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Viejos y nuevos movimientos:
La construcción interna

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RAUL ZIBECHI

Tanto los especialistas como los activistas coincidieron, en los múltiples debates sobre los nuevos movimientos sociales, en el cuidado y dedicación que merece el trabajo hacia el interior de cada colectivo, en el que deben tejerse relaciones que anticipan la sociedad por la que luchan.

El análisis de los movimientos sucedidos desde Seattle, la comprensión de sus características, así como el establecimiento de nuevos objetivos tras los sucesos del 11 de septiembre, insumieron decenas de conferencias, seminarios y talleres. En ellos destacaron algunos activistas de movimientos de base que, por su claridad y capacidad de concreción, aportaron frescura al debate.

Jennifer, una joven activista de Seattle, desgranó al borde del río Guaíba, en un viejo almacén portuario que albergó los debates sobre los nuevos movimientos sociales, una sencilla y sólida lectura de las actividades en las que participa. "Tuvimos éxito porque fuimos creativos, pero a menudo eso la gente lo olvida. Y fuimos creativos porque nos atrevimos a sacar nuestra cultura a la calle, no sólo las marionetas y los cabezudos, y ésa fue nuestra herramienta principal", sostiene. Atribuye la capacidad que tuvieron para dar rápidas respuestas ante situaciones cambiantes al hecho de que "no teníamos a nadie encima que actuara como un comité central".

Cuando se refiere a "nuestra cultura" destaca "la felicidad que nos produce trabajar en pequeños grupos, en los que todos nos conocemos y nos podemos comunicar", algo que en Estados Unidos se ha convertido en una seña de identidad de los nuevos movimientos. Aunque no renuncia a las alianzas que permiten y alientan las grandes manifestaciones, Jennifer insiste en que la fortaleza del movimiento consiste tanto en "la flexibilidad como en no tener jerarquías" y en la capacidad de "construir relaciones que atraviesen las diferencias ideológicas, en base a pequeños grupos".

Vittorio, italiano integrante del Foro de Génova, sostuvo que en su país el actual movimiento tiene raíces en las batallas de los obreros de Fiat en los años sesenta. Entre los centenares de grupos que integran los foros locales en Italia, "nuestro principal acuerdo es cómo organizarnos" , dice. En este punto coincide en que uno de los principales debates es sobre la democracia interna, y considera que el objetivo, a largo plazo, es "trabajar por una nueva cultura y por la hegemonía cultural".

El también italiano Pepe de Cristóforo, secretario general de las juventudes de Rifondazione Comunista, fue toda una sorpresa. Pese a pertenecer a un partido "tradicional", los militantes de ese grupo han sido aceptados por todos los sectores del movimiento antiglobalización, quizá por su explícita renuncia a la lucha por la hegemonía. Esos jóvenes forman parte de un amplio movimiento, Los Desobedientes, en el que confluyen anarquistas, pacifistas y cristianos de base. "Es un nuevo movimiento que se organiza territorialmente, ya sea en los centros sociales o en otros grupos, en el que confluyen sobre todo jóvenes atenazados por la precariedad en el empleo, lo que les da otra visión del mundo. No hay dirigentes en el sentido tradicional, sino una coordinación flexible que puede durar un mes o seis o no sabemos cuánto. No nos importa demasiado el hacia dónde sino el cómo", asegura.

Ante la pregunta de qué hacen los comunistas en un movimiento que va tan a contrapelo de sus tradiciones y de la ortodoxia, Pepe señala: "Descubrimos que no somos autosuficientes, que necesitamos a los demás para crear una izquierda alternativa abierta a grandes diferencias culturales porque los comunistas no vamos a cambiar el mundo solos. Nuestro punto de referencia no es ni Lenin ni la Tercera Internacional sino el zapatismo, que no quiere tomar el poder pero lo pone en cuestión en concreto en cada espacio social".

LOS ESPECIALISTAS

Entre los ponentes "serios" intervino el sociólogo filipino Walden Bello, dirigente de la organización Focus on the Global South. Para Bello, en los nuevos movimientos existe una correspondencia entre las formas de organizarse y las metas que se persiguen, en "la forma como elegimos los dirigentes y en cómo pensamos la sociedad del futuro". Encuentra que la diversidad es palpable en el terreno de la representación y que ahora las organizaciones se estructuran apenas sobre uno o dos temas y no sobre amplias bases programáticas como antaño. "No tienen ambiciones en generar por sí mismas situaciones como las tienen los partidos políticos", señaló. Bello cree que lo central es la cuestión de los valores, tema que fue objeto de una concurrida y aplaudida conferencia de Frei Betto y Michael Löwy. Al finalizar, Bello puso el dedo en la llaga de uno de los problemas internos que atraviesan a los movimientos actuales: "¿Qué se hace cuando hay unos pocos que no adhieren a los principios de la desobediencia civil pacífica?". Éste, y el "problema de la institucionalización", que "termina matando la democracia", es uno de los temas pendientes en Porto Alegre.

El economista egipcio Samir Amin prefirió enfocar sus baterías en temas más clásicos, y se explayó sobre el imperialismo y el papel de los países centrales, lo que denomina la tríada Estados Unidos, Japón y Europa. Sostiene que actualmente se ha militarizado la globalización y que "el imperialismo no puede gobernar el mundo sin entrar en guerra permanente con el Sur". Cree que el principal objetivo del movimiento antiglobalización es "unir a los verdaderos reformistas y a los radicales, a los antimperialistas y a los que están contra el hegemonismo".

El mexicano Pablo González Casanova y el estadounidense Immanuel Wallerstein dedicaron tiempo a comparar las revoluciones de 1848 y 1968. "Aquí hay más de mil movimientos antisistémicos representados, cosa que era impensable en el siglo xix o a comienzos del xx", dijo Wallerstein. Recordó la antigua estrategia "en dos etapas" (tomar el poder y luego cambiar la sociedad), que compartieron tanto comunistas, socialdemócratas y movimientos de liberación nacional, asegurando que aunque llegaron al poder en un tercio del planeta no transformaron el mundo en el sentido de la emancipación. Y concluyó que los actuales movimientos sociales presentan tres características diferenciadoras: no existe más una sola prioridad, hay tolerancia entre los diferentes movimientos y se rechaza tanto la idea de la centralización como la teoría leninista de considerar a los movimientos como "correas de trasmisión" del partido.

Todos somos delegados

En la asamblea final de los movimientos sociales se abrió un espacio para las intervenciones del público. Allí tomó la palabra una joven llamada Emma, miembro de los movimientos sociales de Barcelona, para trasladar el punto de vista de los "jóvenes anticapitalistas" reunidos en el campamento de la juventud.

Allí, entre concierto y concierto, entre marcha y marcha, dijo, "hemos aprendido a escucharnos, a valorar las experiencias de los compañeros en Estados Unidos, en Argentina, en Canadá, en Asia, en todo el mundo". En el campamento están, según Emma, las personas que forman parte del movimiento por la base y que comparten un planteo de ruptura. "Desde el campamento exigimos que el fsm rechace claramente la institucionalización que estamos sufriendo. Los jóvenes rechazamos la presencia de las instituciones en el foro y dentro del movimiento en general y tenemos un planteamiento de ruptura con un sistema corrupto, injusto y genocida. Queremos construir un mundo de abajo a arriba y no de arriba a abajo. No sabemos qué mundo queremos por eso es tan importante tener espacios como el del campamento de la juventud, donde podemos discutir", señaló. Para esta joven española el fsm reproduce a veces lo mismo que el movimiento rechaza. "Nosotros queremos una sociedad de iguales. (...) Por eso hoy montamos una marcha para ocupar la sala vip del foro porque en este movimiento somos diversos pero somos iguales. Aquí todos somos vip, no unos pocos", sostuvo. En su opinión el foro "no debe estar sólo en la puc o en Araujo Viana, debe estar en la calle, en las marchas contra el alca, en los cacerolazos".

Según la CTA

"El sindicalismo puede ser funcional al sistema" La crisis argentina estuvo en el centro del Foro Social Mundial, aunque los delegados de ese país carecieron de figuras de relieve. Correspondió a la Central de los Trabajadores Argentinos (cta) hilvanar el análisis más convincente sobre el movimiento actual. Juan González, dirigente de la Asociación de Trabajadores del Estado, fundador de esa central disidente, recorrió el camino seguido desde la instalación de la dictadura militar en 1976.

González ejemplificó los objetivos del modelo con unos pocos datos: en 1976 había 22 millones de argentinos y 2 millones de pobres. Hoy los argentinos son 37 millones y los pobres ascienden a 15 millones. La deuda externa era de 7 mil millones de dólares en 1976, y en 2001 trepó hasta los 140 mil millones.

El punto neurálgico de su análisis lo enfocó en los propios sindicatos. En una población activa de 13 millones hay apenas 3,5 millones de ocupados. "Un modelo sindical que solamente apuesta a organizar a este sector, apuesta a la debilidad de la clase trabajadora y es funcional al sistema", destacó González. De ahí que la cta se haya propuesto no sólo consolidar los sindicatos sino "reconstruir la unidad de clase a través de un estado de debate permanente entre los que resisten, pero no sólo desde los espacios laborales sino también desde los territoriales", en los que surgieron los piqueteros y luego las asambleas de caceroleros.

De esa forma se propusieron suturar la fractura social entre desocupados y empleados y, sobre todo, "reconstruir la identidad del trabajo. Para ello es necesario tener trabajo y tener salario. De ahí que hayamos hecho un plebiscito para instaurar el salario social, porque está relacionado con la identidad de la clase trabajadora".

Lo novedoso de la situación actual, estima González, es que cuando el gobierno apeló nuevamente al terror, al instaurar el estado de sitio el 19 de diciembre, "se produjo un quiebre del disciplinamiento, lo que equivale a decir que ese día se produjo el fin real de la dictadura". Ahora los sectores populares "se hallan en estado deliberante", porque "lo que está en crisis es la representatividad política, no sólo en el sentido de que hay malos representantes y hay que buscar buenos". Un punto que pone en evidencia que la crisis de fondo es "una crisis de identidad de los representados".