La Unión Europea

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JEREMY RIFKIN

 

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Un profundo sentimiento de angustia recorrió los pasillos de Bruselas semanas atrás cuando los líderes europeos se reunieron para discutir sobre el futuro de la Unión Europea. Casi todos los participantes habían expresado su preocupación sobre las divisiones surgidas entre las potencias europeas después del fracaso de los esfuerzos diplomáticos con relación a Irak. Muchos se preguntaban abiertamente si este agravamiento de las diferencias no comprometería las propias perspectivas de la UE. Pero, mientras se estrechaban las manos, ninguno recordó la extraordinaria transformación producida en estos últimos meses entre la gente común de toda Europa. La crisis iraquí había unido a los pueblos de todo un continente que ya tenían una incipiente pero clara conciencia de los valores compartidos y una visión común de futuro. Millones de personas habían salido a las plazas, dando vida a la mayor manifestación de protesta colectiva en la historia de Europa. Por primera vez, ciudadanos de diferentes extracciones sociales y tendencias políticas, de diferentes edades y grupos étnicos, se habían reunido para condenar la política unilateral de Bush en Irak y, al hacerlo, expresaban por primera vez de modo inequívoco una nueva identidad europea.

Observando la situación desde EE.UU., resulta claro que las emociones manifestadas en las plazas y las apasionadas discusiones en los salones son un fenómeno nunca antes experimentado en todos los largos años que viví en Europa. Estas personas no hablaban como franceses, italianos, alemanes, húngaros o irlandeses, sino como europeos. Y por cuanto sabemos este sentimiento común es algo sin precedentes, al menos en el arco de años de mi vida. Incluso en Gran Bretaña, Italia y España, cuyos gobiernos se alinearon oficialmente con Estados Unidos, la abrumadora mayoría de la población hizo sentir su voz opositora. Y las mayores manifestaciones se produjeron justamente en esos países cuando centenares de miles de personas invadieron las plazas.

Esto es una señal clara de que el sentido de pertenencia nacional ha cedido paso a una nueva conciencia europea. Incluso en los diez países de la Europa central y oriental que deberían pasar a ser parte de la UE el próximo año, más del 70 por ciento de la población fue contraria a la posición filoamericana de sus gobiernos.

Estamos asistiendo a un fenómeno de proporciones históricas, aun cuando esto no significa que los tantos millones de personas que están comenzando a hablar con una sola voz se identifiquen inmediatamente con la UE. Probablemente ningún manifestante se considere un ciudadano de esta última. Pero si Bruselas está lejos de la mente de la mayoría, lo que une a los europeos es su repudio a la geopolítica del siglo XX y un fuerte interés en una nueva "política de la biosfera" a desarrollar en el curso del siglo que apenas se inició. Las señales reveladoras de esta identidad naciente son visibles en todos lados. Los europeos están preocupados por el recalentamiento de la Tierra y por otros problemas ecológicos. Apoyan el Tribunal Internacional como órgano capaz de garantizar el respeto de los derechos humanos. Son favorables a las ayudas al desarrollo de los países pobres del tercer mundo y a la reducción de la brecha entre ricos y pobres, y consideran a las Naciones Unidas el lugar más apropiado para resolver los conflictos internacionales. Siempre más numerosos son quienes además ven a los Estados Unidos como abiertamente contrarios a estos valores. Y hasta con relación a cuestiones éticas fundamentales, como la abolición de la pena de muerte, los europeos tienen la sensación de que la brecha entre el Viejo y el Nuevo Mundo se está ampliando.

La negativa de Estados Unidos a firmar los Acuerdos de Kioto, el Tratado sobre la Biodiversidad y la Nueva Convención sobre Armas Biológicas, así como su retiro del Tratado sobre Misiles Antibalísticos, y ahora su decisión de pasar por encima del Consejo de Seguridad de la ONU y actuar unilateralmente en Irak terminaron por convencer a muchos europeos de que el gobierno norteamericano está irremediablemente influenciado por una visión hobbesiana del mundo y que probablemente no cambiará nunca esa orientación.

Europa, en cambio, después de tantas guerras y conflictos seculares, está a la búsqueda de un orden mundial basado en la idea kantiana de la paz perpetua. Y ve cada vez más en la política y en los diseños de los Estados Unidos un obstáculo al desarrollo de una auténtica conciencia universal. Es justamente esta percepción fundamentalmente diferente del mundo la que está llevando a muchos europeos a concluir que sus intereses, sus esperanzas y su visión del futuro divergen cada vez más respecto de aquellas de los viejos amigos americanos, de un modo que parece ya irremediable por la única vía de la diplomacia.

De todos modos, aun si los ciudadanos europeos, y sobre todo los jóvenes, son profundamente pacifistas y prefieren el diálogo al enfrentamiento y al conflicto, es innegable que si Estados Unidos no hubiese sido propenso a conservar su poder en el mundo y a emplear la fuerza militar para mantener la paz, las guerras entre grupos étnicos y políticos rivales y Estados soberanos probablemente habrían transformado al mundo en esa perpetua pesadilla hobbesiana que muchos europeos aborrecen. ¿En qué situación se encuentra entonces Europa en este momento histórico? El dato positivo está en el hecho de que millones de habitantes descubrieron su sentido de pertenencia a Europa. Su profunda aversión a la política de Bush los ha unido como nunca antes. Pero esta nueva identidad debe ser todavía ligada a aquello que, en teoría, debería ser el marco dereferencia político del Viejo Continente: la Unión Europea. Sin embargo, esta ligazón será difícil hasta que la población y las instituciones comunitarias se dediquen realmente de lleno a la búsqueda de instrumentos eficaces para conseguir una política externa auténticamente europea y crear a la vez un sistema de defensa que pueda asegurar la paz.

El problema de fondo es que los europeos no podrán continuar recostándose sobre la fuerza militar de los Estados Unidos para mantener la paz y el orden en su continente y en el resto del mundo, a la vez que se verán en la necesidad de repeler los métodos usados por Washington para alcanzar esos objetivos. Guste o no, el gobierno norteamericano será con el tiempo siempre menos propenso a poner en peligro la vida de sus jóvenes y a continuar desembolsando millones de dólares de sus contribuyentes para garantizar la seguridad de Europa, sobre todo si se piensa que al menos la mitad de la población estadounidense tiene una visión del mundo muy diferente de la de los europeos. La verdadera prueba consistirá entonces en ver si los Estados miembro de la Unión Europea están en condiciones de asegurar una presencia militar capaz de mantener la paz en el mundo y de adoptar una política externa lo suficientemente unitaria como para hablar en nombre de toda la población del continente. La Fuerza Europea de Intervención Rápida, un ejército de casi 60 mil personas, debería ser operativa a partir de este mismo momento con una triple misión: asistir a los civiles amenazados por crisis externas a la UE; adherir a las operaciones de mantenimiento de la paz autorizadas por las Naciones Unidas; y jugar un rol de intermediación entre las facciones en guerra.

Este nuevo contingente debería ser mucho más que una fuerza de policía y mucho menos que un ejército tradicional, es decir, un cuerpo militar creado para asegurar la paz tanto como para hacer la guerra. Existen todavía muchas dudas sobre su capacidad para garantizar a los europeos un cierto grado de seguridad en un mundo siempre más inestable y precario. Pero esto se verá con el tiempo. Una moneda única y un mercado común no son suficientes para unir a los pueblos del continente. La nueva conciencia europea que emergió con los eventos traumáticos de estos últimos meses representa una oportunidad. Ahora el problema es ver si esta identidad común, que ya tomó forma por primera vez, podrá conseguir una expresión institucional en la Unión Europea.


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