Max Weber: ciencia y valores

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ROLANDO LAZARTE (*)

 

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Hace ya algún tiempo se escucha hablar de "crisis de las ciencias sociales", con diversos significados para la expresión. En este trabajo queremos referirnos a la crisis por la que pasan ideas, valores e imágenes que fundamentan lo que llamaré "modo dominante de concebir y practicar sociología". Básicamente, aplico la expresión a los conceptos de realidad, hombre y conocimiento, que se encuentran en el interior de la práctica y del discurso de los sociólogos.

No podemos aceptar que, bajo el manto del "cientificismo", se contrabandeen escalas valorativas y prácticas de concesión y resignación, que nada tienen de universal y necesario, como si "la ciencia", "la sociología", pudiesen generar -más allá de las representaciones del mundo y de la sociedad- ideales, normas o valores que serían buenos para todo hombre, para toda sociedad en cualquier tiempo.

La sociología ya pasó por esa tentación normativista. Llegó al punto de enunciar un código de valores universales bajo la forma de catecismo. Pero la antítesis de una sociología normativa no es, como vamos a mostrar, una "sociología para cualquier fin", neutra, domesticada por los poderes (político, económico, corporativo), éticamente indiferente. Es una sociología valorativa, como no podría dejar de serlo cualquier intento de interpretación científico de la realidad social, como bien nos enseñó Weber.

Obviamente, no pretendo abarcar en las referencias a lo que aquí denomino "sociología oficial", "ciudadela sociológica", etc. a todos los sociólogos. Tal generalización sería no solamente absurda en términos de la lógica más elemental del conocimiento científico, sino también -lo que es más importante enfatizar aquí- profundamente injusta. Tales expresiones deben ser entendidas como "tipos ideales", en el sentido más originalmente weberiano. Es decir, construcciones conceptuales útiles para conocer la realidad empírica, siempre otra que nuestros intentos de aprehenderla significativamente. Tales caricaturas, como los lectores tendrán oportunidad de descubrir en la lectura de nuestro libro Max Weber: Ciencia e Valores (São Paulo: Cortez Editora e Libraría, 2001, 2ª. ed.), no pretenden contener ni copiar, y mucho menos agotar la realidad a la que se refieren.

Las concepciones y valores que fundamentan nuestra práctica profesional pocas veces son cuestionadas. Los practicantes de la disciplina normalmente utilizan el aparato conceptual, adquirido en la socialización académica, con escasa o nula conciencia de los presupuestos valorativos que lo sostienen. Adoptamos intencionalmente un estilo bastante alejado de lo que habitualmente se espera de un texto académico, si por tal se espera un discurso estandarizado, intencionadamente oscuro para aparentar profundidad, expurgado de "subjetividad"- todo esto asociado, por muchos, al discurso científico.

Pero es precisamente de esto de lo que tratamos: del retorno del sujeto. Gran parte de los textos de los científicos contemporáneos esconde de tal forma la persona, el hombre vivo y real, que hacen pensar en la sociedad como una entidad no humana y la sociología una instancia del saber por encima y fuera del condicionamiento social, del conocimiento y de los valores que fundamentan nuestra disciplina. Debemos caminar en dirección de un aparato conceptual que permita encontrar al sujeto entero - el hombre en sus múltiples dimensiones - en la trama de las relaciones sociales, tanto cuanto en la práctica científica orientada hacia la comprensión de esas mismas relaciones. Debemos caminar también hacia un aparato conceptual que posibilite captar las partes más sutiles de la existencia social (los símbolos, las representaciones, los motivos de la acción), y al mismo tiempo comprender el lado más objetivo de tal existencia (la fuerza de la rutina, la determinación de lo económico, la coerción de lo político, la constricción de lo colectivo).

No debemos esconder el sujeto de la acción social ni el sujeto de aquel tipo especial de acción social que es la actividad científica del sociólogo. Y no se trata de caminar hacia una sociología de base psicológica, tampoco de un subjetivismo que se sobreponga a la realidad exterior del individuo. Se trata, eso sí, de una actitud de envolvimiento personal, de pasión y de vocación vital frente al quehacer científico, muy distante de la frialdad y distanciamiento personales que algunos practican en nombre de una "postura profesional" pretendidamenre neutra. La omisión es complicidad, cuando se trata de cuestiones humanas vitales, hoy tan fuera de moda del discurso llamado académico. Por eso, la explicitación de nuestros propios valores personales no puede ser confundida con cualquier afán proselitista camuflado de "verdad científica universal", o su pariente próximo menos evidente, la indiferencia ética - generalizada de forma alarmante en nuestro ambiente profesional. Pareciera que un adormecimiento hubiese ocupado el lugar dejado por las utopías que incendiaron tantos corazones latinoamericanos hace apenas algunas décadas. Arriar banderas, cambiar lealtades por prebendas, ideales por cargos de poder, se tornaron tan frecuentes entre nosotros que parecemos estar a años luz de distancia de los tiempos en que soñábamos con una América Latina autónoma y justa, con el hombre nuevo, la revolución en la conciencia, la revolución social, en fin... una vida más feliz, más plena, más digna de ser vivida.

Queremos rescatar para la sociología un lugar tan diferente del que ganó en el esquema comteano de las ciencias, como distante de la rigidez a-histórica de un cierto marxismo o de las pretensiones universales de un cierto racionalismo cientificista muy en boga en nuestros días. Sobretodo, un lugar diferente del que disfruta en el contexto del "modo sociológico dominante de ver el mundo". El conocimiento científico social es una de las formas de representar significativamente a la sociedad. En su interior coexisten diversas perspectivas valorativas, fundamentando teorías mutuamente inconmensurables. Esa pluralidad guarda correspondencia con la realidad a la que pretende abarcar. Un intelectualismo cientificista y teoricista que ganó aires de "voz oficial" en nuestra diciplina nos acostumbró, entretanto, a la unilateralidad de una cierta "racionalidad", presentada como sinónimo de lo "científico" y "verdadero". La sociología dominante quiso esconder la subjetividad del investigador, para tornar su conocimiento más "objetivo". Y quiso también eliminar la subjetividad de los hombres en sociedad, mediante la utilización de varios artifícios. El lado "irracional" de la conducta humana (los afectos, las creencias, los impulsos, la imaginación, la intuición) fue eliminado como objeto legítimo de investigación sociológica, supuestamente por pertenecer al dominio de otra ciencia, la psicología o, también, porque se postulara su irrelevancia explicativa frente a las "leyes", "estructuras", o aspectos más "racionalizables" de lo social.

Nuestro interés inicial, la motivación principal de este trabajo, fue, en principio, la deshumanización implícita en la forma habitual de practicarse la sociología, entendiendo por tal el desarrollo unilateral del conocimiento en una perspectiva intelectualista-racionalista-cientificista. El lector conceda su indulgencia para esa indigesta sucesión de "ismos"que - esperamos - irá cediendo lugar al examen de cuestiones precisas que conciernen a nuestra pretensión de hacer el borrador de una sociología más pluralista, más abierta a una renovación del pensar y del actuar indispensables en estos oscuros tiempos modernos. El "Don Nadie" de Wilheim Reich, el "blasé" de Georg Simmel, el "alienado" de Karl Marx, los "últimos hombres" de Friedrich Nietzsche y Max Weber evidencian los rasgos de un hastío espiritual , un vaciamiento del sentido de la vida, un tedio, que se muestran como la nota cotidiana de la sociabilidad actual. Queremos recuperar el papel activo del sujeto - usted, yo, los seres humanos, los agentes sociales - en el conocimiento sociológico, entendido como una forma particular de acción social.

Hay, en algunos trabajos de Marx, Weber y Durkheim, trechos poco leídos -que la estrechez perceptiva de un cierto establishment académico no valoró-, donde los fundadores de nuestra diciplina tienen sugestivos insights acerca del papel de la imaginación, de la intuición, de la pasión, como fuente de conocimiento del hombre y de la sociedad. Son trozos, fragmentos o partes de textos que promueven una revisión en profundidad de algunos de los presupuestos de la sociología. Durkheim, reconociendo el origen religioso del conocimiento; Marx, admitiendo la independencia de ciertas obras de arte frente a las determinaciones económicas; Weber, combatiendo la burocratización del saber de los "especialistas sin alma".

El distanciamiento de la sociología de matrices valorativas (filosofía, religión, valores que le den sentido a la vida, en general), en nombre de una cierta concepción de "objetividad", llevó a expurgar los aspectos espirituales, afectivos, intuitivos de la realidad humana, como también del conocimiento científico sobre esa realidad. El conocimiento que se esperaba de la naciente ciencia de la sociedad ciertamente guarda correspondencia con las características del proceso de secularización de la vida y del conocimiento en cuyo seno fue gestada.

Con todo, la crisis de la civilización asentada sobre esos valores es también la crisis de la ciencia que con ella nació. Actualmente, la sociología retorna a sus raíces rediscutiendo fundamentos, valores, ideas e imágenes del mundo sobre los cuales se constituyó - y a los cuales dio fuerza y legitimidad. La fuerza con la que se procesa esa revolución perceptiva no podría estar disociada de la intensidad con la que, personal y socialmente, se vive la "crisis de los paradigmas" de nuestra diciplina.

¿Cabe esperar que la sociología sea capaz de devolver al hombre su imagen entera, un reflejo multidimensional de su ser completo? En otras palabras, ¿puede la sociología generar un paradigma "holográfico", no fragmentador? Recurrentemente, desde su nacimiento, la sociología buscó afirmarse como forma científica de conocer la realidad social, adoptando modelos explicativos y lenguajes inspirados en las ciencias biológicas, física, matemática, cuyo status científico acostumbraba ser reconocido sin cuestionamiento.

El ideal de un conocimiento (científico) capaz de encargarse del mundo tal como es, independientemente de los puntos de vista de los sujetos ocasionalmente ocupados con el intento de representarlo, alentó posturas objetivistas sostenidas en el positivismo, funcionalismo y marxismo. En lo que respecta a Marx, entretanto, su actualidad y fecundidad para el análisis sociológico deriva más de su presupuesto antropológico que de su epistemología. Nos referimos al concepto de alienación, insuficientemente explorado por el pensamiento marxista posterior, frecuentemente auto-aprisionado en un esquema perceptivo unilateral a favor de perspectivas macrosociales que destituyeron al sujeto individual, a la persona concreta, al acontecimiento singular, de cualquier papel activo en una dinámica socio-histórica en la cual se presenta como simple marioneta.

Escribía Marx en uno de sus Manuscritos de 1844, que el hombre en la sociedad capitalista había alienado todos sus sentidos, todas sus formas de apropiarse del mundo, en pro del sentido de tener, de la apropiación privada. Cada una de sus relaciones humanas con el mundo - ver, oír, oler, saborear, sentir, pensar, observar, percibir, querer, actuar, amar, en suma, todos los órganos de su individualidad - son (...) en su comportamiento para con el objeto, la apropiación del mismo. (Karl Marx, Manuscritos Econômico-Filosóficos [1848] en: Erich Fromm, Conceito Marxista do Homem, Rio de Janeiro: Zahar Editora, 1983: 144-9)

La propiedad privada nos hizo tan necios y parciales que un objeto sólo es nuestro cuando lo tenemos, cuando existe para nosotros como capital o cuando es directamente comido, bebido, vestido, habitado, etc., en síntesis, utilizado de alguna manera. (...) De esta forma, todos los sentidos físicos e intelectuales fueron sustituidos por la simple alienación de todos ellos, por el sentido de tener. (Marx, 1983: 120)

Posteriormente, autores tanto de adentro como de afuera del marxismo (Erich Fromm, Wilhelm Reich, Agnes Heller, Robert Nisbet, Martin Nikolaus, Horacio González) recuperaron de la ortodoxia a este Marx cuya sensibilidad no solamente no había sido amputada por su pretensión de cientificidad, sino, por el contrario, se había transformado en una herramienta indispensable en su análisis de la sociedad capitalista. ¿En nombre de qué absurdo concepto de "objetividad" y "cientificismo", podría alguien querer expurgar del texto marxiano esos brillantes insights salpicados de citas de Shakespeare y Goethe, sin los cuales el análisis de la alienación se torna vacío?

En esos escritos llamados de juventud, las metáforas, las citas de piezas de teatro o poemas, son evocadas en auxílio del pensamiento para profundizarlo, o, más aún, para decir aquello que sólo puede ser expresado por el arte y por la literatura.

¿Qué semejanzas podemos descubrir entre este homúnculo con sus sentidos alienados por el capital, y aquella otra figura humana también alienada, el lisiado al revés que Nietzsche nos muestra en Así hablaba Zaratustra? Este es un hombre que apenas es un gran ojo, o una gran oreja, o algún otro "órgano en demasía, y que está atrofiado en todas sus demás capacidades". ¿No podríamos traer ambos retratos, el científico y el literario, el de Marx y el de Nietzsche, para nuestra galería de paradigmas? ¿No serían ambos representativos de desarrollos humanos unilaterales, donde el ser total está atrofiado, excepto la capacidad, órgano o sentido hipertrofiado? ¿Y no podríamos agregar a esos dos retratos un tercero, el del sociólogo disminuido en sus capacidades perceptivas y de acción, confinado en una cárcel teoricista e intelectualista, alienada y alienante?

En Auguste Comte encontramos, con rasgos que pueden parecer caricaturescos, la prefiguración del cientificismo posterior que pretende tener el monopolio del lenguaje y de la explicación válida acerca del mundo humano-social. Al mismo tiempo, el fundador oficial de nuestra diciplina introduce una peligrosa analogía entre lo racional y lo real, sobre la cual queremos detenernos algunos instantes.

La trayectoria del conocimiento - como de la civilización humana - pasó, como todos saben, de los estadios teológico y metafísico, al científico o positivo, en el esquema comteano. Su ciencia positiva quiere subordinar la imaginación a la observación, a los datos, que son presentados como portadores de una racionalidad implícita. La búsqueda de causas, un resabio del pasado teológico feudal a superar, debía dar paso a la explicación, concebida como la remisión de lo singular a las leyes naturales que rigen la marcha de la civilización. La sociología comteana no juzga (aprobando o negando): constata el dato, remitiéndolo para el orden legal correspondiente, que es natural, racional, normal.

Esa transposición de un concepto de racionalidad para la realidad es muy peligrosa, una vez que descalifica de antemano como "irracional" cualquier crítica del orden existente, bien como los enunciados científicos que expresarían ese orden existente. La razón - identificada con lo real - se entroniza con la autoridad máxima, la autoridad de la ciencia. Ésta, a su vez, no hace más que expresar el dato, en su pura y simple objetividad, sin ingerencia valorativa.

Si en Comte la razón científica se tiene como única vía adecuada para revelar sin distorsiones, en Durkheim - que ya fue llamado de "comteano a disgusto" -, esa pretensión aparece todavía de manera más enfática y precisa, sin los ropajes ideológicos del fundador. El objeto de la sociología - dice Durkheim -, el "hecho social", pertenece a un orden de fenómenos irreductibles a la realidad física o psicológica individual. Son fenómenos sui generis que demandan una ciencia propia para su estudio. Lo social, que hasta entonces había sido objeto de reflexión filosófica, ideológica, psicológica, o de sentido común, debería entrar definitivamente en el dominio de la ciencia. Para eso, la sociología debería caminar hacia una completa eliminación de las nociones sobre lo social, que no hubiesen sido elaboradas de acuerdo con los procedimientos científicos. Se trata de la ruptura durkheimiana con las pre-nociones (nociones elaboradas en la práctica social y para ella) y con el sentido común, que se suma a su ruptura con otras formas no científicas de conocimiento de lo social, ya mencionadas.

Al explicitar como debería proceder la nueva ciencia, Durkheim marca con determinación aquello que grabaría a hierro y fuego gran parte de la sociología posterior: lo social debe ser estudiado a) como algo externo a los individuos (tanto lo observado como el observador: dicotomía sujeto/objeto); y b) debe ser abordado por el lado que se presente más alejado de sus manifestaciones particulares (lo general, lo genérico, lo legal, lo repetido, lo regular, privilegiados en detrimento de lo particular y de lo singular).

La sociología durkheimiana quiere apoyar su objetividad en reglas metodológicas precisas, capaces de mantener alejado del quehacer científico los sentimientos, los valores, las visiones de mundo. Ella busca "extender a la conducta humana el racionalismo científico" que, al reducirla a relaciones de causa y efecto, "permita formular reglas de acción para el porvenir" (Émile Durkheim, As Regras do método sociológico, Rio de Janeiro: Cia. Editora Brasileira, 1937: 132).

En este rápido recorrido por los clásicos, llegamos a Max Weber. Encontramos, en su obra, una peculiar forma de relacionar el concepto y lo empírico. La especial arquitectura del concepto weberiano será objeto de examen a lo largo de este libro. Queremos ahora únicamente llamar la atención acerca de los rasgos de artista que es posible percibir en este científico que deseaba describir como un músico, orquestando la armonía de un texto que sería, de ese modo, polifónico.

Sus vastos estudios sobre las grandes religiones de la humanidad y la magia permiten apreciar un extremado rigor en la definición y en el uso de los conceptos, sin llegar a sacrificar la "vivacidad" de la realidad social a la que se refieren. El concepto weberiano logra no matar su objeto, aunque no pretenda contenerlo ni copiarlo. Nos llama la atención el arte con el que este científico (un filósofo, en las palabras de Karl Jaspers) reproduce conceptualmente la realidad sociocultural mediante tipos ideales, cuya verosimilitud con lo empírico llega a ser tan realista e impactante como el propio fenómeno histórico cultural a que se refieren.

¿Quién no "reconoce", por ejemplo - a pesar de que para Weber el tipo ideal no pueda ser encontrado empiricamente -, en el tipo ideal de autoridad carismática, la figura de un Getúlio Vargas o de un Perón? ¿Quién no ve, bailando frente a sus ojos, el mago manipulando ofrendas para atraer el favor de las fuerzas sobrenaturales? Y no es un literato el que escribe, sino un científico que supo trabajar racionalmente sin aplastar la riqueza y la multidimensionalidad de lo real.

La razón weberiana penetró en esferas y dimensiones de la vida social aparentemente irreductibles e impermeables al conocimiento científico (ética, magia, religión), mostrando la necesidad de sutilizar, de perfeccionar el instrumento conceptual o, si se quiere, la red perceptiva del científico, para acompañar los matices de la realidad sin reducirla.

La sociología weberiana no abdica del objeto ni, tampoco del sujeto. Utiliza la razón, sin desconocer la base irracional en que se asienta (imaginación, inspiración, pasión, intereses). Conoce la difusa frontera que la separa de la fe, pero no pretende sustituirla.

Sabe que no hay conocimiento disociado de nuestros valores, intereses, deseos y, sin embargo, no abandona el ideal de objetividad. Sin creer en la posibilidad de un saber sociocultural "exento de valor", queriendo con eso significar "neutro"en lo que respecta a valoraciones, tampoco cree en una sociología normativa, capaz de dictar rumbos éticos a los hombres. Su peculiar postura ética llevó autores como Adorno y Horkheimer a atribuir a Max Weber la defensa de una sociología obediente al status quo, para cualquier fin, resignada, delante de una sociología crítica de base marxista. Extrañamente, es desde las posiciones de poder en las corporaciones académicas que se defiende y difunde ese Weber convenientemente domesticado y resignado. Por no haber propuesto un rígido esquema de interpretación monocausal reduccionista, se ha dicho que Weber cae en un relativismo que renuncia a la explicación de la realidad.

Frente a lo que me gustaría seguir llamando crisis del "cientificismo teoricista-racionalista-objetivista" impregnando el paradigma de gran parte de la actual sociología, la postura weberiana ofrece incitantes posibilidades. Principalmente, si pensamos en la fragilidad teórica subyacente en mucho de lo que se hace en nombre de la refutación a la sociología inspirada en los clásicos.

Weber practica un pluralismo cognoscitivo como alternativa al monopolio de la ciencia como único estilo "verdadero", o al menos "válido" de conocer. Enfatiza la distancia del concepto en relación a lo empírico, lo que evita la tentación de confundir el pensamiento - como la teoría, en particular - con la realidad. Afirma claramente que nuestro saber sobre lo real es siempre parcial, provisorio, y relativo, lo que no significa desistir de nuestros esfuerzos por actuar según nuestras convicciones, ni resignarnos al status quo. En momentos como el actual, en los que retomando una preocupación clásica, muchos sociólogos cuestionan el sentido de hacer sociología, conviene retornar a Weber para redescubrir las referencias.

(*) Doctor en Ciencia (Universidade de São Paulo, Brasil), Sociólogo (Universidad Nacional de Cuyo, Argentina). Colaborador de La insignia , Veneno y otras publicaciones periódicas iberoamericanas. Voluntario en el equipo del Programa de Saúde da Familia en el Municipio de Cabedelo (Paraíba, Brasil)


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