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Los hombres y su vivencia cotidiana de la sexualidad

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J.M. SALAS & A. CAMPOS

Instituto Costarricense de Masculinidad, Pareja y Sexualidad


INTRODUCCIÓN

No nacemos hombres, nacemos machos de la especie humana...nos hacemos hombres a través de los procesos de socialización y de construcción de identidades. La masculinidad, en cuanto construcción social, supone procesos de socialización que se orientan a construir una identidad que se caracteriza por la demostración permanente de la fuerza, la negación de la vulnerabilidad y de los sentimientos que supuestamente pueden debilitar a los hombres. (Salas y Campos, 2001).

Una de las manifestaciones más importantes de la vivencia de la masculinidad lo constituye el ejercicio de la sexualidad activa. La cultura patriarcal ha impuesto a todos los hombres el mandato de la demostración de la virilidad mediante la afirmación de su sexualidad en forma constante. Por tanto, todo hombre sabe que necesita demostrar su hombría a través del ejercicio de la sexualidad activa, en la cual no se deje duda alguna de que "puede funcionar" y de que "lo hace muy bien".

Por su parte, los estudios acerca de la sexualidad humana y masculina han dado más énfasis a la parte genital, al funcionamiento de la respuesta sexual humana y a los aspectos biológicos. Consideramos que este aspecto es muy importante, pero es necesario, para comprender la sexualidad de los hombres, incorporar la dimensión masculinidad, en cuanto construcción de la identidad de género. Incorporar esta dimensión permite ubicar los aspectos históricos, sociales e ideológicos que sirven de contexto a la sexualidad masculina y que le dan sentido a la vivencia concreta de la misma.

Por lo anotado, es menester indicar que el presente trabajo se inscribe en la tarea que se lleva a cabo con hombres en Costa Rica, en el Instituto WEM, específicamente en el tema de la masculinidad y la sexualidad. Presenta una breve descripción y algunos puntos de análisis de los temas que más agobian a los hombres en su dimensión sexual, sin pretender ser exhaustivos, producto del trabajo con diversos grupos:

- con hombres adultos, en talleres sobre sexualidad masculina
- con hombres adultos indígenas, en talleres sobre pedagogía de la sexualidad
- con hombres adultos policías, en talleres sobre socialización sexual
- con hombres adultos, en la clínica de la sexualidad

LA SEXUALIDAD EN EL ENTRAMADO DEL GÉNERO MASCULINO

En un afán de breve ubicación conceptual, más no de profundización teórica, parto de la base que lo denominado como masculino es una construcción histórica y social. Que lo masculino (y lo femenino, el otro componente del par dialéctico que deberá estar siempre presente) es una asignación social que ha hecho el todo social de una serie de comportamientos, actitudes, roles, afectos, etc. a un sector de la población: los hombres. Pero que esa asignación y la designación correspondiente (lo masculino), son convenciones sociales como muchas otras.

Es decir, masculinidad no es lo mismo que ser hombres. Plantearlo así sería confundir de manera ingenua género con sexo. El problema es que la construcción de la masculinidad ha sido y es tan efectiva que parece natural; es decir, parece que los hombres nacemos así y somos de determinada manera por tener determinadas características físicas. Para complicar el asunto, debemos decir que eso es cierto y falso, a la vez. Tenemos una alta probabilidad de ser hombres porque nacimos con pene y testículos y, sobre todo, porque sobre esa determinación biológica se ha determinado e impuesto la cultura y lo social. Valga decir, de machos humanos pasamos con cierta facilidad a convertirnos en hombres, integrantes del sexo masculino. Huelga decir que algo muy similar sucede con las mujeres y lo femenino.

Sin intención de extendernos más en este punto, sí conviene un par de aclaraciones.

La asignación de encargos de lo masculino no es solo un asunto de roles, como con alguna frecuencia se puede constatar. Los roles son la parte más visible de un complejo engranaje que integra, además, elementos de índole subjetiva e instersubjetiva. El papel de género o de masculinidad, que desempeñamos los hombres, tiene que ver con el mundo externo y también con el mundo interno, como sujetos individuales y como sujetos colectivos. Ser hombre implica comportarse de cierta manera, pensar de cierta manera, relacionarse de cierta manera y sentir de cierta manera. Por tal razón, trabajar con el género masculino requiere del acceso a ese mundo interno, el que precisamente guardamos con mucho celo.

Lo anterior lleva a la segunda aclaración. Es necesario dirimir lo masculino tanto en lo real como en lo imaginario. Muchas acciones (en la acepción de Martín-Baró, 1985) de los hombres se sostienen en el imaginario, aún cuando las bases objetivas ("reales") de su condición estén muy lejos de soportar la mínima confrontación. Si esta doble consideración es de radical importancia en áreas como la violencia doméstica, la paternidad, y otras más, lo es aún más en el área de la sexualidad, en la que muchas vivencias, temores o acciones tienen como soporte un mundo imaginario sólido y poco permeable a su revisión. Por eso, hemos afirmado en otro trabajo (Salas, 1996) la necesidad que tienen los hombres de mentir y mentirse como mecanismo básico para mantenerse en el lugar de lo masculino que le ha sido asignado; la sexualidad es uno de los campos en el que vemos cómo esto se presenta de manera clara e incluso dramática.

Por tales razones es que estamos plenamente convencidos de que la sexualidad es, al igual que otras dimensiones, idónea para penetrar y auscultar en la masculinidad. Así como vemos, por ejemplo, que en la violencia doméstica y la paternidad, como función social, la masculinidad se manifiesta con connotaciones extremas, la sexualidad es un área en la que los hombres someten a escrutinio y evaluación sus dudas y más angustiantes preguntas acerca de su ser hombres y, sobre todo, de su relación con las mujeres.

Como afirman Kimmel (1994) y Naifhe y White (1991), la masculinidad es un ritual permanente que los hombres debemos estar ejecutando con frecuencia, en la medida de que se trata de una condición frágil y rígida. A ello no escapa la vivencia de la sexualidad, la que se torna en uno de los campos de batalla más importantes y determinantes del ser masculino, no solo en relación consigo mismos sino también en relación con otros y otras.

La vivencia de la sexualidad masculina debe analizarse en el contexto de los encargos y mandatos que la cultura patriarcal ha impuesto a los hombres y a las mujeres, específicamente en lo que respecta a la sexualidad.

La forma como se piensa y se vive la sexualidad en cada momento histórico está en relación directa con la normativa social y con los intereses políticos e ideológicos de la sociedad. La sexualidad humana ha sido sometida a mecanismos de control social a lo largo de la historia patriarcal. La historia patriarcal es el período histórico que se remonta desde el origen, creación y desarrollo de la cultura patriarcal, período que data de aproximadamente 7 mil años. La cultura patriarcal se caracteriza por el predominio de lo masculino en la vida social, económica y política. El poder reside en lo masculino y lo femenino es considerado como algo de naturaleza inferior.

"El patriarcado es un modelo de dominación del hombre sobre la mujer, un sistema de explotación que se basa en el género. Se sustenta en el control, por parte de los hombres, de los aspectos más importantes de la economía, la cultura, la ideología y los aparatos represivos de la sociedad." (Schifter, 1989, pag.33)

La sociedad patriarcal se basa en relaciones desiguales, tanto de poder como de privilegios. Claramunt, (1997), define la sociedad patriarcal como "la organización social basada en un sistema jerárquico de poder y gobierno masculino. Los hombres tienen el privilegio del control y dominio no sólo de la organización social sino de los otros miembros de la misma." (Claramunt, 1997, pag. 66)

La cultura patriarcal define de manera opuesta los roles sexuales. Estos se refieren a las características socioculturales que se atribuyen a cada género, incluye las actividades que se asocian con el hombre y con la mujer. Lo femenino y los masculino son las conductas que surgen como producto de estos roles sexuales, siendo por tanto construcciones sociales, aunque por mecanismos de la ideología se les presenta a la población como si fueran conductas naturales y universales propios de la naturaleza de los hombres y de las mujeres.

Lo masculino en la cultura patriarcal se define como lo característico del patriarca : un varón que reúna las siguientes características:

a) predominio de lo racional por sobre lo afectivo
b) a nivel afectivo: negación de la ternura y la debilidad; en su defecto, utilización de la fuerza y la violencia
c) heterosexualidad obligatoria
d) obligación de procrear hijos cuya paternidad sea indiscutible
e) detenta el poder político, económico y social, tanto en la vida pública como en la vida privada.

La ideología patriarcal sostiene que lo masculino y lo femenino son dos realidades psicológicas diferentes, y que lo masculino corresponde a los varones y lo femenino a las mujeres. Lo masculino se asocia con lo fuerte, lo racional, lo agresivo y lo femenino con lo pasivo, lo afectivo, débil.

Para el varón, la sexualidad patriarcal se define como la obligación de demostrar su masculinidad en todos los espacios donde ésta sea cuestionada. La virginidad, la fidelidad y la monogamia no son instituciones que se crearon para el varón, por tanto, el varón tiene la posibilidad de tener relaciones sexuales coitales tantas veces como desee y con tantas mujeres como oportunidades tenga. La sexualidad del varón está disociada en la cultura patriarcal en dos dimensiones : sexualidad para el placer con la esposa, la madre de sus hijos, y sexualidad para el placer con "la otra mujer", la licenciosa, la pública.

"Tenemos queridas en aras del placer y concubinas para el cuidado de nuestras personas, pero esposas para que nos den hijos legítimos y sean fieles guardianes de nuestro hogar." (Gindin, pag.33)

Para los hombres, el encargo de la cultura patriarcal hacia su sexualidad tiene las siguientes implicaciones:

a) la sexualidad se reduce a la genitalización, y a un acto de penetración. El trinomio de la sexualidad masculina puede resumirse como: Erección, penetración, eyaculación.

b) el erotismo y sus manifestaciones, en cuanto vivencia del placer, es mutilado por la definición del fin último de la sexualidad masculina resumidos en el trinomio. Todo lo que queda por fuera es tan sólo "preliminares" que anteceden "lo importante".

c) El falo se constituye en un símbolo, significante y estandarte de la masculina. Estructura y organiza la subjetividad masculina y su identidad (Monik, 1996). De ahí que, para los hombres, el pene erecto es símbolo de su identidad masculina. Si tiene problemas con su pene, tiene problemas con su virilidad y con su identidad. "Es menos hombre"

Tales encargos se asumen de manera inconsciente y se introyectan en el mundo interno de cada hombre. ¿Cómo afectan la vivencia de la sexualidad de los hombres en su cotidianidad? Trataremos de esbozar algunas consideraciones.

EL TRABAJO CON HOMBRES Y SU SEXUALIDAD

Como se indicó en la Introducción, se presentan algunas de las situaciones consideradas como más relevantes, derivadas del trabajo con hombres adultos, en diversos contextos grupales.

La información que se suministra y las reflexiones sobre ésta se deben entender como aplicadas en forma particular a algunos de estos grupos o bien, de manera más frecuente en forma general. Valga adelantar el criterio de que sorprende la base común de muchas de las preocupaciones y manifestaciones de estos hombres en torno a su sexualidad, con independencia de su nivel académico, edad, extracción socioeconómica o grupo étnico.

En los siguientes apartados se intenta agrupar esas vivencias, con la quizá reiterativa advertencia que son divisiones formales de una realidad total, única e integrada, aunque no necesariamente se asuma de esa manera.

La sexualidad del hombre tiene que ser para complacer a la mujer

Hay una clara demanda, sentida y asumida, de una sexualidad heterosexual, en la que se cruzan las comunes confusiones entre género y preferencia sexual. Una vivencia sexual de índole homosexual es cualquier cosa, menos la de un hombre; es más, quien la tiene no es hombre. Aparece de manera nítida la dimensión homofóbica que atraviesa toda la sexualidad masculina.

Su sexualidad, en la que parece ser la preocupación más fuerte en estos hombres, está signada básicamente por la responsabilidad de la complacencia de su pareja, de las mujeres. Muchas de las proezas que se señalaron para ilustrar esto van en la línea del suministrar placer y satisfacción a las compañeras sexuales (estables u ocasionales); de esta manera, lograr una adecuada erección y sostener la eyaculación son ingredientes fundamentales para lograr este ideal de sexualidad masculina. Como se verá en los siguientes apartados, esta se convierte casi en una referencia monotemática en las discusiones grupales, por lo que su referencia será constante en este trabajo.

Como consecuencia y requisito, a la vez, el hombre es el que sabe y enseña acerca de la sexualidad. De manera clara, la referencia de Gindin (1991) acerca de la sapiencia que en materia sexual se le otorga y asume el hombre, por ser hombre, está nítidamente presente en los integrantes de estos grupos. Es evidente que esto actúa tanto en lo que puede ser lo real como lo imaginario. Como necesaria contraparte, la mujer no sabe o no debe saber de sexualidad, por lo que tiene que asumirse como alumna dócil y dispuesta. Una de las frases que ilustran esta consideración es "¡Uno tiene más experiencia y más aventuras que las mujeres uno tiene la obligación de hacerla sentir bien!"

Una muestra clara de tales representaciones de la sexualidad masculina y femenina lo son las agrias discusiones (o expresiones no verbales) que se generan cuando lo que se revisan son "las propuestas de novedades eróticas" por parte de las mujeres. Es difícil tolerar la iniciativa femenina, la que se contrarresta con los cuestionamientos de "¿quién te lo enseñó? en un intento de controlar el fantasma del otro, perenne acompañante de la masculinidad.

En forma reiterada, lo cual va a contrapelo de muchas aseveraciones de la sexualidad masculina, son recurrentes las expresiones acerca de que ésta es vivida con dolor, presión, angustia y con mentira. Llama la atención que prácticamente, y cuando así sucede, la dimensión placer es escasamente mencionada por estos hombres. La sexualidad, el placer, la complacencia están como ausentes o al menos alejadas de la vida sexual en la mayoría de ellos.

Lo anterior es todavía más llamativo cuando tomamos nota de que, con frecuencia, al inicio de las sesiones de grupo, estas características son presentadas como credenciales de muy buenos amantes por parte de muchos de estos hombres. La competencia, característica fundamental de la masculinidad, tiene un importante asidero en la sexualidad, que de suyo agrega aún más tensión a su vivencia. La conquista de mujeres y el contacto íntimo con ellas, más que fuente de placer, es motivo de comparación y origen de mucho del puntaje que los hombres asignan a su masculinidad. Por ello, de manera angustiante, uno de ellos afirmaba: "Soy como un reloj despertador: las levanto, pero no las puedo acostar!".

"¡Te salió cara la noche!"

Necesariamente la sexualidad será entendida como aquel encuentro con una mujer que finalice yendo a la cama y obligatoriamente en intercambio de índole coital. Ya vimos en el apartado anterior lo difícil que es para estos hombres vislumbrar placer en sus relaciones íntimas; con este recaudo, podemos decir que si hablamos de placer se hace en una dimensión muy restringida, girando en torno a lo genital y muy concretamente a la penetración. Si esto no se logró, la experiencia fue pérdida de tiempo.

Algunos de ellos (cuestión que la hemos observado en otros ámbitos) declaran abiertamente haber perdido tiempo y dinero si, después de llevarla a cenar y a bailar, no tuvieron relaciones coitales. Ello es vivido como un fracaso, aún cuando todo lo sucedido pudo haber sido altamente gratificante y complaciente.

La anécdota anterior se refiere más a parejas ocasionales; no obstante, si la situación se da con una pareja estable (matrimonial o no), el relato es más o menos similar.

Es obvio que aquí hay una evidencia de lo que maneja el imaginario social de la sexualidad masculina, pero también de lo que la ciencia (léase psicología, psiquiatría y sexología) han fomentado al respecto: si hay preliminares es porque hay algo importante; por ende, el mandato es: "¡Trabaje bien esos preliminares para que lo importante se dé y de buena manera!"

Asociado con esto, es obvia e inmediata la preocupación manifestada por la erección, la penetración y la eyaculación, como aquellos procesos que dan la definición de la sexualidad masculina. "¡Si a uno no se le para, está listo!", es una de las expresiones más escuchadas cuando se discute el punto.

Si no funciona así, el espectro de la impotencia aparece en forma inmediata. Ello acarrea temores consigo mismo y el riesgo que ella se vaya con otro que sí lo haga correctamente.

Por lo tanto, si no se cumplen las cosas como están prescritas, si aparece la impotencia, la eyaculación temprana o ella se va con otros (aunque sea solo en la imaginación), se es menos hombre. De esta manera, nuevamente, la sexualidad se convierte en una actividad o experiencia promotora de sinsabores, angustias y los más aterradores pensamientos, que con facilidad se tornan en obsesiones abrumadoras.

"¡Los hombres somos como hornos de microondas y las mujeres como cocinas de leña!"

Asociado con el temor a la impotencia o a no mostrar virilidad, hay una exigencia de tener reacciones rápidas, desde el punto de vista de la respuesta sexual. Es sinónimo de hombría el mostrarse dispuesto a iniciar relaciones coitales sin mayores contratiempos. Además, tal condición implica, por definición una respuesta genital rápida e inequívoca, que evidencie la disponibilidad lo mismo que la capacidad de una experiencia amorosa.

Es evidente que esa manera de vivir su sexualidad, hace que los hombres la asuman desde la postura del boy scout: ¡siempre listos!. Con frecuencia se escuchan manifestaciones en la línea de que es intolerable e inaceptable la renuencia a alguna posibilidad de intercambio sexual, lo que además de aportar indicios de deficiencias sexuales, se corre el riesgo de ser objeto de dudas o cuestionamientos sobre su virilidad. En otros términos, la homofobia vuelve a manifestarse de manera clara.

En repetidas ocasiones, muchos de ellos recuerdan que este tipo de imperativos se les presentaban desde su misma adolescencia y, ya sea que tuvieran o no actividad sexual, se debía responder de la manera esperada. Vale traer aquí a colación los certámenes de "¿quién la tiene más grande?" o de la mayor capacidad masturbatoria y eyaculatoria, frecuente entre varones adolescentes, como un preámbulo de lo que poco después serán auténticas batallas por mostrar quién gana la contienda.

Es evidente que tales vicisitudes son asumidas como parte de la responsabilidad que le compete al hombre en materia de sexualidad. Así, a la sapiencia sexual masculina, ya mencionada, se le agrega la incondicional respuesta que desde la fisiología debe estar garantizada. Nuevamente, la capacidad corporal de los hombres, requisito en otras actividades, debe también mostrarse en sus relaciones amatorias; debe estar bajo control, como lo están otras actividades áreas o funciones sociales.

"¡A las mujeres hay que afinarlas!"

Es obligación de los hombres llevar el ritmo del contacto íntimo; tiene que conocer los secretos de la compañera, adivinarlos si es del caso, y saber "hacer el toque" en el momento justo. Así como el mecánico calibra el motor del vehículo y ajusta su chispa a las revoluciones, atiempa el motor, así el hombre debe proceder en su contacto sexual. Hay una combinación del deber masculino con una imagen de la mujer como objeto que debe manipularse para que responda; la asociación mujer- automóvil no se presenta como casual y más bien ilustra esa manera mecánica de apropiarse de su sexualidad y la de las mujeres por parte de los varones.

Por eso el hombre no pregunta, sabe cuando debe actuar y lo hace, partiendo de la base que eso es lo correcto y es lo que complacerá a su compañera. El lío es que ellas, no con sus parejas, se quejan de precisamente todo lo contrario. Se colige de lo anotado que, por lo tanto, no hay que permitir que las compañeras se aburran.

De suceder lo temido, se camina en el filo de la navaja en virtud del riesgo de, al no ser el amante ideal, se deje de ser un hombre objeto del amor de la mujer y lo deje, lo sustituya o lo descalifique. Al decir de Moore y Gillette (1993), se deja de ser el rey, lo que en muchos casos se torna como un estado intolerable que puede ser el precipitante de situaciones extremas de violencia contra otros o contra sí mismo (en ya no pocos casos, en ambos sentidos).

Como una sensación un tanto más atemperada, pero igual de amenazante, se puede ilustrar la reacción que produjo en uno de los grupos el desarrollo de los acontecimientos en la película "Ojos bien cerrados", de reciente exhibición en San José. La frase que desencadenó y sintetizó la dinámica del grupo en esa sesión fue "Ella le clavó el puñal", para referirse a lo que sucede cuando la protagonista le comparte a su compañero las fantasías sexuales con otro hombre. De seguido se dijeron cosas como que eso no se hace, que es mejor callar ciertas cosas, que es mejor no saber ciertas cosas; es decir, que si el asunto es así, que se quede en el silencio porque el dolor que se puede producir en los hombres puede ser de consecuencias no deseadas. La sensación es de intolerancia, de ser insoportable para estos hombres el solo hecho que la mujer pueda pensar en otro hombre. Incluso, en un manejo más racionalizador, se comenta que las mujeres tienen derecho a tener ese tipo de fantasías, pero que entonces mejor no las exterioricen. A estos mismos hombres no les es difícil justificar y comprender que es más aceptado que los hombres sí las comenten y que las mujeres las acepten.

Tal fue el impacto causado por esta trama del cine que se afirmó que una situación así, con facilidad, desestabiliza a cualquier hombre, por más fuerte y seguro de sí mismo que sea. "¡En 5 minutos, una mujer puede desestabilizar a un hombre!" es una expresión que sintetiza lo acotado. En otros términos, la sola manifestación de una fantasía o un deseo por parte de la mujer, es un arma letal para los hombres, en una suerte de desplazamiento violento que se experimenta de su centro como personas: "¡El chavalo se desploma por la fantasía de ella!" De nuevo, el rey no soporta el más mínimo cuestionamiento.

Tanto fue la sacudida producida por este ejercicio que la temática central que estos hombres trataron en la sesión fue el de la infidelidad, asumiendo que esa era la cuestión central que dirimía la pareja de la película. Si bien toda obra de arte está sujeta a interpretaciones, llama la atención esta particular que el grupo le dio, en forma casi unánime.

El manejo obsesivo que los hombres, en muchas ocasiones, hacen de sus dudas sexuales respecto de sus compañeras, es retomado aquí, en el sentido de cómo ellos luego de enterarse de una información semejante entran en "maquinaciones" y fantasías apabullantes, que no les permite estar en paz. "¡La maquinación es fatal, uno se psicosea!", comentaba uno de ellos. Por ello, mientras la mujer engañada es tildada de "pobrecita", al hombre engañado se le señala como el "cachudo" y es blanco de las más feroces burlas por parte de otros hombres y de otras mujeres, de las cuales hay que defenderse. De aquí a acciones violentas es sólo un paso.

"¡No se les puede dar confianza!"

Por lo indicado en el párrafo anterior, para los hombres es complicado y atemorizante confiar ciertas cosas a las mujeres. Los argumentos que se esgrimen para ello son que las mujeres se cuentan todo entre sí y "Después, al día siguiente, la vecina lo mira a uno feo", además de las acusaciones de "desconsiderado" y "machista".

Toda esta situación, también, se utiliza para explicar el "Nosotros no hablamos", ni con sus compañeras ni con sus amigas, aunque por razones diferentes para cada caso. La expresión "Mi mujer no me lo presta" es una manera, a veces en broma a veces en serio, de decir muy rápidamente que tiene dificultades en la sexualidad con su compañera, sobre la base del código no escrito de no preguntar mucho sobre el particular.

Ya no sirvo como hombre, "no se me para"

La gran preocupación del hombre gira en torno a la capacidad erectiva. Si tiene problemas de erección, esto se vive subjetivamente como déficit de su masculinidad y de su identidad, con todas las implicaciones que esto conlleva. En el ámbito de la música popular, cabe mencionar la canción "Garrote", canción muy en boga durante el 2000 y 2001 en Costa Rica, la cual hace referencia a un hombre con problemas de erección, y se refiere a sí mismo como ("ya no quiere", "en piltrafa quedé", "ya no impacta").

Si ya "no funciona", "ya no soy hombre, o soy menos hombre". Esto coloca la subjetividad masculina alrededor de la erección, el hombre se convierte por tanto en PSICOERECTUS.

Las reflexiones que hacen los hombres en torno a los problemas erectivos definen a tales problemas como uno de los grandes temores y amenazas que los vulnerabilizan. Hemos constatado la gran cantidad de mitos que manejan los hombres hacia la erección y hacia el pene, al punto de considerarlo como un ser con existencia propia e independiente, que se mueve a su propia voluntad y cuyos "movimientos" nada tienen que ver con el mundo social, interpersonal y subjetivo del hombre que lo porta.

Tales contenidos ideológicos, con sus correspondiente carga emocional, impregna la consulta de los hombres en la clínica de los problemas erectivos. El problema no se resuelve, por tanto, asumiendo la demanda de "hágamelo funcionar", sino enmarcando esta demanda en el contexto de la masculinidad y los encargos patriarcales.

"Es mejor chiquita y juguetona que no grande y tontona"

Como parte de lo anterior, la preocupación en torno al tamaño del pene ha estado presente desde los inicios mismos del patriarcado. En la mitología occidental, Príapo y Hermes son un fiel ejemplo de ello, al punto de dar el estatus de deidad al pene grande y erecto. A nivel imaginario, un pene grande y erecto le da al hombre la sensación y fantasía de poder, control y omnipotencia; lo contrario podría decirse de un pene pequeño. La reflexión de los hombres respecto a este tema giró en torno a la necesidad de compensar con otras habilidades y destrezas el "déficit" en el tamaño.

"Usted tiene que aprender a hablarle bonito a la mujer, para que ella no se fije solamente en el tamaño"

"Si la mujer le da vuelta a uno, tal vez es porque el otro la tiene más grande"

"Entonces..., el que la tiene grande y que además tiene muy buena parla, la hizo toda"

Reflexiones generales

En este rápido repaso de algunas de las principales preocupaciones de los hombres en torno a su sexualidad, se pueden extraer algunas interesantes reflexiones. En primer lugar, se pueden observar con cierta claridad grandes paradojas:

a) Quizá la más evidente y seria a la vez, la constituye el asumirse como el responsable del placer de su compañera, al mismo tiempo que los hombres actúan, las más de las veces, de manera no adecuada a tales propósitos. ¿Cómo atiempar a la mujer si, al mismo tiempo, la preocupación es "meter y sacar" con premura?. ¿Cómo lograr ese placer si la definición de la sexualidad masculina (erección, penetración y eyaculación) es justo la que no desean las mujeres (Hite, 1976), como único modelo para el disfrute erótico?

b) Una segunda paradoja, emparentada con la anterior, lo constituye el hecho de tener que llevar y sostener el control de una situación que es (o es preferible que sea así) libre y espontánea, por su misma naturaleza. Esto a su vez se cruza, o complementa, con el control que lo masculino tiene que llevar en otros órdenes de la vida, procurando que lo femenino no actúe con iniciativa y creatividad.

Es paradójico que en los hombres haya una ética de la responsabilidad por el placer de la mujer, pero que esta responsabilidad se viva no como consideración y solidaridad con ella para un disfrute conjunto. Más bien tal responsabilidad se vive como el deber del que sabe de transmitir conocimientos, cercenando la capacidad proactiva de ella de compartir también en la intimidad. Así, complacer a la compañera no es un placer, es un deber.

c) De esta manera, aunque el mandato es que la sexualidad masculina sea para el placer, lo que hemos revisado indica que la realidad dista mucho de ser así. Es una sexualidad vivida con obligaciones, deberes y poco placer; se trata de una sexualidad muy poco erótica y cuyas manifestaciones más bien se inscriben en lo contrario: mecanizada, genitalizada, rígida y automatizada. Es una actividad que los hombres se la toman tan en serio que no se divierten, no juegan libremente. En ese sentido, creo que el hecho que sean los hombres quienes más observan pornografía más que un determinante de su sexualidad, es un reflejo de ésta.

Por ello es que podemos presenciar la paradoja de una actividad humana cuyo principal componente lo es el contacto y que sea éste el que más se evite. En buena medida, en la sexualidad, lo menos que hacen los hombres es intimar, en el sentido de un encuentro consigo mismo y con la otra persona. El contacto y la cercanía son los elementos que se han constituido como definidores de la ética de lo femenino, por lo que "por botar el agua jabonosa, los hombres botamos a todo y chiquito": por evitar lo definido como femenino, nos perdemos de la experiencia de mucho de lo humano que tenemos, en este caso, en el ámbito de la sexualidad.

d) Al igual que en otros ámbitos, en éste, se constató una vez más otra terrible paradoja que viven los hombres. Es frecuente escucharles decir que con sus compañeras no hay confianza, en términos generales y en particular con la sexualidad. De nuevo, un campo de ricas posibilidades de diálogo y de compartir, se torna en otro de malestares e incomodidades.

Es realmente impresionante observar cómo también en esta área de sus vidas, los hombres tienen una permanente necesidad de mentir para sostener posiciones e imágenes, práctica a la que tienen que recurrir desde muy temprana edad. Quizá con el riesgo de adentrase en un ángulo de la cuestión que no ha sido el eje de este trabajo, debe decirse que tal manejo mentiroso también es sostenido por muchas mujeres, las que para afianzar su feminidad deben abstenerse de hacer, decir o solicitar cosas que son "de los hombres". Así, la experiencia de cercenamiento y de fragmentación vital corre para ambos lados, sabiendo que es así pero con mucho temor de enfrentarlo y modificarlo.

Por todo lo anotado, cabe plantear la urgente necesidad de reeducar, de reconceptualizar y de intentar una vivencia alternativa de la sexualidad y relación con las mujeres, porque en muchas de ellas se espera ese hombre seguro, sabio y complaciente. O la mujer que debe esperar y no mostrar su sexualidad, porque eso no es de damas decentes.

Esta sexualidad alternativa supone superar las concepciones biologistas y patriarcales que la limitan como una práctica coital.

Una sexualidad alternativa, integral, incluye al menos los siguientes componentes: (Campos, 1999)

a) No puede reducirse sexualidad a lo biológico ni a lo genital. La sexualidad es la expresión integral del ser humano en cuanto hombre y en cuanto mujer, expresión que no se limita a lo genital.

b) El fin de la sexualidad humana no es la reproducción, sino fundamentalmente el placer, el amor y la constitución de vínculos. La procreación es una de las tantas funciones de la sexualidad.

c) La penetración es tan sólo una de las tantas prácticas posibles de la sexualidad. Existen múltiples formas de proveerse placer en la relación sexual, y todas estas prácticas son igualmente válidas en la medida que la pareja esté de acuerdo.

d) En la sexualidad humana existe una ética fundamental : proveer placer sin hacerse daño físico ni psicológico ni a sí mismo ni a la otra persona. Esta sería la única restricción a la sexualidad, en el contexto de una ética social de respeto a los derechos humanos. Las demás restricciones propias de la cultura patriarcal son innecesarias y son normas al servicio de la dominación y del control social. En la medida que se controla y regula el placer sexual, las clases dominantes se garantizan que la libido será transferida a la productividad social y al trabajo alienado.

e) No existe una sexualidad natural. La diversidad sexual sería lo más propio y característico de la sexualidad humana. Diversidad en cuanto objeto de preferencia sexual, diversidad en cuanto a prácticas sexuales, diversidad en cuanto a modos de vivir la sexualidad.

f) Además del componente del placer genital, es de gran importancia el componente "placer no genital" que se refiere a la capacidad de experimentar placer y satisfacción en otras áreas de la vida que no sean específicamente la genitalidad con la pareja.

g) La sexualidad es una relación social, por tanto, el establecimiento y constitución de vínculos afectivos es consustancial a la experiencia sexual. La relación con el otro, qué significa el otro para mí, cuáles sentimientos me provoca y me despierta, el compromiso afectivo que la relación sexual conlleva, etc, constituyen dimensiones fundamentales que deben tomarse en cuenta para la vivencia de una sexualidad integral. El vínculo afectivo no puede reducirse al control político social del matrimonio. Lo que se está señalando aquí es que la relación sexual conlleva una dimensión afectiva y vincular, independientemente de lo profundo o superficial que sea el vínculo con el otro, e independientemente del tiempo que lleven de conocerse o del tipo de vínculo que tengan entre sí.

h) La relación con el propio cuerpo, la aceptación del mismo como algo positivo, el conocimiento de las zonas erógenas, la capacidad para proveerse placer a sí mismo en una actividad autoerótica, etc, constituyen también dimensiones fundamentales de la sexualidad humana.

i) El cuestionamiento permanente de los valores, creencias, normas, etc, en torno a la sexualidad y en torno a la feminidad y masculinidad también son pilares integrantes de una vivencia plena de la sexualidad.

j) Por último, para una comprensión plena de la sexualidad no puede dejarse de lado la dimensión "responsabilidad". La sexualidad integral implica un acto de responsabilidad, en el sentido del cuidado que debemos tener con nuestros sentimientos, con nuestro cuerpo, con nuestra salud física y mental; así mismo el cuidado que le debemos al otro.

Campos y Arrieta (1996) proponen la existencia de cuatro componentes fundamentales en la vivencia integral de la sexualidad : la aceptación del cuerpo, el placer genital y no genital, la construcción de vínculos afectivos y la responsabilidad.

La sexualidad integral supone al menos la vivencia de las dimensiones anteriormente mencionadas, puestas al servicio del desarrollo de la personalidad. Por tanto, supone una vivencia de la sexualidad sin culpa, sin inhibiciones, sin restricciones innecesarias, sin vergüenza.

Desde nuestra perspectiva, esta vivencia integral de la sexualidad es un proceso inacabado, que debe comenzar desde el momento del nacimiento mismo y acompañar al sujeto a lo largo de su vida hasta su muerte.

Esa vivencia alternativa de la sexualidad supone la ruptura ideológica, teórica, axiológica, con el discurso oficial represivo que todos hemos interiorizado y que reproducimos a nivel consciente e inconsciente, e implicaría la necesidad de servicios de terapia sexual, urología y salud sexual reproductiva con perspectiva de género masculina.

Para finalizar, también con algo que parece paradójico, debo decir que esta nueva manera de conceptualizar y de vivir la sexualidad por parte de los hombres deberá iniciarse retomando aquellos elementos de la vida cotidiana que no se enmarcan dentro de lo usualmente definido como lo sexual. La sexualidad habrá de reencuadrarse en la vida como totalidad, en la que el disfrute sea amplio y generoso y no solo centrado en unas reducidas partes de la geografía del cuerpo humano. Para lograr eso, los hombres vamos a vernos necesitados de despojarnos de muchos los mandatos que nos han llevados a ser "muy hombres" pero poco humanos.


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