration of 1992. International Economic Journal (Special Issue).

Dellas, H. (1986), "A real model of the world business cycle", en Journal of International Money and Finance 5, 381-394.

European Commission (1997), 1997 broad economic policy guidelines: the outcome of the Amsterdan European Council on stability, growth and employment, European Economy, No. 64, Office for Official Publications of the EC, Luxembourg.

Frankel, J. Y Rose, A. (1998), "The Endogeneity of the Optimum Currency Area Criteria", en The Economic Journal, 108, p. 1009-1025.

Gerlach, S., (1988), "World business cycles under fixed and flexible exchange rates, en Journal of Money, Banking and Credit 21, 195-232.

Ghironi, F. y Giavazzi, F. (1998), "Currency areas, international monetary regimes and the employmente-inflation tradeoff", Journal of International Economics 45, 259-296.

Gosh, A. y Ostry, J. (1993), "Do Capital Flows Reflect Economic Fundamentals in Developing Countries?", en IMF Working Paper (WP/93/34).

Grauwe, R. D. (1987), "International Trade and Economic Growth in the European Monetary System". European Economic Review

Gregory, A., Head, A., y Raynauld, J., (1995), "Measuring world business cycles", en International Economic Review.

Krugman, P. (1989), "The Case for Stabilizing Exchange Rates", en Orford Review of Economic Policy.

Kydland, F. y Prescott, E.C. (1997), "Rules rather than discretion: the inconsistency of optimal plans", en Journal of Political Economy, Vol. 85, No. 3, pp. 473-92.

McKinnon, R. (1963), "Optimum currency areas", en American Economic Review, Vol. 53, pp. 717-25.

McKinnon, R. (1998), "Monetary and Exchange Rate Policies for International Financial Stability: A Proposal". Journal of Economic Perspectives.

Mundell, R. A. (1961), "A theory of optimum currency areas", en American Economic Review, Vol. 51, pp. 657-65.

Ozkan, F.G., Sibert, A. y Sutherland, A. (1997), "Monetary Unión, Entry Conditions and Economic Reform". CEPR Working Paper No. 1720.

Sibert, A. y Sutherland, A. (1997), "Monetary Regimes and Labour Market Reform". CEPR Working Paper No. 1731.

Sibert, A. (1999), "Monetary Integration and Economic Reform". The Economic Journal 109, p.78-92.

Stockman, A. C. (1990), "Exchange Rates, Current Account, and Monetary Policy", en W. S. Haraf y T. D. Willet, eds., Monetary Policy for a Volatile Global Economy. Washington, D. C.: American Enterprise Institute.

Tobin, J. (1978), "A Proposal for International Monetary Reform", Eastern Economic Journal (July-October).

Williamson, J. (1989), "The Case for Roughly Stabilizing the Real Value of the Dollar," American Economic Review.

Notas

1. Los 12 países de la zona euro son: Alemania, Austria, Bélgica, España, Finlandia, Francia, Grecia, Holanda, Irlanda, Italia, Luxemburgo y Portugal.

2. Mientras que la política monetaria es competencia del BCE, la política cambiaria se encuentra bajo el control de los gobiernos nacionales.

3.De hecho, los tipos de cambio bilaterales entre los países de la UME fueron fijados de manera irrevocable desde el 1 de enero de 1999. Es decir, a partir de entonces las naciones participantes en el proyecto de integración monetaria se comprometieron a no devaluar ni revaluar sus monedas.

4. El término devaluación o revaluación se utiliza cuando el régimen de tipo de cambio es fijo, mientras que el término depreciación o apreciación se utiliza cuando el régimen cambiario es flotante o de flotación regulada.

5. En términos generales, la desregulación y liberalización financiera han consistido en la eliminación de los controles a las tasas de interés, el desmantelamiento de las barreras que impedían la libre movilidad de capital, y la remoción de límites a la participación extranjera en instituciones financieras. Este tipo de medidas, en combinación con el aumento de la liquidez mundial, el desarrollo de instrumentos de cobertura cambiara -que eliminan el riesgo de las inversiones en moneda extranjera- y el desarrollo de las telecomunicaciones -que ahora permite transferir fondos de un país a otro con gran rapidez y a bajo costo-, ha redundado en mercados financieros más robustos y mejor integrados. De allí que la interdependencia monetaria y financiera de las naciones haya aumentado, convirtiendo así a la cuenta de capital de la balanza de pagos en un importante canal de transmisión de las fluctuaciones económicas.

6. El Bundesbank es el banco central de Alemania y es considerado como uno de los bancos centrales más independientes del mundo.

(*) Profesor del Departamento de Administración Universidad Autónoma Metropolitana, -Atzcapotzalco, México e Investigador Nacional